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Telleriano Remensis, folio 32v, las tormentas de polvo y la hambruna después de la peste

Los mayas y las grandes epidemias: «Poco a poco, una gran oscuridad, una larga noche» / «Xe k'a jala’ chïk ma tipe nima q'equ’m, nima aq'a’»

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Los mayas y las grandes epidemias: «Poco a poco, una gran oscuridad, una larga noche» / «Xe k'a jala’ chïk ma tipe nima q'equ’m, nima aq'a’»

Historia completa Temas clave

Diferentes epidemias afectaron a los mayas durante los tres siglos coloniales y un poco más allá. En este ensayo, el arqueólogo Diego Vásquez Monterroso discute sobre el impacto que tuvieron y el tiempo que les llevó inmunizarse contra ellas, y cómo esto mantuvo, afectó y transformó sus sociedades. Es impresionante notar cómo, a pesar de perder a nueve de cada diez habitantes en un período de un siglo, los mayas del altiplano no vieron destruirse su antigua sociedad para siempre.

Redes-lateral

En 1520 nunca se había experimentado una epidemia de viruela en el área maya. Su llegada, a través de comerciantes e informantes de otras regiones mesoamericanas, fue letal: entre un tercio y la mitad de la población total de entonces —calculada en dos millones— murió en cuestión de meses. La «gran oscuridad»[1], la «larga noche» que mencionan los escribanos y principales Kaqchikel en el título de este artículo, apenas comenzaba.

Terminada en el primer tercio del siglo XVII, la Crónica Xajil abarca todo el primer siglo colonial y el más mortífero jamás experimentado antes en esta región. En varias secciones de la Crónica es claro que la muerte de parientes de diferentes edades se vuelve algo común en el mundo maya, algo que en la época prehispánica estaba reservado a un pequeño segmento de la población involucrado en actividades militares. La enorme caída demográfica, un evento sin parangón en toda la historia americana,[2] aún tiene efectos en el presente: las sociedades mayas serían más populosas y probablemente mucho más ricas culturalmente (ya lo son, vale aclarar) de no haber sido por aquellos sucesos que, aunque temporalmente lejanos, aún impactan nuestro presente.

Pero la de 1520 no fue la única gran epidemia.

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A finales del mismo siglo se registró otra, en 1576, que fue igual de mortífera que la sucedida medio siglo antes. Tal fue su impacto que la realización del Códice Florentino, el compendio de historia, cultura y pensamiento náhuatl dirigida por el franciscano Bernardino de Sahagún (junto a colegas nahuas), se vio afectada. El mundo que se mostraba en esta obra se vio literalmente carente de brillo: la epidemia impedía comprar los tintes para las ilustraciones que le acompañaba, de manera tal que las imágenes son en escala de grises, como una analogía de cómo la vida se extinguía masivamente a su alrededor.[3]

El final de estos eventos destructivos de toda la sociedad aún estaba lejos de terminar, y grandes pestes siguieron ocurriendo de forma cada vez menos masiva y recurrente a lo largo de todo el período colonial. Fue en este período que las sociedades mesoamericanas —donde los pueblos mayas son un elemento central— debieron adaptarse a un contexto en el que desaparecía casi toda la vida social previa, y a partir de allí persistir, reinventarse, crecer y crear de nuevo, una y otra vez.[4]

¿Cómo lidiar con un horizonte inmediato que rompe todo futuro construido previamente? ¿Cómo soportar la certeza de la destrucción inmediata de la sociedad, de la muerte masiva y de que las cosas no van a ser como las hemos deseado y pensado?

En estos tiempos de COVID19, la primera pandemia del siglo XXI que ya está transformando para siempre el planeta, es preciso recordar que estos fenómenos ya han existido antes, pero su memoria colectiva se ha perdido. Se ha perdido sobre todo porque fue hace un siglo que ocurrió la última gran mortandad por una pandemia —la de la llamada «gripe española», que acabó con la vida de alrededor de 50 millones de personas en 18 meses— y desde entonces el acceso a la salud ha mejorado a nivel mundial, aunque quizás no con la profundidad y la velocidad que se quisiera. Aun así, el recuerdo del exterminio masivo por enfermedad sucedió a quienes vivieron hace cinco y seis generaciones, por lo que la mayoría de nosotros asume que algo así simplemente no puede suceder.

Y sin embargo está sucediendo. Ahora mismo.

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La capacidad de resiliencia y reorganización comunitaria es en realidad un punto más en una larga sucesión de eventos en los que los mayas han debido reconstruirse como cultura, como sociedad y como individuos una y otra vez, a pesar de la destrucción que algunas veces llegó a amenazar a la totalidad de la vida humana. La hemos visto también después de la guerra de la segunda mitad del siglo XX, con terremoto de 1976 incluido.

Las poblaciones con memoria de largo plazo son también aquellas que tienen una mayor facilidad para enfrentar las grandes crisis que amenazan su existencia, y es allí donde los pueblos mayas pueden ayudarnos a enfrentar el escenario presente del COVID19, pero también de la emergencia climática que vendrá en las próximas décadas. No tenemos control de nada más que de cómo vamos a reaccionar ante grandes y pequeños sucesos, y los pueblos mayas han demostrado que, por muy oscuro que pueda ser el futuro, es posible construir la vida de nuevo. Todas las veces que sea necesario.

«Rupoyib’al alaxik!» / «¡El dolor de haber nacido!»:[5] «La gran mortandad» y el orden colonial, 1520-1820

La muerte llegó antes que las armas.

A causa a las amplias redes comerciales mesoamericanas,[6] en 1520 el área maya fue asolada por la primera de las grandes epidemias de origen europeo que se sucederían durante siglos. Miles de años de aislamiento de Asia, Europa, África y Oceanía mantenían a las poblaciones locales sin defensas biológicas ante enfermedades foráneas. La peste, así, tuvo consecuencias terribles: mató a entre un tercio y la mitad de la población local, y dejó afectados a los sobrevivientes.[7]

Que se conozca, nunca antes había sucedido algo así en la región, y las grandes transformaciones de finales del período Clásico eran el antecedente más cercano (¡cinco siglos antes!), aunque debían su origen a asuntos sociopolíticos, económicos y en menor medida ecológicos.

Para entonces ningún europeo había pisado todavía el altiplano maya, pero la peste les allanaría el camino.

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El impacto psicológico debió de ser profundo: de conocer la existencia de forasteros armados e ignorados hasta entonces, a la muerte masiva de miles e incluso millones de personas, debió de existir un solo paso para pensar que aquellos sucesos auguraban el inicio de una nueva era.

Y en efecto así fue, aunque no en la imagen épica que nos relatan los cronistas españoles y sí más en los largos procesos documentados por los burócratas del naciente imperio español y las crónicas indígenas: en el altiplano maya se logró la pacificación en 1540 y la consolidación colonial real no comenzó sino hasta después de 1548.[8]

Para el momento en que se estaba consolidando el sistema colonial en lo que hoy es Guatemala –entre 1524 y 1548– ya habían sucedido dos grandes epidemias más (además de la ya mencionada de 1520, antes de la invasión): la de 1533 y la de 1545-1548, esta última extremadamente letal.

Algunos cálculos muestran que en 1550 la población había mermado en un 75 % con respecto a la de 1520. De 2 millones había caído a cerca de 400,000 personas.[9] Como si ahora la ciudad de Guatemala se volviera del tamaño de Quetzaltenango y Totonicapán en 30 años.

O, si se quiere, pasaría a verse un poco como se ve en estos días después de las 4 de la tarde: desolada y con lugares semiabandonados. Si el toque de queda de hoy impacta con sus imágenes postapocalípticas, imagínese esos espacios vacíos por tanta muerte, no solo confinamiento.

Pero, ¿de qué eran estas grandes epidemias, y por qué la población mesoamericana y maya no estaba preparada para ello?

Las migraciones hacia lo que ahora se conoce como América sucedieron entre hace 10 y 30,000 años, aprovechando puentes de tierra que se abrían en el Ártico y también a emigraciones desde Oceanía.[10] Se sucedieron en varias oleadas, pero desde hace unos 10 mil años, cuando terminaron, las poblaciones americanas desarrollaron su propio camino inmunológico. Un camino que no estaba preparado para las enfermedades provenientes de Europa en el siglo XVI.

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Ya Europa había tenido sus propias grandes epidemias, la última de ellas —de magnitud continental— había sucedido un siglo y medio antes de la llegada de los europeos al altiplano maya, y mató a cerca de la mitad de la población europea.

La llamada «Peste Negra» desoló Europa, pero sus sobrevivientes resultaron en una población más fuerte, y esa fuerza se acrecentó por tener que repartir más recursos entre una menor población. A la vez empujó cambios sociopolíticos y económicos que estaban en pleno auge al momento de la invasión de América.[11]

No todo fue halagüeño: los europeos no volverían a tener la misma población del siglo XIV sino hasta el siglo XVIII, cuatrocientos años después.[12]

A los mayas y mesoamericanos les tomaría un período similar recuperar la que comenzó a desaparecer a partir de 1520.

Las dos epidemias

La primera epidemia era de «granos grandes» y la gente moría por montones, sin respetar clase social, rango, ni privilegio. Se la ha identificado con la viruela, no existente en América hasta el siglo XVI. Y, como tal, regresó varias veces en los siglos siguientes, hasta que la inmunidad lenta y dolorosamente adquirida —así como los avances médicos— acabaron con ella.

Pero no fue la más mortífera: entre 1545-1548 y luego en 1576 ocurrió otra, denominada como cocoliztli por los nahuas del centro de México, y que terminó con la vida de millones en Mesoamérica. La «enfermedad» (como se puede traducir cocoliztli), que afectaba el sistema digestivo y provocaba una rápida y dolorosa muerte, recientemente ha sido identificada como Salmonella enterica o, como comúnmente se la conoce, salmonela[13], aunque en su momento se la confundió con tifus y viruela.[14]

La devastación social de la invasión armada y las primeras grandes epidemias, más el desorden previo a la instauración formal del régimen colonial pudieron haber estado detrás de ella, al menos en 1545-1548. La de 1576 fue un recordatorio de que su letalidad seguía siendo igual treinta años después.

El desorden social causante de estos brotes epidémicos pudo deberse a un «relajamiento de las costumbres» que propició la ingesta de animales europeos y agua contaminada sin un contexto ritual que lo normara o que verificara su uso para consumo humano, un argumento «culturalista» de los pueblos mesoamericanos que mostraremos adelante.

Aun así, hacia 1575 la población maya del altiplano era ya de cerca de 250,000, o casi un 50% menos que la reportada 25 años antes. Y el nadir demográfico todavía estaba lejos de alcanzarse. La caída en América fue tal que llegó a prolongar y profundizar la llamada «Pequeña Edad de Hielo» al dejar grandes porciones de tierra sin cultivar, que serían ocupadas por bosques y pastos.[15]

El historiador Jorge Luján documenta hasta 59 epidemias de diverso tipo y con variopinto nivel de alcance regional y temporal entre 1520 y 1821, durante los tres siglos de dominio colonial español. En promedio sucedía una epidemia casi cada cinco años. Las más violentas, sin embargo, ocurrieron en el primer siglo colonial, entre 1520 y 1620, para después disminuir en intensidad y recurrencia.[16]

Feldman, en su trabajo sobre las epidemias en Guatemala durante la Colonia, menciona que «los 4 jinetes del Apocalipsis en Guatemala fueron la viruela, tifus («tabardillo»), sarampión y la influenza. Entre 1519 y 1821 hubo al menos veinte epidemias de viruela, 18 de tifus, 9 de sarampión y 4 de influenza.»[17] Los «cuatro jinetes epidémicos» de Feldman suman, solamente entre ellos, 51 de las 59 epidemias registradas por Luján.

La carencia de fuentes, las descripciones deficientes de la sintomatología y la variabilidad en las descripciones complican las traducciones a enfermedades modernas. Sin embargo, como bien menciona Feldman, a veces los idiomas indígenas dan mayor precisión terminológica: hueyzahuatl o «gran lepra» para la viruela y tepitonzahuatl o «pequeña lepra» para el sarampión, en el nahuat del sur de Guatemala, y totomonaliztli en el náhuatl del centro de México para «tener ampollas» o viruela.[18]

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Frente a estas y otras epidemias la población española contaba con cinco hospitales en Santiago de Guatemala en el siglo XVII, aunque antes muchos españoles improvisaban curas,[19] mientras las comunidades indígenas debían enfrentarlas con su propia medicina, que a su vez se fue transformando para hacerle frente a las nuevas enfermedades y también adoptando técnicas y materiales traídos por los europeos.[20] Pero frente a una población que no había desarrollado inmunidad a las enfermedades foráneas, la medicina era sobre todo paliativa.

En tal contexto la devastación fue amplia y profunda.

En contra de lo que se asume en mucho del discurso decolonial y poscolonial actual, estas enfermedades afectaban también a los españoles. No les perjudicaba la salud, pero sí en términos económicos y sociales: la pérdida de la población indígena suponía que las encomiendas y repartimientos ya no se podían llevar a cabo durante algunas temporadas e incluso desaparecían por completo.

De la misma forma entre los siglos XVI y XVII hubo varias reducciones y modificaciones en los tributos, simplemente porque las poblaciones indígenas estaban en un proceso de rápida desaparición.[21]

A la vez, aunque se ignoraba el origen microbiano de estas enfermedades, se sabía de su letalidad en las poblaciones indígenas. De allí que en el siglo XVII algunos misioneros en Norteamérica utilizaran frazadas de infectados de viruela como obsequio a las poblaciones indígenas locales.[22]

Esto último y la perversidad de la acción sí pueden considerarse como una «guerra biológica» colonial, pero fueron casos tardíos y aislados. La debacle demográfica y su amplitud fueron un recordatorio para los europeos de las no tan lejanas épocas de las pestes en Europa, así como sus impactos sociales y culturales, como ha mencionado Daniel Núñez en Plaza Pública.

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El panorama en otras regiones fue similar al del altiplano de Guatemala, aunque con diferentes grados dependiendo del siglo y el lugar. La caída demográfica despobló el norte de la Verapaz entre los siglos XVI y XVII y la inmunidad adquirida por el grupo la comenzó a repoblar a partir del XVIII. Sin embargo, otros grupos no tenían inmunidad para enfermedades tropicales: parte del fracaso del experimento belga-británico en la Verapaz, Petén e Izabal durante el siglo XIX fueron las enfermedades endémicas de ese trópico caribeño, como la malaria, que diezmaron muchas de las recién fundadas colonias, así como lo habían hecho con la población Ch’ol en los siglos previos.[23]

En la costa sur de Guatemala es famoso el caso de los pueblos que rodeaban Cotzumalguapa, una rica región cacaotera que vio desaparecer sus poblaciones por oncocercosis que provocó muerte y ceguera masiva en la región. De todos los pueblos del área, únicamente sobrevivió Santa Lucía Cotzumalguapa hasta el presente[24].

En otra región cacaotera, en el área de Mazatenango, un fraile de inicios del siglo XVIII menciona a ancianos ciegos que llevan a cabo rituales de la espiritualidad local, como un recordatorio de la pervivencia endémica de dichas enfermedades en las zonas cálidas[25].

El documento indígena más detallado para el altiplano maya durante el primer siglo colonial es la Crónica Xajil, un extenso título colonial conocido también como Anales de los Kaqchikeles o Memorial de Sololá. La Crónica muestra el impacto de la caída demográfica en varias ocasiones. En el área maya en general fue muchísimo menor que en el centro de México o en la multicultural costa pacífica.

Los análisis[26] más citados calculan una caída demográfica de entre el 75 y el 90% en el primer siglo colonial para el área maya[i]. Estos datos son aproximaciones nomás, producto de la reconstrucción a través de un puñado de fuentes de la época. En dichas cifras  es imposible concebir el impacto emocional y cultural de un fenómeno así, inédito hasta entonces durante los más de tres mil años anteriores de culturas y sociedades mayas.

Prácticamente ninguno de los seres humanos que vivimos en lo que hoy es Guatemala ha experimentado algo similar y en esa escala, y el recuerdo de una epidemia de esa magnitud se remonta a 1918-1920 con la llamada «gripe española», donde los cálculos de fallecidos oscilaron entre 75 y 150 mil personas, cerca del 10% del total nacional de entonces (a falta de cifras oficiales confiables).[27]

Una destrucción similar es la ocurrida durante el pico del exterminio durante la guerra de la segunda mitad del siglo XX, pero ello se dio en casos focalizados[28] —aldeas y caseríos, sobre todo —y solo en algunos lugares (como Rabinal) llegó a impactar en el crecimiento demográfico a nivel municipal.[29]

Ni siquiera una tragedia como el terremoto del 4 de febrero de 1976 impactó demográficamente tanto como las epidemias coloniales.

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Los relatos desde las poblaciones indígenas que lo vivieron son impactantes. Así, la Crónica Xajil hace referencia al devastador evento de la primera epidemia de viruela en 1520 (en Kaqchikel):

«Qi tan tichuwin, tik’ayin winäq chi kamïk töq xekäm qatata’ qamama’. Xa xb’etzaq chi el ch’aqap winäq chi siwan. Xa tz’i’, xa k’üch xti’o chïk winäq. Tixib’in chi kamïk; xekamisan imama’

Que traducido al castellano sería:

«En verdad la gente apestaba, estaba acre de muerte, cuando nuestro padre, nuestro abuelo, murieron. Otras personas fueron lanzadas a los barrancos. Solo los perros, los zopilotes se comieron a la gente. La muerte fue aterradora; mató a tus abuelos.»[30]

El impacto social de una epidemia de esa magnitud fue tal que los cuerpos eran abandonados en las calles…

La situación era similar a la que hoy se vive en ciudades como Guayaquil, en Ecuador, pero que se ha comentado en todos aquellos lugares en los que el COVID19 ha impactado con fuerza.

Los relatos del centro de México son más numerosos y se decía que «la comarca por el contrario rebosaba de gente», que la gente vivía hasta «ochenta, noventa, y cien, y ciento y diez, y ciento y veinte» o que «había pocas pestilencias».[31] El centro de México, como ya se mencionó, tuvo una reducción de población de cerca del 90% o incluso más, pasando de 200 millones a menos de 2 millones en un siglo. El impacto allí, sobre todo por la magnitud de las cifras absolutas, debió de ser impresionante. Al igual que en el altiplano maya, los nahuas y otomíes corrían a refugiarse en su medicina que, como la europea de entonces, era insuficiente para contener las enfermedades y evitar la muerte.[32]

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Algunos testimonios en las Relaciones Geográficas se aventuraron a denunciar como causante de sus males a la llegada de los europeos y a la imposición del cristianismo. Eran relatos anticoloniales y anticristianos que, incluso en medio de la tragedia (como la de salmonela de 1576) los principales y sabios indígenas locales expresaban frente a autoridades españolas.

La congregación o «reducción a pueblos» forzada por los europeos también fue denunciada y, al menos en algunos casos, es posible que la urbanización española de los nuevos pueblos indígenas sí haya aumentado la mortandad. Los trabajos forzados y excesivos o incluso la monogamia eran también mencionados como causas trágicas.[33]

En otros testimonios se alude asimismo a suicidios o a que las madres mataban a sus hijos al nomás nacer. El llamado «desgano vital» de las poblaciones indígenas, es decir la propensión a no tener hijos o tener muy pocos, ayudó a reforzar el hundimiento poblacional.

Aun así, los cálculos no son tan diferentes a los europeos: la Peste Negra, que mató entre el 25 % y el 50 % de la población europea en el siglo XIV, provocó —como ya se dijo— que la recuperación demográfica durara cerca de cuatro siglos, hasta el XVIII. De la misma manera la población maya y mesoamericana no volvió a alcanzar su población de inicios del XVI sino hasta el segundo tercio del siglo XX, 400 años después.

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Muchos de los testimonios recogidos en las Relaciones hablan de cómo las sociedades mesoamericanas interpretaron la hecatombe como una transgresión a sus normas. Estos discursos atestiguan que, pese a la tragedia, las instituciones sociales y culturales propias seguían fuertes, un detalle clave para entender los siglos siguientes.

Las pinturas del Códice Florentino, pese a perder su color por la gran epidemia de 1576, no dejaron por ello de recopilar la información sobre la época prehispánica tardía y colonial temprana de parte de algunos de los últimos informantes que habían vivido esa transición. Esto, junto a otros procesos como la larga crisis económica del imperio español en el siglo XVII o los avances científicos del siglo XVIII, provocó una lenta recuperación demográfica, pero también una reinvención y un resurgimiento de las sociedades indígenas mayas y mesoamericanas.

A este fenómeno complejo y multidireccional en el caso de Oaxaca Carmagnani lo llamó «el regreso de los dioses»[34]. En cierta medida, lo fue.

La comunidad prevalece: reconstrucción, invención, préstamos y los nuevos amaq’

Imaginen que hay una epidemia generalizada y mortífera, pero que además al mismo tiempo hay que lidiar con la pérdida de la autonomía política, la crisis económica, la explotación laboral y la censura de todo en lo que se cree. El COVID19 está provocando algunas de esas cosas, pero en el siglo XVI y XVII, para los pueblos indígenas mesoamericanos, se experimentó una versión magnificada (exageradamente magnificada). La caída demográfica la complementaron la derrota militar y política, la pérdida económica y la imposición del cristianismo.

Sin embargo, también tuvo sus bemoles: negociaciones estratégicas para conservar amplios espacios de autonomía, el control de productos clave y la disidencia religiosa al conservar muchas de sus prácticas.

En medio de las grandes epidemias del siglo XVI, algunos pueblos reanudaron sus prácticas religiosas prehispánicas, que incluyeron sacrificios humanos después de que más de mil de ellos murieran víctimas de la epidemia de salmonela de 1577[35] y pese a que se suponía que ya eran cristianos desde hacía al menos un par de generaciones.

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La fuerza de las culturas previas no era pequeña: hablamos de sociedades que se habían forjado lentamente a través de siglos. A pesar de la caída acelerada de la población, supieron acomodarse al marco institucional colonial, de manera que las antiguas figuras de autoridad aparecían ahora como escribanos, principales, maestros de coro, regidores o gobernadores, prolongando las añejas estructuras prehispánicas. En aquellos lugares que se encontraban alejados de las ciudades coloniales, o que habían negociado ser república, esto fue mucho más común y clave para soportar el primer siglo colonial.[36]

En las mismas Relaciones se ve el peso de la cultura y la tradición: la mayoría de explicaciones sobre la tragedia de las epidemias se enfocan en resaltar el laborioso, frugal y disciplinado pasado prehispánico, en contraposición al presente de haraganería, vicios y destrucción de los estamentos previos.[37]

A esta diferenciación se le nombra en Náhuatl Clásico como tlazolli o «excrementos» como un equivalente de transgresión, de la misma manera en que el término K’iche’ awa’s hace referencia en el presente a lo mismo, con los mismos resultados. Estas explicaciones recalcan cierta idea de etnocentrismo, pero también de superioridad cultural: las culturas mesoamericanas y sus descendientes se veían a sí mismos como más refinados y civilizados que sus pares europeos; la derrota militar no significa una cultura superior. Y el desordenado proceso colonial no dejaba de darles la razón.

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En el caso de Yucatán también la población sobreviviente tomó dos caminos: utilizar a su favor el entramado colonial, o huir de éste refugiándose en la selva al sur,[38] un refugio que también era el último bastión autónomo de los mayas (los Itza’), y que no fue sometido sino hasta finales del siglo XVII.[39]

En el centro de México la huida fue más complicada, y formar parte de una ruta transimperial y transcontinental aceleró la «occidentalización» de las sociedades nahuas de la región.[40]

El altiplano maya tuvo una suerte distinta al contexto yucateco y nahua centromexicano: su relativo aislamiento y papel marginal en la economía colonial permitió a los mayas de la región reconstituirse, rescatar, mantener e innovar desde lo propio con poca o ninguna intromisión del gobierno español, más allá que en cuestiones económicas y, en menor medida, religiosas (donde sí hubo influencia, pero mucho menor que en otras áreas).[41]

En Yucatán un constante y temprano esfuerzo de inculturación religiosa transformó profundamente el Yukateko como idioma, incluso en contextos rituales no-cristianos.[42]

Estas características permitieron a los mayas del altiplano reconstruir a sus sociedades en un largo camino no siempre exento de conflictos internos y con sus vecinos,[43] pero que el mismo descenso demográfico irónicamente lo facilitó. Posiblemente la «reducción a pueblos» hubiera sido un proceso mucho más complicado si la población no hubiera descendido tanto, o no lo hubiera hecho en absoluto.

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La crisis económica que fue aumentando progresivamente en todo el imperio español desde finales del siglo XVII ayudó a las poblaciones indígenas. El empobrecimiento generalizado redujo el intercambio comercial y con ello el contagio a través de epidemias. Pero también, más importante aún, hizo que la economía de subsistencia creciera enormemente. La recuperación de los agotados suelos del altiplano hasta antes de la invasión europea, que estaban llegando al tope de sus capacidades,[44] permitió no solo sostener a la población sobreviviente sino además proveerles de una mejor alimentación, un fenómeno similar al que sucedió después de la Peste Negra en Europa.[45]

Los suelos del altiplano maya no volvieron a llegar a su límite hasta después de 1950, y allí fue la llegada de abonos químicos la que permitió seguir aumentando la producción.

Además, la crisis económica y la poca población permitió que muchas comunidades mayas —las mejor organizadas, más ricas y menos expuestas al poder colonial, aunque no solo ellas— pudieran adquirir, titular e incluso ampliar las tierras comunitarias. En el siglo XVIII las nuevas titulaciones todavía fueron aprovechadas por la poca población (ya en crecimiento) para aumentar la propiedad comunal, un fenómeno que ya no volvería a darse en la Historia.[46]

Las epidemias, la mortandad y el nuevo orden sociopolítico también transformaron el interior de las comunidades. A pesar de que los españoles permitieron la continuación de las élites indígenas nobles prehispánicas —bajo la figura de «principales» —estas eran un estamento menos definido que en la época prehispánica y el ascenso de gente «del común» a las élites locales fue más habitual de lo que se asume.[47] Esto impactó en otras expresiones como en la vestimenta, donde la de la élite pasó a identificar, entre finales del siglo XVII y mediados del XVIII, a todo un pueblo en común,[48] una «horizontalización hacia arriba» que también significó la culminación de la reconstitución comunitaria, un largo proceso que tomó dos siglos y medio o cerca de 13 generaciones pero que, a finales del siglo XVIII, permitió que surgieran o se consolidaran los amaq’ coloniales y modernos que persisten, en su mayoría, hasta el día de hoy, particularmente en el altiplano occidental guatemalteco.[49]

Estos amaq’, a diferencia de aquellos de inicios del siglo XVI, ya no tenían una élite de origen noble ni un sistema de castas tan estricto. Pero sí tenían conciencia de un origen común, un idioma particular, una vestimenta propia, especializaciones económicas específicas y una geografía ritual particular.

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El fracaso del proyecto evangelizador dentro de las comunidades indígenas se volvió más patente conforme la crisis económica se profundizaba al igual que la demográfica. Este espacio de maniobra permitió a los pueblos indígenas recrear sus antiguas estructuras culturales y políticas bajo el nuevo orden, aunque algunas veces el prehispánico fuera bastante evidente aún.

Carmagnani muestra este proceso del paso de una identidad «de amaq’» (basada en los vínculos familiares y de origen muy antiguos) a una «étnica» (más bien etnolingüística) durante el siglo XVII,[50] cuando es evidente que las antiguas certezas de origen y prerrogativas de casta estaban en una progresiva crisis, y donde el elemento común en muchos pueblos, altepetl o amaq’ coloniales era el idioma, o la variante local de uno más general.[51] En esta restauración cultural y sociopolítica las antiguas religiones y prácticas espirituales desempeñaron un papel clave, de la misma manera en que lo hicieron, siglos después, entre los indígenas del suroeste de Estados Unidos.[52] La recurrencia de las epidemias durante todo el siglo XVII, que aún poseían una alta letalidad, no hizo más que reforzar esta conexión.

Algunas epidemias, sin embargo, tuvieron un carácter menos biológico y más, si se quiere, psicosomático. Una de ellas es la llamada kumatz o q’uq’umatz en el área maya y que hace referencia tanto a una serpiente, como a la entidad sagrada de la «serpiente emplumada», conocida también como K’ukulkan o Quetzalcoatl. Esta epidemia aparece en al menos dos momentos[53]: en 1545-1548, y en 1650.[54] La de 1650, si bien solo afectaba a la población indígena, no tenía la letalidad de la salmonela. Es probable que se tratara de la misma enfermedad, pero su sintomatología la acerca bastante a kumatz, un padecimiento «psicosomático» entre los K’iche’ y que es un marcador de «destino divino». Es decir, denota asumir un cargo en la espiritualidad maya K’iche’ como ajq’ij o especialista ritual.[55]

En el lago de Atitlán, en San Marcos La Laguna, se menciona un evento similar: una epidemia de origen psicosomático surge porque algunos de los habitantes son llamados a ser ajq’ij y a realizar ceremonias colectivas, por haber alterado los restos de gente que murió en un enfrentamiento en el siglo XVIII.[56]

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El dato anterior no es anecdótico: Gage relata la fuerza de las prácticas «paganas» Poqomam en las cercanías de la moderna Ciudad de Guatemala (Petapa y Pinula),[57] Tavárez hace un compilación de cómo aumentaron las prácticas «idolátricas» en Oaxaca desde mediados del siglo XVII,[58] de la misma manera que Calvo relata lo mismo para esa región,[59] al igual que Carmagnani. Varios de los calendarios rituales (de la espiritualidad maya) del altiplano de Guatemala fueron elaborados entre mediados del siglo XVII e inicios del XVIII,[60] al igual que los célebres Chilam B’alam de la península de Yucatán. Si bien es posible que los escribanos e informantes del siglo XVI dejaran pistas de sus prácticas rituales antiguas en las crónicas que los mismos españoles les comisionaban,[61] también es cierto que fue durante el siglo XVII que dicha práctica fue aumentando, así como comenzaron a consolidares las «reducciones» coloniales de los antiguos pueblos prehispánicos en los amaq’ coloniales y modernos de hoy. Y, vale la pena repetirlo, es cuando la población indígena se estabiliza y comienza lentamente a recuperarse. La recuperación no solo es demográfica, es cultural, espiritual, económica, política. Total e integral, entre un siglo y siglo y medio después del inicio de la «larga noche», como glosa el escribano de la Crónica Xajil.

Las epidemias continuaron durante el período colonial. Sin embargo, a partir de 1650 la población se estabilizó y luego creció, pese a mermas esporádicas cuando otras pestes asolaban la región.

Estas pestes también podían ser motivo de conmociones colectivas, como lo sucedido en Quetzaltenango en 1785, que provocó el descrédito de los antiguos principales K’iche’ (coludidos con españoles recién llegados a la ciudad) y una insólita alianza interétnica entre K’iche’ y Mam del común, y castas (ladinos) del lugar, en un momento en que la ciudad estaba dejando de ser una típicamente K’iche’ para convertirse en una multicultural. Todavía una posterior de viruela en 1814 puso en jaque a la sociedad quetzalteca y, en general, a los pueblos mayas, en un momento en que el imperio español en América agonizaba.[62]

De la misma manera que en las epidemias del siglo XVI, las de los siglos XVIII y XIX —como la de hoy del COVID19— son capaces de transformar las sociedades o cuestionar sus fundamentos. Y, dado su carácter metahumano, probablemente lo sigan haciendo en el futuro.

Los avances médicos y científicos durante la Ilustración a finales del siglo XVIII e inicios del XIX también ayudaron a disminuir la letalidad de las epidemias entre los mayas,[63] pero este proceso se dio junto a otros políticos que progresivamente demandaban más autonomía política para los españoles americanos (criollos) y para los pueblos indígenas. El impacto de estas pestes en el ámbito político general fue tal que en 1837 ayudó a derrumbar el primer proyecto liberal del siglo XIX en Guatemala, y a restaurar la legislación y privilegios coloniales de los pueblos indígenas.[64]

Para ese momento, estratégicamente, las élites indígenas más ricas —como las K’iche’— establecieron alianzas con el caudillo Rafael Carrera[65] y pidieron la restauración del sistema de repúblicas, así como la relegalización de sus títulos de tierras. Esto permitió a muchas comunidades enfrentar de mejor manera los abruptos cambios de los segundos liberales a partir de 1871.

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En el siglo XVIII la población maya ya se estaba recuperando, aunque con algunas pequeñas pausas producto de los últimos procesos de adaptación biológica. La transformación social, cultural y espiritual ya había sucedido. Pero no lo había hecho en los términos del gobierno español, al menos no para el caso de los mayas del altiplano, sino según los suyos propios. El período de la «larga noche» iniciada en 1520 parecía llegar a su fin un siglo después, y a su desaparición después de 1650. No significó adoptar sin más lo impuesto por el régimen colonial español: en realidad las sociedades mayas resultantes eran una «restauración actualizada» de los antiguos sistemas de organización social, tomando las innovaciones alimenticias, tecnológicas, científicas, religiosas y económicas europeas de manera creativa y selectiva.

Este proceso, producto de que las sociedades mesoamericanas eran cosmopolitas por naturaleza desde muchos siglos antes de la llegada de los europeos —y no encerradas herméticamente en sí mismas—, lo describe Federico Navarrete Linares en un trabajo que discute formas alternativas de ver el pasado mesoamericano, pero también el presente.[66] El fondo de todo tiene un nombre: «agencia», es decir la capacidad de las poblaciones mayas de decidir por sí mismas cómo enfrentar las epidemias, la derrota militar y política, la invasión europea y la transformación de su mundo.

Después del primer impacto, posiblemente traumático, retomaron su antigua lógica de adopción creativa de lo foráneo, como creolización o como mayanización. Lo hicieron al negociar los términos del nuevo orden colonial en la primera mitad del siglo XVI, adoptando creativamente la escritura europea para preservar su pasado después de 1550, restaurando el carácter público de sus prácticas religiosas y espirituales en el siglo XVII, utilizando el sistema legal español para conservar o incluso aumentar sus tierras comunales, o pidiendo autonomía más amplia a partir del siglo XVIII. Y todo ello en medio de la peor crisis demográfica, cultural, política y económica que habían experimentado.

De esa larga experiencia acumulada no solo en ideas, sino en prácticas, es posible aprender, mucho.

*****

Es impresionante notar cómo, a pesar de perder a nueve de cada diez habitantes en un período de un siglo (o a uno de cada dos en un solo año: 1520), los mayas del altiplano no vieron destruirse su antigua sociedad para siempre.

Ello, en sí mismo, es una victoria social, cultural, humana, de gran trascendencia para los mismos mayas y para todo lo que en su conjunto es Guatemala. Pero constituye un hecho desconocido o menospreciado por las grandes narrativas que valoran el «mestizaje» (la aculturación) o la «resistencia» como si de polos puros de realidad social se trataran.

El racismo en Guatemala —ese sí endémico —también ha evitado que se valore de una forma más positiva y bajo una luz más benigna todas las prácticas sociales y culturales de los pueblos indígenas, especialmente de los mayas, y ha impedido aprender de ellos (pero no apropiarse de conocimientos específicos cuando se le ve algún tipo de ganancia, vale aclarar).

De la enorme historia de resiliencia, restauración, invención, creatividad y préstamos de los mayas antiguos se puede comprender mucho de su presente. Pero no solo para quedar restringida a los mismos mayas, sino para idear formas de constituir una mejor sociedad para todos, en la que los individuos y comunidades sean iguales en dignidad y oportunidades más allá de la letra muerta de la Constitución o de los grandes discursos políticos.

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Precisamente los mayas no han experimentado cambios abruptos desde hace cientos de años, pero los cambios que han hecho al interior de sus sociedades han sido los necesarios para seguir siendo mayas en diferentes momentos. Son lo mismo y algo diferente, a la vez. Esto es evidencia de culturas vivas, no en «permanente resistencia» ni ancladas atávicamente en el tiempo, sino de unas que deciden —consciente o inconscientemente —aceptar o rechazar ideas, prácticas y materiales de fuera, adaptándolos.

Esta habilidad les ha hecho reaccionar mejor ante las epidemias —después del primer trauma en 1520 —y tomar decisiones que benefician a la comunidad como un todo. Eso se puede ver en el presente con la pandemia del COVID19: las comunidades mayas se cierran (como en Totonicapán), controlan los mercados comunales haciéndolos diarios y rotativos (como en Momostenango), limpian sus calles y decretan cuarentenas propias incluso limitando el ingreso de extraños o de quienes han estado fuera mucho tiempo, demostrando una eficiencia mucho mayor que el Estado de Guatemala y sus instituciones.

A diferencia de la organización sociopolítica del Estado de Guatemala, que parece velar por la estabilidad macroeconómica en un momento en que se sabe que la economía mundial entrará en una profunda recesión y posterior transformación, los pueblos mayas organizan sus estrategias en torno a la comunidad. Su experiencia acumulada desde al menos el siglo XVI, a través de las casi 60 epidemias en los tres siglos coloniales, les hace comprender que primero es la comunidad —la sociedad, en otras palabras— como un todo antes que individuos, estratos o temáticas particulares.

Ante un desastre que amenaza la vida humana misma, es ésta la que debe ser preservada. Y sí, eso significa contracción económica, inestabilidad política y aislamiento relativo (físico en el caso actual), pero en el largo plazo se sabe que todo ello se restaurará.

Como el escribano de la Crónica Xajil que no dijo que se trataba de una «noche perpetua» sino una «larga», de la misma manera se debe aprender de los mayas y su conocimiento sobre los ciclos largos: la economía, los gobiernos, incluso un buena cantidad de las personas, pueden desaparecer. Pero si se sacrifica la comunidad y la cultura se ha perdido todo.

Puede que no sean sistemas perfectos. Hay que recordar que, además, están dentro de un sistema sociopolítico que se niega a reconocerlos plenamente. Pero han demostrado una fuerza y una vigencia temporal y cultural que supera por varios siglos al Estado de Guatemala. Y lo seguirán haciendo durante el COVID19. Y, seguramente, con la emergencia climática que se avecina.

De nosotros, como sociedades diversas que habitan Guatemala hoy, depende qué vamos a hacer. Pero buena parte de las respuestas ya las han desarrollado, probado y verificado los pueblos mayas, más allá de las prácticas médicas y tecnológicas de cada momento. Aprendamos de ellos, tenemos mucho qué conocer todavía.

 

PD: este artículo está dedicado a la memoria de todos aquellos que fallecieron durante las grandes epidemias en el área maya entre 1520 y 1820, y a los sobrevivientes de las mismas, que legaron cultura, espiritualidad, comunidad y orgullo a sus descendientes. Que, desde el fuego ceremonial, donde se manifiestan, siempre guíen nuestro camino.


[1] Crónica Xajil, p. 54 (En Maxwell, Judith y Robert Hill, Kaqchikel chronicles: the definitive edition. Austin: University of Texas Press, 2006).
[2] Borah, Woodrow y Sherburne Cook, The aboriginal population of Central Mexico on the eve of the Spanish conquest (Berkeley y Los Ángeles: Ibero-Americana, 1963).
[3] Magaloni Kerpel, Diana, Los colores del nuevo mundo: artistas, materiales y la creación del Códice Florentino (México: Universidad Nacional Autónoma de México y The Getty Research Institute, 2014); Albores de la conquista (México: Artes de México, 2016).
[4] Para una mirada americana de lo que significó dicha tragedia demográfica, ver Cook, Noble David y George Lovell (editores), Juicios secretos de Dios: epidemias y despoblación indígena en Hispanoamérica colonial (Quito: Abya Yala, 2000).
[5] Crónica Xajil, p. 55.
[6] Berdan, Frances, Marilyn Masson, Janine Gasco y Michael Smith, «An international economy» en The Postclassic Mesoamerican world. Smith, Michael y Frances Berdan (eds.), pp. 96-108 (Salt Lake City: The University of Utah Press, 2003).
[7] Lovell, George, Christopher Lutz, Wendy Kramer y William Swezey, «Strange lands and different peoples»: spaniards and indians in Colonial Guatemala (Norman: University of Oklahoma Press, 2013), 173 y ss.
[8] Lovell et al, «Strange lands», 58-76 y 149-172.
[9] Lovell, George y Christopher Lutz, Demografía e imperio: guía para la historia de la población de la América Central española, 1500-1821 (Guatemala y South Woodstock, Vermont: Editorial Universitaria y Plumsock Mesoamerican Studies, 2000).
[10] Arroyo, Bárbara, «La historia antigua», en Los caminos de nuestra historia: estructuras, procesos y actores. González Sandoval, Leticia (Ed.), I: pp. 1-106 (Guatemala: Universidad Rafael Landívar, 2015), 3-12.
[11] Snowden, Frank, Epidemics and society: from the Black Death to the present (New Haven, Connecticut: Yale University Press, 2019), 28-39 sobre la Peste Negra y sus características.
[12] Benedictow, Ole, La Peste Negra (1346-1353): la historia completa (Madrid: Akal, 2011).
[13] Vågene, Åshild, Alexander Herbig, Michael G. Campana, Nelly M. Robles García, Christina Warinner, Susanna Sabin, Maria A. Spyrou, Aida Andrades Valtueña, Daniel Huson, Noreen Tuross, Kirsten I. Bos y Johannes Krause, «Salmonella enterica genomes from victims of a major sixteenth-century epidemic in Mexico», Nature Ecology & Evolution, 2, 520-528 (2018).
[14] Ver Luján, Breve historia, 62-63 Cuadro III.1, y Feldman, The war against, 16.
[15] Koch, Alexander, Chris Brierley, Mark Maslin y Simon Lewis, «Earth system impacts of the European arrival and Great Dying in the Americas after 1492», Quaternary Science Reviews, 207: 13-36 (2019).
[16] Luján Muñoz, Jorge, Breve historia contemporánea de Guatemala. (México: Fondo de Cultura Económica, 2008), 59-71.
[17] Feldman, Lawrence, The war against epidemics in Guatemala, 1519-1821. Raleigh: Boson Books, 1999), 14.
[18] Feldman, The war against, 14-15.
[19] Feldman, The war against, 21.
[20] Orellana, Sandra, Indian medicine in highland Guatemala: the pre-Hispanic and Colonial periods (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1987), 139 y ss.
[21] Lovell et al, «Strange lands», 149-170.
[22] Navarrete Linares, Federico, «Epidemias y colonialismo, 500 años de historia» en Noticonquista. Disponible en: http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/1950/1947. Consultado el 03.04.2020.
[23] Feldman, The war against, 14, menciona que la malaria ya estaba presente de forma endémica en la costa pacífica desde el siglo XVII, y en la atlántica desde el XVIII. Ver también Vásquez Monterroso, Diego, La construcción de un amaq’ moderno: Los Copones, Ixcán, Quiché (1760-2015) (Guatemala: Universidad Rafael Landívar, 2017).
[24] Johnston, René, «Arqueología histórica de dos pueblos perdidos en el área de Cotzumalguapa, Escuintla». En XV Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2001. Laporte, Juan Pedro, Héctor Escobedo y Bárbara Arroyo (Eds.), pp.13-27. (Guatemala: Museo Nacional de Arqueología y Etnología, 2002).
[25] Dupiech-Cavaleri, Daniel y Mario Humberto Ruz. “La deidad fingida. Antonio Margil y la religiosidad quiché del 1704”, Estudios de cultura maya Vol. 17: 213-267 (1988).
[26] Lovell y Lutz, Demografía e imperio, 15.
[27] Adams, Richard, «Estado e indígenas durante la epidemia de influenza de 1918-1919 en Guatemala», Mesoamérica, 34: 481-558 (1997). Agradezco a Carlos Mendoza por haber dado a conocer esta referencia importante.
[28] Esto, por supuesto, no demerita la importancia humana de una catástrofe como un exterminio masivo en medio de un conflicto armado, sino que lo compara (en números totales y escalas) con las epidemias regionales y pandemias globales que acá se mencionan.
[29] En Rabinal se asume que fue asesinada entre el 20 y 25% de la población total del municipio, posiblemente el más golpeado en términos porcentuales. Ver Equipo de Antropología Forense de Guatemala (EAFG), Las masacres de Rabinal: estudio histórico antropológico de las masacres de Plan de Sánchez, Chichupac y Río Negro (Guatemala, sin editorial, 1995).
[30] Crónica Xajil, 54.
[31] Gruzinski, Serge, La colonización de lo imaginario: sociedades indígenas y occidentalización en el México español, siglos XVI-XVIII (México: Fondo de Cultura Económica, 2007 (1991)), 88.
[32] Gruzinski, La colonización, 87-88.
[33] Gruzinski, La colonización, 92.93.
[34] Carmagnani, Marcello, El regreso de los dioses: el proceso de reconstitución de la identidad étnica en Oaxaca, siglos XVII y XVIII (México: Fondo de Cultura Económica, 1988).
[35] Gruzinski, La colonización, 93.
[36] Vásquez Monterroso, Diego, Heterarquía y amaq’: organización social entre los K’iche’ occidentales (siglos XV-XXI). En prensa.
[37] Gruzinsk, La colonización, 89-92.
[38] Farris, La sociedad maya, 301 y ss.
[39] Caso Barrera, Laura, Caminos en la selva: migración, comercio y resistencia. Mayas yucatecos e itzaes, siglos XVII-XIX (México: Fondo de Cultura Económica, 2002).
[40] Gruzinski, La colonización, 229 y ss.
[41] García Ixmatá, Ajpub Pablo, Judith Maxwell y Jorge Raymundo, «La “reducción” española en las tierras altas de Guatemala: respuestas mayas», Mesoamérica 55: 205-222 (2013).
[42] Hanks, William, Converting words: maya in the age of the cross (Berkeley: University of California Press, 2010).
[43] Hill, Robert, «Social organization by decree in colonial Highland Guatemala», Ethnohistory, 36-2: 170-198 (1989).
[44] Carmack, Robert, Evolución del Reino K’iche’ (Guatemala: Cholsamaj, 2001 (1981)).
[45] Benedictow, La peste negra.
[46] En la compilación de Palma Murga pueden consultarse varios casos relacionados a esto. Palma Murga, Gustavo, Índice general del archivo del extinguido Juzgado Privativo de Tierras depositado en la Escribanía de Cámara del Supremo Gobierno de la República de Guatemala. (México: Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social CIESAS y Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 1991).
[47] González Alzate, Jorge, La experiencia colonial y transición a la independencia en el occidente de Guatemala. Quetzaltenango: de pueblo indígena a ciudad multiétnica, 1520-1825 (Mérida: Centro Peninsular en Humanidades y en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, 2015), 53.
[48] Hill, Robert, Los kaqchikeles de la época colonial. Adaptaciones de los mayas del altiplano al gobierno español, 1600-1700 (South Woodstock (Vermont) y Guatemala: Plumsock Mesoamerican Studies y Cholsamaj, 2001 (1992)), 196; Matthew, Laura, Memorias de conquista: de conquistadores indígenas a mexicanos en la Guatemala colonial (Antigua Guatemala: Centro de Investigaciones Regionales en Mesoamérica CIRMA, 2017), 254.
[49] Para una definición de amaq’ y de los niveles de organización mayas del altiplano, ver Vásquez Monterroso, Diego, «¿Qué podemos aprender de las sociedades mayas para pensar un Estado diferente?: el ejemplo de Los Copones», en Plaza Pública. Disponible en: https://www.plazapublica.com.gt/content/que-podemos-aprender-de-las-soci.... Consultado el 03.04.2020.
[50] Carmagnani, El regreso de los dioses.
[51] Hill, Los kaqchikeles, 187 y ss.
[52] Kehoe, Alice, The Ghost Dance: etnohistory and revitalization. Case studies in cultural anthropology (Nueva York: Holt, Rinehart and Wiston, 1989).
[53] Tedlock hace la salvedad de la confusión de términos: no es lo mismo la kumatz de 1650 (descrita entonces por fray Francisco Vázquez) que la de q’uq’umatz de 1545-1548 y que, de nuevo, apareció en 1576 y se prolongó hasta 1581, reduciendo enormemente la población indígena. Ya sabemos que la de 1545-1548 y la que inició de nuevo en 1576 fue la de salmonela, extremadamente letal por entonces entre los indígenas.
[54] Feldman, The war against, 19.
[55] Tedlock, El tiempo, 46-47.
[56] Sandoval, Marta, «Los poseídos de San Marcos La Laguna», en elPeriódico, edición del 02.08.2009.
[57] Gage, Thomas, Nueva relación que contiene los viajes de Tomás Gage en la Nueva España (Guatemala:Tipografía Nacional, 2010 (1638)).
[58] Tavárez, David, Las guerras invisibles: devociones indígenas, disciplina y disidencia en el México colonial (Zamora, Michoacán y México: El Colegio de Michoacán, Universidad Autónoma Metropolitana y Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social CIESAS, 2012).
[59] Calvo, Thomas, Vencer la derrota: vivir en la Sierra Zapoteca de México (1674-1707) (México: Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 2010).
[60] Weeks, John, Frauke Sachse y Chritopher Prager, Maya daykeeping: three calendars from Highland Guatemala (Boulder: University Press of Colorado, 2009).
[61] Gruzinski, La colonización, 97-100.
[62] Grandin, La sangre de Guatemala: raza y nación en Quetzaltenango, 1750-1954 (Guatemala: Editorial Universitaria, 2007 (2000)), 79-118; González Alzate, La experiencia colonial, 133-176.
[63] Few, Martha, For all of humanity: Mesoamerican and Colonial medicine in Enlightenment Guatemala (Tucson: The University of Arizona Press, 2015).
[64] Woodward, Ralph Lee, Rafael Carrera y la creación de la República de Guatemala, 1821-1871 (Antigua Guatemala: Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica CIRMA, 2011 (1993)), 105-144.
[65] Grandin, La sangre de Guatemala, 147-164.
[66] Navarrete Linares, Federico, Hacia otra historia de América: nuevas miradas sobre el cambio cultural y las relaciones interétnicas (México: Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, 2015).

[i] Por ejemplo, para el noreste —Izabal y Belice —cifran el porcentaje en más del 90% en los primeros sesenta años mientras la costa suroccidental se reducía en un porcentaje un poco menor en la mitad del tiempo (hacia 1550). Totonicapán mermó en medio siglo en un 75%, una tasa similar para el área Poqomam en el mismo lapso. Una de las regiones más golpeadas fue la de Atitlán, que vio disminuir su población hasta en un 90% en medio siglo o menos, siendo una región muy rica y clave de la recién instaurada Audiencia. Además de que, como ya se comentó arriba, la bocacosta Kaqchikel, Tz’utujil, K’iche’ y Mam fue particularmente golpeada por otras enfermedades como la oncocercosis o endémicas como la malaria en fechas muy tempranas. Para Yucatán Farris menciona que se pasó de una población aproximada de 3 millones a cerca de 200 mil para 1620, una reducción de casi 90% pero que, al igual que el altiplano, variaba de región en región.
Otros mencionan matices interesantes. Para el área de Quetzaltenango, Totonicapán y su bocacosta inmediata, Zamora Acosta establece una tasa general de descenso entre el 60 al 75%, que en su proyección máxima coincide con la mencionada por Lovell y Lutz.[i] A pesar de ser una región central económicamente hablando desde entonces, el control comunitario ejercido temprana y estratégicamente por los K’iche’ de la región posiblemente limitó el ingreso de las epidemias, aunque por supuesto no las evitó y nada más los colocó como una región menos afectada, no fuera de la misma trayectoria histórica. La instauración temprana de varias repúblicas de indios en la región proveyó de la autonomía necesaria para enfrentar mejor la hecatombe.[i] Aun así la crisis demográfica puso en jaque todo el sistema colonial, de allí que justo en los años del nadir de la población maya —entre 1624 y 1628 —se diera el pico de la importación de esclavos africanos, mejor adaptados a las enfermedades europeas y utilizados como sustitutos de la población en descenso. A partir de esos años comienza el período de estabilización de la población, para su posterior aumento a finales de siglo.
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