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Luis Mendizábal y la boutique de las conspiraciones

Gran orquestador de conspiraciones, golpes de Estado y tráficos ilícitos, se le ha señalado como un destacado miembro de algunos de esos aparatos clandestinos de seguridad incrustados en el Estado.
Lo vinculan también con La Cofradía, una estructura conformada por militares de inteligencia y algunos civiles que operaba desde el Ministerio de Finanzas durante el régimen de Lucas García.
El Ministerio Público señala a Luis Mendizabal de cooperar con la red que habría sobornado a la jueza Marta Sierra que favoreció a tres presuntos líderes de La Línea.
Luis Mendizabal aparece en la página de internet de Interpol con orden de captura por cohecho activo.
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Luis Mendizábal y la boutique de las conspiraciones

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En Guatemala, quien dice intriga, dice Luis Mendizábal. Asesor de presidentes y grandes empresarios, este experto en inteligencia ha sido una especie de actor secundario, en la sombra, de un sinnúmero de confabulaciones, desde intentos de golpes de Estado, hasta el caso Gerardi y el crimen de Rodrigo Rosenberg. Ahora, con el desmantelamiento de “La Línea”, vuelve a surgir como uno de los presuntos líderes de esta estructura de defraudación tributaria.

Redes-lateral

Sobre la 16 calle de la Zona 10, entre centros comerciales y locales nocturnos, hay un pequeño comercio de ropa para hombres que no busca llamar la atención del peatón. Está en el interior de una casa de fea arquitectura gris. “Boutique Emilio” reza el cartel de esta tienda de otros tiempos. Afuera, una pequeña vitrina sin iluminación de vidrios empañados contiene dos bustos de maniquís mal colocados, vestidos con saco y corbata. La era del neuromarketing y de las vitrinas diseñadas por escaparatistas profesionales no ha llegado aún a este misterioso comercio.

Adentro, las dos pequeñas salas de exposición son oscuras y austeras. Ningún esfuerzo se ha hecho por poner el precio de la ropa en venta. Las prendas están colocadas dentro de envoltorios plásticos sobre unas pesadas estanterías de madera barnizada, algo desgastadas ya. Detrás de una vitrina interior, se muestran objetos casi en desuso: tirantes y pañuelos de seda. Es obvio que Boutique Emilio no ha cambiado su decoración interior en lustros. En la década de los setentas y ochentas, Boutique Emilio era de las pocas, si no la única, en ofrecer ropa refinada en Guatemala. Es aquí donde los hombres prominentes de la nación venían a adquirir lo último de la moda italiana y francesa. Vinicio Cerezo, por poner un ejemplo, recuerda haber comprado aquí el traje negro que lució el día de su investidura presidencial. Si no se hizo cliente habitual, es porque su servicio de inteligencia le indicó que en la trastienda de ese almacén de exclusiva ropa para caballeros se daban movimientos sospechosos.

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No lo parece, pero Boutique Emilio es una tienda histórica. No tanto por sus distinguidos clientes, sino por lo que hay atrás de los probadores y del taller de sastrería. Basta recordar que ahí se fundó la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), el partido de la extrema derecha salvadoreña, símil del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) guatemalteco, cuyo fundador, el mayor Roberto D’Aubuisson, ordenó el asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero. Desde su fundación en los setentas, Boutique Emilio pertenece a Luis Alberto Mendizábal Barrutia, cuyo nombre es sinónimo de tramas oscuras y complots urdidos por los llamados “poderes fácticos” de Guatemala. Gran orquestador de conspiraciones, golpes de Estado y tráficos ilícitos, se le ha señalado como un destacado miembro de algunos de esos aparatos clandestinos de seguridad incrustados en el Estado. Luis Mendizábal ha estado envuelto en muchas de las crisis que han conmocionado al país: intentonas golpistas contra Vinicio Cerezo, caso Gerardi, caso Rosenberg, entre otras, pero siempre —hasta ahora— ha salido librado de acusaciones más allá del rumor.

Hoy, su nombre vuelve a sonar fuerte: según las investigaciones de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y del Ministerio Público (MP), Mendizábal era uno de los jefes de “La Línea”, la estructura de defraudación aduanera cuyo desmantelamiento tiene al gobierno de Otto Pérez Molina sin aliento. En concreto, Mendizábal era, según la CICIG, uno de los líderes de la estructura externa a la Superintendencia de Administración Tributaria (SAT), y la Boutique Emilio, uno de los centros de operación de la banda. En esta caverna de Alí Babá, los investigadores encontraron Q1.6 millones en efectivo durante los allanamientos realizados el 16 de abril pasado.

Por primera vez, pesa sobre Luis Mendizábal una orden de captura internacional emitida por Interpol: los investigadores de la CICIG y el MP lo acusan, con escuchas telefónicas en mano, de haber sobornado, con la colaboración del llamado “bufete de la impunidad”, a la jueza Marta Sierra de Stalling para que dictara las medidas sustitutivas que sacaron de la cárcel a los presuntos cabecillas de “La Línea”. Esta vez, sus conectes no han sido suficientes para salvarlo de la persecución penal.

Un civil entre militares

Luis Mendizábal, ingeniero graduado en la Universidad Politécnica de California (EE.UU.), tiene hoy 68 años. Su cara redonda, su cabellera de un blanco diáfano y su bigote tupido le dan un aire bonachón, lejos de la imagen del intrigante, del agente de inteligencia. “Cae bien, es entrador, te da buen feeling”, dice el expresidente Álvaro Colom (2008-2012), quien fuera su amigo tiempo atrás, antes de agregar: “es de esas personas tan insidiosas que si las tenés cerca, te salpican, te hunden o te matan.”

¿Cómo entró Mendizábal en el mundo de la inteligencia? Según él mismo contó a la periodista Claudia Méndez Arriaza, quien lo introdujo fue Luis Canella Gutiérrez, un empresario miembro del Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (CACIF) que fue asesinado por la guerrilla en 1977. Desde entonces, afirmó, sirvió varias veces de enlace entre víctimas de secuestro y fuerzas de seguridad.

Pero sus actividades fueron mucho más allá de lo que está dispuesto a reconocer en público. Fuentes cercanas al aparato militar aseguran que a finales de los setenta, Mendizábal, utilizando Boutique Emilio como tapadera, importó armas para los escuadrones de la muerte del Movimiento de Liberación Nacional de Mario Sandoval Alarcón.

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Lo vinculan también con La Cofradía, una estructura conformada por militares de inteligencia y algunos civiles que operaba desde el Ministerio de Finanzas durante el régimen de Lucas García. Con la excusa de la lucha antisubversiva, La Cofradía se convirtió en una unidad dedicada a monitorear la actividad industrial, financiera y agrícola de Guatemala. Pronto, la red expandió su control hacia las aduanas, los puertos y el aeropuerto. Con esto, fue capaz de chantajear a empresarios que defraudaban al Estado, u ofrecerles interesantes rebajas en sus impuestos de importación a cambio de comisiones. Luis Mendizábal, amigo de muchos empresarios a quien atendía en su boutique, se convirtió en un enlace indispensable entre sectores militares y económicos.

En 1985 se restableció la democracia y Vinicio Cerezo Arévalo fue electo presidente. Para darle aire a un Estado exhausto por el esfuerzo de la guerra, Cerezo intentó recuperar el control de las aduanas. Con esto, se hizo de poderosos enemigos. “Cuando investigamos, nos llegó la información de que en aduanas operaba la red Moreno y que uno de sus conectes era precisamente Luis Mendizábal. Despedimos a Alfredo Moreno y efectivamente, empezamos a recibir un mejor ingreso de divisas para el Estado”, recuerda Cerezo. La red Moreno, la cual salió a la luz pública en 1996, durante el gobierno de Álvaro Arzú (1996-2000), representa una parte de las actividades de La Cofradía.

Durante su administración, Cerezo echó a andar una reforma fiscal que aumentaba la carga tributaria del 6 al 11 %. Sectores empresariales y militares encontraron entonces un enemigo común en él. Las maniobras de desestabilización se multiplicaron en contra de un gobierno ya debilitado por los escándalos de corrupción y los problemas económicos del país. Un primer intento de golpe de Estado ocurrió en 1988, y un segundo en 1989, justo después de un paro patronal de ocho días. En este último intento, se vieron movimientos de tropa desde bases del interior del país. Muchos militares no apoyaron las asonadas y éstas fracasaron. “Una vez controlada la situación, abrimos un procedimiento. Investigamos y apareció el nombre de Luis Mendizábal, quien ya se había refugiado en El Salvador. En un canal de televisión, encontramos un video en el que Mario David García, portando el pañuelo de los rebeldes, anunciaba el éxito del golpe de Estado”. Esta era la primera vez en que Luis Mendizábal y el periodista de extrema derecha Mario David García, hoy candidato presidencial del Partido Patriota (PP), participaban en una misma operación de desestabilización.

Una “oficinita” para borrar huellas

Si algo distingue a Luis Mendizábal es su capacidad para escurrirse de las situaciones comprometedoras, para dejar que se olviden sus desmanes, y volver al terreno de las acciones. Como centro de una amplia red de inteligencia, siempre logra volverse indispensable para gobernantes y empresarios a quienes vende análisis e información. Mendizábal volvió a las altas esferas del poder con la presidencia de Arzú. Junto al general Marco Tulio Espinoza, sucesivamente jefe de Estado Mayor y Ministro de la Defensa, creó “La Oficinita”, un centro de inteligencia paralelo compuesto por militares, policías, abogados, jueces y fiscales.

Desde La Oficinita, Luis Mendizábal ayudó a resolver varios secuestros de empresarios y finqueros. También fue acusado de participar en operaciones de limpieza social, tal y como lo recuerda un cable de la embajada americana filtrado por Wikileaks.

Otra de las tareas principales de esta estructura clandestina era desviar investigaciones penales. Su actuar quedó expuesto con el asesinato del empresario petrolero Edgar Alfredo Ordóñez Porta, en 1999. En este caso, La Oficinita intentó convencer a los familiares del empresario que el motivo del crimen había sido un ajuste de cuentas entre narcotraficantes.

Luis Mendizábal fue el encargado de poner en contacto a los familiares con Marco Tulio Espinoza, jefe del Estado Mayor, quien les ofreció poner los recursos de Inteligencia Militar y del Comando Antisecuestros para esclarecer el caso. Los familiares aceptaron. Además, Mendizábal trasladó el caso a la Fiscalía contra el Crimen Organizado. Esta fiscalía era controlada por La Oficinita a través de su jefa, María del Rosario Acevedo Peñate, la “fiscal de hierro”, quien se alineó con la tesis de Inteligencia Militar.

Pronto, los familiares de Ordóñez Porta dudaron de las hipótesis que les presentaban. Se evidenció que agentes de la Inteligencia Militar estaban presentes en el lugar y el momento del secuestro, y que luego manipularon la escena del crimen, llegando a cortar dos falanges del cadáver del empresario. Al final, los chivos expiatorios escogidos por La Oficinita entre los empleados de Ordóñez Porta no fueron condenados. La Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala (Minugua), concluyó que la muerte del empresario era una ejecución extrajudicial y que el MP había incumplido su deber de investigar. El crimen sigue en la impunidad.

Con el asesinato del obispo Juan Gerardi, se evidenció el mismo patrón: para desviar las investigaciones, se fabricaron varias hipótesis falsas. La primera, defendida a capa y espada por el primer fiscal del caso, Otto Ardón, sostenía que era un crimen pasional, homosexual, perpetrado por el cura Mario Orantes. El perro Baloo fue visto como el autor material del crimen. Las autopsias desmontaron la hipótesis. La segunda teoría, que el equipo de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHAG) atribuye a la mente de Luis Mendizábal, fue la del Valle del Sol, una banda de saqueadores de iglesias que habría decidido eliminar a Gerardi. Esta hipótesis era más insidiosa ya que partía de elementos verídicos. Como lo afirma Francisco Goldman en El arte del asesinato político, en la banda del Valle del Sol estaba implicada Ana Lucía Escobar, hija de una empleada del entonces canciller de la curia, monseñor Efraín Hernández.

En este caso, La Oficinita fracasó: en los tribunales se impuso la idea de un crimen de Estado, ordenado desde la cúpula del Ejército y motivado por la publicación del informe “Guatemala nunca más”. Durante la investigación y el juicio a los militares, Mario David García atacó sin tregua al equipo de la ODHAG, y su programa radial Hablando Claro, sirvió de altavoz a las hipótesis fabricadas por La Oficinita.

“Si usted está viendo este mensaje, es porque fui asesinado”

El 12 de mayo del 2009, como un reguero de pólvora, dio la vuelta al mundo un video en el que el abogado recién asesinado Rodrigo Rosenberg acusaba al presidente Álvaro Colom de haberle quitado la vida. Fue un día de gran ansiedad y pesimismo para el Presidente, inmerso en una situación inaudita en los anales de la política. La conmoción, afirma hoy, le duró hasta que esa misma tarde descubrió que detrás de la grabación y difusión del video estaban Mario David García y Luis Mendizábal. “Esto va a ser fácil”, dijo entonces Colom a su entorno, “Estos dos son complotistas. Si están Mario David y Luis, todo esto es mafia”.

Colom conocía a Luis Mendizábal desde hacía cuatro décadas. En los años setenta, ambos fundaron una maquila que administraron durante varios años, y también admite haber sido cliente de Boutique Emilio. Luego, asegura el exmandatario, se alejaron. Cuando accedió a la Presidencia, Mendizábal se le acercó de nuevo y se convirtió en asesor de su equipo de inteligencia. Por medio de Carlos Quintanilla, director de la Secretaría de Asuntos Administrativos y de Seguridad de la Presidencia (SAAS), Luis Mendizábal tenía abiertas las puertas de Casa presidencial. Quintanilla, tras haber sido el hombre de confianza de Colom en materia de seguridad, fue despedido cuando se descubrió que en el despacho del Presidente había micrófonos ocultos. “No tengo pruebas, pero sospecho que fue Luis quien los implantó”, afirma Colom.

Luis Mendizábal intentó influir en algunos nombramientos. Cuando el entonces fiscal general, Juan Luis Florido, renunció a su cargo, recomendó nombrar a María del Rosario Acevedo, la “fiscal del hierro”. En la entrevista a Claudia Méndez Arriaza, Luis Mendizábal indicó haber recomendado a la exfiscal, pero para el Ministerio de Gobernación.

¿Qué llevó a Luis Mendizábal a buscar la caída del gobierno Colom con el video de Rodrigo Rosenberg? Según la versión de Mendizábal, repartir el video era “su misión”: una misión encomendada por su amigo Rodrigo, quien, enfrentado al poder sin límites del Estado, presentía su asesinato.

Álvaro Colom tiene otra explicación. Sugiere que todo se debe a la frustración de Mendizábal por haber perdido el negocio de los pasaportes. El gobierno de Colom retiró la fabricación de los pasaportes a la empresa La Luz, cuyo abogado era Rosenberg, para dársela a Easy Marketing, propiedad de Gregorio Valdez. “Yo creo que Rosenberg fue víctima de su propia locura, pero los que se suben al carro, es por sus negocios”, analiza Colom quien además sospecha que Mendizábal fabricaba pasaportes falsos.

El caso Rosenberg no supuso un peligro para Luis Mendizábal. La CICIG de Carlos Castresana no lo investigó por su participación en el caso. El caso Rosenberg, en la versión del comisionado español, quedó como un acto brutal y exclusivamente personal, llevado a cabo por un hombre desesperado. Durante aquellos meses, Luis Mendizábal tuvo bastante presencia en los medios de comunicación, llegando incluso a otorgar entrevistas como la de Claudia Méndez Arriaza en El Periódico.

Luego, no se habló más de Mendizábal.

Ahora, perseguido por la policía internacional, parece que la agitada carrera de Luis Mendizábal amenaza estar cerca de su fin. A Álvaro Colom le sorprende aún que un hombre tan astuto, un verdadero sobreviviente, haya caído de forma tan estrepitosa. “¿Cómo aceptó tener la plata allí, en la boutique? ¿Cómo se confió? Talvez tenía tan buenos conectes que se sentía seguro…”, reflexiona en voz alta el expresidente. O quizás, al igual que su Boutique Emilio, Luis Mendizábal era ya un personaje de otros tiempos.

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