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#SeamosLuz, la legitimidad de los que «no tenemos corazón»
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#SeamosLuz, la legitimidad de los que «no tenemos corazón»

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Tipo de Nota: 
Opinión
12 06 18

¿Sirve de algo salir a manifestar el rechazo a cómo esta crisis ha sido manejada por el gobierno de Jimmy Morales?

¿Es válido salir a decir que no estamos de acuerdo con la indiferencia del no presidente y de la gran mayoría de los diputados de este país, pero aun así quienes tienen el poder de dirigir las dinámicas de lo público frente a las muertes de las niñas en 2016, frente a los damnificados de 2018, frente a la muerte de Claudia en la frontera de Estados Unidos?

«¿Salir a manifestar a ocho días de una tragedia nacional natural, cuando todavía hay cientos de personas desaparecidas y familiares viviendo una pesadilla y una tristeza terribles? Eso sí es de traidores y personas que no tienen corazón. Ahorita no es hora de buscar culpables. Es de ayudar», decía un exdirigente deportivo, hijo del fallecido alcalde capitalino, en su cuenta de Twitter. Yo pienso todo lo contrario. Estoy convencida.

En conferencia de prensa del domingo 10 de junio, cuando se le preguntaba sobre los colectivos, las organizaciones y los ciudadanos que habían salido a las calles, el presidente Jimmy Morales solo pudo decir que llamaba a mantener la ayuda. Mientras cientos de guatemaltecos respondieron a la convocatoria hecha por #UsacEsPueblo —estudiantes universitarios que se han plantado en el Paraninfo Universitario por días y noches para establecer un centro de acopio mediante el cual canalizar la ayuda para los sobrevivientes de la erupción del volcán de Fuego—, el presidente simplemente se permite obviar la pregunta. La evade y recuerda que vivimos en un Estado democrático. Es querer tapar el sol con un dedo, uno meñique.

Porque vivimos en un Estado democrático es que la pregunta no se esquiva, señor Morales. La democracia se basa en el poder del pueblo. La democracia representativa en la que se elige a los representantes se basa también en el poder del pueblo. No debemos confundirnos: el voto le permitió llegar al poder, pero eso no le da legitimidad, es decir, no es argumento suficiente para que los ciudadanos deban estar callados y obedezcan en silencio. La legitimidad nace de sentirse representados. ¿Escuchó este sábado pasado, señor Morales, el grito de miles diciendo que no tenemos presidente? Usted, señor, no nos representa.

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La legitimidad, por lo tanto, hace posible que se acepte a alguien como presidente porque se reconoce que le hace bien a una sociedad, busca el bien común, respeta la dignidad y hace respetar la dignidad de cada uno de los que vivimos en este lugar. Esa relación entre gobernante y gobernados es imprescindible en la democracia, ya que justifica que usted esté donde esté y tenga el poder que tiene y el sueldo que tiene. Pero los ciudadanos, a la luz de los hechos y en pleno ejercicio de su ciudadanía, pueden estar en desacuerdo, desconfiar de usted y pedir su renuncia. Si pierde la legitimidad, ¿seguimos siendo fieles a la razón del Estado democrático, a la naturaleza del sufragio que dota de sentido a la democracia? ¿No está siendo usted un gobernante no democrático, amparado por la ley, pero no por el pueblo? La legitimidad la ha perdido, pero, eso sí, le queda lo vacío de las papeletas de miles de guatemaltecos que se arrepienten de haber votado por usted.

Sirve salir a las calles y mucho. Si en las elecciones se va a decir que se quiere —o se cree que es— mejor este, y no otro, que se confía en alguien, también es importante hacer notar lo contrario. Deslegitimar un gobierno desde la ciudadanía misma es un gesto mínimo de cualquier ciudadano que se respete a sí mismo y que respete lo que cree y siente en las entrañas y en el corazón, que no deja de palpitar por un país diferente. Que nadie se atreva a decirle algo diferente, a cuestionarle su derecho a participar, a gritar su enojo, a hacer de su indignación un gesto político válido.

Caminar juntos al grito de #SeamosLuz es una cuestión de legitimidad, y la legitimidad es fuente de poder ciudadano. Así, en las calles, encontrándonos, viendo que somos muchos, construimos una democracia diferente. Falta mucho, eso sí, y no es lo único, pero no por ello deja de ser imprescindible.

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Que nadie se atreva a decirle algo diferente, a cuestionarle su derecho a participar, a gritar su enojo, a hacer de su indignación un gesto político válido.
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