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Parodia presidencial: el costo social de la improvisación política
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Parodia presidencial: el costo social de la improvisación política

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Tipo de Nota: 
Opinión
10 06 18

Yo no tenía la mínima idea de quién era Jimmy Morales a mediados del 2015. La cara que aparecía en la campaña electoral del partido FCN-Nación, con el eslogan de «ni corrupto ni ladrón», me resultaba una especie de anuncio genérico. Por eso me sorprendió mucho cuando un total desconocido para mí empezó a destacar en las encuestas de intención de voto para la primera vuelta de las elecciones presidenciales de aquel año.

El tal Jimmy resultó ser un comediante muy conocido entre los sectores populares gracias al programa Moralejas, todavía transmitido por el monopolio de la televisión abierta. Los escándalos de corrupción que afectaban al partido en el poder y el desprestigio de toda la clase política hacían viable la candidatura de un tipo sin experiencia alguna en los asuntos de Estado y con un partido creado por militares de la vieja guardia y con un oscuro pasado. Esto ya debería habernos dado claras señales de alerta. Pero nos concentramos, como colectividad, en descartar las opciones más representativas de la vieja política, las que inicialmente se presentaban como las ganadoras en primera vuelta: UNE y Líder. Ahora sabemos (no lo sabíamos en ese momento) que el sector privado, por medio de grandes empresarios, le otorgó financiamiento de manera anónima, y por lo tanto ilegal, al candidato comediante y a su pseudopartido para que lograran pasar a la segunda vuelta. No lo hicieron porque estuvieran a favor de su inexistente plan de gobierno o porque creyeran en sus nulas habilidades como estadista. ¡No! Era por miedo al populismo cuasirreligioso de Manuel Baldizón o por pánico a un segundo período de gobierno a cargo de una Sandra Torres ya no tras bambalinas, sino como protagonista. Ahora también sabemos, gracias a la labor del MP-FECI y de la Cicig, que la campaña del #NoTeToca surgió del difunto MCN, organización fachada del sector privado supuestamente para formar cuadros políticos y que también recibió fondos ilícitos del maestro en corrupción Alejandro Sinibaldi, el candidato oficialista que, sin esperanzas de pasar a segunda vuelta, quería hacer la cola correspondiente para que le tocara en una próxima oportunidad el premio mayor: el botín del Estado.

Mi desconocimiento de Jimmy Morales se convirtió en sorpresa cuando llevé a la Terminal de la zona 4 a mis estudiantes de la Facultad de Economía de la Marroquín para hacer un sondeo previo a la segunda vuelta. Los resultados de una pequeña muestra de 100 personas le daban la ventaja abrumadora al tal Jimmy. Me explicaron que él había vendido plátanos allí en algún momento de su vida y que la gente del mercado lo apreciaba mucho. Lo consideraban uno de los suyos.

Después de ganadas las elecciones, victoria que tomó por sorpresa al mismo Jimmy, recibí una inesperada llamada de Julio Héctor Estrada, actual ministro de Finanzas Públicas. Me invitaba a formar parte de su equipo. Me ofreció un viceministerio del Minfín, que yo rechacé por dos razones fundamentales: 1) mi falta de experiencia en la administración pública, específicamente en los temas relacionados con la política fiscal, y 2) la ausencia de simpatía o afinidad con el presidente electo y su partido político. Me disculpé amablemente y agradecí la confianza mostrada. Sin embargo, ya en funciones (a finales de febrero de 2016), el ministro insistió en que yo conociera más lo que estaban haciendo para retomar la agenda de transparencia fiscal y me aseguró que había posibilidades de hacer cambios importantes para el país. Le tomé la palabra y me aventuré asumiendo la Dirección de Evaluación Fiscal. En ese momento también me impulsaron dos razones: 1) podría conocer mejor el funcionamiento del Estado sin estar expuesto políticamente en un cargo de alta responsabilidad y 2) tendría la oportunidad de servir, de manera muy concreta como funcionario público, en algo que me parecía urgente y necesario, según lo demostrado por la crisis del 2015.

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La aventura empezó en abril de 2016 y mi primera misión importante fue acompañar al presidente Jimmy Morales a la asamblea general de las Naciones Unidas en Nueva York, que trataría de manera especial el tema de la política de drogas, problema sobre el cual yo había dedicado tiempo de investigación y reflexión en los tres años previos. Así pues, lo conocí en persona el viernes 15 de abril, antes de la salida a Nueva York, para revisar los lineamientos generales de su discurso ante la Asamblea de la ONU junto con el entonces canciller de la República, Carlos Raúl Morales, y mis colegas de la extinta comisión nacional que revisó la política de drogas del país (2014-2015) Christian Espinoza y Daniel Haering.

Con apenas tres meses a cargo de la Presidencia, Jimmy nos recibió al final de la tarde en Casa Presidencial. Recuerdo que la primera frase que le dijo al exministro fue: «¿Qué problemas me trae?». Este le respondió hábilmente: «No, presidente. Yo soy de los que le resuelve problemas». Y, en efecto, estábamos allí para tratar de instruirlo en 45 minutos sobre las complejidades del debate internacional sobre la política de drogas, algo que a nosotros nos había llevado al menos dos años comprender. La interacción fue reveladora.

La Cancillería había preparado un discurso bastante light, con pocas frases polémicas, que haría que Jimmy pasara desapercibido en su primer discurso ante la ONU. Conforme le fuimos explicando algunas posturas por las cuales Guatemala estaba siendo tomada en cuenta en el debate internacional, junto con México y Colombia, se fue animando la conversación. Nos confesó que, viniendo del mundo artístico, no le asustaba lo del consumo de drogas. Sugirió entonces que podría apoyar la idea de no criminalizar a los consumidores. Le explicamos que en Guatemala no hay atención especializada para atender a quienes sí tienen severos problemas, pues hay otros que son perfectamente funcionales, y que la política debía orientarse al tema de la salud pública, en lugar de adoptar el tradicional enfoque punitivo. Aceptó que nos fuéramos por ese lado en el discurso, pero dijo que le daba miedo parecer muy liberal, ya que podría alejar a su base conservadora. También nos dijo que, si bien es evangélico, llevaba unos 21 años de no asistir a la iglesia. Confirmó de esta manera que había hecho un uso meramente político de las creencias religiosas durante la campaña, lo cual ha seguido haciendo durante su fallida administración de gobierno.

Cuando llegamos a la embajada guatemalteca en Nueva York, Jimmy ya había metido la pata un par de veces. Se lo recordará por su ofrecimiento de mano de obra barata para construir el muro que tanto desea Trump en la frontera Estados Unidos-México y por su analogía de los elefantes que pelean y dañan el pasto en alusión a la guerra contra las drogas impulsada por los Estados Unidos en la región latinoamericana y a la violencia generada por los carteles que las producen y trafican. El bochorno mediático ya estaba consumado, así que había que tratar de compensar con un discurso más propositivo y progresista. He aquí el video del discurso pronunciado el 19 de abril de 2016.

La noche del lunes 18 de abril, después de trabajar sobre algunas ideas con los funcionarios del Minex intentando acortar el discurso por los tiempos acordados para cada mandatario, fuimos a visitarlo a su habitación del hotel. Allí estaba sentado, con cara de desolación, pues los medios de comunicación en Guatemala y las redes sociales no le perdonaban las ya mencionadas ocurrencias en las entrevistas concedidas por la mañana. Se lo veía solo, incómodo con la responsabilidad del cargo. Nosotros estábamos dispuestos a ayudarlo. Finalmente se logró algo aceptable, aunque al acortarse el discurso era imposible competir con las alocuciones de México y Colombia, que lograron entusiasmar mucho a la sociedad civil activista a favor de la liberalización de las drogas y, por lo tanto, en contra del modelo prohibicionista, el aún vigente.

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Como funcionario del Minfín debía justificar mi viaje, así que parte de la reunión fue plantearle la necesidad de iniciar un diálogo multisectorial con la sociedad civil organizada en función de consensuar las que podrían ser las grandes líneas de acción de su administración de gobierno. La idea no era simplemente ganar un poco más de legitimidad, sino llenar con contenido real su escueto plan de gobierno. La estrategia que desarrollamos en Finanzas y que presenté al presidente se denominó Hacia un Nuevo Pacto Social para el Desarrollo Humano. Los objetivos de la propuesta se reflejaban muy bien en la lógica de las preguntas generadoras de diálogo:

  1. ¿Cuál es el tipo de sociedad y de ciudadanía que deseamos?
  2. ¿Cuál es el modelo de desarrollo económico que necesitamos para lograrlo?
  3. ¿Cuál es el Estado que se requiere para este tipo de desarrollo?
  4. ¿Cómo lo financiamos?
  5. ¿Cómo distribuimos los costos y beneficios del nuevo modelo?

Por razones políticas que aún no termino de comprender, dicha estrategia de diálogo nunca se implementó. Entonces el Minfín optó por la versión ya conocida y bastante criticada del ejercicio anual de Presupuesto Abierto. Así se desperdició una oportunidad que se le brindaba para salir adelante en la complicada tarea de gobernar un país como el nuestro.

No obstante, todavía se abriría otra ventana de oportunidad para que Jimmy Morales mostrara liderazgo y mantuviera la legitimidad ganada en las urnas. Esto ocurrió en agosto de 2016, cuando el ministro Estrada se atrevió a enviar al Congreso su propuesta de reforma fiscal. El día de su presentación en el Palacio Nacional, el presidente dio uno de sus mejores discursos. Habló de la importancia de atender a los pobres, de cerrar las brechas sociales, de ser solidarios y, sobre todo, de aumentar la carga tributaria para que el Estado pudiera cumplir con las obligaciones que la Constitución le imponía. Ese día, honestamente, creí en la posibilidad de un cambio. Pero no fue así. Se esfumó de manera sorpresiva la propuesta. Se la retiró del Congreso bajo el argumento de que no había consenso político para impulsarla, lo cual incluía la férrea oposición del sector privado organizado. Pero este consenso sí se alcanzaría un año más tarde para fraguar el denominado pacto de corruptos, el 13 de septiembre de 2017, que consistía en reformas legales para exculpar de responsabilidad penal a los secretarios generales de los partidos políticos ante el delito de financiamiento ilícito de las campañas electorales.

Entre el 14 y el 15 de septiembre, a propósito de las fiestas de la independencia, los ciudadanos reaccionamos oportunamente ante un descarado esfuerzo de los legisladores por autorrecetarse impunidad. Para Jimmy, el pacto era la necesaria movida política ante su fallido intento de expulsar al comisionado Iván Velásquez (27 de agosto) y así socavar el trabajo de la mancuerna Cicig-MP por atreverse a llevar ante la justicia a su hermano y a su hijo. Los congresistas ya habían cumplido con su parte al protegerlo ante la solicitud del retiro de su inmunidad (11 de septiembre) por el financiamiento ilícito de su campaña (asunto que hoy ya quedó plenamente demostrado ante las confesiones de los empresarios involucrados). A la indignación por el actuar de los diputados hay que sumarle el agravio sentido ante el descubrimiento del sobresueldo para el presidente a costa del presupuesto del Ejército (12 de septiembre). Estos episodios son claves para comprender la crisis política en la que ya llevamos atascados diez meses. A partir de entonces se desdibujó cualquier posibilidad de salvar la administración de Jimmy, el comediante y vendedor de plátanos que se atrevió a soñar con ser un presidente de a sombrero, pero que ha resultado ser toda una pesadilla.

La pregunta que ahora muchos nos hacemos es por qué no votamos por algún otro candidato más calificado que Jimmy (¡que los había!), por qué no votamos por algún partido más serio y menos cuestionado, con al menos un plan de gobierno decente (¡que también los había!). Los incentivos y las reglas del juego seguían siendo los mismos. El FCN-Nación se financió, como se acostumbraba, de forma poco transparente, aunque no necesitó recurrir al caro clientelismo electoral. Le dieron su bendición los poderosos, esos mismos que hasta hace menos de nueve meses no se atrevían a calificarlo como corrupto porque eso implicaba reconocer que ellos nuevamente se habían equivocado. Hoy ya sabemos que el rey camina desnudo por las calles, que es una mera improvisación, una simple parodia.

Lamentablemente, como lo hemos experimentado recientemente ante la tragedia producto de la actividad del volcán de Fuego, el costo social de la improvisación es enorme. Se traduce en muertes de personas y en la destrucción de nuestras instituciones. ¿Lo seguiremos permitiendo?

Nos dijo [el presidente Morales] que, si bien es evangélico, llevaba unos 21 años de no asistir a la iglesia. Confirmó de esta manera que había hecho un uso meramente político de las creencias religiosas durante la campaña.
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Hoy ya sabemos que el rey camina desnudo por las calles, que es una mera improvisación, una simple parodia.
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