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Las siete vidas de un soplón
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Las siete vidas de un soplón

Citó a Lara a una reunión en el hotel Holiday Inn de San Salvador, donde le presentó a Byron Berganza. Llort le explicó que Berganza era ganadero y dueño de unas 20 mil cabezas de ganado, y le propuso una inversión en carne de res. Llort captó la atención de Lara antes de mostrarle todas sus cartas.
Para EE.UU., los pecadillos de Llort eran asunto de perspectiva. Aparentemente, si ayudaba a pescar peces más grandes, que hubieran traficado droga o lavado dinero en EE.UU., podía salvarse.
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Tiempo aproximado de lectura: 21 mins

Durante más de una década, ayudó a hundir a un expresidente, y a exmilitares, a un empresario y a un narcotraficante, para evadir cargos de fraude en Guatemala y estafa, en Estados Unidos. Su nombre es José Armando Llort Quiteño. Y hasta ahora, se ha salido con la suya.

En 12 años, el salvadoreño José Armando Llort Quiteño ha hecho toda una carrera de echar a otros al agua. En mayo pasado, declaró como testigo de la fiscalía guatemalteca, en teleconferencia desde Nueva York, contra los exmilitares Napoleón Rojas y Jacobo Salán, acusados de desviar, con la ayuda de Llort, Q30 millones durante el gobierno de Alfonso Portillo (2000-2004). En 2011, declaró también desde Nueva York durante el juicio contra el exmandatario en Guatemala, por el desvío de Q120 millones, con el cual también estuvo vinculado, y que está relacionado con el caso anterior. Ese doble papel, como delincuente de cuello blanco y como testigo, fue posible porque en 2003 ayudó a la Administración para el Control de Drogas (DEA) a cazar a un kilometrado narcotraficante y a un narco-inversionista primerizo.

En los casos de Portillo, y sus exasesores Salán y Rojas, las delaciones de Llort no llegaron lejos. Portillo fue absuelto en Guatemala —luego, extraditado a Nueva York por lavado de dinero, donde se declaró culpable y purgará una pena de cárcel hasta el 25 de febrero de 2015— y en junio pasado se dictó una sentencia de cinco años y tres meses contra Salán y Rojas, por complicidad de peculado. Pero en los casos de narcotráfico, la palabra de Llort pesó como un yunque. Y no sólo vivió para contar el cuento, también siguió hablando para salvarse.

Escena I: de cómo lanzar el anzuelo

Hace dos décadas, el empresario Marco Antonio Lara Paiz conocía a Llort porque fue compañero de estudios de su hijo. Pero, desde 1999, Lara también lo conoció por su versátil espíritu emprendedor. Llort intentó vender la empresa Jalcafé a Lara —una  compañía de cartón que Llort usó para lavar dinero del Estado cuando fue presidente del Crédito Hipotecario Nacional (CHN),  según admitió en el juicio contra Salán y Rojas—. “Llort le propuso toda clase de negocios legales e ilegales a Lara”, dijeron los abogados del empresario, según el expediente 03CR987, en la corte del Distrito Sur de Nueva York.

Llort tenía sangre fría. En 2002 sorprendió a Lara en El Salvador cuando lo llevó hasta su vehículo, abrió la cajuela, le mostró en el interior US$500 mil (unos Q3.9 millones) en efectivo, y le pidió ayuda para lavar ese dinero. Desde el 19 de julio de 2001 pesaba en su contra una orden de captura emitida por el Juzgado Quinto de Primera Instancia Penal de Guatemala por “abuso de autoridad, fraude, concusión e incumplimiento de deberes” (según el proceso penal 7102-2001). Si lo capturaban y le daban penas máximas, le esperaban 13 años de cárcel.

Para ello había hecho méritos cuando presidía el CHN (2000-2001). Durante el período en el que presidió el CHN (2000-2001), Llort ayudó a lavar miles de dólares del Estado a Portillo, Salán y Rojas, hasta que ejecutivos del banco lo denunciaron. Pero después de un año como prófugo, era probable que ya no tuviera contactos. De lo contrario, lo que Llort le pedía a Lara era un sinsentido. Y Lara no quiso ser parte en ese lío cuando el salvadoreño le confesó que “recibió ese dinero cuando era presidente del CHN”. Tampoco cargó con ese dato él solo, le “informó del hecho a un oficial del Ejército de los EE.UU., en la  embajada de este país en Guatemala”, según los documentos 126 y 143 del caso. Ésta quizá fue una de las primeras pistas que la Fiscalía de Nueva York encontró de que Portillo hacía movimientos anómalos de dinero.

Pero Llort no sabía rendirse. Telefoneó a Lara a mediados de 2002 para pedirle dinero prestado. Lara se negó, entonces, el salvadoreño cambió de estrategia. Citó a Lara a una reunión en el hotel Holiday Inn de San Salvador, donde le presentó a Byron Berganza. Llort le explicó que Berganza era ganadero y dueño de unas 20 mil cabezas de ganado, y le propuso una inversión en carne de res. Llort captó la atención de Lara antes de mostrarle todas sus cartas.

Primero, Llort entusiasmó a Lara con las ganancias. Si invertía US$150 mil (unos Q1.1 millones), duplicaría la cantidad en 30 a 40 días, según el documento 143 del caso. Lara se interesó. Sólo hasta entonces Llort le confesó que no comprarían ganado. Comprarían cocaína. Lara se mantuvo a bordo, incluso cuando el salvadoreño se sacó otra carta bajo la manga: no tenía dinero, pero si Lara le prestaba US$150 mil, él también podría invertir y le devolvería el dinero al recibir las ganancias. El cargamento (70 kilos) llegaría a Guatemala en dos partes. Parecía fácil porque Berganza manejaría todo. Y Lara mordió el anzuelo.

Años después, Lara confesó que fue incómodo discutir un negocio de cocaína y miles de dólares con un extraño: Berganza. No sabía que quizá habría sido más incómodo de haber sabido quién era. Berganza tenía una acusación por narcotráfico en una corte de Nueva York desde 1996. La DEA estimaba que  había traficado muchas toneladas de cocaína a EE.UU. entre 1988 y 2002. Sólo en 1999, le achacaba el envío de 20 toneladas a México, en seis meses.

Berganza tampoco confiaba en Lara. Para recibir el dinero le pidió transferir electrónicamente los US$300 mil a una casa de cambio, a nombre de una tercera persona, y a un número de cuenta que él le entregó. Berganza luego confirmó que recibió el dinero en Guatemala. Para cubrirse, Lara pidió una garantía colateral que Llort le entregó en forma de tres cheques negociables, sin fecha, de un banco en Miami, por US$96 mil y dos bancos en Guatemala —hoy, inexistentes: Bancafé y Banco de Comercio— por Q1,5 millones. El cheque de Bancafé era de Granessa, una de las empresas de cartón que Llort utilizó un año antes para lavar dinero que salía del CHN, como lo declaró en el juicio contra Salán y Rojas. Es decir, Lara recibió como garantía cheques de dinero robado y lavado, si aún tenían fondos.

Escena II: trampa se escribe con “T” mayúscula

Es un misterio cómo se conocieron Llort y Berganza. Aún como prófugo, Llort conservaba algunos contactos militares. Y el cuerpo de seguridad de Berganza incluía a coroneles y mayores, según una fuente de la Policía Nacional Civil. El mismo Berganza admitía tener “nexos fuertes con el Ejército de Guatemala”, de acuerdo con el fiscal neoyorkino Anirudh Bansal.

Pero en noviembre de 2002, ningún contacto evitó que la narco-inversión se desplomara. La Policía decomisó parte de la droga que pretendían comprar, y un tanto más: “834 kilos de cocaína ocultos en un compartimiento secreto de un camión cisterna que transportaba melaza”, una carga de varios dueños. Un informe de 2002 de la entonces Narcotics Affairs Section (NAS), de la Embajada de EE.UU., y el documento 150 del caso, consignan el decomiso. Poco después, Berganza le dijo a Lara que era imposible duplicar la inversión. Con suerte, en dos meses recibirían US$45 mil de ganancia sobre cada US$150 mil invertidos.

Años después, los abogados de Lara (el bufete de Miami “Black, Srebnick, Kornspan & Stumpf”) concluirían que Llort y Berganza no necesitaban a Lara para comprar la cocaína, porque Llort trataba de tenderles una trampa y Berganza tenía suficiente dinero. Sin embargo, Berganza le pidió prestados US$35 mil a Lara porque, según le dijo, no tenía dinero y debía pagar la planilla de trabajadores de su finca. Y Lara se los prestó. Sólo Berganza sabe si la solicitud del préstamo era un ardid para comprobar que Lara era fiable.

Lara escuchó de Llort que Berganza recibió el dinero por la venta de la cocaína pero, en lugar de pagarle, reinvirtió el dinero —algo que Lara nunca escuchó directamente de Berganza—. Lara evitaba exabruptos con él, pero no dudó en decirle a Llort que Berganza era un “cerdo ambicioso”, un “mentiroso”. Y un empático Llort le dijo que Berganza no había respondido sus llamadas durante varias semanas. Pero Lara sí consiguió hablar varias veces por teléfono con Berganza para intentar recuperar su dinero. Aun así, para febrero de 2003, concluyó que la compra de droga nunca ocurrió. Y Berganza se lo confirmó cuando le confesó que su contacto había desaparecido con el dinero, y él tampoco recibió ganancias.

Llort buscó a Lara poco después. “Me dijo que la DEA de El Salvador quería hablar conmigo, pero no sabía por qué”,  narró Lara a la corte neoyorkina años después. Otra vez, Llort soltaba la historia a cuenta gotas. No le dijo por qué tenía contacto con la DEA, pero le aseguró que tenían una foto suya que databa de 1992. Lara estaba perplejo. Finalmente, Llort le dijo que querían hablar con él por el negocio que habían hecho. Entonces, Lara supo que caminaba sobre cáscaras de huevo.

Escena III: el jaque mate de un soplón

La DEA le había lanzado un salvavidas a Llort. Por eso estaba libre en El Salvador pese a ser prófugo en Guatemala. A cambio, debía entregar a narcotraficantes, y sus candidatos más cercanos eran Berganza y Lara. Por eso aceptó usar celulares pinchados, y permitió a la DEA grabar sus conversaciones. Un confiado Lara llamó a Llort desde su celular personal y teléfonos de oficina. Fue el único entre los 12 acusados en este caso que lo hizo —los demás eran narcos de trayectoria—. No sospechó jamás que aquello era un embuste.

En 2003, Llort preparó un nuevo anzuelo. Le propuso a Lara comprar 500 kilos más, vía Berganza. Sabía, como la DEA, que Berganza negociaba el envío de esa cantidad a México para finales de 2002, y lo usó para sonar creíble. También sabía que Lara todavía quería recuperar su dinero. Lara recuerda que citó a los tres para el 10 de septiembre de 2003 en El Salvador. Y así selló la suerte de todos. Berganza llegó a El Salvador a sabiendas de que Llort no podía ir a Guatemala. La policía salvadoreña lo capturó en la frontera de San Cristóbal el 10 de septiembre de 2003, entre las 8 y las 9 de la mañana, según la declaración de Berganza en el documento 69 —antes de llegar a la reunión—. No obstante, el fiscal Bansal decía que “Berganza fue capturado cuando estaba negociando con Llort”. 

El documento 60 del caso relata que la captura de Berganza fue el resultado de una “operación encubierta” de la DEA, en la cual Llort fue clave. En 2008, el fiscal confirmó que el salvadoreño también actuó como “informante confidencial”, después de ser “conspirador”, en la transacción de los 70 kilos. Por algo Llort no invirtió ni un centavo. Cuando Berganza supo que debió desconfiar de Llort, y no de Lara, era tarde. Un día después de su captura, El Salvador lo expulsó, pero no hacia Guatemala, sino a las manos de la DEA, que lo llevó a Nueva York —una maniobra que la DEA ha usado sin objeciones en El Salvador, Honduras, Belice y México—.

La reunión convocada por Llort no consta en otros documentos. Pero el expediente sí registra el viaje de Berganza a Nueva York junto a dos sujetos que no identifica. Según el documento 60, “el gobierno de los EE.UU. hizo los arreglos para que Berganza y sus dos socios viajaran al aeropuerto de White Plains, Nueva York”. Además, consigna que “los dos socios después fueron devueltos a sus países de origen cuando el gobierno estadounidense estableció que había insuficiente evidencia para llevarles a juicio”. Pudo tratarse de Lara, devuelto a Guatemala, y Llort, devuelto a El Salvador. Reportes de prensa indican que Llort fue llevado a Nueva York, pero que no estaba detenido. En los documentos públicos del caso, Berganza no menciona que fue llevado con Lara y Llort a EE.UU.

Escena IV: el tiro por la culata

Lara emergió en West Palm Beach, Florida, a finales de 2003. No sospechaba que, semanas antes de volver a Guatemala, porque su visa estadounidense vencía en enero de 2004, resbalaría hasta la garganta del león.  Incauto, el 15 de diciembre, Lara llamó a la policía al descubrir que la propietaria de la casa que alquilaba le robó todas sus pertenencias y su automóvil. Cuando la Policía llegó, lo captó a él, no la señora que supuestamente le había robado. Lara estaba acusado de narcotráfico gracias a los oficios de Llort. Le había salido el tiro por la culata.

Las llamadas de Lara a Berganza en febrero de ese año, para reclamar su dinero,  fueron evidencia —grabada— en su contra y presentada en la corte de Nueva York. La fiscalía identificaba a Lara como un defendant (acusado) que “tuvo una conversación telefónica respecto a la recolección de ganancias del narcotráfico” con otro acusado en el caso (Berganza). Ambos, decía el documento, conspiraron con la intención de importar cocaína hacia EE.UU.

Las declaraciones de Llort no aparecen como prueba entre los documentos del caso de acceso público. Pero Llort aparece en todas partes en las declaraciones de Lara y Berganza. El salvadoreño hizo algo más que ofrecer un testimonio directo. Hizo posible la captura de Berganza en El Salvador —en contubernio con la DEA— porque en Guatemala tenía protección, según la fiscalía en Nueva York.

Berganza dijo que, después de su captura, hizo declaraciones que lo incriminaban. ¿Por qué? Resultó que él también era informante de la DEA, ayudó a hacer decomisos y capturas importantes, según el documento 69 del caso. Era tan soplón como Llort, pero cometió un error: siguió traficando a espaldas de la DEA. Y después que Llort se encargó de delatarle, la DEA le cobró el pecadillo con su captura. Pensando en salvarse, Berganza habló de sus contactos en Panamá y Llort (—a quien la DEA conocía de sobra—), porque “un agente de la DEA ofreció detener el vuelo” que lo llevaría a EE.UU. Pero la DEA aseguró que no ofreció tal cosa, y lo sacó de El Salvador.

Berganza también cargó con otras consecuencias. “Un sujeto conocido para agentes de la DEA como ‘L__’, quien dejó de ser su informante, le dijo a sus socios narcotraficantes que yo trabajaba con la DEA”, dijo Berganza. Como consecuencia, entre 1999 y 2001, según dijo (en los documentos 45 y 54 del caso), dos atentados en la capital guatemalteca le dejaron una bala alojada cerca del corazón, y daño intestinal que le ameritó el uso de una sonda.

El precio de confiar en Llort fue una nueva acusación en 2003 y su captura. Aun así, Berganza se declaró “no culpable” en Nueva York. Hasta tres años después admitió todo, se declaró culpable, y echó a sus exsocios al agua. “Acordamos en El Salvador con Marco Antonio Lara y Jorge Armando Llort en que ellos me darían US$300 mil para que comprara la droga”, dijo Berganza, según el documento 68aeberp del caso. “El propósito era enviarla a EE.UU., pero eso nunca se hizo… Mi contacto desapareció y el dinero se perdió”. Pero Berganza habló cuando ya el mal estaba hecho. La jueza Deborah Batts creyó que hizo más daño traficando, que beneficio delatando contactos. En abril de 2008, lo sentenció a pagar US$200 en costos procesales y a 22 años de cárcel (a partir de su captura). Sin embargo, según el Buró Federal de Prisiones, podrá optar a libertad condicional en 2022. Tendrá entonces 65 años de edad.

Lara no salió mejor librado. Admitió todo, y sus abogados pidieron una pena mínima para él porque carecía de antecedentes criminales, y la transacción en la que participó no derivó en el traslado de droga a EE.UU. La jueza le condenó a tres años de cárcel en 2007, cuando había permanecido cuatro años en la cárcel, y su sentencia se consideró cumplida. Pero debió pagar una multa de US$345 mil dólares (unos Q2.7 millones), la cantidad que Berganza y Llort nunca le restituyeron, incluyendo las ganancias que esperó en vano de la venta de una parte de los 70 kilos de cocaína.

Lara también perdió los $35 mil que le prestó a Berganza, y desembolsó una cifra no revelada en honorarios para sus abogados. Salió libre en abril de 2008, con 60 años de edad cumplidos, después de pagar la multa y arreglar su situación migratoria (su visa vencida en 2004). La jueza lo declaró “deportable” hacia Guatemala, pero registró que saldría voluntariamente. Una fuente del Consulado de Guatemala en Nueva York confirmó que Lara solicitó a esa oficina la extensión de su pasaporte para volver al país; no hay certeza sobre su paradero actual.

Escena V: por sus actos le conocerás

Para EE.UU., los pecadillos de Llort eran asunto de perspectiva. Aparentemente, si ayudaba a pescar peces más grandes, que hubieran traficado droga o lavado dinero en EE.UU., podía salvarse. En el expediente del caso de Berganza y Lara, Llort aparece como una “fuente confidencial” (o CS, Confidential Source), que huyó de la justicia guatemalteca por malversar cerca de Q105 millones. 

En 2004, un año después de hundir a Berganza y Lara, Llort fue acusado de estafa en Florida, EE.UU. El caso CV-04-22289 consigna que estafó cientos de miles de dólares con una estratagema de tarjetas de débito, y fue objeto de una demanda civil en una corte del Distrito Sur de Florida. En 2010, emergió en Minneapolis, Minnesota, acusado de otra gran estafa, pero intentó declararse en bancarrota, según reportes de prensa. Unos meses después, apareció como testigo en el juicio contra Portillo en Guatemala.

Ninguno de estos casos lo llevó a juicio. Al contrario. Llort se convirtió en el soplón du jour de la fiscalía neoyorkina contra Lara, Berganza y Portillo, y de la fiscalía guatemalteca contra Portillo, Rojas y Salán. Llort hizo limonada de limones cuando descubrió que podía usar su caudal delictivo para su beneficio. Así ha conseguido evadir la ley, hundiendo a otros. Actualmente, la fiscalía neoyorkina se reserva revelar el estatus legal de Llort con un seco, “no comment”. Además, la Embajada de EE.UU. en Guatemala no tiene registro alguno de que  la justicia guatemalteca haya pedido la extradición de Llort. El salvadoreño se ha vuelto a perder en el mapa. Por ahora.

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