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Machismo, racismo y homofobia a escena
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Machismo, racismo y homofobia a escena

"La comedia ha sido un territorio maravilloso para la crítica política, pero no la comedia entendida como la risa por cualquier tontería. El machismo y el patriarcado se han colado demasiado" Patricia Orantes
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El teatro es arte. Es crítica. Es comedia. Es tragedia. Pero también puede convertirse en una vía para canalizar y normalizar estereotipos sexistas, racistas y homófobos. Los diálogos y la interpretación de algunas obras que se reproducen hoy en Ciudad de Guatemala hacen humor de la violencia contra las mujeres, del acoso, de la discriminación contra pueblos indígenas y del maltrato a personas de la comunidad LGBT+.

Se abre el telón. Sobre la tarima, durante una, dos horas, comentarios llenos de prejuicios. Uno tras otro. Una pausa. Regreso. Más chistes. Más bromas simplonas, de las de madrugada en cualquier bar. De las de almuerzo en la oficina. De las de charla de colegas.

Se cierra el telón. Y los estereotipos quedan esparcidos en el patio de butacas. Los asistentes a la función se va a sus casas, con una sonrisa en la cara y los ojos humedecidos de risa.

No parecen ser conscientes —pero lo son, tienen que serlo— de que acaban de dedicar carcajadas, miradas cómplices y aplausos a unas bromas racistas. De que ovacionaron a un hombre que acosó a una mujer de manera constante, ante la negativa y rabia —ante la “mojigatería”— de ella. Se mofaron de un hombre que muestra su orientación sexual. Algunos incluso le insultaron, desde la oscuridad de su asiento.

Así son todas noches de viernes y sábado en Ciudad de Guatemala. Varias de esas obras de teatro, de entre Q65 y Q75 la entrada, que se anuncian a todo color en la cartelera de la prensa, que se pregonan en los anuncios de radio y se comparten por redes sociales, tienen unos libretos cargados de líneas machistas, racistas y homófobas. 

Acto I. Es comedia, no es crítica.

Los protagonistas, tres hombres. Los Tres Huitecos. Los actores Hugo Aldana, Giovanni Aldana y Guido Rosal, trabajan juntos desde el año 2000. Han protagonizado espectáculos en televisión, en radio, en teatro y han hecho anuncios comerciales. 

Hoy representan la obra “El día que Teco temió”, en el Teatro Don Juan, en la zona 1. El patio de butacas, donde caben 650 personas, se llena con cada función. Los días más flojos, unos 500 espectadores ven la representación. Por semana, tres pases: los viernes y sábado por la noche y los domingos por la tarde.

La obra está centrada alrededor del personaje de Teco, un hombre alcohólico —aunque nunca es definido con ese adjetivo—, machista —aunque nunca se plantea como tal— y mujeriego —lo cual se exalta como una virtud—, que se acompaña de dos colegas a quienes cuenta anécdotas de su vida.

Las primeras en tomar la escena son dos mujeres, las actrices Ingrid Hernández y Betty Aldana, cuyos nombres no aparecen en el cartel de la obra —hay que hacer una llamada al Teatro de Don Juan para conocerlos— y a las que no presentan al finalizar la función. Son las únicas dos mujeres —salvo una tercera que no toma la palabra hasta los últimos minutos de la obra— que tienen un papel: el papel de esposa del protagonista —Paty— y el papel de mujer que limpia la casa y que parece haber tenido una relación sexual con el protagonista —Nacha—.  “Cuando toma me trata tan mal y cuando no toma es un angelito”, dice Paty en la obra, luego de explicar que debe ir al supermercado a comprarle cerveza a su pareja.

 

Pepe Orozco

 

El telón se cierra y la localización cambia. En la “calle” se encuentran Teco, el protagonista, y sus amigos, Ron y Rul, quienes se abrazan.

—¿Y por qué andamos abrazados? —se preguntan.

—Andamos abrazados porque somos amigos.

—Más que amigos.

—Porque somos compadres.

—Más que compadres.

—Porque somos hermanos.

—Más que hermanos.

—Huecos son —concluye Teco.

Y el público ríe.

—¡HUECOS! —repite.

Y el público le ovaciona.

La fórmula les funciona. Tanto, que llevan 13 años en escena con la misma obra. Esta es su función número 1,850, y lo mencionan con orgullo, han recibido cerca de un millón de espectadores, si se toma en cuenta que cada función suele tener unos 500. Algunos llegan por segunda o por tercera vez a ver la obra. La gente lo disfruta. Lloran de la risa con cada línea. Los huitecos interactúan con los asistentes. Los hacen formar parte del espectáculo, y el público lo agradece.

Los tres protagonistas se turnan para recordar a sus antiguas compañeras de colegio:

—Le decían la vitamina. Todos los patojos crecieron con ella.

—Le decían la tabla del uno, por lo fácil.

—Le decían la gripe. A todos nos dio.

—Le decían la semáforo. Nadie la respetaba

Entre cada frase, una carcajada.

La necesidad de fortalecer la masculinidad como es socialmente entendida y la falta de responsabilidad en la paternidad, también se tocan en el espectáculo. Teco describe la insistencia de su hijo, que le pide jugar con él por las tardes. “Mijo, por favor. Estoy viendo el clima, con Marisol Padilla”, se jacta. “Ahí está tu mamá. Andá a jugar con ella. A ella le encanta jugar con vos”, concluye.

La violencia contra la mujer se menciona, sutilmente.

—Anoche cuando estabas durmiendo, en tus sueños me estabas maltratando, —le dice Paty a Teco. 

—Yo no estaba durmiendo —responde.

Otra escena.

—Mala esa mujer —dice uno de los amigos.

—La Ceci. —responde otro.

—La Ceci Navas.

Al finalizar la obra, Guido Rosal, uno de los Tres Huitecos, saca un tiempo para responder algunas preguntas en el patio de butacas. Algunos de los últimos asistentes en salir de la sala se acercan a él para agradecerle por el espectáculo. 

—¿No cree que algunas de las bromas que se hacen en la obra reproducen algunos estereotipos sexistas y homófobos? —se le pregunta.

—No —Responde tajante Rosal—. Es comedia. No es con esta intención.

—¿Alguna vez les cuestionaron esto?

—Nunca —sigue tajante—. Ya ve que vienen muchas mujeres, todo el mundo se ríe. No es una obra de denuncia. Es fácil, práctica, de una comicidad sana y guatemalteca. Lo que usted mira ahí es de lo que nos reímos los guatemaltecos.

—Al poner a la mujer en un papel sexualizado…

—¡Es que no está sexualizado! —Rosal corta la pregunta— Tú lo miraste así, pero yo no lo miro así, no, no —niega, con el tono de un niño que hace berrinche— Ahí ellas tienen un papel secundario. No estamos demeritando a la mujer ni nada, es el papel que le tocó en la obra, así viene hecha.

El teatro de la represión y actuar por dinero

Para entender por qué el teatro guatemalteco reproduce tantos estereotipos y es tan aplaudido, hay que conocer un poco de su historia. Patricia Orantes, actriz y directora de Artes Landívar, un espacio dentro de la Universidad Rafael Landívar dedicado a la investigación, creación y promoción de diferentes expresiones artísticas, hace un repaso de la misma.

Durante los años 50 y 60, cuenta Orantes, en Guatemala había una producción de escritura dramática importante. Por el país pasaron una serie de grupos, de dramaturgos, directores y maestros que dejaron una huella importante en una época donde las personas que hacían teatro habían nacido durante la revolución de 1944 o la había vivido. Existía una política de sostén de las artes. En ese momento había dos escuelas que formaron a unas generaciones que resultaron tener una técnica muy sólida.

Después, la década de los 70, “siendo una época de una represión citadina muy fuerte, no acalla el teatro”, cuenta Orantes. Pero los 80 sí. “Era inevitable. Aunque la mayoría del terror estuviera ocurriendo fuera de la ciudad, no podíamos quedarnos inmunes. La represión era fuerte y generó también una autocensura”, narra.

En esta época, cuando Orantes comienza a hacer teatro en Guatemala, empieza a notar una serie de estereotipos y roles que se reproducen en las obras, y que no tenían tanto peso en momentos históricos como la revolución de 1944. “El rol de la mujer estaba sobre todo encaminado a la actuación. Si vemos la historia, cuántos directores a la par de directoras, cuántos dramaturgos a la par de dramaturgas. Pero en la época de la revolución, había mujeres súper pensadoras, con doctorados”.

 

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En la década de los 80, explica, se instalan y se institucionalizan unas dramaturgias débiles, que se burlan y ofenden a las mujeres. “Había roles y arquetipos que siempre han existido. Patriarcado y machismo siempre han habido”, pero en estos años se incrementan. Y se reproduce también en las formas de producción: los sueldos —inferiores para las mujeres—, las jerarquías, las relaciones entre profesionales… “La represión incidió más de lo que pudimos darnos cuenta”, admite.

Orantes lamenta que el teatro que continuó, el más crítico, se convirtió en un teatro con un lenguaje más críptico, intelectual, alejado de la gente. El público que según la actriz es muy inteligente y se da cuenta de todo, fue reconociéndose en el lenguaje de las comedias ligeras.

Mercedes Fuentes es la directora de la Escuela Superior de Arte de la Universidad San Carlos de Guatemala (Usac). El espacio lleva funcionando desde 2008 y forma anualmente a 420 alumnos, 60 de ellos en teatro. En su despacho, un pequeño cuarto a un costado del Paraninfo Universitario, expone su visión de la situación. “Esto es parte de un todo, de cómo está estructurada la sociedad”, asegura. “Se ponen en escena obras escritas hace mucho tiempo, con una estructura patriarcal”.

El gran problema que impide erradicar los estereotipos del teatro, coinciden las dos expertas, viene de entender el arte como una vía de ingresos. Según el análisis de Fuentes, existen tres tipos de teatro: el que genera discusión; el académico, destinado a estudiantes; y el comercial, que es en el que se ve de una forma más directa la reproducción de estos roles. Muchos actores y actrices viven transversalmente en los tres, explica, aunque remarca que la escuela debe estar orientada hacia el primero. “El teatro con fines comerciales cae mucho en esa trampa”, expone Fuentes, aunque admite que cada vez sucede menos.

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“Mezclar demasiado el teatro con la comida es peligroso”, asegura Orantes. “Decir: ‘Es que si no lo hago, no como’. Y encima hago teatro mientras la gente come”, bromea. “Se descubre la taquilla, la mina de oro, a través de las comedias ligeras. La comedia ha sido un territorio maravilloso para la crítica política, pero no la comedia entendida como la risa por cualquier tontería. El machismo y el patriarcado se han colado demasiado. Las chicas jóvenes a veces no se dan cuenta. Quieren actuar, hacer teatro, aprender. Tener la experiencia. Y la vieja escuela te ha enseñado a hacer lo que el director dice”.

Acto II. El mono que se disfrazó de “muchacha”

Sobre el escenario un joven con garras golpea a otros hombres con un banano de tela. Enfrente, el público se deshace en carcajadas. Es el segundo acto de Mi novio es rico pero parece mico, y como cada noche, el lugar está repleto.

El patio de butacas está formado por unas 25 mesas de un restaurante de la zona 10 de la capital: Fulanos y menganos, el local señalado hace unos meses por el Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) por la venta de unos desayunos al Registro General de la Propiedad que nunca se realizaron. En el caso están involucrados el hijo y el hermano del presidente Jimmy Morales. La empresa también está en la mira por la supuesta venta de comida en mal estado a la Secretaría de Bienestar Social, destinada al Hogar Seguro Virgen de la Asunción.

Los señalamientos no impiden al elenco de la obra hacer varias referencias al gobierno de Morales durante su actuación, libertad de la que se enorgullecen.

La actuación se desarrolla en una taberna que hace a la vez de local de strip-tease, en el que hombres bailan a cambio de dinero. El dueño del espacio, interpretado por Walter Marroquín, invita a tres señores (Leonel Ramírez, Jorge de la Cruz y Guillermo España) a ser los nuevos bailarines, ante la falta de trabajadores. Al lugar llegan tres mujeres (Gabi González, Nancy Morales y Andrea Méndez). Dos de ellas son las exesposas de los protagonistas y la tercera jura estar enamorada de un famoso cantante, que resulta ser el sobrino del dueño de la cantina.

Durante la obra, el artista, Mico Anthony, se transforma en un simio. Entre risas, su tío en la ficción trata de explicar los inicios de esta metamorfosis, y narra que intentó sacar a un grupo de animales de una reserva natural del norte de Guatemala, antes de la intervención del Gobierno.

 —Vinieron los del Ministerio de Ambiente y se los llevaron a todos.

—¿A todos? —pregunta un segundo actor.

—A todos menos a uno. Samuels. Samuels era un mono aullador del Petén. Como era bien pilas se hizo pasar por la muchacha y no se lo llevaron. 

Entre el público, pocos ojos de sorpresa, algunos de indiferencia, una carcajada que se escapa y un par de risas nerviosas. Rápido se pasa al siguiente chiste y la broma queda casi desapercibida.

 

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En la obra se acaba de comparar a un mono aullador con una muchacha —una persona encargada de la limpieza, trabajo desempeñado históricamente por mujeres indígenas—. Se le llama Samuels. El nombre, coincidencia o no, es el apellido del ministro de ambiente, Sydney Alexander Samuels Milson, un hombre de tez negra.

***

Con el alcohol como excusa, algunos de los presentes aprovechan la cercanía de los intérpretes para interactuar con la obra. "Hueco", le gritan en varias ocasiones a uno de los actores, claramente identificado como homosexual. El insulto es repetido por el elenco en tantas ocasiones que se pierde la cuenta.

—Me recuerda a un mi exnovio —menciona una de las actrices.

—Por lo guapo y lo sexy —responde el aludido.

—No, por lo enano, feo y hueco.

El papel de la mujer en la obra es reducido al de la exesposa que abandonó a su pareja para quedarse con su dinero, o que fue abandonada por cometer adulterio. Las referencias se limitan al plano sexual.

—Me acuerdo que en cuarto de bachillerato le decíamos la vasito de agua: ¡No se le dejaba nadie! En quinto le decíamos la motosierra: ¡No dejaba palo parado!

Después, como la esposa infiel:

—Mano, mi mujer agarra sus cosas y se fue con mi mejor amigo.

—¿Con su mejor amigo?

—¡Sí! Aunque no sé quién es. Pero es mi mejor amigo desde que se la llevó. 

Que tuvo relaciones con varios de los protagonistas:

—Mirá papito, no es por nada, pero me han dicho que tu novia conoce más hoteles que Trivago. Está más recorrida que Waze, fijate. Levanta más gente que Uber.

Y que es víctima de violencia machista. En un momento de la obra, la mujer empieza a bailar con un hombre. La expareja de ella realiza varios ademanes de acercarse con violencia hacia él, y finalmente la agarra por un brazo y la separa hacia al otro lado del escenario: “Te me vas a la mierda”, le dice con brusquedad.

La necesidad de resaltar la masculinidad violenta es una constante: Usted, no deje que le hable así. ¿Es hombre o no? ¿Tiene testosterona o no? ¿Es vivo o no? Machito lo quiero pues”, le dicen a uno de los protagonistas.

El actor Walter Marroquín asegura que el objetivo del espectáculo es entretener, y nunca perpetuar los estereotipos que se observan. “Tratamos de nivelar la situación. Las mujeres tienen papel de hombre, y los hombres terminan chillando en un lugar porque están tristes”, responde. “Lo tratamos de hacer desde un punto intermedio, ni machista, ni feminista”, concluye.

Q1 de multa y seis inspectores para todo el país

Hay una ley que regula todo esto. La Ley de Espectáculos Públicos. Existe, se puede utilizar para sancionar a los responsables, pero hay un problema: fue aprobada en 1956, y desde entonces no se le ha hecho ni un solo cambio.

Esto implica, además de su desactualización en cuanto a la fiscalización del contenido de las obras, que el monto de las multas está completamente desfasado. La asistencia de menores de cinco años a las actuaciones —lo cual sucedió en las tres obras visualizadas— puede ser multado con la suma de Q1 a Q5. Las empresas que no publiquen claramente la categoría del espectáculo —esto no aparece en ninguno de los carteles de las tres obras— tendrán una multa de Q10. La transgresión de medidas de seguridad está sancionada con Q25 a Q1 mil y las de sanidad de Q5 a Q500.

Los responsables de hacer cumplir esta ley son los funcionarios de la Dirección de Espectáculos Públicos del Ministerio de Cultura. Su director, Carlos Alberto Donis González, asegura que la unidad a su cargo tiene demasiadas carencias para revisar las obras.

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La primera, la falta de personal. Únicamente cuentan con seis inspectores para la revisión no sólo de las obras de teatro. También de los conciertos, las proyecciones cinematográficas, las discotecas y demás centros nocturnos. Son unos 2,500 espectáculos al día en toda Guatemala.

Donis explica que en las obras de teatro tratan de ver la primera función para determinar su clasificación, aunque expone que las escenificaciones en restaurantes a menudo escapan del control del ministerio. “Donde hemos sentido un poquito la dificultad es en los recintos adaptados. Llegan a consumir alimentos, pero también interactúan. ¿Qué criterio utilizar? Nosotros vamos a determinar el espectáculo, pero el restaurante funciona como restaurante”.

Para mejorar esto, la dirección está trabajando en un proyecto de ley que pretenden presentar en breve al Congreso de la República. En el mismo, se menciona la prohibición a las discriminaciones de género, etnias, credo, ideas políticas, pensamientos y condiciones económicas. Aunque decidieron no proponer montos de las sanciones —esto se lo dejan al Congreso, dice Donis—, mencionan la necesidad de multas económicas o suspender los eventos que no respeten “a la persona humana y a la dignidad”.

Hasta el momento, la dirección del Ministerio de Cultura no ha recibido ninguna denuncia relacionada con el contenido de obras de teatro. Tampoco la Comisión Presidencial contra la Discriminación y el Racismo (Codisra), donde el personal de comunicación social asegura que “ni ha habido ninguna denuncia, ni se ha hecho ningún pronunciamiento sobre el tema”.

Donis expone que no existe ningún fundamento para regular el contenido. Además, a su criterio, existe un enfoque contradictorio en relación a la libre emisión de pensamiento: “Si anuncian una obra de teatro que lleva un contenido homófobo, la idea es que el público que llega ahí por lo menos tenga la categoría de adulto para que tenga un criterio amplio”.

La Ley de Desarrollo Social menciona la prohibición del uso de estereotipos y señala que el Ministerio de Cultura y la Secretaría de Comunicación Social deben velar porque se evite la perpetuación del machismo, de la explotación y subordinación de la mujer y de su reducción a objeto sexual. Pero esto solo aplica al contenido de los medios de comunicación social.

A nivel penal, tampoco hay mucho que hacer. Marco Tulio Escobar, fiscal de delitos contra la discriminación, lo explica de este modo: estas obras teatrales pueden tener una connotación de discriminación estructural, un contenido discriminatorio, sin suponer esto un delito. “Para que exista delito tiene que haber una limitación, una prohibición que impida a una persona ejecutar un derecho. Tiene que haber un sujeto pasivo afectado. Esta es la teoría de la causalidad. Se debe demostrar en qué le afectó y qué le impidió”, resume. “Si en hechos concretos es difícil, en obras de teatro imagínese”.

Hacer bromas sobre personas homosexuales o reducir al papel de las mujeres al ámbito sexual puede ser humillante, denigrante y cuestionable. Pero no es ilegal.

Acto III. Tan enojada, consígase un su novio

La lagartona y el soldadito sin pisto comenzó a representarse en febrero de 2017, en un restaurante de la zona 10: Facundo. El lugar, de menor tamaño que el anterior y con un escenario más humilde, acoge las interpretaciones de la compañía Siempre Teatro. La empresa comenzó a reproducir la obra sin licencia del Ministerio de Cultura, y después de una llamada de atención, arregló su situación.

La obra tiene un componente actual importante y mezcla la comedia con la crítica política. Se trata de una parodia de la exvicepresidenta Roxana Baldetti Elías —“la lagartona”— y del expresidente Otto Pérez Molina —“el soldadito sin pisto”— después de entrar en prisión. La historia, según sus protagonistas, busca denunciar cómo a pesar de que se dieron algunos cambios en 2015, el sistema sigue siendo el mismo.

El técnico de sonido abre el telón manualmente, como si se tratara de una sencilla cortina, y sobre la tarima aparecen una mujer y un hombre vestidos con un overol naranja. Hablan de sus planes de futuro, de su relación sentimental y del apuro de ella en hacerse con la supuesta fortuna que él esconde en algún lugar. Tras una pequeña transición, el escenario se convierte en un convento en el cual él pasa sus últimos días, y al que ella llega —acompañada de su ayudante, una caricatura de Juan Carlos Monzón— con la intención de casarse con él, asesinarlo, y quedarse con su herencia.

 

 

Durante la obra, las referencias al físico de las mujeres son una constante.

—Y vos, ¿qué vas a saber de belleza? —le dice ella— Si esa tu mujercita, como que la fuiste a sacar del Cementerio General. Fea, la pisada.

—A mí, en mis tiempos mozos, así me caían de culitos —le responde él.

En la misma escena, la protagonista menciona una conversación que mantuvo con su madre, sobre cómo él la había acosado:

—Ella me preguntó si me acosabas sexualmente. 

—¿Y qué? —dice él.

—Yo le dije: "¿Acoso? ¡Ese hombre abusó de mí!" Y entonces ella me preguntó si estaría dispuesta a declarar frente a un tribunal. Yo dije: "Ay, mamá, ¿y eso para qué?" "¡Pues para que te devuelva tu honra, mija!"

—Ah, para devolverte tu honra me tendrías que devolver todo el pisto.

En el convento donde reside el protagonista se encuentra la otra mujer que actúa en la obra —Evelyn Salazar— que interpreta a una monja. A pesar de ser una persona fuerte y tenaz, en varias ocasiones este empoderamiento es motivo de mofa y de reprimenda. “Ay, no. Tan enojada la Sor... ¡consígase un su novio!”, le dice el personaje de Juan Carlos Monzón, hasta en tres ocasiones.

—Yo no soy su mamaíta —le responde ella, ante su insistente acoso.

—Uy, qué carácter —argumenta él—. Cuando la Sor se muera, van a poner en la lápida: "De vuelta y sin usar”.

Hacia el final de la obra, otro personaje hace aparición. Un hombre al que llaman “juez Gálvez”, quien, aseguran, no se trata del juez Miguel Ángel Gálvez Aguilar, y que llega para oficiar la boda de la pareja. En un momento previo a la misma, el personaje regaña a la mujer, que se queja de haber sufrido acoso.

—Estaba haciendo mis necesidades y tremendo ojo el que se miraba... Su ojo, de él. Viejo cerote mañoso...

—¿Ah? ¿Pero qué son esas palabras? ¿Que acaso no te han dicho que eso no es bueno? —le responde el juez.

El mismo personaje la hostiga en varias ocasiones: “Yo con usted sí me caso, porque me imagino que es solterita”.

Arturo Rodríguez el actor que interpreta al personaje del soldado, admite que en la obra, a pesar de la crítica política y social, se pueden reproducir algunos estereotipos. “Para poder llegar al público guatemalteco, tienes que darle un poco de lo que está acostumbrado. Como artista te digo que a veces es un poco lamentable que para poder dar tu mensaje tengas que adaptarte así”, expone Rodríguez.

***

Para Mercedes Fuentes debe darse un cambio sustancial en la composición de las obras de teatro. “Sólo una nueva dramaturgia nos va a permitir un teatro no sexista. Hay que hablar de esto, desde la propuesta que hace la dramaturgia”.

La educación es una parte crucial de este cambio: “Nadie nace machista. Hay que explicar por qué se construye este pensamiento, y educar para que no se reproduzca. Es más difícil la deconstrucción que la construcción, pero es necesaria”, concluye.

Patricia Orantes hace una analogía de las obras que reproducen estereotipos con otro tipo de comedia. “Este tipo de teatro es muy similar al de los payasos. Los payasos de camioneta, que son muy de ‘Y venga aquí señorita...’”, dice elevando el tono de su voz y haciendo un falsete. “Son súper machistas”.

“Pero ahora ya nadie te hace un salto mortal. Y quizás es lo que tendríamos que hacer”.

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