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“… nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos…”, escribió Virginia Woolf, en 1929, en “Una habitación propia”, el ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para crear, para hacer que se escuche su voz. En esta serie, Plaza Pública reanuda la pregunta: ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? Aquí responde la antropóloga, editora y feminista Ana María Cofiño.

De muy niña creía que al llegar a mayor iba a ser hombre. En mi ingenuidad pensaba que sería igual a mis hermanos. Para mí era natural hacer las mismas cosas que ellos. Cuando empecé a padecer las prohibiciones que me impedían hacer algo “por ser mujercita”, me sentí profundamente insultada, engañada, burlada. Y además, impedida.

Antes de mí había tres hermanos bien machitos que si bien me querían a su estilo, se imponían con fuerza para excluirme de sus espacios. Si algo me ponía a rabiar era que me mandaran a “ver si puso huevos la cocha”.  Esa indignación sumada a mis propias inquietudes fue central para contruir una rebeldía vital, que si no hubiera alimentado, quizá me habría convertido en una señorita más. Curiosamente, con ellos aprendí a no dejarme, a pelear por lo que consideraba justo y a defender lo que pensaba.

No haber conocido a mi padre fue, paradójicamente, punto de partida para hacerme fuerte y dejar de seguir echándolo en falta cada cumpleaños, cada aniversario, cada Nochebuena. Recuerdo un día clave en la adolescencia temprana en el que decidí enterrar a ese padre dulce y tierno que no había conocido más que a través de relatos de las tías, abuelas y de mi madre, quien hasta hoy lo tiene endiosado. Pues no, yo no quería seguir la sombra de ese fantasma ni un día más, tenía que aceptar que no tenía Tata y ya. Así fue como en mi imaginación hice un ataúd, y adentro puse la ausencia, las lágrimas, las fotos, los recortes de prensa del accidente en Ixcán en marzo de 1955. Y para delante…

Desde muy niña soñaba con volar, pero sin estrellarme en una montaña lejana. En vacaciones bajábamos del ropero el gorro y los anteojos de aviador del difunto, la chumpa olorosa a humedad y pasábamos horas jugando, inventando aventuras. En esas temporadas maravillosas aprendí a treparme a los techos y caminar en el tapanco, a perder el miedo a la oscuridad y a los espantos, a disparar rifles de balín y a correr desaforada cuando la amenaza de un castigo iba en serio. Mis hermanos, quizá no lo saben, contribuyeron a hacer de mí una patoja rebelde y aventada. Lo cual se les agradece.

En ese entorno familiar descubrí las diferencias y las desigualdades, aunque entonces no las supiera llamar por su nombre. Así fue como me enteré que las niñas tienen que ser recatadas y obedientes; que los hombres pueden “tener boca de carreteros” y ser tentones; las niñas no, ellas tienen que ser dóciles, calladitas y serviciales.  Allí escuché hablar de los indios, de los comunistas y de nosotros, que éramos gente bien –decían-. Lo que captaba en las conversaciones de adultos en la sala, lo matizaba con lo que platicaban las mujeres en la cocina o con las historias subalternas de don Víctor, un sempiterno trabajador “de” la familia.

Mujeres modélicas

Mi mamá siempre ha sido una gran lectora, eso se lo heredé y lo reproduje al pie de la letra. En su mesa de noche siempre había torres de libros gruesos, en español e inglés; su biblioteca era nutrida y, por dicha, bastante abierta a mi insaciable curiosidad. Guardo como tesoro unos libros editados en los años veinte surcados de polilla, con los cuentos de Perrault, las fábulas de Esopo y El Cid Campeador, ilustrados con grabados que dan miedo. Están dedicados a ella y cuando me los regaló, me hizo poseedora de un valioso patrimonio. Siempre que puedo le agradezco que me haya conducido por el camino de la lectura, que aunque no siempre fue la más profunda y erudita, sí me llevó por buen rumbo. Desde que pude, he acudido a los libros para encontrar las respuestas que mis incesantes preguntas requieren. Los libros han sido refugios de soledad, fuentes de saber, caminos por andar. Quién sabe qué sería de mí sin poder leer o ver las hojas impresas encuadernadas que han marcado mi vida.

No estoy segura en qué momento tuve conciencia para elegir quién y cómo quería ser. Algo habrá tenido que ver la educación formal que me dieron unas monjas liberales en el colegio donde estudié desde los tres hasta los 17 años. Pero lo que sí tengo claro es que me fijaba en las muchachas mayores, en las mujeres valientes de las novelas, en las jóvenes que destacaban no por lindas, sino por topadas, y fui quedándome con los rasgos que más admiraba. Paso a paso, batallando contra los moldes impuestos, fui decidiendo por dónde llevarme. Tomé prestadas las cualidades que me interesaban y rechacé las que consideraba insulsas, fui elaborándome, no siempre con éxito he de decir, pero sí tratando con voluntad de hacerme de mi propia yo, dueña de mi vida.

[Simone Dalmasso]

En mi personalidad influyeron muchas mujeres a quienes admiro. Afortunada me siento por haber tenido en mis círculos afectivos a esas maestras de la vida. En la madurez fueron varias las compañeras que me ayudaron a seguir fortaleciendo esta que soy. Tengo como una de mis más valiosas riquezas a mis amigas, mis hermanas, con quienes me espejeo. Hasta la fecha, hay colegas, compañeras de trabajo y de caminos que me cuestionan, y con ello me estimulan para seguir creciendo. Ahora que alcancé mis 60, disfruto de las que tienen menos edad, con ellas aprendemos enseñando, como dicen los zapatistas. Esto de crecer es la de nunca acabar.

Volare, oh oh oh, cantare…

Lo último que hice obedeciendo a mi madre fue sacar un curso intensivo de secretariado. Ella de joven se había ganado sus centavos trabajando en una agencia bancaria, con lo cual pudo viajar a Estados Unidos antes de casarse. Decía que ser bachiller no me iba a servir de nada y que con el título de Ejecutiva Bilingüe, cuando me casara, podría ayudar al marido si hacía falta. Francamente, un panorama desolador. Pero lo hice para no contrariarla y para dar el salto posterior. Así que me inscribí en un colegio donde enseñaban además de meca y taquigrafía, cómo llevar la correspondencia y los archivos, éstas dos últimas aún me sirven. Siempre que incorporo una entrada bibliográfica en mi querido fichero, me recuerdo de las carpetas y los colorcitos que usábamos para clasificar. “No hay mal que por bien no venga”, recita mi madre, y es la mera verdad. La práctica secretarial con una jefa odiosa que me puso a hacer cartas con seis copias en papel carbón fue la banderilla que faltaba. Con esa experiencia decidí que ni de chiste iba a trabajar encerrada en una oficina, recibiendo el dictado de un tipo que seguro se creía saber qué. Nunca me sentí más incómoda, descontenta, frustrada. Sabía que no pertenecía a ese mundo donde a diario tenía que ponerme medias y tacones, pintarme y peinarme, donde había que cumplir al pie de la letra las órdenes, mientras esperaba la llegada del Príncipe (de sangre) Azul.

[frasepzp1]

Una vez libre del yugo materno, traté de realizar los primeros sueños de juventud: el primero era salir a vivir al campo, idea que compartía con una prima con quien íbamos a menudo a pasear viendo casitas que según nosotras podríamos alquilar. Cuando ella “resultó embarazada”, igual que la mayoría de chavas de mi generación, yo me juré a mí misma que eso no me iba a pasar jamás de los jamases, y que tampoco me quería casar.

En esas fantasías andaba cuando mi madre me prestó otro libro que fue determinante. Era la historia de un arqueólogo alemán que hizo excavaciones en Grecia buscando la tumba de Agamenón. Heinrich Schliemann se llamaba y para mí esa lectura fue clave. Con la idea inicial de estudiar arqueología, ingresé a la Universidad de San Carlos, justo en su Tricentenario, el año telúrico de 1976. Todo lo que había oído despotricar acerca de la U, los prejuicios anticomunistas y de clase así como los argumentos en contra de estudiar, no lograron disuadirme. Esos primeros cursos impartidos por maestros iluminados por el marxismo fueron los primeros pasos en mi formación académica.

Pero vino el terremoto y la cosa cambió radicalmente. La cantidad de personas muertas y desamparadas, así como la destrucción de infraestructura pusieron en evidencia las injusticias que afectan a la mayoría de la gente. Las brigadas estudiantiles empezaron a salir al campo, y hasta allí llegó la tolerancia de mi madre. Su oposición cerrada a que me fuera a las comunidades no hizo más que desatar mi espíritu volador. Siempre había querido ir a estudiar fuera, pero con el pretexto de que me podía echar a perder (volverme comunista, drogadicta o putona), pusieron todos los obstáculos para impedirme salir. Por fortuna tuve la tenacidad y los medios para largarme, y sin darle tiempo, una mañana de febrero agarré mis tiliches y me fui a México, a estudiar a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, donde la vida estaba presta para que me la engullera.

Iluminaciones

El recorrido por las grandes calles del DF, las paredes pintarrajeadas con consignas revolucionarias, los rollos de los taxistas y los retratos de Lenin y Marx en la entrada de la ENAH me dejaron boquiabierta. Yo que venía de una burbuja donde el socialismo era  considerado peor que el infierno mismo, empecé a escuchar, leer y conocer otra cara de la realidad. México era La Meca de los exilios latinoamericanos y allí la muchachita fresa que había salido de la casa materna, pronto comenzó a dar pasos independientes.

En el colegio nunca fui la primera de la clase, pero en la universidad me volví una estudiante que pasaba las tardes encantada devorando libros, disfrutando los nuevos conocimientos. Las librerías que abundaban por aquellos ámbitos eran auténticos paraísos, todo lo que quería saber estaba allí. Así fui leyendo más de lo que me dejaban como tarea, lo que la curiosidad aguijoneaba. La búsqueda infatigable de respuestas no era un problema o un riesgo como en Guatemala. Aquellas bibliotecas nada tenían que ver con la aridez que la censura y la represión habían impuesto en mi pobre país donde la literatura se consideraba subversiva y los libros alimentaban fogatas.

El Maestro Carlos Navarrete fue un icono en mi formación, no sólo como antropóloga sino como librera y, en alguna medida, como persona. En su casa de la Colonia del Valle tenía la colección de libros sobre Guatemala más impresionante que yo haya conocido. Esa era una biblioteca cultivada con pasión por un erudito que generosamente la compartía. La sensación de estar en esas habitaciones tupidas de libros oyéndolo contar anécdotas alucinantes fue lo más cercano a la iluminación que he sentido. Eso marcó mi relación con los libros.

En esos tiempos conocí a varios exiliados guatemaltecos que huyendo de la violencia vivían en México desde 1954. Recuerdo a Alaíde Foppa y Alfonso Solórzano, una pareja que era comparada con Simone de Beauvoir y J.P. Sartre; al legendario Secretario General del PGT, Che Manuel Fortuny y Mariíta, su esposa, así como algunos de sus viejos camaradas todavía semiclandestinos; a Severo Martínez, autor de La patria del criollo, y a la gente que encontró en la Universidad de Puebla un espacio para desarrollarse; a algunos sobrevivientes de la guerrilla de los sesenta, congéneres de Rogelia Cruz, y luego, a las decenas de estudiantes, académicos, dirigentes sindicales que empezaron a llegar después del asesinato de Oliverio. Esas relaciones sirvieron para que terminara de abrir mis ojos a una realidad cada día más violenta y cruel, ante la cual una no podía quedarse de brazos cruzados.

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Tengo claro el lugar de Coyoacán donde andaba con un paisano cuando me comentó que una de las recién llegadas era feminista. Esa palabra me provocó una auténtica conmoción. Poco tardé en ir a la librería Gandhi a conseguir lo que hubiera sobre eso. Y fueron El segundo sexo y Habitación propia lo primero que encontré. A partir de entonces, fui leyendo libros, revistas, artículos y todo lo que pudiera para saciar una curiosidad existencial que definió mi porvenir. Leí a las italianas, a las inglesas, a las norteamericanas, a las marxistas, y por supuesto las revistas Fem, Doble Jornada y Fempress. La apertura de coco que tuve fue monumental. La teoría feminista me explicaba lo que estaba viviendo y sintiendo: las dudas, los cambios, las decisiones, el amor, la tierra, la política. Con esas lecturas y vinculándome a otras feministas, empecé una larga caminata que me ha llevado por diversas veredas con compañeras inolvidables.

La mezcla de antropología y feminismo, aliñada con lecturas sobre psicología, rudimentos de ecología y hasta esoterismo me fueron conduciendo a lo que más tarde se volvió mi interés mayor: la Antropología de los Sentimientos, que se materializó en una tesis tardía que terminé en mi original Escuela de Historia de la USAC cuando iba a cumplir mis primeros cincuenta.[1] Pero eso fue mucho tiempo después de volver a Guatemala, en otra etapa de la vida.

Maternidad y retorno

Efectivamente nunca me casé, sólo me arrejunté. Y llegó el momento de la reproducción. Ya para entonces me sentía más segura y sólida en mis creencias. Y decidí parir en casa. Mucha gente me dijo: “Estás loca”, pero no era la primera ni la última vez que escucharía eso. Así que empecinada con la idea, leí todo lo que pude (benditos libros) para fundamentar mi decisión y prepararme para dar a luz naturalmente, sin toda la maquinaria médica y hospitalaria. El escepticismo o peor aún, el temor, no fueron capaces de sacarme del camino. Y así vino al mundo el Joaquín, un muchachito bien avispado con quien a los pocos años volví a Guate, llena de ilusiones y con una energía desbordante.

Era el año de 1987 y todavía se escuchaba los bombazos en los cerros, la persecución política no cesaba, y en esas condiciones, esta democracia endeble empezó a volver lentamente, estrechamente vigilada por los chafas. Regresar a Guatemala era un reto, una aventura ¡había tanto por hacer! Tenía 30 años y me urgía vivir intensamente aquí en este territorio de los afectos, de las memorias, de las luchas.

Mis antiguas amistades me convencieron de montar una librería como la Soluna que abrimos con una colega en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, a inicios de los ochenta. Y así fue como empezó la historia de la casa editorial del Pensativo, en el viejo edificio que por más de cincuenta años albergó un taller de carros y una venta de repuestos en la Antigua, donde siempre quise vivir.

Veinticinco años tenía la Librería del Pensativo cuando un incendio espontáneo la chamuscó. Nuestra pequeña producción editorial quedó en cenizas y el resto de libros, bastante damnificado. Todavía no termino de preguntarme el significado de ese fuego. No obstante, volvimos a empezar, como el ave fénix.

En el 92, mis entrañables amigas de siempre fueron cómplices en echar a andar una página escrita por mujeres en el diario más progresista de aquellos años. Luna llena le llamamos, y cada 28 días publicamos nuestras opiniones y pareceres. Allí dimos la batalla contra el racismo que se desató hacia Rigoberta Menchú, y ondeamos la bandera de la lucha por la defensa de la naturaleza. Ahora puedo verla como un antecedente de laCuerda que vendría después de la firma de los acuerdos de paz.

Ya a punto de cumplir los 40 años, enamorada y sintiéndome vital y potente, convencí a mi pareja de traer al mundo a otra criatura. Doña Tere, la comadrona que vivía a la vuelta me aseguró que este embarazo iba a ser como una poda que me iba a rejuvenecer. Y así fue. Vino el Tomás, y la vida se llenó otra vez de ternura y pañales. Pero con la fortuna de contar con apoyo para no atarme a la maternidad, con lo cual pude seguir trabajando.

El 8 de marzo de 1998, con un grupo de mujeres-ceiba, publicamos el número cero de laCuerda, miradas feministas de la realidad. Con ello sacamos del closet al feminismo, hasta entonces mal visto y considerado subversivo. Este año de 2016 vamos a cumplir la mayoría de edad, con más de 185 números publicados, distribuidos no sólo en el país, sino en el continente. La comunidad de La Cuerda ha crecido cualitativa y cuantitativamente, entre todas, son muchos los caminos recorridos. Juntas con muchas compañeras hemos dejado plasmado el sueño, los deseos y las propuestas que quisiéramos concretar para que en Guatemala se pueda vivir dignamente.

Las reflexiones y los debates colectivos, las lecturas, la edición de textos, así como la participación política con feministas han sido para mí peldaños en este largo caminar. Ser parte de esa colectividad de personas que cuestionan al sistema, que procuran liberarse de las múltiples opresiones y que contribuyen a cambiar la historia me ha llenado de orgullo y de placer. Eso puedo decir.

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[1] “A flor de piel. Aproximación etnográfica a los sentimientos de las mujeres kaqchikeles en la exhumación de San Juan Comalapa, Chimaltenango, 2003-2005”, Tesis para obtener el grado de licenciatura en antropología, USAC, Guatemala, 2007.

Cuando ella “resultó embarazada”, igual que la mayoría de chavas de mi generación, yo me juré a mí misma que eso no me iba a pasar jamás de los jamases, y que tampoco me quería casar.
La apertura de coco que tuve fue monumental. La teoría feminista me explicaba lo que estaba viviendo y sintiendo: las dudas, los cambios, las decisiones, el amor, la tierra, la política.
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