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Estudiantes de primaria de la escuela de párvulos Ramona Gil, en Chimaltenango, asisten a la inauguración del ciclo escolar presencial, el 22 de febrero, Esteban Biba/EFE

Clases presenciales: Autorizan volver a colegios, pero las escuelas públicas siguen en la incertidumbre

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Clases presenciales: Autorizan volver a colegios, pero las escuelas públicas siguen en la incertidumbre

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En Guatemala solo tres de cada diez personas cuentan con servicio de internet y le quedan lugares donde la energía eléctrica todavía no llega. Por eso, las clases presenciales, aún con sus limitaciones desde antes de la pandemia, son el mejor sistema para la educación pública. El Ejecutivo asegura que en agosto podrán regresar a las aulas, pero siendo optimistas solo algunos establecimientos privados podrán lograrlo.

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En la escuela de María López hay 600 escolares inscritos. Es incierto saber con cuántos terminará el ciclo escolar porque en promedio cada mes debe convencer a dos familias para evitar el retiro de sus hijos.

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La cuarta parte de su población educativa no tiene acceso a internet. De hecho, el Censo 2018 mostró que solo el 19% de los hogares en el departamento tienen acceso al servicio. «Probablemente me falten 30 alumnos al finalizar el año, los mismos sin conectarse para recibir clases y así no hay cómo darles seguimiento», lamenta.

Ella es la directora de ocho maestros de una escuela en la cabecera de San Marcos.

La pandemia obligó a más de cuatro millones de niños, niñas y adolescentes a dejar sus estudios, sabe el Ministerio de Educación (Mineduc). Esas fueron sus cuentas en 2020.

A López, de 43 años, le resultó difícil acoplarse a la nueva normalidad, no se siente acompañada por sus autoridades.

A 125 kilómetros de ahí, en el caserío Peña Blanca, en la cabecera de Sololá, Jorge De León, atraviesa una situación similar. «No hay nada que supla el contacto directo entre alumnos y maestros», asegura el director de la Escuela Oficial Rural Mixta Peña Blanca.

Antes de la pandemia la educación ya era un reto en las escuelas, reconoce, ahora se ha vuelto una tarea titánica. Desde hace tres meses su municipio se encuentra estancado en una alerta roja en el semáforo epidemiológico. Con tantos casos positivos a COVID19 no es posible volver a clases presenciales.

Sus alumnos perdieron el entusiasmo y el interés por asistir a clases. Algunos no se retiran del todo, pero no entregan tareas o pierden contacto durante meses con sus profesores.

De León no suaviza lo que sucede al admitir cuál es la situación de los estudiantes: «No están aprendiendo».

El sistema presencial es su mejor opción, coinciden ambos docentes. Pero eso no será posible en el corto plazo, saben, al menos no para las escuelas públicas y más si son rurales.

Ante la crisis sanitaria desde hace 16 meses, el aprendizaje a distancia apoyado en la tecnología fue la respuesta para continuar. Pero ello evidenció y agravó las desigualdades.

¿Se perdieron dos años escolares? Según Verónica Spross, directora ejecutiva de Empresarios por la Educación, más que un tiempo perdido por la pandemia es un lapso en donde vamos a ver vacíos en el aprendizaje. La propuesta para que esa situación no afecte demasiado es optar por alternativas off line, es decir, métodos para que los niños trabajen desde su casa.

En un escenario ideal, la tecnología podría ser el salvavidas de la educación en una época con tantas dificultades. Pero en esta carrera de obstáculos las precariedades en las escuelas impiden esa opción.

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Algunos colegios serán presenciales

De 317 solicitudes, el Mineduc autorizó a 158 colegios volver a trabajar en modo presencial en municipios en alerta naranja y amarilla. Una medida en tiempos cuyas cifras superaron los 3 mil casos registrados de COVID19 en un día.

El donativo de 1 millón 500 mil vacunas por Estados Unidos, servirá para inmunizar a los docentes.

La posibilidad de volver a las aulas surgió por iniciativa de colegios anuentes en retomar ese modelo, asegura Lorena Aragón, viceministra técnica de Educación. Es una opción a la que podrán optar solo establecimientos privados. En caso los padres no estén de acuerdo, no están obligados a enviar a sus hijos.

Para tramitar la modalidad presencial debe presentar la boleta de infraestructura y bioseguridad del centro escolar, el cual detalla las condiciones de infraestructura: Que en las aulas haya ventilación fluida, acceso a todos los servicios básicos como energía eléctrica y agua potable, y tener la posibilidad de guardar distanciamiento de 1.5 metros cuadrados en aulas, 2.5 metros en comedores y 4 metros en áreas para educación física.

Esas son las condiciones a cumplir según esa boleta. Y los requisitos siguen.

También deben presentar un plan de seguridad escolar 2021, un consentimiento escrito de los padres de familia y un informe de quiénes integran el comité escolar de gestión de riesgos del establecimiento.

Este último es un comité en donde se definen las acciones de emergencia a implementar ante un supuesto caso positivo. El expediente debe incluir una declaración jurada del director de la institución, mediante la cual se hace responsable de la implementación de protocolos. En su mayoría, los colegios autorizados están concentrados en los departamentos de Guatemala, Escuintla, Retalhuleu y Chimaltenango.

«La declaración es para responsabilizar a los colegios a cumplir los protocolos diseñados», explica Aragón. Pero comprobar su cumplimiento es la parte complicada. De ello se encarga la Dirección General de Monitoreo y Verificación de la Calidad (Digemoca). Cada dos meses visitará los establecimientos para evaluar la ejecución de los protocolos. 

«Por supuesto que no es un monitoreo censal porque se hace cada dos meses y no podemos ir a todos los centros educativos. Por eso se toma una muestra bimestral y los supervisores se desplazan a esos colegios», explica la viceministra.

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Y las públicas, ¿cuándo?

De nuevo: el procedimiento de autorización para trabajar en alerta naranja o amarilla de manera presencial es solo para colegios. Para el sector público, la funcionaria no se atreve a emitir un cálculo de cuándo podría volver la normalidad.

«Lo que nos rige es el semáforo epidemiológico, el cual cambia cada 15 días», dice.

En el país hay 6 mil 445 establecimientos públicos en alerta amarilla donde los niños llegan a las escuelas cada cierto tiempo, recogen sus asignaciones y trabajan desde su casa. Es la metodología de burbuja.

Otros 13 mil 179 centros educativos en naranja trabajan en modalidad híbrida; y un poco más de 20 mil en alerta roja, totalmente a distancia, a través de hojas de trabajo.

«Las escuelas deberían ser las últimas en cerrar y las primeras en reabrir», declaró la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Y advierte: Si no retoma su normalidad, las consecuencias serán evidentes no solo en su rendimiento académico sino en su salud física y mental.

Los gobiernos deberían garantizar condiciones seguras para los niños y adolescentes, señala.

Educación los sabe, pero no tiene claridad en cómo lograr un escenario seguro para los niños y personal educativo. «Tenemos la esperanza de que pronto podamos iniciar la vacunación de docentes lo cual nos permitirá mejores condiciones de seguridad», supone Aragón.

El presidente Alejandro Giammattei es todavía más optimista. En su última cadena nacional, la noche del jueves 9 de julio, anunció el proceso de inmunización a 220 mil maestros para regresar a clases presenciales en agosto. En todo el país hay 285 mil 280 maestros en el sector público, privado, cooperativas y municipal.

La promesa del mandatario depende de recibir las dosis suficientes en las próximas semanas. Aunque la experiencia muestra un ingreso a cuentagotas del antígeno.

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Hay 34 mil escuelas en desventaja

En 2020, la Procuraduría de Derechos Humanos (PDH), rindió su informe sobre la Verificación del Derecho a la Educación en los niveles primario, básico y diversificado. La institución advirtió que incluso una modalidad híbrida era un reto grande para el sector público.

En especial porque implica garantizar condiciones de salud e higiene en edificios escolares, donde un alto porcentaje no reúne las condiciones para garantizar agua potable y saneamiento.

En todo el país hay 34 mil 10 escuelas públicas para atender al 71% de la población escolar. El otro 29% se matriculó en los 17 mil colegios privados.

El Mineduc no cuenta con un censo de infraestructura de escuelas. La única estadística cercana para conocer las condiciones de las escuelas la generó la PDH en las visitas realizadas a establecimientos públicos: Tres de cada diez escuelas del área rural no tienen acceso a agua potable.

El 60% de establecimientos públicos en áreas rurales, sus sanitarios están en malas condiciones. En el área urbana la cifra es del 70%.

Julio César Hernández Rodríguez, especialista en investigación social de la PDH, cada día recibe denuncias de maestros que por alguna razón llegan a sus centros educativos, lo hacen sin medidas de seguridad e insumos como mascarillas y gel.

Hay municipios donde la mayoría de edificios escolares están en esas condiciones. «El Mineduc se lava las manos al decir que dotarlos de agua potable es responsabilidad de las municipalidades», señala Hernández.

Sin vacunas para maestros, sin servicios básicos y sin medidas de seguridad. Esa es la situación en departamentos como Alta Verapaz, en su mayoría rural, a la cabeza de las peores estadísticas; pobreza, poco acceso a internet y servicios básicos. Sin mencionar los efectos de las tormentas ETA y IOTA. 

Parece una utopía regresar a clases presenciales este o el próximo año, considera el investigador de la PDH.

En 2031, anticipa Spross, los efectos de esta crisis serán visibles. Especialmente cuando los niños de hoy pasen a formar parte de la fuerza laboral y se vean en desventaja en el mercado de trabajo. Serán adultos con salarios bajos y con situaciones económicas difíciles.

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Una brecha cada vez más grande

Los esfuerzos del Mineduc han sido mínimos. Hernández así lo cree. «No generó propuestas para solventar las grandes brechas ya existentes en el país».

La emergencia sirvió de lupa para notar lo que siempre ha estado ahí, la falta de acceso a tecnología y telecomunicaciones como la conexión a internet. En Guatemala, el internet llega solo a tres de cada diez hogares, según el Censo 2018. O el agua sin fluir con solo girar la llave del grifo.

Si alguna vez hubo alguna iniciativa de mejorar, la pandemia la estancó.

Cada día fuera de la escuela, los niños viven sin la protección social de los centros educativos, su primer contacto con el Estado. «Muchos docentes detectan y denuncian señales de abuso en casa. Pero esta medida se ha perdido, muchos están expuestos al maltrato y la violencia en sus hogares», lamenta Hernández.

Son varias las respuestas que tendría que ofrecer el Mineduc para enfrentar todo esto. Desde realizar esfuerzos para migrar a un sistema de escuelas con conectividad y dotar de recursos a estudiantes y docentes, hasta la constante capacitación en recursos tecnológicos y mecanismos de educación a distancia, sugiere Verónica Spross.

Tanto los escolares como los docentes, dice el investigador, están abandonados por el Estado. Contra toda evidencia, el Ministerio niega haber dejado solos a los maestros.

«No los dejamos solos, ahora se trabaja a distancia. El docente busca formas de llegar a sus estudiantes», responde la viceministra. Con materiales pedagógicos generados por la cartera educativa intentan mitigar los efectos de no contar con clases presenciales y en consecuencia la falta de contacto con el docente.

Hay maestros que invierten más horas de trabajo y sus propios recursos para llegar a sus alumnos sin representar una mejora salarial para ellos. ¿Eso no es estar solos?

—Todos hemos debido realizar esfuerzos adicionales —justifica la funcionaria—. Es una época en la cual nos ha tocado dar más a todos. Trabajamos hasta la madrugada, no importa el día, no importa el horario. Nos sentimos agradecidos con el gremio docente, a quienes les ha nacido acompañar a los estudiantes en una época tan complicada.

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En eso descansa el Mineduc, en la vocación de sus docentes. Como en las escuelas de María López y Jorge De León donde los alumnos cada vez están menos motivados y más cerca de engrosar las estadísticas de la deserción.

«No hay nada como el contacto entre maestro y alumno, pero no sé si algún día vayamos a recuperar eso», dice De León con nostalgia.

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