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Los solitarios hijos de aquel ejército
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Los solitarios hijos de aquel ejército

El árbol caído pareciera haberse quedado un poco solo. Reyes exclama: “¡Y el empresariado! El empresariado debería salir a defender a la institución que le defendió sus intereses, por eso muchas veces tenían razón en decir que era el ejército de los ricos. Lamentablemente en una guerra los ricos se hacen más ricos y los pobres ponen los muertos”. “Dicen que hay varias guatemalas, pero en realidad sólo hay dos: la Guatemala pobre y la Guatemala rica”
Reyes insiste en que siga el juicio, pero se pregunta por los atentados de la guerrilla. “Está la masacre de El Aguacate, en que está implicado el asesor del ministro de Gobernación, Palma Lau (dos semanas después de esta manifestación fue capturado uno de los acusados). ¿O será que Frank la Rue, asesor en tiempos de Óscar Berger, aprobó las ejecuciones extrajudiciales en una cárcel? Yo lo que insisto es que sean cosas parejas. “
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Tiempo aproximado de lectura: 13 mins

Están en una de esas zonas residenciales de Guatemala en que las arterias están obstruidas por talanqueras y garitas de seguridad. No se diferencia en mucho de los cientos de colonias amuralladas de clase media y media alta. Pero aquí la densidad de militares por metro cuadrado es bastante mayor que la de otras zonas. Es la colonia Lourdes, asentada en terrenos que les fueron otorgados.

Están en una de esas zonas residenciales de Guatemala en que las arterias están obstruidas por talanqueras y garitas de seguridad. No se diferencia en mucho de los cientos de colonias amuralladas de clase media y media alta. Pero aquí la densidad de militares por metro cuadrado es bastante mayor que la de otras zonas. Es la colonia Lourdes, asentada en terrenos que les fueron otorgados. Aquí también está el Centro Médico Militar –que aloja a Héctor López Fuentes, ligado al juicio por genocidio–. En la avenida principal de Lourdes, en el arriate que divide las dos vías, cuelga una manta que reza: “El secretario de la paz dijo que no hubo genocidio”. El secretario al que se refieren es Antonio Arenales Forno, el funcionario que disolvió los Archivos de la Paz.

No son más de 30, sus edades oscilan entre los veinte y los treinta y pico, llevan quepis, cascos, boinas, camisetas de camuflaje, probablemente prestados por sus padres. Una música atronadora, que es un mix de fiesta de boda y acto cívico, provoca que todos hablen a gritos: Los Iracundos, cumbias, el himno nacional, cornetas. Los muchachos sonríen, se acercan a los conductores, conversan, limpian cuidadosos con un paño el área del parachoques y pegan la calcomanía.

No todos están dispuestos a hablar, pero tienen un vocero, han escogido a alguien para que lidie con los medios de comunicación. Dos chicos y una joven, que evitan dar declaraciones, señalan amablemente a un muchacho que se encuentra al otro lado de la calle.

En ese momento se acerca un hombre de baja estatura, con bastón, uno de los pocos que comparte generación con los padres de los muchachos que llevan algunos fines de semana apostándose en la zona. El hombre dice a la fotógrafa: “Hágame el favor, tómele una foto a ese joven tan bien parecido, el del quepis de coronel”, y señala a uno de los más altos, blancos y fuertes del plantón.

Se presenta. Es Mann Pellecer. (Un nombre conocido, uno de los más activos y constantes comentaristas en las redes sociales y en los medios online, que se define como dentista y analista político.)

Dice: “Yo no tengo miedo a hablar”. Y entonces habla. Sin pausa.

No es militar, pero perdió a sus padres en una emboscada guerrillera y a partir de allí odió a los guerrilleros (lo dice: “Odié a los guerrilleros”) pero la formación espiritual le enseñó a perdonar, lo secuestraron –“por tener un buen carro” – y quedó muy malherido, estuvo en Vietnam, cuando tenía 19, pero vino aquí, y vio lo que sucedía y dijo: “¡Nooo, aquí ni loco!”.

–¿Pero tiene una afinidad con los militares?

–Sí, quiero apoyar a los muchachos. Ahora veo que fueron unos brutos, cuando dijeron no más balas ellos cumplieron su palabra, y no se dieron cuenta de que el guerrillero no indígena, el intelectual, con doctorado, los de escritorio, les jugaron la vuelta. Que me disculpen, pero los militares de aquí no tienen esa formación académica. Les pegaron una ensartada.

En "La farsa del genocidio en Guatemala", una publicación de la Fundación contra el Terrorismo dirigida por Ricardo Méndez Ruiz, Mann Pellecer es recordado como un excombatiente de Vietnam, ciudadano guatemalteco-estadounidense, que entrega copia al embajador norteamericano de la demanda interpuesta contra los terroristas que asesinaron al embajador John Gordon Mein.

–¿Por qué sólo hay jóvenes aquí?

–No sé –responde Mann Pellecer–. Me imaginé que me iba a encontrar a varios de los antiguos generales.

–¿Y el hecho de que no vayan al parque (central), o al Organismo Judicial, a un lugar público, para ser escuchados?

–Quieren evitar confrontación, imagínese si van y se deja venir una turba de la zona 5, de esa gente que no entiende que pasó en Guatemala… y los revuelcan. Porque estos patojos no tienen formación militar, a esa patojita gordita le pegan una arrastrada…

Unos minutos más tarde el chico que estaba al otro lado de la calle, que asume la función de vocero y responde al nombre de Luis Alberto Reyes, dará su versión sobre la ausencia de los padres, los militares. Lo hará con desparpajo y cortesía.

–Algunos tienen trabajo, otros por indiferencia, y para otros, digamos que somos su bandera de apoyo, pero ellos apoyan que estemos aquí. Y si nos ponemos una prenda militar es porque aquí en Guatemala se ha dicho que el ejército es asesino, y el ejército tiene su base constitucional, y se dijo: “los grupos subversivos no pueden estar” y ellos lo hicieron. Estamos aquí para exigir que se hagan bien las cosas, que no sea un show –dice Reyes en referencia al juicio por genocidio.

Y si ellos están aquí, en su colonia, en lugar de en las plazas tradicionales de manifestación, la explicación es simple, dice: Son ellos los que pagan su gasolina; “no somos acarreados, no nos pagan por estar aquí”.

Sobre el juicio, lo que los ha movido a la calle, tampoco comparten del todo sus opiniones.

A Mann Pellecer le parece “una injusticia lo que hacen con el general Ríos Montt. ¡Viejo hueco si usted quiere! (ha sido uno de los pocos generales que ha sido monógamo, palabra). Pero de una vez tildarlo de genocida, eso no es correcto”.

Reyes, el vocero de los jóvenes, no quiere” ser radical”. Sugiere “que se haga el debate”, que para eso “estamos en un país democrático”. Lo que le molesta son los vicios, “las prisas de la juez… ¿por qué no se podía esperar?”, como estudiante de derecho en el último año, este vástago de un coronel que combatió siendo teniente en Quiché pone semblante de preocupación por “el debido proceso”: “Si van a hacer un debate, que sea imparcial, que se respeten los principios de la constitución (hace una pausa para explicar que lo que suena ahora es el himno del ejército). ¿Por qué no aceptó que Gudiel (Francisco García Gudiel) se acredite como abogado? La ley es clara… ella no es la dueña del organismo judicial. Ella tiene que cumplir”.

Ella es la juez Yassmín Barrios, la presidenta del Tribunal cuya imparcialidad Reyes pone en duda.

Otra cosa que le preocupa es la presión de los organismos internacionales. “El hecho de que haya llegado el embajador de Estados Unidos, siempre predicando la doble moral. Nos enzarzan en la guerra y de allí nos dejan: es el país más hipócrita. Y a cuenta de qué tiene que llegar el comisionado de la CICIG… Hacen leña del árbol caído”, sentencia.

El árbol caído pareciera haberse quedado un poco solo. Reyes exclama: “¡Y el empresariado! El empresariado debería salir a defender a la institución que le defendió sus intereses, por eso muchas veces tenían razón en decir que era el ejército de los ricos. Lamentablemente en una guerra los ricos se hacen más ricos y los pobres ponen los muertos”. “Dicen que hay varias guatemalas, pero en realidad sólo hay dos: la Guatemala pobre y la Guatemala rica”.

Otro periodista pregunta si no está también la Guatemala indígena? ¿Y el racismo?

–Aquí en Guatemala no hay tanto racismo; hay discriminación entre nosotros mismos, a veces se da. Son dos sociedades: la de los ricos y los pobres. No la indígena y la ladina”.

Sobre los llamados “excesos”

Reyes reconoce los abusos, pero prefiere resaltar otros asuntos más heróicos. “Mi papá es un héroe, para mí es un héroe. Yo estoy seguro de que se portó correctamente. Así como hay buenos policías y malos, también hay buenos y malos militares”. “Mi papá no me vio crecer. Mi papá fue combatiente en Quiché y a donde yo llego y estuvo mi papá, siempre lo recuerdan bien. No es una vergüenza porque mi papá cumplió un mandato constitucional, combatió a un grupo subversivo al margen de la ley. En ningún momento se pasó”.

Más tarde, Jairo Barahona, un joven un poco alejado de los demás, que pasó su infancia en San Marcos, pues su padre trabajaba en la zona militar, con más o menos las mismas palabras, repite lo que dice Reyes. No pone en duda el trabajo de su padre.

–Era una guerra.

–Pero, ¿y las mujeres embarazadas y los niños, los ancianos, que han aparecido muertos?

Barahona menciona la posibilidad de infiltraciones guerrilleras en las comunidades.

–¿Y las torturas?

Sin mucha seguridad, responde:

–También en la guerra hay métodos para obtener información.

Se asumen los abusos pero no todos, pero no con las dimensiones que los informes revelan. Ellos, con plena certeza, defienden la actuación de sus padres.

Mann Pellecer, el hombre de la generación de sus padres, el que los apoya con su presencia, dice que sí, que hay que reconocerlo, que hubo abusos, pero que tampoco le vengan a contar historias: “Ahora que me vengan a decir que gente como este coronel (uno recién pasó en su camioneta) se llegó a coger a un montón de indígenas, discúlpeme la palabra, eso sí no… La gente indígena tiene un cierto olor un poco feo, así femeninamente, muy fuerte allá abajo, porque no se bañan… Tiene que estar uno muy necesitado de querer coger, para haber tenido sexo con tanta indígena. Yo creo que sí sucedió, pero no es que haya sido una regla…”

Para Mann Pellecer todo esto, el proceso, la acusación, está lejos de ser otra cosa un acto de venganza. Pero su apuesta es cerrar ese capítulo de la historia nacional. “Casi llevé al olvido el recuerdo de mis viejos y este juicio lo ha hecho florecer. Si viene un guerrillero y me dice: ‘yo maté al licenciado’, yo no voy a decir ‘ay, sí, el perdón’. Me va a dar instinto de matarlo, y los hijos del guerrillero van a querer matar a mis hijos. Es mejor frenar esto. Fue una etapa, yo prefiero ya no saber nada. Dicen: ‘que juzguen también a los guerrilleros’, pero eso no me va a devolver a mis viejos”.

Reyes insiste en que siga el juicio, pero se pregunta por los atentados de la guerrilla. “Está la masacre de El Aguacate, en que está implicado el asesor del ministro de Gobernación, Palma Lau (dos semanas después de esta manifestación fue capturado uno de los acusados). ¿O será que Frank la Rue, asesor en tiempos de Óscar Berger, aprobó las ejecuciones extrajudiciales en una cárcel? Yo lo que insisto es que sean cosas parejas. “

Entre cumbia y cumbia, y Los Iracundos, suena aquella canción con la que muchos de los que crecimos en los ochenta, y teníamos televisión, aún en blanco y negro, cuando no había cable y cántabamos conmovidos, cuando la transmitían en el canal 5, del ejército. “Mamá me ha contado que él es un buen soldado…”.

Jairo Barahona, el muchacho mucho más silencioso que el vocero, el que está un poco alejado, insiste en que no se ha reconocido lo que pudieron pasar los hijos de los militares. Y dice: “de los dos lados hay muchas vidas valiosas”. Él recuerda las balaceras, recuerda cómo los guerrilleros apuntaban con un fusil a su hermano para que confesara que su papá era militar. “Pero no podemos retroceder el tiempo”, dice Barahona. “Nosotros también la sufrimos”.

El plan de los muchachos era continuar haciendo acto de presencia en las calles de la colonia Lourdes. La mayoría de ellos no ha ido al debate en la sala de vistas del Organismo Judicial. Pareciera que no se plantean la posibilidad de una oleada de juicios en los que sus padres pudieran caer. Insisten en que aquello fue una guerra. Y las guerras son así.

Sus voces, a falta de mayor resonancia, salen en forma de calcomanía para filtrarse en medio del tráfico de la ciudad y afirmar que no hubo genocidio. Que las guerras son así.

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