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Río La Pasión: crimen de lesa humanidad
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Río La Pasión: crimen de lesa humanidad

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Opinión
13 06 15

Lo sucedido la semana pasada en el río La Pasión solo puede catalogarse como crimen de lesa humanidad. Es una especie de relato siniestro, algo que pudo haberse evitado.

De acuerdo con el Estatuto de Roma, de la Corte Penal Internacional, en el crimen de lesa humanidad cabe «cualquier acto inhumano que cause graves sufrimientos o atente contra la salud mental o física de quien los sufre, siempre que dichas conductas se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque».

Es difícil pensar que los presuntos responsables hayan cometido un acto sistemático y con premeditación, pero, a la luz de ciertos escenarios, conocimiento de lo que podría haber sucedido sí tenían.

Veámoslos.

El río. Nace como río Chajmaíc y se convierte en el río Sebol, para finalizar —luego de 345 kilómetros de recorrido— como el afluente más grande del Usumacinta. Las selvas y los bosques por donde serpentea eran hasta la semana pasada un ejemplo de sistemas captadores y reservorio de lluvia, de humedad, de suelo y de carbono. Todo un referente de conservación de la vida, modelo de preservación del paisaje —donde las áreas con bosques y selvas se complementaban con grandes plantaciones— y arquetipo de corredor biológico que garantizaba los procesos ecológicos y evolutivos.

Hoy está convertido en un prototipo de ruindad humana. ¿La razón? Pues la sinrazón de verter en su cuenca residuos de organofosforados que no son permitidos en países de primer mundo. Ya están contaminados más de 320 kilómetros de recorrido.

La intoxicación por organofosforados. Los insecticidas organofosforados provocan un efecto similar al inducido por una sustancia utilizada en anestesia llamada muscarina. Ese efecto muscarínico consiste en un bloqueo de las transmisiones nerviosas a nivel de la placa mioneuronal, el microscópico sitio anatómico donde los nervios hacen contacto con las fibras de los músculos para que reciban las transmisiones del cerebro y obedezcan sus órdenes o efectúen aquellos movimientos automáticos como los de la respiración, vitales para la oxigenación de los tejidos. De suyo, el Malathion, uno de los insecticidas organofosforados más usados en Guatemala, está prohibido en la Unión Europea. Y con Malathion contaminaron el río.

Casos de intoxicación por plaguicidas en América Latina. Oscilan entre un millón y cinco millones cada año, con una enorme cauda de muertes. El envenenamiento se da por inhalación, por consumo de alimentos y líquidos contaminados o por absorción a través de la piel y las mucosas. Los niños entran en contacto con los plaguicidas por medio del agua, ya que proporcionalmente, por sus procesos de crecimiento y desarrollo, consumen más que los adultos. En los países pobres, los niños menores de cinco años, a más de que padecen desnutrición, están en contacto con dichos tóxicos, especialmente en las áreas rurales. A ello habremos de sumar ahora los casos que vayan a devenir por el desastre del río La Pasión.

¿Será posible que los responsables de tan deleznable descuido nada supieran de los anteriores contextos?

Otro tablado de dudas: la prensa, las medidas tomadas y el ocultamiento de los hechos.

¿Por qué se notició tan tarde semejante desastre? ¿Por qué se quiso ocultar el hecho? ¿Por qué la timidez en las medidas tomadas hasta el día de hoy? ¿Podrán —como dicen quienes así lo intentan— llevar agua bebible a todas las comunidades que se beneficiaban de los recursos del río? ¿Por qué el intento de tapar el sol con un alfiler? Nada sano presagian las respuestas.

Como un hecho premonitorio, en el prólogo de mi novela La noche del escarabajo, ganadora en la 77a. edición de los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango 2014, consigné: «Difícil es creer y más dificultoso aceptar que la actividad forestal y agrícola no pueda realizarse sin alterar el orden de la naturaleza. El problema radica en que —aparentemente— habría que invertir más dinero para llevarla a cabo de esa manera. Con todo, la realidad es otra. El trasfondo de la clandestinidad de tales industrias: tala sin reforestación, uso de plaguicidas sin control, evasión de impuestos y otras que, tal parece, corresponden a los afanes no de cuatro, sino de muchos jinetes del apocalipsis, está asentada única y exclusivamente en la ambición del ser humano, en el deseo insano de hacer dinero fácil y a corto plazo».

El párrafo anterior da —de cierta manera— respuestas a las interrogantes. Ahora deben proceder los órganos jurisdiccionales. De nuestro país y los internacionales. El plaguicida va hacia México.

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