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Rolando Ixquiac Xicará
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Rolando Ixquiac Xicará

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Opinión
8 09 18

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Aproximadamente en 1980, no recuerdo cómo, conocí a Rolando y mantuvimos una relación de amigos y familiar.

La hija de él, Saktijel Ixquiac Galeotti, que tenía casi la misma edad de mi hija, frecuentaba la casa y pasaba algunos días con nosotros, en tanto el maestro Ixquiac Xicará se sumergía en la profundidad de la cultura maya k’iche’ de Quetzaltenango, pues la mayor parte de su vida la había pasado en la capital, adonde habían emigrado sus padres muchos años antes. Sensible, crítico agudo, angustiado, irreverente y rebelde, derramaba conocimientos que para mí eran aún desconocidos.

Se ligó al incipiente comité cívico Xel-Ju y creó el símbolo de este, el estandarte que inspiró varias luchas cívicas en diversas generaciones. Con él escuché las primeras discusiones y aportes sobre racismo y colonialismo, pues sus experiencias artísticas en Francia le habían dado insumos teóricos que le formaron un pensamiento propio sobre la realidad indígena del país. Producto de ello, siendo yo un profano en el arte, entendí su frustración y sus sentimientos encontrados por el racismo artístico y cultural que padecía y entendía. Recuerdo que los nombres artísticos hegemónicos de la época eran Elmar René Rojas, Zipacná de León, Marco Augusto Quiroa, Klussman, Amaya, Efraín Recinos y otros connotados artistas que marcaron una época favorable al arte, aunque desfavorable a un artista indígena como Rolando Ixquiac Xicará. Las galerías y exposiciones poco valoraban su arte y mucho menos aceptaban la crítica al racismo y al sistema de dominación colonial implícita en su obra.

Percibí en él un profundo sentimiento de frustración, coraje e impotencia, que se expresaba en la calidad y el vigor de su obra y de sus planteamientos teóricos, los cuales compartía en largos e interminables coloquios con el círculo de amigos que había encontrado en Quetzaltenango. En ese tiempo, como buen colonizado, yo deambulaba en la religiosidad cristiana como integrante de una cofradía indígena convertida en asociación, que era parte del comité encargado de la conmemoración de los 50 años de haber sido transformada en hermandad. Fue en ese ámbito donde, junto con Rolando Aguilar y el mismo Ixquiac Xicará, organizamos una exposición de pintura en el marco de dichas conmemoraciones, la cual se montó en las instalaciones de la casa social de la asociación.

Primera y única vez que se hizo algo así. Los comerciantes indígenas de la organización religiosa se proyectaron al arte, y fue interesante que, en el barrio del Calvario, uno de los más emblemáticos de Quetzaltenango, de profundas raíces indígenas, se abriera la exposición a un público que históricamente se había mantenido alejado de las galerías y exposiciones de esa naturaleza por ser un campo exclusivamente ladino-mestizo.

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Recuerdo que, paralelamente, don Carlos Guzmán Böckler también luchaba contra el determinismo de la lucha de clases pregonado por Severo Martínez Peláez para interpretar la realidad indígena. Llegaba a Quetzaltenango con Jean-Loup Herbert, coautor de Guatemala: una interpretación histórico-social, publicado en 1979, que marcó un hito en la vida, el pensamiento y el accionar de algunos dirigentes indígenas y que, en mi caso, junto con las enseñanzas de Ixquiac Xicará, me permitieron consolidar una posición política teórica y práctica que aún considero válida, y hoy más que nunca con los avances del pensamiento anticolonial que se ha desarrollado en América del Sur.

Rolando reencontró sus raíces en Xela. Disfrutaba, compartía y aprendía de las innumerables fiestas tradicionales del pueblo k’iche’, a las que asistía fuera invitado o no. Tenía un carácter irreverente que también le traía algunos problemas, especialmente cuando, con otro intelectual ya fallecido, Alfonso Oroxom, lanzaba agudas críticas contra ciertos personajes locales que políticamente, como muchos ahora, se mantenían cercanos al poder hegemónico colonialista local y nacional e incluso eran parte subordinada de este.

De repente dejó de llegar a Quetzaltenango. La capital lo volvió a absorber. Sus visitas fueron más esporádicas y los encuentros con los amigos fueron menguando hasta casi desaparecer. Ocasionalmente escuchábamos de sus avances y triunfos artísticos, hasta que nos enteramos de su fallecimiento.

Mi familia ya no supo más de él ni de su hija, a quien consideramos parte de nuestra casa. Reinició su vida familiar con una mujer quetzalteca, que fue su vínculo con la tierra que albergó sus raíces y le dio inspiración para convertirse en un pensador, un artista, un maestro y un símbolo para las luchas de los pueblos indígenas.

Gracias, maestro Rolando, por lo que nos enseñó e inspiró a la generación de 1970-80.

Las galerías y exposiciones poco valoraban su arte y mucho menos aceptaban la crítica al racismo y al sistema de dominación colonial implícita en su obra.
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