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Rendición de cuentas, rendición que cuenta
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Rendición de cuentas, rendición que cuenta

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Tipo de Nota: 
Opinión
27 10 15

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Me detengo en lo obvio nomás para dejarlo asentado: ganó Jimmy Morales. En seis meses pasó de curiosidad de campaña a presidente electo. Mes y medio bastó para duplicar la gente que votó por él en la primera vuelta.

Con poco más que su imagen —campechano, conservador, racista e improvisado— dio a más de 2.7 millones de personas un espejo que les gustó —o quizá simplemente un retrato al que siguen aspirando—, y eso bastó para votar por él. Así que lo dejamos allí, montado triunfal en la cresta de la ola del antivoto, de la antipolítica… y del dinero de sus nuevos amigos.

Nosotros, los ciudadanos, tenemos otra tarea que ni empieza hoy ni termina en cuatro años. Para nosotros es el tiempo del aprendizaje. Es el tiempo de la rendición de cuentas.

Sería razonable que usted pensara que me refiero a los llamados a la transparencia que escuchamos desde abril, puestos en boca de la fiscal general y del comisionado Velásquez de la Cicig. Ya habrá tiempo para ellos. Podría suponer que me refiero a las exigencias del embajador de los Estados Unidos y hasta a los señores del Cacif, conflictuados promotores de una anticorrupción que ignora a los corruptores. Esos reclamos tan desatendidos que le costaron el puesto y la libertad a Otto Pérez Molina y a Roxana Baldetti, que le arrebataron la presidencia a Manuel Baldizón.

Pero no. Aquí me refiero a otra rendición de cuentas, a la rendición que cuenta. Es la rendición de cuentas del propio ciudadano, que ahora debe asumir el peso de sus decisiones. Nunca más claro que hoy, tras la votación del domingo: estamos ante una responsabilidad que ya no puede evadirse.

Con estos comicios culmina un período inaugurado no en abril de este año con las protestas, sino hace cuatro años. Es el período del electorado impune, que dio la victoria a Pérez Molina y menos de cuatro años más tarde exigió su renuncia —lo cual está bien— como si nunca lo hubiera elegido, pese a que es militar, conservador y cómodamente complaciente con mafiosos y oligarcas —lo cual está mal—.

Hoy la mayoría ciudadana —no le dé más vueltas a esta realidad— ha vuelto a escoger. Por más que nos detengamos en el abstencionismo de 43.7 %, Morales ganó con más de 2.7 millones de votos, arrastró a más de un tercio del padrón electoral. Nadie puso una pistola en la cabeza de sus votantes. De su libre voluntad fueron al puesto de elección, tomaron el crayón y marcaron la papeleta.

Nos han dicho los apóstoles de la más convencional buena ciudadanía que, si no votamos, después no tenemos derecho a decir nada. Esto, por supuesto, es espada de dos filos, pues agrego yo: entonces hoy, si usted votó por él, si usted empujó al electorado a decantarse por esta decisión, ahora deberá hacerse responsable. De los logros, sí, pero también de los fracasos.

Si pedimos cuentas a los diputados, que se cambian de partido con desparpajo, todo por evadir la responsabilidad, ¿no tendremos que pedir cuentas también a los que construyeron el triunfo de Morales? No nos vuelva a pasar como con Pérez Molina, alegremente montado en la bicicleta estacionaria de los empresarios en la Enade de 2012. Empresarios que luego no tuvieron inconveniente alguno en ignorar su parte en la debacle patriotista. Hoy han encontrado un nuevo adalid, pero, aunque esta vez viaje en motoneta y con casco, la responsabilidad, si se cae, no la podrán evadir tan fácilmente.

Si pedimos cuentas a los políticos, que prometen sin intención de cumplir, ¿no nos tocará hacer otro tanto con los ciudadanos, con nosotros mismos? Hace apenas dos meses la multitud se lanzó a la plaza y echó a Baldetti y a Pérez Molina. Hoy muchos escogieron a Jimmy Morales. Si la ciudadanía se siente agente de la historia y reclama para sí ese derecho cuando vienen los éxitos, no tendrá tampoco más remedio que asumir la responsabilidad por esta elección. No lo olvide. Aprendamos.

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