El correo de Guatemala cerró. Me parece increíble estar escribiendo esa oración. Ya da igual aquello de “a estas alturas del siglo XXI”, es obvio que el país se rige por otro tipo de temporalidad, hasta en el medioevo había correo, ¡¡¡cómo carajos se queda un país sin correo!!!!
No se me ocurre nada con qué compararlo, pero la sensación es esa, la del limbo. Todo aquello que estaba por venir, no vendrá. Todo aquello que tendría que encontrar su destino fuera tendrá que pagar muy caro para lograrlo. El mensaje es clarísimo: ya no tenemos nada qué esperar. Recuerdo un poema tristísimo de César Vallejo
“Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.”
Esta vez no me interesan tanto las razones por las que sucedió tremendo descalabro, es que se sienta uno en la acera de la realidad nacional a ver los carros pasar, ya la desazón, en serio, cómo es posible que pase algo así. Se queda uno con la carta en la mano. “Con mi mejor amiga nos mandamos cartas por correo”, me dijo una niña que corría feliz por ahí con sus trenzas. Yo también lo presumiría. Por las cartas que guardo, por las que he mandado, por los libros que todavía vienen de vez en cuando, por las cartas de amor de los abuelos, y por los cientos de miles de necesitados de comunicarse, por todo eso estamos sentados con la carta en las manos, soplando un diente de león pensando “ya que se vaya todo a la mierda”.
Y claro, habrá quien diga, es solo una carta.
Sipués, como si solo fuera una carta.









