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Marco Antonio Flores: tres navajas, dos exilios, una bala

Marco Antonio Flores –el Bolo Flores– ya no es enteramente esa presencia cortante, conminatoria,que acaso fue en otras épocas.
De la gente que yo conocí en la guerra yo guardo respeto por Otto René Castillo.
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Marco Antonio Flores: tres navajas, dos exilios, una bala

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Su vida es un relato de individualidad, pero también de intercambio. No fue nunca uno de esos líderes del chumul; pero apostó por la utopía colectiva. Ha sido el Apestado Luciferino; pero también el Que Da Versos. Es duro, pero dulce. Es crudo: sensible. Fuego: y ternura.

Redes-lateral

Sus libros están llenos de referencias que más de uno consideraría homofóbicas, machistas, racistas, divisorias, en fin, pero luego hay una especie de solidaridad de otra parte en la obra de Marco Antonio Flores que las atenúa, y una entrega incuestionable al otro por medio de una amplia actividad talleril, editorial, teatral, insurreccional. Y literaria, claro.

Pelea siempre desde la esquina del ring: la esquina que está del lado izquierdo. Carácter, actitud, el argumento navajeante. Aún a estas alturas de la vida posee un arma. Cree que el miedo es paralizante. Nunca le interesó aprender a nadar. Espera poder suicidarse cuando así lo disponga. Dice que tiene muy alto el corazón y la ternura, y por tanto puede decir la palabra amor. Ha vivido casi cincuenta años con su mujer.

Le llamamos por teléfono una primera vez. Nos contestó un fax, que si no lo saben era un oscuro mecanismo sacerdotal que se usaba en el pasado para recibir mensajes de los ángeles... O eso dicen los Antiguos… Un segundo intento ya nos puso en comunicación con el maestro Flores, y concertamos el encuentro, en su casa, en la zona 12.

Marco Antonio Flores –el Bolo Flores– ya no es enteramente esa presencia cortante, conminatoria,que acaso fue en otras épocas. La edad lo ha ido menguando. Habla más lento, quizá, aunque nos dio la impresión de que su hablar se fue poniendo un tanto más rápido en la entrevista, como si la entrevista le devolviese algo de esa velocidad de otrora. Con todo, sus respuestas fueron a menudolacónicas, sencillas, directas, sobrias, nada ambiguas: a menudo dando nomás un “sí” o “no” por toda réplica. Al terminar la entrevista, nos dijo: “Después de hacer una cosa de éstas siempre quedo medio tarado”.

¿Cómo está su salud por estos días?

Tengo problemas de memoria, pero estoy bajo tratamiento.

¿Alzheimer?

Todavía no.

¿Cómo es su vida hoy?

Yo dependo mucho de mi relación familiar ahora. Estoy ligado a mi familia permanentemente. Entonces todo lo que sea necesario para mi familia es básico para mí.

¿Está usted al tanto de las noticias, de lo que pasa en Guatemala, en el mundo?

No mucho. No me interesa.

¿No le intriga conocer un poco más sobre las redes sociales y todas esas cosas que nos ha traído la tecnología?

Tampoco me interesa. No sé manejar la computadora. Escribo a máquina, y a mano.

¿Usted  ha dicho que no tiene miedo a la muerte, pero yo me pregunto si no hay algún grado de contracción natural ante ese suceso tan tremendo?

No, a los veinte años decidí que iba a tomar mi vida en el momento en que lo necesitara o lo quisiera.

¿Cuál sería el suicidio de su predilección?

No lo sé todavía, pero creo que puede ser una bala.

Lo cual es lógico, dado que usted está familiarizado con las armas, y sabe cómo operarlas.

Sí.

Da la impresión de que con eso del suicidio, el tiempo tiene que ser perfecto: no se puede uno suicidar ni antes ni después.

Sí.

¿Por qué en Viaje hacia la noche hay referencias judaicas?

Hay una mujer que es mi agente en Inglaterra, y que ha sido mi apoyo para traducir mis obras, y ella es judía. Ella me ha llevado a la sinagoga.

¿Y usted, siendo ateo, no tiene problema con eso?

No. Yo entro a la sinagoga y me da exactamente igual.

¿Qué pasaría si se llevara la gran sorpresa de que hay algo luego de la muerte, de que eso que llamamos consciencia no es solamente la propiedad emergente del cerebro, sino que existe independientemente de éste?

No voy llevarme ninguna sorpresa.

¿Usted es un materialista convencido?

Totalmente.

 

Marco Antonio Flores nació en 1937. Eso quiere decir que cuando la (“mal llamada”, según él) revolución del ´44 ocurrió, él tenía siete años. Demasiado joven, nos dice, para saber qué estaba pasando.               

De su madre dejó escrito en un poema (Certificado de nacimiento) que era “una muchacha enamorada e ignorante”.

De su padre (en realidad no fue su padre puesto que lo abandonó) nos dice que lo mató Arana: el militar no supo apreciar que le robara unos dineros.

Cuenta el Bolo por cierto:que alguna vez se metió a la casa de su padre, cuando vivo, y lo instigóvehemente a que se partieran la madre. Su padrerechazó la invitación.

No nos pondremos a especular aquí sobre cuánto pudo incidir su biografía familiar en el hecho de que más tarde el Bolo formara parte de una organización revolucionaria: Fuerzas Armadas Rebeldes, FAR.

Vivió eso vivísimo y nocturno: la insurrección.

Y dos exilios.

Del primero explica:

“Yo no quería salir exiliado. Yo salí al exilio sin esperarlo. Salí a México en una ocasión para llevar el libro Muros de luz a la editorial Siglo XXI para que me lo publicaran. Estando allá recibí una llamada telefónica de mi esposa, diciendo que no podía regresar a Guatemala, porque habían pasado amenazándola a la casa. Le dijeron que donde me vieran me mataban.”

El segundo exilio fue cortesía de una visita de la G2.

 

Me gustaría saber si ese espíritu subversivo que le ha caracterizado siempre sigue pulsando en usted.

Yo siempre he sido subversivo: desde niño. No duraba en los colegios, porque me expulsaban. Desde el tercer año de primaria. Mi actitud era muy irrespetuosa. No era fácil domeñarme. Entonces sí: siempre he sido subversivo.

¿Cuál es a su juicio la mejor receta para no caer en las redes de la autoridad, del poder?

Primero tener un carácter bien firme. Segundo tener una formación suficiente como para criticar los niveles del poder, cualesquiera que éstos sean. Si uno tiene capacidad teórica y capacidad práctica, entonces uno puede rebelarse.

¿Será posible alguna vez empalmar la insurrección solitaria con la insurrección colectiva?

Empalmarlas no. Son dos cosas totalmente distintas. Pero pueden existir cercanas.

¿A quién de la lucha guerrillera considera usted digno, por quién guarda usted un respeto, en la distancia?

De la gente que yo conocí en la guerra yo guardo respeto por Otto René Castillo.         

¿Cómo fue por cierto aquel viaje de ir a buscar el cuerpo de Otto René Castillo, después de su muerte espantosa en Zacapa?

Pues mirá: yo no sabía todavía que Otto había caído. Yo no sabía nada. Otto regresó de Europa. Nos juntamos. Me dijo que se iba a la montaña. Yo todavía me opuse: le dije que no era el momento adecuado. Pero él insistió y se fue. Quedamos siempre de muy amigos. Cada vez que bajaba de la montaña me iba a buscar. Pero yo tenía razón: no era el momento adecuado –desde el punto de vista de la táctica militar– para que él subiera a la montaña. Era el riesgo más grande que podía correr. Todavía lo vi un par de días antes que desapareciera. Y luego me vine a enterar de que había muerto. La hermana de él, Zoila, me vino a avisar a mi casa de que Otto había sido asesinado. Pero asesinado muy salvajemente. No fue un tiro el que le dieron: lo torturaron, le arrancaron los ojos, le hicieron cualquier daño posible, antes de matarlo. Entonces me dijo Zoila que había que ir a buscar el cadáver. Pero nadie se atrevía a ir con ella. Entonces yo le dije que me iba con ella. Nos fuimos a Zacapa a buscar el cadáver de Otto, y no lo encontramos, porque inmediatamente la represión nos dio color, tuvimos que regresarnos rápidamente.

¿Ustedes fueron a la morgue?

No, porque Otto no cayó en una morgue.

¿Estaban ustedes esperando que el cuerpo apareciera así tirado en algún lado?

Esperábamos que el cadáver de Otto fuera visible. Y no fue visible. Estaba en un cuartel del ejército: él y todos los que murieron con él –que eran doce–. Y entonces comenzaron a seguirnos, a Zoila y a mí, y tuvimos que regresar.

¿Y qué pasó con el cadáver?

Hubo información fuera de contexto, incluso de gente que había participado en el asesinato de Otto, por medio de la cual se supo donde estaba. Entonces se pidió que devolvieran el cadáver de Otto: y no lo devolvieron.

¿Cuántos disparos ha escuchado usted en vida, maestro?

Pues muchísimos, maestro. Sobre todo en Cuba. A mí me tocó ir a un lugar especial de entrenamiento, y allí se disparaba todo el tiempo.

¿Fue la paranoia una buena amiga suya?

Pues no, yo no tuve paranoia nunca.

¿No era natural tenerla?

Pues mirá: era lógico que pudiera existir. Pero yo no soy paranoico. Yo estuve varias veces a punto de morir. Aquí en la puerta de esta casa intentaron matarme. Le metieron veintiún tiros al carro, y yo logré escapar. Cuando llegué a la puerta de mi casa, en el carro, me parqueé allí en esa parte en donde vos te paraste hace un ratito, pero que era más ancha, pues la calzada era más angosta. En ese tiempo entre la calzada y las casas había tierra. Entonces yo metí el carro hasta el portón, y en eso se paró otro carro detrás del mío, y se bajaron cuatro policías de la G2, y me rodearon el carro, y me intimaron a bajarme. Entonces yo dije que no me bajaba. Tenían dos uzi y dos cuarenta y cinco. Atrás de mí estaba el carro de ellos, con alguien vestido de militar dentro, y el chofer. Entonces me dije: aquí que me maten pero no me van a llevar a descuartizar. Y en eso mi hija pequeña salió de la casa, tratando de salvarme de alguna manera. Mi hija grande –Alejandra– la agarró del cinturón y la llevó para dentro. Yo les grité: cierren la puerta, y la cerraron. Metí retroceso, y me llevé a los cuatro G2 de corbata. Di la vuelta sobre la tierra, y me tiré al pavimento, y así logré huir. Entonces yo no tenía derecho a la paranoia: tenía que ver cómo salvar la vida.

¿Qué pasó después del encuentro con la G2?

Tuve que esconderme. Ramírez Amaya fue quien me llevó a una casa clandestina de las FAR. Y luego me llevó a la Embajada de Venezuela, donde me refugié. El embajador me montó en su carro y me llevó al avión que me sacaría del país. El embajador no se bajó del avión hasta que éste arrancó.

¿Ramírez Amaya y usted siguen siendo amigos?

Sí, somos muy amigos. Nos vemos a veces. Ahorita tenemos unos seis o siete meses de no vernos. Pero acaba de salir una entrevista por la televisión de Ramírez; allí habló mucho de mí.

¿Le resulta amargo que un kaibil –un chafarote, pues– sea en la actualidad el presidente de Guatemala?

Pues no me importa: no tiene ningún sentido que me guste ni que me moleste: no depende de mí. Depende de la gente que votó por él. Ellos tienen la culpa –o no– de que esté allí.

 

Habrán otros, pero mencionaremos a dos escritores que le transformaron la vida literaria: Vallejo, Joyce. Se metió grueso a la aventura del lenguaje. Su novela Los Compañeros es una tramoya de perspectivas y puntos de vista, una intersección violenta de zonas narrativas... Hay casi un exceso de recursos, de exploraciones... Más que una novela, una violación hecha lenguaje… Idioma vibrante, soez, cómico, duro, convexo… El idioma de la ciudad y la derrota… La catarsis… Los vómitos…

Siempre nos ha parecido interesante esa posición suya tan esquizoide en el escenario de las letras guatemaltecas: como si formara y no formara parte del statu quo literario. Será por eso que tiene de lazarillo el Bolo: rápido, noble, ingrato. Un lazarillo que terminó en la trinchera urbana a la hora de los pencazos, y luego expulsado a los yermos. Desde semejante posición, Flores escribió, desafió al olvido. Flores es mucho la memoria, y sin memoria no hay actualidad que tenga sentido.

A partir de esa subjetividad recordadora van brotando tantos temas tan bellos: la traición, la tortura, la clandestinidad, el sexo, la utopía, el hombre, la historia, la madre. Todo eso y más va surgiendo instantáneo desde las interioridades del inconsciente, en forma de poemas, novelas, cuentos… El Bolo siempre amenaza con retirarse de la aventura literaria, y luego resulta que escribe y publica algo nuevo.

 

Usted me dijo hace ya un tiempo que no volvería a escribir pero luego resulta que escribe, y además publica. ¿Sería correcto decir que el proceso de la escritura es algo más fuerte que su voluntad?

Así es. Para mí la escritura es un impulso que surge de lo más profundo de mi inconsciente. Entonces surge, y yo no puedo detenerme. Si ni siquiera pensar en lo que voy a escribir, escribo. Y va saliendo la obra poco a poco.

¿Se encuentra usted escribiendo algo de momento?

En este momento no.

¿No corre el riesgo el escritor de quedarse encerrado en una cárcel de palabras?

Depende del escritor. Si el escritor no sabe que el mundo de la palabra viene del impulso interior –que no tiene nada que ver con el consciente– entonces puede quedarse encerrado allí siempre. El inconsciente percibe y recibe permanentemente estímulos del mundo exterior, y eso se va guardando. Cuando el ser humano está muy cargado de emociones entonces surge la necesidad de manifestarse, y así nace la literatura.

¿Se siente usted compensado por una vida dedicado a las letras, por haber dado su sistema nervioso y su organismo a tantas cuartillas?

Pues si no compensado, por lo menos satisfecho.

Cuando muera, ¿qué libro o libros vamos a encontrar sobre la mesa de noche?

No sé, no tengo ni idea, maestro.

Porque los mismos siempre están cambiando...

Claro.

¿Y no hay un libro que le acompañe siempre?                                                              

Talvez Poemas humanos, de César Vallejo. Vallejo me hizo a mí.

¿Qué palabras puede decirle a los escritores que venimos detrás de usted?

Pues que escriban. El escritor está hecho para escribir, si es realmente un escritor. Si quiere utilizar la literatura para ser famoso o reconocido, pues eso no sirve. 

 

Este año ha publicadoViaje hacia la noche (F&G Editores, con ese dibujito conmovedor de la portada en donde se le mira al Bolo caminando al mar). Un relato vivo y estimulante. Habla en él de su sagrada familia, y tan enferma; de la represión de los estudiantes; del moralismo revolucionario cubano (al cual siempre se opuso: “No tenía que pedirles permiso para meter la verga.”); de la lucha en la ciudad; de las palabras; de la lucha; de la soledad; del fin y el silencio. A diferencia de Los compañeros, Viaje hacia la noche es un libro implosivo, sobrio, contenido.

 

¿Hubo algún libro que le sirviera de inspiración o referencia para esta aventura literaria llamada Viaje hacia la noche?

Ningún libro que yo he escrito ha tenido necesidad de otro libro de inspiración.

¿Dónde quedó aquella navaja que llevaba siempre abierta?

Allí tengo tres.

Habla en Viaje hacia la noche de los “poderosos que se enriquecieron piratescamente en estos países a los que llegaron sus antepasados con una mano atrás y otra adelante, porque en sus lugares de origen eran unos ignorantes y unos pordioseros sin futuro”. ¿Se le acercan a veces, esos poderosos, a que les firme un libro?

No, nunca.

¿Cómo era el ambiente de aquellas sesiones de estudiantes que estaban maquinando la insurrección?

Así comencé yo con la revolución. Yo en esa época estaba estudiando medicina. Me iba unas horas a mis clases que comenzaban a las seis de la mañana, y a eso de las diez u once yo me salía de la facultad y me iba a jugar billar. Entonces una vez que iba para el billar Victoria –que quedaba allá en la sexta avenida y doce calle– me encontré a unos amigos que me llamaron de la banqueta de enfrente. Me atravesé la calle y hablé con ellos. Me dijeron que querían que me fuera con ellos a una reunión. Finalmente me decidí y fui a la reunión. Era una sesión de trabajo de estudiantes en la Facultad de Derecho. Y allí se estaba hablando de la Revolución, de lo que tenía que ser la Revolución. Ya no pude desprenderme de ese grupo de gente, y paré siendo militante de una organización revolucionaria.

Luego, más tarde, usted habría de ir La Habana, además en un momento genésico e histórico. ¿Ha vuelto usted a la Habana luego de aquel momento?

No, nunca. Estuve viviendo en la Habana un año y meses. Fui a estudiar dirección teatral y fui a entrenar para la guerrilla. Pero nunca fui a la guerrilla.

¿Le causó escozor el no haberse enmontañado?

No, porque no dependió de mí. Dependió de la organización a la que pertenecía. Yo llegué a una reunión, en un lugar donde tenía que quedarme a dormir, para luego subir a la montaña al día siguiente. Llegué ya con mis implementos, menos el arma, que me la tenían que dar esa noche. Estando allí en esa sesión, nos dejaron a tres de nosotros en la calle esperando. Entonces salió el amigo que me había citado allí –era su casa– para decirme que me quería hablar. Entonces empezamos a rodear la manzana, mientras hablábamos. Me dijo que se me había prohibido subir la montaña. Había llegado un informe de La Habana diciendo que yo era un mujeriego, y que le ponía a todas las muchachas que se me acercaban, y que eso no convenía para ir a la montaña, porque en la montaña habían muchachas, y que iba a hacer de mi inmoralidad una forma de sobrevivir allá arriba, y que por lo tanto yo no subía, y me prohibieron subir.

Era notable el peso que tenía La Habana en la organización.

Claro que sí. Allá entrenaron a todos los guerrilleros. Allá conocí a todos los guerrilleros de esa etapa.

¿Por qué el sexo era tan sospechoso para la Revolución?

Porque decían que en eso se iba el tiempo que uno debía dedicarle a la Revolución.

Viaje hacia la noche es ente otras cosas una reflexión sobre la mujer. ¿Qué le han dado y quitado las mujeres a su vida?

Mirá: a mí no me han dado nada malo las mujeres. Todo lo que me han dado ha sido bueno. Cada mujer que he tenido ha sido un gozo permanente, una felicidad.

Usted habla del amor entre un hombre y una mujer, pero me da la impresión que no mira con buenos ojos el amor de un hombre y un hombre, o de una mujer y una mujer.

Me parece fuera de lo normal.

El libro también es una reflexión sobre la familia. ¿Cómo hace uno para que la familia no le salga maltrecha y torcida?

La única educación que un padre puede dar es el amor.

Viaje hacia la noche termina en Dublín. ¿Qué le llevó a ese lugar en primer instancia? ¿Fue acaso Joyce?

Mirá: cuando yo vine a Guatemala después del segundo exilio, yo dirigí unos talleres de literatura, allí en el Paraninfo, y en un local que me dio Óscar de León Palacios. Yo comencé a tener contacto con mucha gente a la que le gustaba la literatura. Yo fui maestro de muchísima gente. Todavía me encuentro en la calle gente que me recuerda y que yo no recuerdo en absoluto. Pues a uno de esos talleres llegó una mujer inglesa, y allí nos hicimos amigos. Ella vivió catorce años entre Honduras y Guatemala. Luego decidió regresar a su país. Un día me invitó a llegar a Inglaterra: me dijo que me pagaba el pasaje, y que me daba un lugar donde vivir. Entonces me fui, y así ya me ligué a Inglaterra, y tuve talleres en casi todas las universidades de Inglaterra.

¿Usted fue a las universidades y simplemente se presentó? ¿Cómo se dio esa conexión?

Esta amiga se volvió mi agente y mi traductora. Ella tradujo al inglés Los Compañeros y En el filo. Entonces ella se dedicó a conseguirme los talleres. Di talleres en toda Inglaterra, y en toda Irlanda, y todavía fui a dar talleres a Austria, y a Alemania.

¿Y eso fue en qué año más o menos?

Ahora sí me jodiste.

 

Hay mucha reminiscencia en lo que el Bolo escribe. Los planos de la biografía se van siempre buscando. En el prólogo de su Poesía completa (una edición dignísima a cargo de F&G Editores) dice que lo más intenso y carnal son los recuerdos. “El poeta es la memoria de la memoria (…)”, ofrece en Viaje hacia la noche. Nunca tuvo miedo de convertirse en una estatua de sal.

 

¿A dónde se van las utopías y las revoluciones cuando fracasan?

Pues se van al olvido. Porque si ya no hay un espacio donde seguir actuando como se actuaba, tiene que regresar uno a la vida común, y olvidar todo lo que pasó.

Y sin embargo usted se ha dedicado a recordar.

Pero es que a mí me sirve para escribir. Y mi obra está ligada al proceso insurreccional. Los contenidos de las novelas y la poesía están llenos de esa larga etapa que me tocó vivir en la insurrección.

¿No es un poco ocioso llamarle novela a su último libro Viaje hacia la noche, por qué no llamarle autobiografía de una vez y poner los nombres reales a los personajes que allí aparecen?

Toda la literatura es así. Todas las obras que han escrito los escritores son parte de su autobiografía.

¿No siente usted que el enfrentamiento armado pertenece cada vez más al género de la novela que de la realidad?

Así es la memoria de todos los seres humanos.

¿Y es legítimo?

No es que sea legítimo: es necesario: es imposible no hacerlo. 

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