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«No seás indio»
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«No seás indio»

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Tipo de Nota: 
Opinión
2 03 18

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Recientemente se transmitió por televisión un documental sobre los mayas. Adultos, niños y jóvenes lo esperaron con una inquietud desbordada en las redes sociales. Definitivamente, debemos sentirnos orgullosos del magno y poderoso imperio maya.

Este lanzamiento televisivo documenta extraordinarios descubrimientos de alta tecnología. No sorprende encontrar tanto chapín admirador de lo nuestro. Lo que sí asombra es que lo digan los mismos que censuran peyorativamente de «indios acarreados» a los campesinos que marchan para ser escuchados cuando reclaman violaciones a sus derechos. Alguna vez hemos escuchado —y posiblemente usado— la frase «indio igualado» para denigrar a otros con una de las expresiones racistas y clasistas más despreciables, pues desnuda un infame aborrecimiento de la idea del derecho igualitario.

Durante mi actividad con niños de comunidades rurales, en su mayoría indígenas, hablaba con Mynor (nombre ficticio), un chico inteligente, vivaracho y servicial de 11 años. Su guardarropa tiene dos playeras, una pantaloneta y un pantalón que obviamente heredó y le queda tan grande que en lugar de cinturón usa una pajilla plástica que acomoda la prenda a su desnutrida cintura y muestra su falta de ropa interior. Ese día recibimos unos kits de limpieza bucal.

—Seño, de esos llevaron a regalar a la escuela. Yo le dije a mi mamá que bien sabrosa se siente la boca cuando uno se cepilla con pasta —comentó Mynor.

—Es cierto. A mí me gusta cepillarme siempre después de comer —respondí.

—Sí, yo también me cepillo, pero la boca no me huele porque me lavo con ceniza. ¡Ja! Por eso es que mis dientes están bien blancos.

—¿Con ceniza? Quiero ver. ¡Újule, mano! ¡Es verdad! ­¡Qué pilas!

—Sí. Dice mi abuelo que la ceniza nos sirve para asearnos bien con el estropajo. Porque siempre me baño antes de venir.

Lógico. Esa es la razón por la que mis niños no huelen exactamente a talco, como los de la ciudad. El salario diario de la madre (Q10.00) no alcanza para jabón. Con esto el pequeño Mynor pasa a formar parte de los repudiados indios apestosos. Bien dice doña Elena: «Sí, somos apestosos, pero apestamos a sudor porque trabajamos bajo el sol».

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) presentó en diciembre de 2017 un resumen del informe ¡Mírame! Soy indígena y también soy Guatemala, que analiza la situación de niños y adolescentes indígenas desde distintos ámbitos: derechos e indicadores de desarrollo como pobreza, desnutrición, salud y educación, entre otros. Concluye que este grupo poblacional se encuentra excluido y en mayor desventaja. Así, el 84.9 % de los niños y adolescentes indígenas viven en situación de pobreza. Y de ellos, el 45.5 % en pobreza extrema, que marca todos los ámbitos de su vida. De ese modo, 6 de cada 10 niños indígenas sufren desnutrición, en comparación con 3 de cada 10 de niños no indígenas. Esto se repite en las tasas de escolaridad en todos los niveles.

¿Casualidad? Definitivamente no. La población indígena, orgullosamente de origen maya, se encuentra prácticamente excluida de nuestro sistema. ¿Cuándo vamos a tomar conciencia de que Guatemala es mucho más que un eslogan de «verdes montañas donde sobrevuela el majestuoso quetzal»? En esas mismas montañas habitan, sin acceso a salud o a comida, miles de niños descendientes del glorioso imperio maya, a quienes en la municipalidad de su pueblo, sin embargo, les exigen vociferando que hablen español. Miles de esos inditos que usamos de modelo para el disfraz del 15 de septiembre.

Si sos de los que se sienten orgullosos de la antigua civilización maya, pero usás «indio» como insulto —o como la implicación racista inherente: necio, sucio, tonto, macizo, lamido, talishte—; si te impresiona ese hallazgo, pero te parece que debemos olvidar los vejámenes que por política de Estado se dirigieron específicamente contra esa cultura, parece que no estás entendiendo. Esto, más allá del conflicto, es una lucha por el bienestar común. Sí, todos igualados.

Como decía Galeano, la neutralidad es imposible en un mundo que se divide entre indignos e indignados. Cada vez que hablo algo de esto, inmediatamente brincan algunos. Nos da rasquiña que nos recuerden lo racistas que somos. Ojalá este gran interés despertado con el documental Los tesoros perdidos de los mayas se convirtiera en cambio de nuestros propios esquemas mentales.

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