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Política corrupta-ciudadanía apática
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Política corrupta-ciudadanía apática

Los llamados partidos políticos funcionan como máquinas electorales que guardan ciertas formas en muchos casos, pero que ya decidieron de antemano quiénes van a ser sus candidatos en función del precio de la candidatura
Al momento, no existe un sujeto político que pueda realizar un cambio significativo de la magnitud que se necesita.
Papeleta de votación.
Manuel Baldizón del partido Lider en un mitin político.
Pobladores de Sololá escuchan a Sandra Torres, candidata presidencial de la Unidad Nacional de la Esperanza.
Alejandro Sinibaldi es el candidato presidencial del Partido Patriota.
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Tiempo aproximado de lectura: 22 mins

Tenemos una democracia relativamente joven e inmadura, pero con aires de agotamiento y decrepitud. Sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones, el panorama político no cambiará significativamente porque no hay alternativas políticas reales y efectivas, y porque tenemos una institucionalidad deteriorada y corrompida.

No hemos hecho nada para cambiar esta situación y no podemos esperar, por tanto, que la situación cambie por sí misma. Los políticos que han medrado en esta situación y los grupos de poder que se han beneficiado no van a cambiar el estado de cosas. Cualquier alternativa real debe ser pacientemente construida para que resulte efectiva en algún momento de la próxima década. No es algo que vaya a surgir de la noche a la mañana. Y al momento, no existe una fuerza política real que sea alternativa.

De hecho, se ha producido una situación que provoca un verdadero círculo vicioso que dificulta ofrecer respuestas a la situación. Se ha insistido mucho en la corrupción de los políticos, mucho menos en la corrupción de las empresas vinculadas y a la general connivencia que mantienen las élites con el poder político, pero poco se ha visto cómo esta condición desemboca en una ciudadanía apática, descreída, incapaz de organizarse y hacer frente a la situación.

Se debe insistir en el punto: las condiciones de deterioro institucional y de la práctica política han dado como resultado políticos corruptos. Se podría acordar con eso. Lo que ya no resulta igualmente enfático es que, junto a factores como la pobreza y la desigualdad tan amplias, esto ha impedido una ciudadanía robusta que pueda responder a los abusos políticos.

Escándalos tras escándalos de corrupción evidencian que no lo son: son noticias que se metabolizan rápidamente, sin dejar consecuencias. Declaraciones imbéciles dan para criticar y hacer algunos “memes”, pero no para más. Mucho menos pensable e indignante resultan la inconsistencia de las políticas públicas, la falta de un proyecto de nación, la poca calificación de los cuadros técnicos y políticos, el transfuguismo, etc. Prácticamente, el sistema puede soportar con todo, porque no hay ciudadanía que pueda ofrecer resistencia y una respuesta política.

Situaciones críticas, que en otros países serían motivo de salida de gobernantes, aquí dan para noticias y comentarios de algunos días de duración. Se puede afirmar que los políticos y demás figuras conexas, pueden hacer prácticamente lo que quieran sin que esto les implique un costo importante porque no hay un sujeto político que los fiscalice. Sin consecuencias de temer, la impunidad está garantizada.

Como cada cuatro años hay una apuesta ingenua (las elecciones), entonces el descontento encuentra una vía de descarga. Se “castiga” al gobierno en el poder, poniendo a otro. Como se sabe y se ha insistido, no ha habido un gobierno que repita en el poder estatal desde las ya lejanas elecciones de 1985. El problema, es que esta forma de participación no cambia las estructuras que soportan la corrupción política.

Mientras, desde una perspectiva más sistémica, el gobierno se encuentra claramente en una situación de desequilibrio de poderes, de irrespeto de los derechos así como de un cumplimiento aleatorio del imperio de la ley (que significa su negación), así como de un descontrol y descuido de su deber ser (educación, salud, empleo, etc.) por la influencia y captura de la institucionalidad por intereses económicos y políticos, lo que cuestiona fuertemente su legitimidad. Además, no ha sido posible lograr alternativas económicas que permitan mayor crecimiento y una distribución más equitativa. Seguimos (y seguiremos por un tiempo indefinido) sujetos a la periferia económica, en condiciones de intercambio fuertemente asimétricas.

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Un diagnóstico posible señala que se ha producido la formación de un Estado-Nación excluyente y que no ha dado para alcanzar la modernidad propia de un Estado democrático. Que no ha tenido la voluntad ni el proyecto de incluir de manera seria a todos sus ciudadanos.

De allí que no haya una ciudadanía efectiva ni una conciencia nacional como tal (el clientelismo que se practica tiene como efecto producir clientes, no ciudadanos), con el agravante de una institucionalidad política que presenta severos síntomas de corrupción delincuencial e impunidad.

En este ambiente parece bastante curioso, por decir lo menos, que exista un desencanto significativo con las instituciones políticas y los políticos (expresado en encuestas como las del Latin American Public Opinion Project, LAPOP, así como en la discusión pública y privada), y al mismo tiempo una participación significativa tan alta en las elecciones, como la que se produjo en el 2011 y que tuvo un porcentaje similar al proceso de 1985, cuando ganó Vinicio Cerezo con el llamado “retorno a la democracia”.

Además de esta esquizofrénica actitud frente a la “democracia”, se producen luchas y resistencias de movimientos sociales populares en diversos lugares del país, así como existe cierta discusión, que puede ir ampliándose, que considera que las actuales formas políticas no dan para solucionar los problemas más graves, que nos ubican en una situación lamentable y que no existe una vía clara de salida.

Se dice “reforma política”, pero hay perspectivas variadas sobre lo que significa y más importante aún, no hay una fuerza política independiente del actual estado de cosas que pueda llevarla a cabo con la responsabilidad y honestidad que se requieren para ello. De nuevo: el cambio no sucede por generación espontánea y si no preparamos el cambio, no habrá ninguno.  Al momento, no existe un sujeto político que pueda realizar un cambio significativo de la magnitud que se necesita.

¿Podemos seguir así? Sí. En una crisis permanente, pasándola, aunque con el riesgo de que se agudice la crisis. El sistema es flexible y siempre es posible que se empeoren las cosas.

En suma, existe un clima social en el que hay un malestar extendido respecto a problemas añejos, prácticamente irresolubles, pero que no ha dado para procesos de organización y resistencia más amplios, frente a un sistema que, con todo, se ha dado un mecanismo altamente efectivo como las elecciones democráticas para que no existan rupturas violentas. 

Pareciera pues, que estamos en una especie de marasmo: una sociedad con profundos problemas económicos y sociales, con un sistema político deteriorado y corrupto, sin vías legales de reforma (por lo menos como una posibilidad efectiva y positiva a corto plazo) ni, mucho menos, opciones de transformación revolucionaria.

Por ello, las razones por las cuales nos han llamado a votar pueden ser discutidas.

Razones para no votar

Los partidos políticos y sus figuras pueden ofrecer de todo, pero cumplirán muy poco o harán precisamente lo contrario a lo que dicen, como ya lo han hecho sistemáticamente en gobiernos anteriores. Y voten cuantos voten, esta situación no cambiará significativamente.

La “soberanía del pueblo”

Se transmite la creencia que la legitimidad de los gobiernos descansa en la soberanía del pueblo que se expresa a través de las urnas y votar. Mientras más votos, mejor.

Esta creencia es falsa o, por lo menos, hay que matizarla. Un breve examen a las cifras de los torneos electorales desde el triunfo de la Democracia Cristiana lo demuestra.

En números brutos, los votantes que le dieron el triunfo a cada presidente fueron los siguientes:

¿Qué significan estas cifras?

El ejemplo del triunfo del Partido de Avanzada Nacional es claro. Ganó con menos del 20% del total de ciudadanos que teóricamente podían votar. Eso significa que cuatro de cada cinco guatemaltecos no votó por ese gobierno. ¿Y qué pasó?

NADA.

Es decir, dicho gobierno no fue un gobierno “ilegítimo” ni perdió capacidad de acción. Firmó la paz y puso fin al enfrentamiento con la guerrilla. Aceleró el proceso de privatizaciones y logró frenar al movimiento social y popular. Detuvo los secuestros y bajó las estadísticas de homicidios en un poco más del 20% (el descenso de homicidios que se registra de 2009 a la fecha es resultado de dos gobiernos: Unidad Nacional de la Esperanza y Partido Patriota), aunque utilizando estructuras y métodos ilegales.

Abstrayendo la calificación de si fue buen o mal gobierno, se puede decir que no fue un gobierno débil o “ilegítimo”.

De acuerdo a las normativas  existentes, si sólo los familiares de los candidatos votaran por ellos, ganaría el que más parentela tuviera y no habría mayor problema para declararlo ganador. En el hipotético caso de que se emitan 2,000 votos en segunda vuelta y un candidato obtuviera 1,001, el Tribunal Supremo Electoral lo declararía triunfador y tendríamos flamante nuevo (o nueva) Presidente…sin ningún problema. 

La Real Politik… del “menos peor”

Todavía está muy fresco en la memoria que hubo algunas personas serias e inteligentes que proponían que, en las pasadas elecciones, se votará por el PP porque la alternativa era peor: Lider.

Es cierto: un gobierno de Lider hubiera sido muy malo (de hecho, si gana podría ser muy malo y el problema es que, dado el comportamiento electoral anterior,  “ya le toca”). Pero este gobierno no fue, ni con mucho, el que prometía ser.

La cuestión es que, a menos que cambien significativamente las reglas del juego (y esto implicaría una reforma importante en las condiciones ya señaladas), ningún político y ningún partido pueden cumplir lo que prometen.

Hay un deterioro institucional severo, ¡tan sólo pensemos en el Congreso! Cualquier ganador se tiene que enfrentar con una corrupción institucionalizada, pocos cuadros honestos y capaces, etc.

Esto implica un hecho terrible: cualquier candidato está mintiendo si promete que va a mejorar las cosas significativamente. Y eso es precisamente lo que todos prometen (incluyendo cosas absurdas…mi favorita: “el 14 a las 14”…).

Pero imaginemos un caso hipotético: existe un partido compuesto sólo de gente honesta y preparada. Tiene los cuadros más brillantes, una propuesta de gobierno sólida y se financia sólo a través de la contribución de sus militantes. Este hipotético partido: 1) No puede ganar porque las campañas son extraordinariamente caras y tendría que haberse organizado hace años. 2) Si ganara, se tendría que enfrentar a un entramado institucional y a adversarios políticos taimados, grupos de presión poderosos y votantes seducidos por ofertas electorales que parecen anunciar una mezcla de superhéroes y jabones de olor que no encuentran otra forma de participación colectiva de gran alcance y eficaz.

Además, existe la realidad de un modelo económico extractivo, una sensibilidad conservadora y profundamente antipopular (que descalifica cualquier alternativa como populista), una institucionalidad carcomida por la corrupción e impunidad, un bajo nivel organizativo de sectores ciudadanos y populares, carencia de liderazgos significativos que no se puede remediar fácilmente.

[Sandra Sebastián]

Torneo electoral

La publicidad electoral puede ser terriblemente aburrida, repetitiva y estúpida. Pero también puede tener sus encantos nada sutiles. Podría ser bastante cómica…si no se refiriera a algo tan serio como la conducción del sistema institucional estatal.

En las elecciones se entera uno de montón de trapitos que salen al sol. Por ejemplo, no creo que hubiera mucha gente que supiera que Alfonso Portillo había matado a dos en defensa propia (así lo dijo) en Chilpancingo. Claro, de nada sirvió que lo supieran millones de personas después porque al final lo elegimos. Es más, como el hábil político que es, lo supo catalizar a su favor y dijo, más o menos así, que si podía defender su vida iba a defender a Guatemala…

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La confrontación y el estilo agonista de los candidatos producen cierto placer en los espectadores. Es un poco como el mecanismo de las telenovelas: si tenemos a un malvado (o a varios malvados) podemos gozar con sus fracasos y ver, placenteramente, que han perdido y que les va mal, que descubren sus sucios secretitos, que se insultan y mientan la progenitora.

Seguro que vamos a tener bastante show político y vamos a descubrir muchas cosas interesantes, sorprendentes, divertidas y lamentables de varios de los candidatos. Pero, ¿eso significa que tengamos que votar por uno de ellos? No lo creo. 

De nuevo hay que ver que, más allá del show de acusaciones y contraacusaciones, existen intereses que se han ido articulando en torno al capital tradicional y el capital emergente, con sus respectivos grupos que, si bien mantienen competencias por la mayor tajada de pastel, no dejan de tener nexos significativos entre ellos.

Si uno no vota…

“Si uno no vota, los demás deciden por uno”. Si uno revisa el funcionamiento de los torneos electorales, no se puede sino concluir que los otros ya decidieron desde hace bastante tiempo. ¿Quién, como ciudadano de a pie, eligió a los candidatos presidenciales, diputados, alcaldes que van a competir en el torneo electoral?

Los llamados partidos políticos funcionan como máquinas electorales que guardan ciertas formas en muchos casos, pero que ya decidieron de antemano quiénes van a ser sus candidatos en función del precio de la candidatura. Candidatos a diputados tienen que pagar determinada cantidad para aparecer en la lista de los elegibles.

¿Qué democrático tiene eso? ¿Qué capacidad de elección real tenemos la mayoría de ciudadanos? ¿Cuál es nuestra capacidad de influencia a estas alturas del torneo electoral?

Centrarse en el día de las votaciones significa que la perspectiva es muy limitada. Si existieran mecanismos democráticos en la elección de candidatos y si existieran alternativas viables y políticamente significativas sería importante ir a votar. Pero NO existen. Entonces, le elección del  “menos peor” es una decisión bastante pobre, ¿no?

Votemos por Guate

En elecciones anteriores el Tribunal Supremo Electoral y muchos otros cándidos (“manga de ingenuos”, diría Susanita, la de Mafalda) argumentaron que votar era “ir por Guate”, que es un acto patriótico, etc, etc, etc.

En serio, ¿votar por Otto Pérez Molina y Roxanna Baldetti fue votar por Guatemala? (Por favor, no imaginar una carcajada de sarcasmo).

La apelación a la nación, a la Guatemala abstracta, es un contundente ejemplo de una “epifanía” ideológica.

Es cierto: hay muchos casos de gente que ejerce su voto por convicción cívica y cree, efectivamente, que su voto cuenta. Es más, se dan ejemplos de personas que, contra todo obstáculo, llega a dar su voto. Está bien. ¿Quién puede predicar contra el ejemplo?

El problema es más bien estadístico e ideológico. Frente a todas las apelaciones, mi voto no cuenta mucho (y por supuesto que no hablo por el de alguien más).

Pero además, el chisme político previo (recordar el show electoral), hacer una fila, marcar un logo bonito, mancharme el dedo de tinta e irme en paz, pues es un asunto francamente ideológico. La ideología no son sólo “ideas”, sino también prácticas. Prácticas que asumimos desde que somos chiquitos, como cantar el  himno nacional y decir frases como “hay de aquél que con ciega locura, tus colores pretenda marchar”. ¿?

Que nos hacen pensar que Guatemala es una, cuando en realidad existen sujetos personales y colectivos que se enfrentan en temas tan delicados como los impuestos, justicia, seguridad, etc., y cuyos intereses están contrapuestos e, incluso, son antagónicos.  Apelar a una unidad imaginaria o decir que nuestro voto significa mejorar las cosas es una creencia que no se corrobora con los hechos. Y conste, este no es un llamado a formas autoritarias de gobierno, sino a reconocer los límites de la situación actual y llamar a un cambio de cosas.

Por otra parte, frente a la increencia posmoderna, una respuesta sería la articulación de un campo nacional popular, sin conducción divina, es decir, sin la creencia que hay un sector privilegiado para llevarlo a cabo. Pero al momento no lo hay y no va a surgir de la generación espontánea. 

Los fundamentos de la corrupción

El problema de fondo tiene que ver con la corrupción que se ha enseñoreado de la política. Pero aquí el diagnóstico tiene que ser más serio de lo que usualmente se hace.

La expresión más visible de la corrupción es la corrupción delincuencial. Esa que se evidencia en el robo a lo público, en el nepotismo, etc. Pero siendo la expresión más clara, quizás sea posibilitada por un sustrato más profundo.

Este sustrato más profundo, esta raíz de la corrupción es, de acuerdo al filósofo argentino Enrique Dussel, la creencia en que la sede del poder es la propia subjetividad o posición del funcionario. Dicho en otra forma, es cuando los políticos pierden la vocación básica de servicio y pierden de vista el hecho que la última fuente del poder es la comunidad política, el pueblo.

Esta comunidad política delega el poder para que, a través de las instituciones y los políticos, pueda servir para organizar la vida en comunidad. La perversión de esta posición es lo que también el filósofo llama el “fetichismo del poder”, y entonces el poder político se autonomiza y pierde su relación con el sujeto político.

Desde una perspectiva similar, el analista político chileno Helio Gallardo plantea que la corrupción se produce cuando los políticos se desvinculan de la comunidad política y se produce un mercado de transacción de privilegios que funciona con la lógica del “hoy por mí, mañana por ti”. 

Aplicando estas ideas a nuestro caso, esto significa que la corrupción política que se expresa en delitos como robos, enriquecimiento ilícito, nepotismo, etc., tienen como base común que los políticos creen que son los que “tienen” el poder y por ello, más que como funcionarios o servidores, actúan en función de sus propios intereses o los intereses de sus financistas.

Y en esto tenemos cierta responsabilidad. Porque hemos permitido que esto suceda. Sin otra participación política que votar cada cuatro años por “el menos peor”, hemos dejado que los políticos actúen con total impunidad y se olviden que la soberanía descansa en la comunidad política, en nosotros. Algo debemos hacer frente a ello.

Apéndice: La segunda venida de Portillo

La segunda venida del expresidente provocó y sigue provocando expectación en el ánimo político de Guatemala. La llegada al país, después de su liberación, podría cambiar las proyecciones hechas respecto a los posibles resultados electorales. 

Alfonso Portillo sale de prisión. Foto: EFE

Si bien, puede alterar el panorama electoral, es difícil que altere demasiado el panorama político. Me explico: puede que cambie significativamente las preferencias de los votantes al apoyar una u otra opción. De repente, tan solo de repente, no le “toque” ganar la presidencia a Baldizón por una de esas constelaciones extrañas que se producen en los torneos electorales.

Sin embargo, el carácter esencialmente corrupto de la práctica política partidaria es muy difícil que cambie. Parafraseando a la escritora M. Yourcenar, la “larga serie de males verdaderos” de la política guatemalteca como la institucionalidad corrupta del Estado, las prácticas clientelares, las posiciones demagógicas, los intereses de grupos ligados al capital tradicional y/o el capital emergente, etc.,  no van a ser modificados profundamente por la participación de un grupo de actores híbridos.

Es cierto que existieron algunas medidas que despertaron simpatías en la población (desde el intento de quiebre de monopolios y ciertos programas como la entrega de fertilizantes, en sí necesarios), pero ¡por favor! al alto precio de la corrupción y la demagogia, aspectos que sirvieron para degradar la situación política y llevarnos al lugar donde estamos.

A menos que la segunda venida de Portillo, implique una conversión de lo estatal y lo social, no habrá redención.

Esta postura no significa que no haya esperanzas. Lo que significa es que hay que buscarlas (y prepararlas) en otro lado.

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