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Macondo se quedó corto
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Macondo se quedó corto

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Tipo de Nota: 
Opinión
11 09 15

Read time: 3 mins

Macondo, el ficticio pueblo creado en el imaginario de Gabriel García Márquez para su novela Cien años de soledad, quedó del tamaño de un frijolito comparado con las irrealidades reales de nuestra Guatemala entre 2010 y 2015.

En ese lapso han acontecido la captura, la extradición y la condena en Estados Unidos del expresidente Alfonso Portillo Cabrera; la renuncia, la reclusión y el procesamiento de la exvicepresidenta Roxana Baldetti Elías; y la dimisión, la reclusión y el procesamiento del expresidente Otto Pérez Molina.

¡Bonita gracia! Y todo el maremágnum, alrededor del Gobierno central y de las personas que nosotros, con nuestro voto, sentamos en la guayaba confiando en ellas.

Como consecuencia devino el voto de castigo, y Jimmy Morales —un comediante que entre otros personajes interpreta a Draculillo— tiene ahora la preferencia para ocupar la silla presidencial.

Dicho caso se entiende porque el pueblo quiso distanciarse de los políticos tradicionales, a quienes ya no quiere en el tablado gubernativo. Podría decirse que se optó por el principio del mal menor. Moralmente válido, éticamente aceptable, en tanto se reconoce la opción del mal menor como el mayor bien posible. No obstante, los escenarios son cambiantes y debemos dar paso al discernimiento porque, visto el horizonte para las próximas semanas, seguro estoy, tendremos que echar mano —otra vez— de dicho principio.

En mi artículo Cuidado con las euforias, publicado el lunes 7 recién pasado en este mismo medio, fui muy claro al expresar: «Guatemala jamás volverá a ser la misma». Me refería a que nosotros, pueblo, estamos empoderados y ahora decidimos respecto a nuestro destino. Ello implica —necesariamente— hacer acopio de responsabilidad y ejercitar la capacidad de discernimiento para que la necesidad de ser no se convierta en necedad al ser. Y evitar que ese derecho/obligación de empoderamiento no haya sido ni vaya a ser una quimera. La euforia —lo dije hace una semana— desaparece en un santiamén.

Así las cosas, ¿qué hacer en nuestro hoy y ahora?

Al escribir este artículo, no sé si contenderá Manuel Baldizón o Sandra Torres en la segunda vuelta. Absolutamente seguro lo hará Jimmy Morales. Y vaya quien vaya, debemos exigirles seriedad, elegancia y respeto por el electorado. Seriedad y elegancia en tanto se trata de alcanzar la primera magistratura de la nación. Y respeto porque el electorado ya no es el mismo de hace cuatro años. Los batiburrillos (mezcla de cosas revueltas, sin orden e inconexas) no los vamos a tolerar ni en sus discursos ni en su propaganda.

El señor Morales y la persona con quien contienda deben entender que no soportaremos una parodia del aprendiz de dictador Jorge Serrano Elías. El pueblo que profesa la religión evangélica no permitirá que su credo sea involucrado en propósitos electoreros. Tampoco lo permitiremos los católicos. Una categoría es la propaganda política y otra el discurso religioso. También, por respeto a sí mismos y a nosotros —el pueblo—, deberán evitar la falacia de la verdad a medias, ese error de razonamiento en el cual se presenta una fracción de algo creíble como el todo verdadero.

Si el señor Morales y su contendiente hacen acopio de sensatez y cordura, bienvenidos sean y que gane quien la mayoría elija.

Y, señores candidatos, si se presentan con títulos y grados académicos, deben demostrarlo diploma en mano. Categorías de pénsum cerrado, licenciado, magíster o doctor in fieri no existen. Mejor si acreditan su número de colegiado. De esa manera podremos —el electorado— llamar a la universidad o al colegio profesional que corresponda para verificarlo.

Guatemala no es Macondo. Suficiente tuvimos ya con picos de oro al mejor estilo de Miguel Ydígoras Fuentes, Efraín Ríos Montt y Alfonso Portillo Cabrera. No más batiburrillos en los discursos.

De ahora en adelante —entiéndanlo, por favor— nosotros, el pueblo, caminaremos junto a la patria y haremos que se la respete.

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