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Memoria de un tenebroso tiempo de interrogantes
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Memoria de un tenebroso tiempo de interrogantes

Con un trabajo minucioso, casi artesanal, de reportero logran reconstruir el clima lúgubre y tenebroso de entonces, que por alguna razón se representa mejor con el cielo gris plomo y la penumbra angustiosa que precede a una tormenta. Los autos Bronco.
La historia que hoy se encuentra en sus manos es la de dos hombres cuyo camino se entrelazó hacia el final de esa guerra, pero es la historia de todos nosotros como testigos silenciosos de un drama incomprendido que aún nos alcanza.
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"Sobre esa guerra nuestra de la cual se ha escrito ya bastante, pero no lo suficiente, ciertas obras nuevas son capaces de abrir diferentes cauces. Ese es el primer mérito del texto de Pilar y Asier, dos jóvenes periodistas españoles ", escribe Juan Luis Font, director de la revista Contrapoder, en este texto que sirve de prólogo a "El rector, el coronel y el último decano comunista. Crónica de la Universidad de San Carlos y la represión durante los años ochenta". Un libro de reciente aparición cuyos autores son Pilar Crespo y Asier Andrés y que constituye, tras Bestiario del Poder, el segundo libro impreso de Plaza Pública.

Los guatemaltecos no acabamos de comprender la guerra, como les sucede quizás a todos los pueblos que han vivido alguna. Los españoles visitan una y otra vez, desde libros que se abren como ventanas con diferente perspectiva, algún que otro pasaje de su guerra civil. Los estadounidenses vuelven con insistencia masoquista a Vietnam. Y los franceses se ocupan a cada tanto nuevamente de Argelia. Nunca quedan todos enteramente satisfechos con las explicaciones. Siempre habrá alguien deseoso de ensayar una nueva mirada hacia lo que ya se ha visitado cien veces y, sin embargo, escapa a nuestro entendimiento.

Las guerras nunca terminan de explicarse. Y quienes las vivimos jamás terminamos de comprenderlas. Por más esfuerzos que se hagan por desentrañar sus causas, sus métodos y sus consecuencias queda siempre un espacio que se antoja inmenso para las dudas que surgen y que se renuevan sin cesar conforme pasa el tiempo. Aunque pase mucho tiempo.

Del final de la guerra guatemalteca han pasado apenas unos cuantos años. Uso el término guerra a sabiendas de que muchos sociólogos y estudiosos reniegan de él. La nuestra fue sólo por breves momentos y en limitados espacios una confrontación de dos bandos en condiciones semejantes. El resto del tiempo se dio la acción violenta que no mide consecuencias de un puñado de hombres y mujeres dispuestos a conseguir un cambio. Y la respuesta bestial, incontenida, salvaje, de una estructura militar y policial y de una elite anticomunista, dispuesta a arrancar de raíz la amenaza guerrillera.

Se hace difícil de entender, en tiempos de paz, ese elemento de animalidad presente en toda guerra. Brutalidad de los bandos, pero también la mansedumbre inexplicable o incomprensible de quienes siguen a líderes invisibles hacia el inexorable sacrificio. La certeza del riesgo. La contundencia y la dimensión desmesurada del castigo.

Pues bien, sobre esa guerra nuestra de la cual se ha escrito ya bastante, pero no lo suficiente, ciertas obras nuevas son capaces de abrir diferentes cauces.

Ese es el primer mérito del texto de Pilar y Asier, dos jóvenes periodistas españoles asentados en un país que nunca han dejado de sentir ajeno y al cual se han empeñado en entender tanto como al propio. Con un trabajo minucioso, casi artesanal, de reportero logran reconstruir el clima lúgubre y tenebroso de entonces, que por alguna razón se representa mejor con el cielo gris plomo y la penumbra angustiosa que precede a una tormenta. Los autos Bronco. El personaje sin nombre de los judiciales. Los informes con copia de papel carbón del jefe de la Policía. Y la enorme candidez de quien deja huella de cuanto hace en un archivo suficiente para incriminar a todos, pero inútil para castigar a nadie.

Este gran reportaje se lee con la facilidad y el deleite de un relato y así caemos en cuenta de cuán poco sabemos aún de esta guerra nuestra. De lo mucho que aún hace falta por preguntarnos y por explicarnos. Y de la reflexión impostergable sobre el papel que cada uno jugó deliberada o inadvertidamente.

¿En dónde queda en esta gran tragedia el papel de las personas comunes y silvestres, hombres y mujeres urbanos, de la clase media? ¿Cuán compartidos son por las grandes mayorías, pero sobre todo por los líderes nacionales, los métodos utilizados por las fuerzas del Estado para terminar con la población civil que apoyaba a la insurgencia y con el enemigo ideológico? Un enemigo que no siempre estaba armado.

El tipo de preguntas que, a pesar de un proceso judicial bajo cargos de genocidio e incumplimiento de deberes con la humanidad, apenas empieza a delinearse en Guatemala.

La contrainsurgencia recurrió a métodos atroces para aplacar la amenaza guerrillera. Del salvajismo y la crueldad en el campo queda mucha evidencia concreta. De la violencia selectiva en la capital y en otras ciudades sólo queda la memoria de los ejecutados en aquella esquina o frente a esta casa.

Esta obra reconstruye las circunstancias de una de esas ejecuciones realizadas por hombres desconocidos a los que nunca llega a capturarse.

La historia que hoy se encuentra en sus manos es la de dos hombres cuyo camino se entrelazó hacia el final de esa guerra, pero es la historia de todos nosotros como testigos silenciosos de un drama incomprendido que aún nos alcanza.

Uno de ellos llegó a ser el último decano comunista de la facultad de Economía. El otro era rector universitario y llegó a ser ministro y más tarde diputado y de no ser por un escándalo de corrupción, su carrera política seguiría con vida.

Los comunistas nacionales, los miembros del Partido Guatemalteco del Trabajo, corrieron con un papel de reparto en la confrontación armada y sus acciones de guerra, por crueles y desalmadas que hoy se muestren con los secuestros, ejecuciones sumarias y extorsiones gravosas contra civiles, nunca llegaron a igualarse con las de los otros grupos insurgentes cuyos ejércitos guerrilleros desafiaban al Estado. Los comunistas se hicieron fuertes –y débiles- en la Universidad de San Carlos. Y desde ahí operaron. A la contrainsurgencia se le hizo fácil alcanzar uno a uno a sus dirigentes, aunque estuvieran desarmados, aunque ya no representaran más que una amenaza política para la supervivencia del régimen.

Para lograrlo fue útil la colaboración de no pocos universitarios, dirigentes profesionales, incluso líderes sindicales y estudiantiles.

La pregunta a estas alturas ya no es si hubo aquiescencia de buena parte de la sociedad y de muchos de sus dirigentes con esta cacería humana. La evidencia es de colaboración con estos crímenes. La pregunta tampoco es por qué esa colaboración no es objeto de sanción social.

En cambio, la pregunta de nuestros tiempos es: ¿qué significado tiene para nosotros que quienes se hicieron de la vista gorda o colaboraron directamente con una solución salvaje a un conflicto político se encuentren aún hoy en posición de conducir el país? Esa es la pregunta.

 

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