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Renata Ávila: Las plataformas digitales pueden llegar a reproducir una estructura como la colonial
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Renata Ávila: Las plataformas digitales pueden llegar a reproducir una estructura como la colonial

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La aparente crisis de noticias falsas y desinformación les resulta muy conveniente a los medios tradicionales para inyectar nuevos recursos
El poder de las plataformas digitales no es solo económico; está fusionado con lo político y militar de los países más poderosos del mundo
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/ Con colaboración de: Carlos Arrazola
10 mins
Historia completa Temas clave
  • El poder de las plataformas digitales no es solo económico; está fusionado con lo político y militar de los países más poderosos del mundo.
  • Rozamos un sistema en el que las tecnologías ejerzan controles ineludibles sobre las conductas y las vidas de los más desposeídos, sin su consentimiento y sin opciones para liberarse.
  • La novedad de la transformación digital muchas veces nubla el rigor del análisis y nos impide observar cómo se agudizan fenómenos viejos.
  • La aparente crisis de noticias falsas y desinformación resulta muy conveniente a los medios tradicionales para inyectar nuevos recursos.
  • ¿Estaremos sobredimensionando el problema de las noticias faltas, los bots y los netcenters en el contexto nacional?
  • Se recupera el entusiasmo en las elecciones cuando te ves representado en ellas.

¿Qué ha pasado con la democracia? ¿Hay un regreso al conservadurismo en América Latina? ¿Es la tecnología cívica la salvación? ¿Y las grandes empresas que controlan internet y la economía la perdición? Renata Ávila, la abogada guatemalteca que desde hace meses dirige Ciudadanía inteligente, en Chile, que es parte prominente del equipo de Wikileaks, y que sobre todo es una de las mayores especialistas en derechos digitales en el mundo, responde por correo electrónico a estos temas.

Es posible que nunca hayan oído hablar de Renata Ávila (Guatemala, 1981). Pero es casi seguro que, si han oído mencionar su nombre, habrá una desproporción mayúscula entre lo que sepan de esta abogada y la influencia que su trabajo ha tenido durante la última década en el campo de los derechos digitales, el infoactivismo y las tecnologías de la información: fue asesora en jefe de Derechos Digitales en la World Wide Web Foundation, dirigió la campaña mundial Web We Want, junto a Tim Berners-Lee, el inventor del sistema con el que hoy funciona la red informática mundial, trabajó en asegurar un marco legal para la neutralidad de la red en Brasil, ya estaba en Wikileaks cuando la organización se dio a conocer y es miembro del equipo que defiende a Julian Assange, integra el directorio de Creative Commons, que promueve el intercambio gratuito de conocimiento sin eliminar los derechos de autor, y es fiduciaria de la Courage Foundation, que defiende el derecho a saber, la libertad de prensa y los derechos humanos. Además, colabora con múltiples iniciativas y proyectos universitarios alrededor del mundo sobre soberanía tecnológica, activismo con datos, e innovación de la democracia.

De hecho, aunque su trabajo más reciente parezca enclaustrado en el ámbito de la información y la tecnología, Ávila siempre apunta a cómo renovar la exhausta democracia y cómo defenderla de los embates y peligros que la acechan por múltiples flancos.

Esta mujer, que ha rondado muchas de las fronteras tecnológicas de la última generación, no es una tecnoutópica. Pero tampoco una apocalíptica, por usar la expresión de Umberto Eco.

Alguna clase de esperanza es necesaria para gestar notorias iniciativas que pretenden renovar la política progresista, como la Internacional Progresista, o como DiEM25, impulsada por el ex ministro griego Yanis Varoufakis, de cuya coordinación forma parte Ávila junto por ejemplo a Noam Chomsky y Brian Eno.

Ahora dirige Ciudadanía Inteligente, una organización con base en Chile, desde la que se propone ampliar en América Latina el concepto de ciudadanía para que no sea ese (“muy retrógrado”, como ha dicho en otra entrevista) de que “ciudadano es aquel que tiene los papeles en orden, que tiene un documento y que puede votar”.

¿En qué momento la democracia dejó de ser vista como el modelo de gobierno adecuado para satisfacer los problemas de los ciudadanos?

La cineasta y escritora Astra Taylor publicó recientemente un libro y un documental que plantea la pregunta previa necesaria para responder a tu pregunta: ¿Qué es democracia? Mi percepción es que es precisamente esa interrogante la que se plantea la ciudadanía en la región, cuando ésta la contrasta con el sistema de gobierno al cual está sujeta. Un sistema que excluye y limita las oportunidades de la mayoría no es un sistema democrático. La relación de grandes sectores de la ciudadanía con sus gobiernos es o bien una de presencia como fuerza represiva, criminalizadora, intimidatoria contra ciertos grupos, o bien una de ausencia total. Y no se puede separar esta presencia de factores como la creciente austeridad, el racismo abierto y sin disculpas, la impunidad. Creo que la ciudadanía latinoamericana no está rechazando la democracia como modelo de gobierno. El rechazo es más bien al liderazgo que no la deja funcionar.

Los latinoamericanos también se han desencantado de las elecciones. ¿La solución pasa por recuperar la confianza de los ciudadanos o por pensar al margen del sistema de partidos?

En Ciudadanía Inteligente descubrimos que se recupera el entusiasmo en las elecciones cuando te ves representado o representada en ellas. Cuando se transfiere el poder a personas que realmente reflejan tus realidades, defienden tus valores y conocen tus sueños. Por ejemplo, nuestra Coordinadora Regional Carolina Lourenco lideró en Brasil dos iniciativas enfocadas a ello, en la elección reciente. El primer ejemplo fue para que las mujeres negras, que representan el 27 % de votantes en el país, tomaran conciencia del poder de votación propio, y colocaran en el poder a otras mujeres como ellas. La campaña rindió frutos y hoy, a pesar del Bolsonarismo, el país cuenta con voces potentes como Talíria Petrone o Renata Souza en el poder.

El otro esfuerzo, que repetiremos en las elecciones municipales de Brasil en el año próximo es #MeRepresenta, una coalición de colectivos formada por organizaciones de mujeres, personas negras y personas LGTBQ+, con el objetivo de acercar a las personas a los candidatos comprometidos con una agenda progresiva de derechos humanos. Son dos ejemplos de recuperar las demandas progresistas.

¿Cuál es el papel de la sociedad civil en esto?

En Ciudadanía Inteligente trabajamos a dos niveles. Digamos que las organizaciones de la sociedad civil organizada que defienden una agenda de derechos son las ruedas de nuestro tren de iniciativas. Establecemos alianzas para acercarlas y distribuirlas en todo el continente, ya tenemos más de un centenar. Pero el corazón de nuestro esfuerzo busca acercar a la ciudadanía en general a la política, busca invitarles a que nos acompañen en recorridos largos, como procesos de rendición de cuentas y observatorios permanentes, o recorridos cortos, como durante las elecciones.

El problema es que no somos el único tren haciendo este recorrido, hoy sectores conservadores promoviendo una agenda de erosión de derechos fundamentales, también han encontrado formas de comunicación novedosas, lenguajes y dinámicas que invitan a grandes sectores de la población a unirse. Y cada vez la batalla por ganarles es más compleja, porque, a diferencia de las agendas de odio y miedo que éstos promueven, una agenda progresista implica esfuerzos, trabajo de mediano plazo, compromiso.

Nos queda mucho por innovar y más personas que sumar para ganar la carrera, y debemos tomar la ventaja. De momento, el contexto político global parece dar un giro a nuestro favor, al enfrentar un reto que, de no contenerse, cobrará más vidas que 25 holocaustos. Y también nos queda mucho por aprender de nuestro pasado y aplicar, adaptadas, las soluciones que nos permitieron como humanidad salir de terribles crisis.

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Los partidos progresistas que gobernaron parte de la región en la década pasada fueron suplantados por representantes de distintas formas de conservadurismo.

Más que progresistas, fueron socialdemócratas, con un enfoque en prioridades obvias, no revolucionarias, como la reducción de la pobreza extrema. Pero no lograron cambiar radicalmente el sistema. Las estructuras que debían erradicar de raíz, esa corrupción institucional de la que hablaba antes, se mantuvieron intactas. Entonces los dueños de las mismas se organizaron nuevamente, se rejuvenecieron reclutando vocerías jóvenes y frescas, y continuaron controlando el poder económico, e influyendo en las estructuras sociales, mediáticas y religiosas. Recuperar el poder fue cuestión de tiempo, renovación de pactos e inyección de recursos. Una coordinación transnacional. Un nacionalismo conservador internacionalizado.

La corrupción, y sobre todo la captura del Estado, son clave para explicar los problemas nuestros países, y al mismo tiempo hay muchas críticas, también desde la izquierda, a asignarle a la lucha contra la corrupción un papel central. Es visto como un elemento de la agenda estadounidense para desarticular movimientos progresistas en la región.

La mayoría de países en la región son fieles a los intereses y principios de su fundación: preservar el poder, bienestar y control de territorio y recursos de unos pocos. En Centroamérica particularmente el manejo del Estado se asemeja al de una finca. Pero el mundo ya cambió y las personas tienen más herramientas a su alcance para darse cuenta de las limitaciones de ese modelo de Estado.

Respecto de los otros países, son contados los ejemplos de un salto hacia construir naciones. Uno es México, que lo hizo a tiempo con su revolución. La región andina y su más reciente, intensa década, ha sido un ejemplo vivo de la lucha por romper con el círculo colonialista en países pequeños, una corta experiencia que hoy se sostiene desde la fuerza, desde la resistencia. Las reglas de la democracia de esos países le quedaron chicas al ejercicio democrático del pueblo. Estaban hechas a la medida de las élites.

Y pareciera que la lucha contra la corrupción también ha sido cortada con dicha tijera. Porque no ataca el fenómeno que el profesor Lawrence Lessig define como “corrupción institucional”, que es más bien la consecuencia que deriva de una economía de influencia, que ilegítimamente debilita la efectividad de una institución, especialmente debilitando la credibilidad del público en ella. Por ejemplo, instituciones ambientales que trabajan para las empresas extractivas en lugar de trabajar para que se preserve el medio ambiente, ministerios de trabajo que sirven los intereses del empleador, ejércitos que trabajan para el narco, sellar pactos de monopolios mediáticos otorgándoles las frecuencias radioeléctricas.

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Es mucho más fácil atacar esquemas de enriquecimiento ilícito y cohecho de ciertos sectores, que precisamente se aprovechan del debilitamiento institucional, de la falta de credibilidad en las instituciones. Es mucho más sonado, más premiado en la opinión pública. Se ataca la consecuencia de la corrupción institucional más que a ésta, y se traslada la falsa sensación de avance. Mientras las estructuras, muchas fundadas desde la colonia y consolidadas en las dictaduras, conservadas durante la transición, permanecen intactas. Protegidas desde dentro y desde afuera.

¿Qué patrones novedosos y qué anomalías has detectado en las campañas electorales y en las elecciones de los últimos años en América?

La brecha digital aún es inmensa en varios países de la región, y me parece que los partidos corren dos campañas en simultáneo, pero cada vez más ponen énfasis en lo digital, que domina los debates y establece las prioridades de sus agendas. El excesivo escrutinio y atención a redes sociales de todos los sectores involucrados ha sido tendencia en las elecciones de México, Brasil, las municipales de Ecuador y las recientes elecciones de Guatemala y El Salvador.

Sin embargo, la novedad de la transformación digital muchas veces nubla el rigor del análisis y la observación de fenómenos viejos agudizados, como el papel que juegan estructuras poderosas, como las iglesias, el ejército, los monopolios mediáticos y los intereses empresariales, que simplemente usan las nuevas herramientas tecnológicas como una ayuda más entre sus tácticas. Sí, son importantes para la mitad de la población en muchos lugares. Para esa mitad que podrá tener un megáfono, una vez las elecciones concluyan. Pero ¿qué ha pasado en la aldea donde no hay luz? ¿Cómo están los partidos políticos llegando a esas poblaciones? ¿Cómo está llegando la información de las elecciones, las rendiciones de cuentas del gobierno, los debates, las respuestas? ¿Quedó alguien para escucharles? ¿Alguien vigila el comportamiento de los partidos allí? Hay poca investigación.

Es más fácil, barato, y les reporta mayores beneficios llevar una campaña auxiliados de una combinación de medios tradicionales y redes sociales, que recorrer los países y escuchar las demandas de la gente, que son cada vez más invisibles. Además, el poco y pobre escrutinio de las autoridades electorales sobre la segmentación y microsegmentación de mensajes distintos a potenciales votantes, que se conoce como profiling y microtargeting, que estaba al centro del giro de negocios de la controversial compañía Cambridge Analytica, pero que para nada es un método exclusivo de ésta, les permite asegurar mayor penetración de su mensaje en los conectados. Entonces los desconectados están doblemente excluidos.

En una nueva etapa de Ciudadanía Inteligente estamos explorando maneras de cerrar esa brecha democrática digital, acercando los diálogos ciudadanos que hacemos con nuestra plataforma Vota Inteligente, que adopta distintas modalidades y nombres según el país donde se adopta. Iniciativas como Ecuador Decide, Nuestra Elección en Guatemala, y Rio por Inteiro precisamente permiten reducir esa brecha.

Nuestras metodologías permiten elevar peticiones individuales y comunitarias, de rincones más aislados de los países, a una plataforma digital que las hace visibles a los candidatos y que les obliga a comprometerse y a escuchar. Son pequeños esfuerzos que deben escalar para acercarnos a los problemas de la gente, para fortalecer el músculo de la democracia, ejerciéndola en pleno y haciéndola visible en un mundo que solo lo digital parece importar.

Fake news, bots y netcenters. La manipulación de la información, la política y las elecciones.

Usemos como ejemplo a Guatemala. Menos de la mitad de Guatemala tiene acceso a Internet y muy pocos tienen la capacidad adquisitiva para usar intensamente redes sociales. ¿Estaremos sobredimensionando el problema en el contexto nacional? ¿Nos estamos dejando llevar por miradas y problemáticas externas? La manipulación de la información, la política y las elecciones se lleva a cabo, desde que tengo memoria, de los medios principales.

El control de Ángel González en la pauta, por ejemplo. La influencia de las noticias falsas distribuidas por las iglesias a través de sus radios, que arriesgan la salud sexual y reproductiva de las adolescentes. Yo no creo que sea un problema necesariamente digital, es un problema mucho más profundo, estructural, de desarrollo de pensamiento crítico, de formación cívica y de creación de medios públicos viables.

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El internet llegó de golpe y sin previo aviso a la cotidianidad de los ciudadanos, al punto de que se ha convertido en el canal de mayor influencia en la toma de decisiones políticas, desplazando a los medios tradicionales. ¿Qué consecuencias tiene este fenómeno?

Internet lleva cuarenta años y la red treinta. Es ingenuo decir que entró de golpe y sin previo aviso, ha sido un despliegue calculado y lento. Las redes sociales ya llevan diez años y sus sorpresas quedaron plenamente neutralizadas después de la primavera árabe. La crisis de los medios y sus modelos de financiación es previa a la de las redes. Y a pesar de todo, aún influyen. La aparente crisis de noticias falsas y desinformación, por ejemplo, les resulta muy conveniente a los medios tradicionales para inyectar nuevos recursos, y restablecerse como “piezas necesarias” en el ecosistema de la información.

¿Cuál es el futuro de la política, de los procesos electorales y de la democracia en general, en este contexto de saturación de información e intereses que se despliegan en las redes sociales e internet?

A mí lo que me preocupa hoy es más complejo y alejado del fenómeno que describes: es la gradual pérdida de autonomía como individuos, de impredictibilidad como colectivos. Por ello estoy escribiendo un libro sobre colonialismo digital, en donde describo la posibilidad de que el poder de las plataformas digitales, que no es solamente económico, sino que está fusionado con lo político y militar de los países más poderosos del mundo, pueda reproducir una estructura similar a la de los tiempos de la colonia, un sistema en el que las tecnologías ejerzan controles ineludibles sobre las conductas, sobre las vidas de los más desposeídos, sin su consentimiento y sin opciones para salirse de dicho control. Donde no haya revolución posible, donde estemos convencidos que no queda esa posibilidad.

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Sin libertad de pensamiento, sin autodeterminación, no queda democracia. Sin privacidad, y con la abarcadora captura de nuestros datos de comportamiento, la libertad de pensamiento y por tanto la democracia están bajo un riesgo sin precedentes.

¿Qué papel desempeñan las grandes corporaciones mundiales de internet (Facebook, Google, Twitter) en las democracias y qué problemas representa su escala?

Guatemala es tan relevante para dichas compañías que ni siquiera se molesta en abrir una oficina local, somos un pequeño mercado que no factura mucho. Sus leyes aplicables son las de California, y es virtualmente imposible que el peso de la ley de Guatemala les caiga duro. No pagan mayores impuestos localmente, tampoco. No tienen bienes localmente.

Sin embargo, aunque sea el mercado guatemalteco un pelo de gato peludo para éstas, para los corruptos son herramientas muy útiles. Son precisamente esos grupos de poder que pueden contratar a intermediarios para utilizar estas herramientas como armas de desinformación, movilizando recursos y combinándolos con el acceso a los medios hegemónicos, sector del cual, o bien gozan favores, o bien compran.

Es distinto escenario el de los grandes mercados latinoamericanos: Brasil, México, Colombia, Argentina. Los números importan y allí sí que tienen oficinas establecidas y allí sí que también hay un pulso entre reguladores, congresos y compañías. Pero hay poca coordinación y atadura de manos: nos hemos metido tan hondo en el hoyo de negociaciones y tratados comerciales multilaterales, firmando cheques en blanco y empeñando el futuro, que ya no podemos regular sin que se considere una barrera comercial.

¿Cómo se puede controlar?

De momento, regular cómo se va a conectar a esos de la brecha es lo que puede cambiar las reglas del juego. También, la que se viene será la tecnología 5G, que cambiará todo, un tema del que urgentemente tenemos que empezar a hablar, democratizar.

La libertad de pensar y la libertad de autodeterminación es lo que se encuentra bajo ataque. Tenemos máquinas capturando y registrando nuestro comportamiento e interacciones todo el tiempo, y no nos damos cuenta, porque al diseño de estas máquinas se le ha incorporado técnicas de diseño y psicología que solo nos invitan a maximizar dicha interacción. Esto, por supuesto, tiene serias consecuencias políticas, lleva a un declive en la racionalidad de las personas y su habilidad de deliberar.

El profesor Eben Moglen sugiere, pues, que regulemos a las compañías que se dedican a recolectar datos sobre nuestro comportamiento, como tales: no son plataformas de anuncios, no son medios de comunicación, su labor primordial es monitorearnos. Sus acciones y negocios al respecto son totalmente opacos. Su impacto hoy, y el daño que puedan provocar a futuro, es incalculable.

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