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Nos urge una izquierda democrática
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Nos urge una izquierda democrática

La desfiguración o configuración mañosa de la izquierda en Guatemala es un subterfugio que el clientelismo y corporativismo conservador ha sabido manipular para evitar que surja una efectiva y coherente derecha democrática.
Apostar en lo local resulta, en consecuencia, uno de los grandes retos que las opciones de izquierda tendrían que plantearse, pensando más en sumar desde la diversidad a construir un todo homogéneo desde el principio.
Dénnys Mejía
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Tiempo aproximado de lectura: 50 mins

Dada su diversidad étnica y cultural, dados los impactos sociales de los genocidios, dado el conservadurismo que con ropajes de liberalismo han inoculado las agencias de producción y reproducción ideológica, dado el control que de la acción pública tiene la oligarquía, dado todo eso, en Guatemala urge una izquierda política que encauce y de sentido a la amplia gama de insatisfacciones y propuestas de desarrollo que en esta sociedad tan disímil y contradictoria se presentan. Hay que construirla.

Porque en la situación actual del país, aunque se ha desencadenado un intenso activismo social que ha conseguido orientar las disputas por los bienes y derechos públicos a niveles y conquistas insospechadas, en lo político, en la disputa directa del poder público, no han existido en las últimas tres décadas referentes que de manera sistemática y activa las representen. Y, más aún, que logren hacer que se satisfagan.

Diversas organizaciones de la sociedad civil han acumulado experiencia, logros y conquistas: de la demanda por el respeto a los derechos humanos a la oposición a la explotación minera contaminante, de la exigencia por el juicio a los perpetradores de crímenes contra la humanidad a la defensa de los territorios de los pueblos indígenas, pasando por la exigencia de un sistema de justicia independiente y profesional, la crítica y penalización del racismo y la equidad de género. Pero si bien estos distintos esfuerzos y agrupaciones se entrecruzan, se alían y apoyan, no ha sido posible en todos estos años que desde lo político hayan surgido organizaciones que les apoyen y representen con éxito, sin llegar a pretender dirigirles o supeditarlos a sus intereses.

Muchas son las demandas insatisfechas en la Guatemala de esta mitad de la segunda década del siglo veintiuno. Necesidades sociales que ya en otras sociedades latinoamericanas son simples datos del pasado o hay procesos en marcha para superarlas. Universalización de la protección social en salud, de la jubilación, de vivienda digna, de educación a nivel primario y medio, son algunas de las necesidades urgentes y sólo se superarán al erradicar la pobreza extrema y el trabajo infantil y reducir significativamente los índices de pobreza, de exclusión y marginación laboral.

Sin embargo, si la llamada izquierda social (organizaciones sociales progresistas y reivindicativas) se desarrolla en algunos temas, en la mayoría de los casos como consecuencia de movimientos sociales, no podemos decir lo mismo de la izquierda política (movimientos y partidos políticos), donde por distintas razones la vemos cada vez más reducida en fuerza electoral. Y mientras los problemas sociales y la conflictividad social se agudizan, la izquierda política más que cobrar presencia y brillos se desvanece, se desfigura multiplicándose en pequeñas organizaciones que con idearios y banderas comunes se agrupan y separan como gotas de aceite en el agua.

Por eso el texto de Álvaro Velázquez “Manual para poner a las izquierdas de acuerdomotiva a reflexionar sobre el asunto de manera más amplia y sistemática. Comenzar a articular propuestas desde otras perspectivas resulta urgente e indispensable.

Como promotor y principal rostro visible de la Convergencia por la Revolución Democrática -CRD-Velázquez presenta el texto para “tejer” coincidencias y desacuerdos respecto a su propuesta, que puede entenderse como un esfuerzo más por unir, en derredor ahora de una revolución democrática poco definida, a los distintos sectores de la izquierda política. El propósito es loable, como loables son todos los intentos por articular acciones que permitan la unidad de acción de las izquierdas.

Uno de los primeros aciertos del autor es que no habla de La Izquierda sino de las izquierdas, en plural. Aunque en su delimitación en la historia reciente del país pueda caer en equívocos, como considerar social demócrata a la Democracia Cristiana, cuando ésta pertenece a una corriente ideológica muy definida, algunas veces en la centro derecha y otras, en nuestro país casi nunca, en la centro izquierda, acierta en cuanto al balance que presenta sobre la forma de hacer política desde la visión militar. Tal vez a algunos no les gusten sus apreciaciones sobre la izquierda legal-institucionalista o la ilegal-armada y como él entiende sus relaciones durante el conflicto armado; o su valoración de la UNE y del bloque parlamentario URNG/Winak; o discrepen de su propuesta revolucionaria porque no convoca a la lucha por el socialismo; o le pidan mayor definición de lo que él y su grupo están entendiendo por “Revolución democrática”, “refundación del Estado” o “recuperar la economía para la nación y la sociedad”. Pero para eso es ese texto, para que de él, sobre él y a pretexto de él otros y otras podamos venir articular y presentar opiniones, discrepancias, críticas y contra propuestas. El ejercicio más que útil es urgente y necesario, no sólo para aclarar conceptos e ideas sino para imaginar propuestas, compromisos y acciones de los que o se han desencantado de la política, se sienten traicionados en sus ideas y expectativas por las dirigencias políticas de las izquierdas, o no encuentran en ellas los suficientes estímulos para involucrarse.

 

Se agotó el modelo de izquierda política surgido de la guerrilla

Antes que nada debemos partir de que el modelo de una izquierda partidaria surgida a partir de los métodos, dirigencias y organizaciones que se alzaron en armas se ha agotado. Las razones son diversas pero los efectos son notorios y aceptados por casi todos los que en distintos momentos lo han analizado.

La izquierda política surgida y basada en las organizaciones guerrilleras ha ido de más a menos, sin haber llegado nunca a significar una opción real de poder. Los resultados electorales son ilustrativos: si en 1995 el Frente Democrático Nueva Guatemala (FDNG), partido tras del cual se organizaron los distintos grupos revolucionarios y de izquierda, alcanzó 7.7% de los votos en las elecciones presidenciales, en 1999 se llegó a 12.4%, ya la URNG como partido político en alianza con Día; pero de allí en adelante ha sido un permanente retroceder. La candidatura de Rigoberta Menchú, improvisada y a la carrera en 2007, e impulsada por un partido que muchos tildaron de “no izquierda”, obtuvo los mismos resultados en 2011, cuando se aglutinaron en torno a él la mayoría de las corrientes de la izquierda: URNG, ANN, Winaq y MNR. Cuatro años después, y ya con la experiencia de una campaña, la alianza de izquierdas le dio un crecimiento de apenas 0.2%. Los partidos de la izquierda surgidos de la guerrilla rompieron con los candidatos presidenciales exitosos pero de un evento a otro las experiencias acumuladas no se han asimilado bien, y ello ha impedido que la propuesta política de la izquierda crezca.

Poco se han analizado los resultados emitidos para diputados. Sólo en 1999 se obtuvo menos votos que para la elección presidencial. Si en 1995, la primera elección en la que la izquierda de manera amplia participó, se obtuvieron 6 curules (4 distritales y dos de listado nacional) con 8.3% y 9.6% de los votos totales en cada segmento, en 1999 la representación subió a 9, con 7 distritales y dos en listado nacional. Para 2003, y a pesar de la ruptura al interior de la URNG, la izquierda alcanzó casi la misma representación: tres diputaciones (1 de listado nacional y 2 distritales) para URNG, y 6 curules (1 de listado nacional y 5 distritales) para la ANN, que en aquel entonces acogió a todas las disidencias y no presentó candidato presidencial.

Lamentablemente la selección de los candidatos a diputados fue durante varios periodos más un premio de consolación a los dirigentes que un esfuerzo por posicionar discursos y propuestas políticas. Se mostró la incapacidad para definir antes de las elecciones la agenda parlamentaria mínima, y también para construir bancadas efectivas y unificadas, y se produjo casi siempre un aislamiento entre los electos y sus dirigencias, además de incomunicación con los electores.

Archivo Princeton University

 

En el texto de Velázquez se apunta la distancia y hasta conflicto que se produjo durante casi todo el enfrentamiento armado entre la izquierda revolucionaria (armada desde sus orígenes o no) y la democrática (institucionalista, no armada). Y es en ese nudo conflictivo en el que posiblemente pueden encontrarse algunas de las causas del descenso electoral de los partidos surgidos de la alianza de organizaciones guerrilleras en este inicio del siglo veintiuno.

La tensión y el divorcio entre ambas corrientes de la izquierda fueron profundizándose conforme el conflicto armado se radicalizaba y finalmente se estancaba. Una cosa fueron las relaciones relativamente amistosas entre el PGT y la URD en la década de los años sesenta, tanto con el grupo que intentó convertirse en partido como con el que dirigido por Manuel Colom Argueta se convirtió en comité cívico para alcanzar la alcaldía capitalina en 1970. Menos intensas pero con muchas coincidencias fueron en los primeros años de la década de los setenta, tanto en el intento por inscribir al FURD como partido, como en la campaña presidencial de 1974. Prominentes miembros de ambas tendencias formaron la comisión universitaria para el estudio de las explotaciones mineras y sus efectos en 1970, con el saldo trágico de los asesinatos de Julio Camey Herrera -26/11/1970- y Adolfo Mijangos López (URD) -13/01/1971- y los atentados contra Alfonso Bauer Paiz y Rafael Piedra Santa (PGT).

La tensión entre ambas corrientes, marcada por considerar o no la lucha armada como el único instrumento para el desenlace triunfal de la lucha política, estuvo también permeada por el interés de unos por hacer legal su disputa por el poder y la convicción de los otros de que sólo la clandestinidad podría mantenerlos con vida.

En tanto para unos las conquistas y propuestas de la Revolución de octubre deberían ser el horizonte, para los otros el socialismo era la meta deseada. Pero lo que nunca se debatió fue la concepción de democracia. En los frentes amplios y legales más próximos al PGT se habló siempre de “grupos y sectores democráticos” pero en los sectores más allegados a las organizaciones guerrilleras el uso y desarrollo del concepto simplemente se dejó de lado, lo que dejó a la izquierda institucionalista sin interlocutores para la reflexión y el debate, pues las derechas estaban saturadas y obstinadas en su autoritarismo. La cuestión de la democracia nunca fue puesta como el punto de llegada de la lucha revolucionaria sino, cuando considerada, vista como simple instrumento, descartable en todo caso para llegar al socialismo.

Ni unos ni otros grupos salieron indemnes de la feroz e ilegal represión, pero las organizaciones guerrilleras -incluido el PGT a partir de los años ochenta- no tuvieron capacidad de atraer al diálogo y a la construcción de propuestas más amplias a los otros sectores de la izquierda no armada. La represión había dejado a la guerra como la única opción, cayéndose, sin quererlo ni considerarlo, en disputar el poder con la oligarquía y sus secuaces en el terreno que ellos querían, donde tenían todas las ventajas, los recursos y podían controlar a la población. Corrompido el Ejército desde su más alta oficialidad, -estrepitosamente evidente a partir del gobierno aranista (1970-1974)-, la guerra les resultó el mejor negocio a ellos y sus aliados. El fantasma del comunismo les sirvió de parapeto para ampliar sus negocios, controlar a la población y, de complemento, arrinconar a las izquierdas en un sólo espacio: la disputa armada.

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La incomprensión de que en ese terreno el éxito político era cada vez menos posible condujo al hegemonismo dentro de las fuerzas insurrectas, supeditándose las luchas sociales a la dinámica de la acción guerrillera, abriéndose más los abismos entre la izquierda institucionalista y la armada. Y si al final de los años ochenta una de las organizaciones guerrilleras se mostraba en el contexto internacional como una opción socialdemócrata, el único referente histórico internacional que se tenía para organizar el futuro régimen revolucionario era la Revolución cubana, sin que para ello se realizara una reflexión crítica de las condiciones y contextos en los que aquella se produjo y en los que décadas después se combatía en Guatemala.

Bajo esas condiciones la supuesta “apertura democrática” de los años ochenta vino a marcar más aún el aislamiento, y la izquierda careció de influencia en la nueva Constitución, que en realidad no es sino una revisión y adecuación neo liberal y neo conservadora de la Carta Magna hasta entonces supuestamente vigente.

La caída del muro de Berlín y del llamado socialismo real, un sistema totalitario que hizo de la supuesta igualdad el cierre a las posibilidades de ciudadanizar el poder, dejó aún más desprovistas de sus referencias a las izquierdas más próximas a él. Y si la democracia entró como la demanda principal y casi única en el contexto mundial, el movimiento insurreccional guatemalteco no encontró cómo acomodarla a su ideario, con lo que aquello que ya era una derrota militar vino a convertirse en derrota política.

Para terminar de devastar el escenario, la opción socialdemócrata que consiguió articularse a finales de los años ochenta fue la más tibia fuente y caldo de cultivo de los más variados y diversos oportunismos. Véase cómo los “jóvenes dirigentes” de entonces son ahora los más conspicuos defensores y usufructuarios del corrupto militarismo del Partido Patriota en el Congreso y el Ministerio de Trabajo.

En todos estos años los partidos políticos surgidos de la alianza de organizaciones guerrilleras no sólo no han logrado remontar el verticalismos que las prácticas militares impusieron en los años del conflicto, sino que además, como en los lejanos años setenta, han agudizado sus diferencias, conduciendo con ellos (¡quién habría de decirlo!) a las agrupaciones políticas surgidas del movimiento indígena: o se está con los unos o se está con los otros, estableciendo tácitamente que son la única izquierda posible.

Hasta ahora ninguna de las dos organizaciones políticas (ANN y URNG) han logrado construir un discurso democrático creíble y confiable, abierto a las ideas de otras corrientes. Normal. Si no logran dialogar entre ellas mucho menos podrán abrirse a otros sectores. De uno a otro bando se lanzan improperios y acusaciones, sin que se note una pizca de solidaridad revolucionaria de los unos para con los otros. El incipiente proyecto unitario que se intentó en 2011 no sólo ha saltado por los aires sino que ha marcado aún más las diferencias en las dos agrupaciones y sus aliados. Evidentemente esto limita, en mucho, la construcción de opciones progresistas desde quienes tienen como antecedente directo las organizaciones guerrilleras. Con el agravante de que al levantar las mismas banderas y propuestas se disputan los mismos electores.

Y aunque algunos excombatientes, exmilitantes, excomandantes y exdirigentes de las organizaciones guerrilleras se enfrascan en las disputas internas, sin lograr dar el paso a propuestas incluyentes y democráticas, o migran a otras organizaciones para intentar una participación más efectiva, la mayoría de ellos han quedado dispersos en organizaciones de la sociedad civil donde, cada vez más escépticos, no se sienten convocados a participar en proyectos políticos con los que ya muy poco se identifican.

De nuevo, y así como sucedió durante las últimas fases del conflicto armado, tal parece que las izquierdas han dispuesto jugar en el terreno y el espacio en que la oligarquía las ha arrinconado. Inmersas en sus disputas y supuestos radicalismos puristas se ha insistido más en las diferencias que en las coincidencias, en las afrentas que en los favores, en las supuestas trampas y triquiñuelas que en las entregas y los sacrificios de unos y otros. Disputándose la pureza revolucionaria se le deja a las derechas todos los espacios para manipular y deformar a su antojo la lucha por la democracia.

Fundar las izquierdas para la democracia de nuestro tiempo

Hacer política desde la izquierda hoy implica romper con las formas de entender la lucha social del pasado aún reciente. Los actores sociales se han diversificado y lo que hasta mediados del siglo pasado podía explicarse como la lucha de dos clases antagónicas ahora ya no resulta tan fácil. En nuestro caso, las fuerzas trabajadoras ya no están concentradas sólo en los obreros, artesanos y campesinos. De los trabajadores informales a los servidores públicos, de los profesionistas a prestadores de servicios en el sector privado, construir una sociedad de bienestar exige nuevas formas de solidaridad y cooperación entre grupos y sectores sociales marcadamente diferentes a los que había a mitad del siglo veinte. Las exigencias sociales, en consecuencia, son diversas y variadas, y es necesario no sólo que el Estado promueva que se satisfagan, sino que invierta en ello.

No estamos entonces ante la simple demanda de la igualdad de oportunidades, pues las desigualdades sociales se han convertido en abismales. Urge encontrar formas para que los que no tienen nada posean al menos lo básico, sabiendo además que los que tienen algo merecen y deben aspirar a más. Porque si la izquierda del siglo veinte estuvo nutrida de cuadros de la clase media que se comprometían en la lucha por satisfacer las carencias de los obreros y campesinos, en la actualidad es indispensable imaginar propuestas que solucionen las demandas de los amplios sectores de clase media que merecen condiciones más dignas de vida.

El surgimiento del Frente Democrático Nueva Guatemala a inicios de los años noventa fue, sin lugar a dudas, el esfuerzo interclasista y multipartidario más amplio que se ha intentado construir en las últimas décadas desde la izquierda. Sin embargo, el hegemonismo militarista no sólo dio al traste con el esfuerzo, como señalamos antes, sino que no se produjo nada a cambio. Velázquez juzga ese hecho y ese momento con bastante justeza.

La candidatura de Álvaro Colom en 1999 fue otra experiencia de convocatoria a distintos sectores. El 12.4% obtenido en la elección presidencial significa que lo votaron grupos de población distintos de quienes simpatizaban específicamente con la izquierda excombatiente, grupos motivados y comprometidos con la firma de la paz y sus Acuerdos.

Cuatro años después toda esa experiencia fue descartada y desaprovechada, pues el nuevo candidato, el Comandante de una de las tres organizaciones guerrilleras, Pablo Monsanto, obtuvo 11.1% menos de los votos, con un raquítico 2.3% del total de válidos. En menos de un lustro la izquierda política surgida de las organizaciones guerrilleras perdió 81.5% de su caudal electoral.

La experiencia de 1999 había mostrado, sin lugar a dudas, que había amplios sectores de población dispuestos a simpatizar con una propuesta electoral presentada por la izquierda ex insurgente, siempre y cuando fuera desde una perspectiva amplia.

Si la lógica política más simple aconsejaba seguir trabajando en esa línea con más seriedad y creatividad para convertirla en opción ganadora, se hizo todo lo contrario. Con una URNG ya dividida, se apostó de nuevo por la radicalización y aislamiento, sin trabajo político previo y sin mayores alianzas dentro de los distintos sectores de la izquierda que, aunque dispersos y disímiles, son los que podrían apoyar una propuesta electoral así.

Constituido el gobierno como una serie de entidades clientelistas, construir una opción política basada en propuestas viables resulta más que difícil. Aunar esfuerzos para elaborar y difundir una propuesta de ese tipo implica abrirla a otros sectores y grupos sociales, cuestión que en ninguno de los procesos electorales pasados la izquierda política proveniente de la ex guerrilla ha logrado.

En esas condiciones los distintos grupos y tendencias de izquierda provenientes o no de las organizaciones guerrilleras se han movido en variadas direcciones, buscando construir propuestas que sin perder identidad sean aceptables al grueso de la población, pero desprovistas de las herramientas políticas que le permitan romper con las alienantes formas en que la acción pública y el poder político se ha establecido. Más que intentar re-aproximarse a la URNG o ANN lo que han hecho es construir sus propias organizaciones e intentar ganar a su favor esos sectores que, como en 1999, podrían apoyar con su voto una opción que no fuera de derechas, sin por ello ser simpatizante de la ex guerrilla.

Varios han sido los esfuerzos y distintos los resultados. El cierre de espacios al FDNG de parte de la comandancia hizo que este esfuerzo desapareciera sin que los sectores no radicales se incorporaran a la URNG. Los grupos socialdemócratas de distintos matices han intentado existir y tal como nacen se desvanecen. Para 2006 distintos actores intentaron dar vida a un esfuerzo de izquierda no anclada en la ex guerrilla. Era amplio, pero sus propias contradicciones y conflictos de liderazgo lo hicieron navegar hacia la centroderecha, pudiendo sin embargo ofrecer a la población la candidatura de Rigoberta Menchú y, con ello, abrir espacios a una manera diferente de entender la lucha política y las representaciones de nuestra diversidad social en los procesos electorales. De su posterior fraccionamiento surgió el Movimiento Nueva República -MNR-, que luego de aproximarse a la URNG y procurar una alianza amplia, intenta avanzar con su propia ruta, distante y aislado, como todos los esfuerzos en la izquierda.

En aquel mismo 2006 sectores de izquierda no interesados en incorporarse en lo que luego dio en llamarse Encuentro por Guatemala -EG- pero también inicialmente distantes de la URNG, dieron vida al Movimiento Amplio de Izquierda -MAIZ-, interesados más en ser un movimiento político que un partido, deseosos de canalizar las demandas sociales para alcanzar resultados políticos. Sin embargo, llegado el momento electoral lo que en un principio fue una aliado ocasional se le convirtió pronto en satélite de la URNG y, cooptado por ésta, en la actualidad no es más que un apellido que ha perdido su fuerza, independencia y capacidad de convocatoria a sectores menos radicales y más amplios y, lo que es peor, la identidad propia y la perspectiva de movimiento político.

Fueron los sectores mayas, nucleados alrededor del liderazgo de Menchú, quienes también por aquellos años dieron vida a Winaq. También planteado inicialmente como movimiento político, rápidamente devino en partido. Expresiones políticas que representen los intereses y demandas de los distintos pueblos mayas son indispensable, y su vinculación con los sectores de izquierda más que deseable. Su institucionalización es necesaria, pero eso sólo es posible si, de nuevo, logran incorporar tanto a los sectores más radicales del movimiento maya como a los menos identificados con sus demandas ancestrales. Poner en su contra o en competencia a otras organizaciones representativas de los pueblos indígenas hace, de nuevo, el favor a las visiones colonialistas, asimilacionistas y criollistas. Si bien las distintas agrupaciones representativas de estos pueblos deben aprovechar y desarrollar sus potencialidades locales, el punto de partida de un éxito electoral no está en el enfrentamiento, sino en el trabajo cooperativo.

No pueden dejarse de mencionar los esfuerzos de aquellos que, originados en grupos y dirigentes que en distintos momentos formaron parte de la URNG y de sus cuadros de dirección, han optado por incorporarse a partidos existentes o en formación, en algunos casos ya como grupos con su propia identidad de izquierda y no como simples activistas de partidos tradicionales. Posiblemente donde más se evidencia ese actitud es en la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), donde no sólo han permeado sus estructuras de dirección con propuestas consistentes del pensamiento social demócrata, sino que lograron matizar con bastante claridad aspectos de la acción gubernamental de este partido cuando gobernaba. Con menor fuerza, pero basados en los mismos criterios, son notorios los grupos de izquierda en el partido Todos y de manera menos ostensible en Creo.

Lo anterior no significa que estos partidos sean de izquierda, como tampoco lo fue el gobierno Portillo/FRG por mucho que junto a él ex dirigentes de izquierda intentaran orientar algunas políticas públicas aprovechando el discurso anti oligárquico del locuaz Presidente.

Considerar de izquierda los gobiernos de Alfonso Portillo (2000- 2004) o de Álvaro Colom (2008-2012) es una simplificación desinformada o el intento de confundir y engañar a los electores. Ni uno ni otro califica sus gobiernos como de izquierda, a pesar de que el segundo sí propuso, más en el discurso que en el diseño de su organización partidaria, que el partido fuera de orientación socialdemócrata. Igualmente equivocado es suponer que los electores de uno y otro son el electorado de las izquierdas, como lo sería afirmar que la mayoría de los electores de sus contrincantes eran clara y conscientemente de derecha. Si las propuestas electorales se han deformado y estancado en el clientelismo y su mercantilización, es equivocado decir que las decisiones electorales de los votantes se orientaron desde perspectivas ideológicas. La inmensa trampa política vigente en Guatemala es que el debate ideológico ha sido suprimido, lo que ha resultado en que candidatos con marcadas posiciones de derecha, conservadores y neo liberales, sean apoyados por electores que, en otras condiciones, votarían sin chistar por un candidato de izquierda con propuestas progresistas. En realidad, aunque el discurso sensacionalista y populista de Alfonso Portillo tendió a mostrarle como anti oligárquico y vinculado a los intereses de los sectores populares, su lenguaje no le hace de izquierda. Tampoco fueron de izquierda sus prácticas clientelistas, que algunos tratan ahora de identificar tramposamente como populismo. De nuevo, asociar a los electores de Alfonso Portillo y su partido, el FRG, o a Álvaro Colom y la UNE de entonces con la izquierda es reducir la disputa política a los términos e intereses de los sectores conservadores. Ni uno ni otro apostaron por la participación de la sociedad en la construcción de las formas de hacer gobierno ni impulsaron acciones para desmontar el clientelismo. Mucho menos se puede decir que sus enfrentamientos y conflictos con la oligarquía hayan estado orientados a romper con el control férreo que de la economía y el ejercicio del poder han mantenido. A lo sumo intentaron tomar distancia de aquella y promover la constitución de nuevos grupos de adinerados con quienes, imaginaban, podrían anteponer intereses en las disputas económicas.

La desfiguración o configuración mañosa de la izquierda en Guatemala es un subterfugio que el clientelismo y corporativismo conservador ha sabido manipular para evitar que surja una efectiva y coherente derecha democrática.

Al mezclar conceptos y teorías en los mismos botes, la disputa política ha consistido en los últimos veinte años en frases de efecto y poses fotogénicas, regalos de alimentos y sorteos de electrodomésticos para llenar plazas, sin que las cuestiones de fondo sean presentadas y discutidas seriamente. Los electores han tenido que escoger entre propuestas carentes de contenido, vaciando así la propia democracia. Las izquierdas tienen todo un camino por delante para, paso a paso, construir ciudadanía, pues sólo así podrán obtener apoyos conscientes y racionales para modificar la realidad, conformando para ello nuevas mayorías.

De esa cuenta, resulta evidente que las opciones de izquierda en la Guatemala de la post guerra no han sido constituidas. Las formas de organización, discurso y propuestas de la ex guerrilla, en sus dos expresiones, han sido incapaces de convocar a los ciudadanos, más allá de los sectores por largos años leales a su discurso.

Tampoco las nuevas opciones surgidas de su disidencia o cuestionamiento han logrado construir opciones atractivas, luchando más por sobrevivir como partidos políticos u organizaciones sociales que por impactar en la sociedad, en buena medida a causa de su precariedad económica y organizacional, situación en la que también se encuentran los grupos que, al amparo de la cuestiones propias y particulares de los pueblos originarios se han organizado políticamente. Si de los primeros MNR es un esfuerzo importante y significativo, de los otros Winaq es hasta ahora la referencia más clara y coherente.

Pero tampoco ninguno de los grupos políticos que captaron a posibles electores de la izquierda son o han sido la propuesta de izquierda que el país requiere.

Sólo una izquierda ideológicamente sólida y anclada en el futuro puede representar los intereses de los amplios sectores de guatemaltecos, sean obreros, campesinos, pequeños y medianos comerciantes e industriales, trabajadores informales, funcionarios públicos o prestadores autónomos o semi autónomos de servicios.

Y es aquí donde muy probablemente la confusión mayor se ha instalado. La disputa entre los distintos grupos que han dado vida y presencia a las organizaciones políticas de la izquierda han preferido malgastar su tiempo en mostrarse más “papistas que el Papa”, queriendo afianzarse indentificándose como la única y verdadera izquierda, como si la cuestión fuera más de declaraciones de autenticidad que de propuestas de acción y movilización política.

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El momento que vive Guatemala hace pensar en que una única e indivisible opción de izquierda es imposible.

En la práctica, lo que parece evidente es que distintos sectores y grupos se organizarán en busca de posicionar sus propuestas, que no necesariamente deben ser las mismas para todos. El riesgo es que saliendo a proponer lo mismo a los mismos, las agrupaciones políticas de la izquierda todas juntas no superen su enanismo. Pero la izquierda, como todas las formas de pensamiento, es diversa y, como tal, necesita distintas formas de expresión. Y es más, dada su precariedad financiera, los distintos grupos deben privilegiar profundizar en sus fortalezas, sin intentar de la noche a la mañana convertirse en propuestas de carácter nacional que abarquen las demandas y soluciones de todos los sectores.

Apostar en lo local resulta, en consecuencia, uno de los grandes retos que las opciones de izquierda tendrían que plantearse, pensando más en sumar desde la diversidad a construir un todo homogéneo desde el principio. Si bien es importante elegir diputados del listado nacional, concentrar fuerzas y movilizarlas en regiones puede dar diputados distritales que, vinculados a su territorio, den una visión diferente de lo que es la representación política en el Congreso. Los resultados obtenidos en las elecciones de 1999 y 2003 son en ese sentido aleccionadores.

Si después de más de treinta años de insurrección las organizaciones guerrilleras no lograron constituir efectivamente una nueva, superior a las tres o cuatro que le dieron vida, es iluso, hegemonista y autoritario pensar que sin mayores procesos de desconstrucción de las antiguas prácticas organizacionales pueda surgir ahora una única y diferente, capaz de aglutinar a su alrededor a todos los sectores y pensamientos de la izquierda.

El reto no está, por lo tanto, en hegemonizar el nombre, el control y la representación de la izquierda, sino en abrir canales de comunicación honestos y sinceros que permitan que todas las fuerzas, según sus capacidades y dinámicas, puedan fortalecerse como representantes directos de demandas y sectores específicos, entendiendo que el contrincante antagónico no está en el terreno de las izquierdas, sino en el de las derechas, y si aún son recomendables las alianzas con sectores de centro y centro derecha en coyunturas específicas, ¿por qué no habría de serlo entre grupos con idearios afines y convergentes?

La experiencia latinoamericana, pero también la de otras latitudes, muestra que lo posible, además de efectivo y fructífero para las izquierdas en la actualidad, son los frentes y alianzas amplios, en los que conservando las propias identidades se avance hacia sociedades más justas y equitativas en que el producto del esfuerzo y el trabajo beneficie efectivamente a los trabajadores, sectores populares y clases medias.De Chile a Uruguay, pasando por Costa Rica, Argentina, Colombia y Brasil, las alianzas de distinto nivel o tipo han venido a fructificar en proyectos de gobierno y transformaciones del Estado importantes. Si bien es cierto que hay otros ejemplos donde una organización se ha convertido en central y fundamental para representar los intereses de las mayorías, vistos con mayor detenimiento son consecuencia de anteriores alianzas, tal el caso del FMLN en El Salvador.

En consecuencia, más que de un partido de izquierda, en Guatemala urge construir opciones de izquierda con voluntad de servicio, capaces de unirse frente a las coyunturas sin perder sus propias identidades. Respetuosas y reivindicativas de las lecciones importantes del pasado, capaces de hacer suyos a todos los caídos por la justicia, el socialismo y la democracia. Comprometidas con la verdad y la memoria histórica, con la equidad y la igualdad.

La revolución democrática

En su texto Velázquez propone una revolución democrática en la que las consignas radicales de “¡Que se vayan todos!” y “¡Refundación del Estado!” se mezclan con “¡Erradicar la corrupción y la pobreza!” y “¡Democracia pluralista!”

Convergencia por la Revolución Democrática -CRD-, anclada en las estructuras y legalidad partidaria de la ANN, en alianza con el Consejo de los Pueblos de Occidente -CPO-, se postula como su impulsora y busca una plataforma electoral común que permita que los distintos sectores de izquierda se unan para alcanzar una cuota importante en el Congreso. Pretenden promover así las reformas políticas que darían lugar a un nuevo pacto social.

Si bien las consignas son válidas y posiblemente comunes a toda la izquierda, todo pasa por construir entre los distintos sectores de izquierda y centro un lenguaje común que pueda venir a permitir que la propuesta transformadora trascienda los corrillos y salas de debates para convertirse en una demanda nacional.

Convencer a la población de que sus grandes carencias sólo tienen solución con un cambio profundo en las formas de representación y de gobierno no resulta viable en el corto plazo, pero el sólo hecho de plantear la cuestión en su más clara dimensión es ya un avance mayúsculo, y lo importante es no dejar que esa aspiración y propuesta se disperse y apague.

En los años previos al conflicto armado, y sobre todo durante su larga duración, la expectativa revolucionaria de los alzados en armas y de los demás grupos de izquierda era alcanzar el socialismo, modelo económico político en el que el partido de los trabajadores, hegemónico y único, dirigiría el Estado para alcanzar satisfacer las necesidades básicas de la población.

Los socialdemócratas discrepaban, y discrepan, de este modelo lineal y autoritario, pues consideran que los cambios para ser duraderos deben lograrse en procesos democráticos que implican, sobre todo, considerar las posiciones e intereses de otras corrientes políticas. Pero si el socialismo revolucionario más radical implicaba la nacionalización de los medios de producción y que los beneficiarios de sus logros fueran los trabajadores y la sociedad en general (en lugar de los propietarios, que al no ser productivos no agregan valor a lo producido), con el triunfo y la evolución de la Revolución Sandinista todo esto adquirió nuevos matices. Si los logros sociales de la Revolución Cubana seguían siendo el norte, la apertura económica nicaragüenses estimulabn modificaciones al modelo.

La crisis prolongada del llamado socialismo real, aunada a las dificultades que en estos regímenes encontraron las disidencias políticas para ser representadas, a los bloqueos y guerra fría, trajo por los suelos los esfuerzos del grupo modernizador liderado por Mihail Gorbachov. Se vivió no sólo la caída del muro que dividía a Alemania sino la de todo el bloque de países que poseían esos regímenes en Europa. La lucha por el socialismo dejó de ser una bandera defendible, al menos en tanto su reconceptualización no logre reconocimiento científico y político. Repensar el socialismo significa apostar por la democracia, concepto que tanto desde la tradición marxista como desde otra teorías de izquierdas se discute y analiza, y no se estigmatiza simplemente como burgués, como sucedió antes. Las formas de representación y delegación cubana son marcadamente distintas a la de los presidencialismos y multipartidismo que conocemos, pero no dejan de ser formas y maneras en que la población influye, de manera directa, en la toma de decisiones.

De nuevo, si las conquistas sociales de la Revolución cubana son referencia, su modelo político y económico no es ya parte del ideario unificador de las izquierdas de la región, incluidas entre ellas las guatemaltecas. Aunque los modelos de Venezuela, Bolivia y Ecuador son atractivos a las izquierdas, no se dan en el país las condiciones básicas que llevaron a que estos se establecieran, estando además la limitación de que la fuerza política e ideológica que las oligarquías poseen se ha impuesto en el pensamiento político de la mayoría de la población.

Si bien es evidente la crisis de legitimidad que el sistema y la clase política atraviesan, las formas en que las franquicias electorales se financian y se relacionan con los poderes locales les permiten mantenerse vigentes entre los distintos sectores sociales, incluidas las clases medias urbanas y las propias élites económicas. El clientelismo juega aquí un papel importante. También las formas patrimonialistas en que los recursos públicos se administran: obtener un cargo público de cierto rango o hacer negocios con él permiten rápidos enriquecimientos que las clases medias han aprendido a criticar en público pero justificar en privado, especialmente cuando son ellos o sus allegados los beneficiados.

Sin la posibilidad de alcanzar en el mediano plazo el socialismo en los términos que el marxismo clásico planteó, las izquierdas más comprometidas con ese ideario han quedado en minoría, abriéndose paso las luchas por bienestar social a partir de la profundización de la democracia. Razón tienen, en consecuencia, aquellos que proponen para el país transformaciones profundas en el modelo político como condición para alcanzar el desarrollo social, transformaciones que implican, además, la ruptura con el modelo clientelar y patrimonialista con el que se ha manejado el país a partir de la instauración de los corruptos regímenes militares.

Para modificar esta situación es indispensable un nuevo pacto social, en el que se establezca efectivamente el beneficio colectivo sobre los individuales. Pero superar la Constitución de 1985 implica alcanzar acuerdos en el que los sectores históricamente postergados tengan voz y presencia. Exige lograr, antes, durante y después de ese acuerdo una amplia unidad que evite, como ha sucedido a partir de 1956, que el texto constitucional represente sólo los intereses de los sectores económicamente poderosos. Para ello son indispensables organizaciones políticas que, capaces de construir una propuesta incluyente y equitativa, cuenten con el apoyo de los distintos sectores sociales que integran la Guatemala de hoy. Debe ser sostenible.

Construir la democracia implica un nuevo diseño del sistema político, en particular la organización y funcionamiento de los partidos, su financiamiento y organización debe ser transparente, con igualdad de condiciones para todos. Implica establecer mecanismos para hacer efectiva la independencia de poderes, con carreras burocráticas basadas en la calidad y no en el compadrazgo, particularmente en el sector justicia, pero también en los distintos ministerios y municipalidades.

Construir la democracia exige establecer formas participativas para la elección de autoridades en los distintos entes autónomos, impidiéndose también en estos casos el clientelismo y el corporativismo profesional, en particular el de los abogados.

Demanda, para hacerla sustentable, una recaudación fiscal progresiva y no regresiva. A la que contribuyan todos, de manera proporcional a sus rentas y no sólo de sus salarios. Hacer sustentable la democracia exige una revisión profunda de los subsidios y las exoneraciones fiscales, fortaleciendo las capacidades contraloras y punitivas del ente recaudador. Requiere revisar el funcionamiento de las empresas y entes productivos aún en manos del Estado, de manera que sean efectivamente fuentes de ingresos públicos y no agencias de enriquecimiento de los allegados del grupo político en el poder.

Refundar la democracia en el país exige hacer efectivos los derechos universales a la educación y la salud, que dejen de ser simples y costosas mercancías que no sólo profundizan las desigualdades sino entorpecen el desarrollo del país. Implica reformarlos, implica que el ciudadano sea el centro de todos los beneficios y no la forma de obtener ganancias. Demanda, claro está, una ruptura con el corporativismo gremial. La democracia en Guatemala implica hacer de la equidad y no sólo de la igualdad el principio rector de toda la política pública.

La construcción de una efectiva democracia en el país exige que al revisarse el pacto social, éste deje de ser un pacto de élites, o un simple pacto interclasista urbanocéntrico.

La democracia en Guatemala demanda que los pueblos originarios obtengan la presencia y poder al que tienen derecho y se les ha negado por siglos. La democracia guatemalteca no será efectiva nunca si su organización política y administrativa no responde a las reales características de su sociedad, que es marcadamente multicultural y, en consecuencia, multinacional. El nuevo estado guatemalteco no puede partir de la exclusión de la mayoría indígena, sino que debe basar su existencia en ella, para lo cual más allá de su multiculturalidad debe avanzar en ser real y efectivamente intercultural, la que tendrá mayores posibilidades de hacer efectiva la representación si se rompe con el ya a todas luces caduco y nefasto presidencialismo.

La profunda reforma del Estado exige pensar y definir de manera profunda y clara las formas de representación y delegación política, con lo que el establecimiento del parlamentarismo es posiblemente la forma más democrática de alcanzarla. Levantar la bandera del parlamentarismo implica eliminar los personalismos y caudillismos, viniendo a exigir permanentes y efectivos consensos sociales, nacidos a partir del debate y la clarificación de las ideas y no de los simples slogans publicitarios. El parlamentarismo no solo permite territorializar la democracia sino aproximar el poder al ciudadano, al tener este la opción de expresarse, a través de sus representantes directos o de eventos plebiscitarios ante todos los asuntos que le afectan e interesan.

De esa cuenta, apostar en candidaturas presidenciales, con poca capacidad y recursos para posicionarlas a nivel nacional en el corto plazo es no sólo caer en los errores cometidos hasta el presente sino, de nuevo, moverse en el terreno que la derecha, y en particular la oligarquía, domina y controla.

La experiencia de ANN en 2003 de correr sin candidato presidencial muestra que es posible obtener una bancada significativa sin caer en el juego, perverso y evidentemente falso, de necesitar un candidato presidencial para visibilizar una propuesta política. Más aún si lo que se pretende es cuestionar el agotamiento del presidencialismo por su tendencia a la personalización del poder y su permisiva porosidad a la corrupción y clientelismo.

El entramado de reformas que exige la construcción de la democracia en el país sólo puede ser alcanzado a partir de un esfuerzo nacional, multiétnico y multiclasista, en el que todos los sectores se comprometan ya no sólo con su hipotético éxito individual sino, como parte importante de él, en la consecución del éxito colectivo. Dadas las condiciones políticas y económicas del país este ideario de conquistas democráticas es ciertamente una propuesta revolucionaria.

Su puesta en marcha no puede ser tarea de un grupo, partido o sector que se erija en su vanguardia hegemónica, es en realidad una tarea de varios grupos, organizaciones, frentes y poblaciones. Sin embargo, es más que evidente que la tarea de promoverla, discutirla y orientarla corresponde a la izquierda, en sus distintos grupos y vertientes, pues el horizonte de la equidad, que es el suyo, sólo puede tenerse claro si se construye una efectiva democracia. En consecuencia, más allá de construir alianzas electorales puntuales es urgente un amplio diálogo en el que la concreción e impulso de estas propuestas sea su principal y talvez único objetivo. Romper la tendencia a los hegemonismos implica ir en la búsqueda de las coincidencias y no de las diferencias, en la cooperación y no en la competencia entre pares.

Y este proyecto corresponde a las izquierdas porque sólo estas tienen en su origen la demanda por sobreponer los intereses colectivos a los individuales. Pero en nuestras latitudes corresponde también a las izquierdas porque desde las derechas hay un acomodo antidemocrático cómplice con la corrupción, el patrimonialismo y el clientelismo, dado que no sólo benefician a algunos de sus actores sino, sobre todo, porque impide construir una sociedad en la que todos por igual aporten a su sostenimiento a partir de sus ganancias y todos, además sean capaces de ejercer el poder.

Finalmente, mover el debate hacia la construcción efectiva de la democracia obligará por primera vez a la oligarquía y sus adláteres políticos y mediáticos a hablar y actuar en un terreno donde no pueden imponerse con carpetazos o chequeras, donde no podrán hacer uso del terror de Estado y del capital. Es pues cuestión de construir la propuesta con osadía y creatividad, desde la izquierda, con todos los de la izquierda y con quienes honestamente quieran un país en el que quepamos y progresemos todos, sabedores de que estaremos realizando la revolución que todos y todas necesitamos.

 

A Héctor A. Interiano, in memoriam.

(Muchas de estas ideas, ¡quién lo diría!, las conversamos hace más de treinta años con Héctor Interiano, entrañable camarada, dirigente de Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) y de la agrupación estudiantil FRENTE. Fue secuestrado y desaparecido el 21 de mayo de 1984. De él guardo la más hermosa e imborrable memoria.)

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