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Llorca, pasos a desnivel y agujeros de gusano
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Llorca, pasos a desnivel y agujeros de gusano

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Comenzó brillando y sobresaliendo en un periódico que, además, había conseguido reunir en una misma redacción, por aquellos años de principios de siglo, a muchos de los mejores periodistas del país.
¿Sobre la base de qué hecho concreto se sostiene que Llorca es acaso uno de los mejores escritores de su generación? Sobre la base de My life in Juárez.
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Tiempo aproximado de lectura: 10 mins
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He leído y escuchado que Juan Carlos Llorca le profesaba tal respeto a la literatura (con mayúsculas) que no solo se rehusó siempre a aventurarse en la ficción (con la excepción de un par de columnas, puro juego, y tampoco le hizo ninguna falta), sino que, en general, eludía, hasta dónde le era posible, verse sí mismo como un escritor.

Cuenta Enrique Naveda, periodista y amigo cercano de Llorca, que cuando algún colega suyo decía algo como: “tengo que escribir una nota”, o quizá: “hoy voy a terminar de escribir este reportaje”, Llorca interrumpía de golpe y con el aguijón enhiesto soltaba, aunque la conversación no fuera con él: “¿escribir? Escribir, García Márquez... Vos redactás”. Según Naveda, ese mismo estándar utilizaba con su propia escritura. Pero si la literatura consiste, como lo pensó y lo repitió con insistencia Roberto Bolaño, en sumergirse en la oscuridad con los ojos abiertos (ejercicio para el cual, además de talento, son necesarias dosis casi suicidas de temeridad), Juan Carlos Llorca no solo es un escritor de literatura (en toda regla y con mayúsculas), sino acaso uno de los mejores escritores guatemaltecos de su generación. ¿Y sobre la base de qué hecho concreto se sostiene semejante afirmación? Sobre la base de My life in Juárez, este libro que no pretendía ser libro (como Llorca tampoco pretendía hacer literatura) que, como ladrillo que se desprende de las manos distraídas de un albañil, caerá desde lo alto de un edificio en construcción sobre las cabezas de sus lectores transeúntes.

En 2010 Llorca hizo maletas y se fue de Guatemala para instalarse en El Paso, Texas, con un contrato de corresponsalía para la Associated Press. Quienes habíamos comenzado leyéndolo cuando trabajaba como periodista en El Periódico, sabíamos que lo suyo era la agudeza periodística, siempre insatisfecha, y una astucia narrativa vacunada por principio contra la infección del lugar común. Donde unos no miraban más que un suceso gris y sin mayores atributos, Llorca encontraba luces ocultas, abría senderos inexplorados. Comenzó brillando y sobresaliendo en un periódico que, además, había conseguido reunir en una misma redacción, por aquellos años de principios de siglo, a muchos de los mejores periodistas del país. De modo que, para nosotros, sus lectores, supuso una alegría enorme enterarnos de que, ahora que vivía en El Paso para contar ambos lados de una de las fronteras más conflictivas del planeta, comenzaría además a publicar entradas semanales en un blog que tituló así, sin aspavientos líricos: My life in Juárez.

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Resulta intrascendente, si no aburrido, volver a describir el parentesco entre el periodismo y la literatura. Después de Capote, de Mailer, de Wolf, de Gay Talese, de García Márquez, de Jon Lee Anderson, y sobre todo después de Kapuscinski, podemos quedarnos tranquilos con la idea de que la carretera del periodismo literario (o al revés) está bastante bien pavimentada, iluminada, le han puesto asfalto antideslizante, un segundo y un tercer piso, pasos a desnivel, cómodas salidas a las colonias aledañas, y todos son muy felices al recorrerla y se maravillan de sus cada vez mayores atractivos. Lo de Llorca, sin embargo, no es solo el tránsito, grácil o accidentado, da igual, del periodismo a la literatura (o al revés), es decir, el tránsito obligatorio de aquellos que advierten que los recursos tradicionales del periodismo no son a veces suficientes para narrar las aristas y honduras de ciertas realidades y recurren, entonces, al lenguaje no solo como medio sino también como fin, a las estructuras literarias que permiten, por ejemplo, subvertir el orden de los tiempos, a la metáfora como eficaz dispositivo para nombrar lo innombrable. Lo de Llorca es eso, sí, es periodista, es escritor, pero el objeto primordial de su interés no son las realidades que le arroja en la cara el mundo exterior, para luego contarlas mediante recursos que pueden combinar, indistintamente, lo literario y lo periodístico. El objeto primordial de su interés es él mismo. Llorca quiere contarse a sí mismo. Ni siquiera comprenderse. Ni siquiera autoanalizarse. Contarse. Contar su vida. Para hacerlo toma un cuchillo, un cuchillo que imaginamos de carnicero, y se zanja la barriga para mostrarnos, a veces entre risas, a veces con pesadumbre, pero siempre con valentía, sus propias, rutilantes tripas. Semejante voluntad de exhibicionismo en favor de un texto, de la belleza y la profundidad de un texto, lo emparentan, para no salirnos del barrio latinoamericano y recurriendo a mi memoria inmediata, más que con periodistas, colegas suyos, con escritores como el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, el chileno Roberto Bolaño o el colombiano Fernando Vallejo.

Lo que comenzó siendo una entrada semanal, primero en su blog personal en Wordpress y más tarde en el periódico digital Plaza Pública, acabó convertido en un diario tan íntimo como vital. Y el diario, sublimado de su condición secreta por virtud de una voluntad de estilo poblada de aullidos y explosiones, además de una capacidad narrativa al mismo tiempo compleja, profunda y entretenidísima, se convirtió a su vez en una obra literaria como no había surgido otra, ni siquiera parecida, en el panorama nacional (con la notable excepción quizá de la de Julio Prado, narrador y poeta, cuyo blog, que se llamaba Noticias para dios que se fue sin despedirse, también alumbró los callejones, casi siempre solemnes y estrechos, de los medios locales). En ella, sumergido con los ojos muy abiertos, convertido él mismo en personaje, Llorca habla de su padre, de la kafkiana relación con su padre; y también habla de su madre y de las cartas que guarda su madre y de cómo esas cartas dan cuenta de una vida que ocurrió hace siglos y que orbitó alrededor de una estrella muy distante; de sus hijos, de cómo duele el amor a los hijos y cómo son ellos, al mismo tiempo, la redención y el único analgésico posible; de las felices visitas melancólicas de su hermana; de los amores a mujeres de cabello rojo, como el cielo del desierto, que se aferran a su memoria, siluetas hundidas en el pasado que tienen miedo de ser olvidadas; de los ojos extraños con los que se cruza mientras reportea historias increíbles en la frontera; de lo que se come y lo que se bebe; de la soledad, la derrota, el desierto y de sí mismo: él, Juan Carlos Llorca, convertido en tumbleweed bajo el firmamento infinito del desierto. Y de todo lo que nos cuenta que vio en el desierto, fue precisamente el cielo lo que acaso dejó la impronta (palabra llorqueana) más profunda en él. Cada cierto número de páginas, Llorca nos vuelve a describir el cielo: “El cielo del oeste es un espejo de cobre bruñido. El polvo que todo lo cubre por dentro y por fuera en este pueblo, crea esa ilusión óptica que difumina los últimos rayos del atardecer y hace que el cielo se incendie con un resplandor dorado que quema las retinas. He aquí otro cielo: todo es como si el crepúsculo iluminara la mitad del cielo durante al menos una hora y todo se prende en llamas. Es de fuego el cielo de My life in Juárez y Llorca lo registra: me atrevo a tomarle una foto al cielo, dos quizá… y ya no hay luz. Y en medio de la oscuridad emprendo el camino de vuelta a casa.” ¿Qué busca Llorca en el cielo? El cielo no responde. Se limita a presumir su imagen incendiada, justa medida de nuestra insignificancia y de su indiferencia.

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Si no fuera porque, para su comprensión, este libro requirió ordenar de manera cronológica las piezas narrativas que lo componen (cuentos, entradas, postales agujeradas con cigarros, instantáneas sumergidas en ácidos corrosivos), bien se habría podido estructurar, como Rayuela, en dos partes: del lado de acá y del lado de allá. Llorca es cronista de la frontera El Paso/Juárez, pero lo es también de otra, personal, íntima, que a él mismo lo parte en dos: Llorca vive en Estados Unidos y desde allá mantiene un interés constante por la actualidad de Guatemala, un interés necio por enfermizo (“Guatemala es como un accidente de carros o las operaciones en T.V., la mayoría de las veces da mucha guácala, pero uno no puede uno dejar de mirar.”). Interés que se mezcla, en un caldo amargo, con sus recuerdos. El blanco de su aguijón es la clase media citadina, conservadora, transa, chapucera, hipócrita, racista. Tales tufos llegan a la nariz de Llorca, y se imponen sobre los olores del desierto fronterizo, por la vía del Facebook. Del lado de acá es la vida de Llorca en El Paso, es la aventura y la vitalidad; del lado de allá es Guatemala, y lo que Llorca dice de este país se parece mucho a una pesadilla, una pesadilla que a veces da risa pero que nunca deja de dar miedo. My life in Juárez se erige sobre tales paradojas y acaso sea la de su humor descarnado en donde se hallan sus mejores virtudes: un humor que nace de una herida supurante (una herida que casi siempre es Guatemala), acaso porque en el reverso de la carcajada habita el llanto más profuso. Llorca vive en El Paso, pero sus tripas palpitan aquí. Vuelve a Guatemala como un yonqui a la jeringa y la odia y la ama porque solo se puede odiar así, con tanto lirismo, cuando se ama. Me lo dice a mí mi esposa, por ejemplo, cuando me pongo ateo militante: “tanto estar mencionando a Dios, es como si quisieras que existiera”. ¿Tanto odio, Llorca, es como si amaras? ¿Tan triste, tan ponzoñoso como el odio, es el amor?

En My Life in Juárez son indistinguibles el manifiesto estilístico, las preocupaciones estéticas sobre las cuales se sostiene la manera de contar de Llorca, de las especulaciones filosóficas y vitales que animan el acto mismo de contar, el deseo de hacerlo. El narrador ha renunciado, casi por completo, a la trampa del adjetivo (una tarea reservada a los mejores, a los más valientes) y en cambio elige la precisión del símil, elige meter la cabeza, mediante metáforas tan delirantes como luminosas, entre ramales espinosos para ver (y contarlo después) lo que nadie más ha visto, así sea en el suceso más cotidiano y en apariencia irrelevante. El hecho de que la mayoría de sus piezas comiencen con el verbo “estoy”, nos habla de un narrador cuya identidad está fundamentada en el reconocimiento de ser alguien que está (en un sitio determinado, a una hora determinada) para observar eso que luego habrá de contarnos (a veces es el desierto, a veces es él mismo en la soledad de su habitación). Tal vez porque Juan Carlos Llorca comprendió pronto, y el narrador nos lo hará saber cada vez que volvamos a las páginas de My Life in Juárez, que la propia identidad es un cuento que nos contamos a nosotros mismos para ser un poco menos barquitos de papel a la deriva, flotando sobre un charco de agua negra sobre el asfalto. Un cuento que nos provee de la ilusión de que pertenecemos a algo, a cualquier cosa:

“A mí, aprendiz de narrador, me obsesiona la forma en que la gente decide construir sus historias vitales. Por qué iluminan unos detalles y ocultan otros, como tratan de reconciliar la persona que son con la persona que les gustaría ser.”

“La gente va por la vida con esas tarjetitas, con los ‘talking points’, los cuatro o cinco aspectos de sí mismos que les validan, que le dan un significado a la existencia. Que es al final lo que estamos persiguiendo todos.”

 

My life in Juárez se presentará el 24 de febrero a las 19 horas en la librería Sophos, en Fontabella.
Lo comentarán Ana María Rodas y Juan Luis Font.
Rodas es poeta, narradora, ensayista y periodista, es una figura esencial de la literatura centroamericana en la segunda mitad del siglo XX. Su poesía, marcada por un temprano e insumiso feminismo, erosionó los moldes puritanos e hipócritas de la sociedad guatemalateca. Fue profesora de Juan Carlos Llorca.

Font es el director de Canal Antigua y de la Revista Contrapoder y antes lo fue del diario elPeriódico, donde guió a Juan Carlos Llorca en sus primeros años como periodista. Es uno de los periodistas más influyentes del país.

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