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Las mujeres pararon y el tiempo se detuvo
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Las mujeres pararon y el tiempo se detuvo

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Apenas hubo risas y bromas durante el Paro Nacional de Mujeres de este 8 de marzo. Caras largas, mucha cólera y gritos de rabia se mezclaron en un día en el que 21 niñas y adolescentes murieron calcinadas en un hogar de protección estatal.

—¿Quiénes van en el primer turno?

Tres mujeres levantaron la mano y se acercaron a una piñata con forma de vulva, erguida por una vara de madera. Una de ellas la sostuvo y las otras dos se colocaron a los lados.

La tarde del Paro Internacional de Mujeres en Guatemala —al que este 8 de marzo se unieron mujeres de 54 países— prometía empezar de manera alegre y transgresora, pero la tragedia ocurrida horas antes en un centro estatal de atención a menores, cambió la tónica de la actividad. Las mujeres que se juntaron en el Parque Morazán, en la zona 2 de la capital, desde una hora antes de que se pusiera el sol, bromeaban divertidas sobre la “Procesión de la Poderosa Vulva” que comenzaría en pocos minutos.

“La piñata la hizo un señor que estaba muy emocionado con la idea de crear algo así. El objetivo es que se mueva algo, a favor o en contra, pero que la gente se mueva”, comentaba una mujer. “Es un símbolo de ruptura, de defensa del cuerpo, en una sociedad tan conservadora”, apuntaba otra.

La procesión empezó a caminar, con paso lento, hacia la Plaza de la Constitución. Tras la imagen de la vulva alzada con orgullo, seguían unas muñecas de trapo crucificadas, que pedían detener las violaciones de niñas y una segunda piñata con forma de barco. “Barco de la vida”, se leía a un costado de la figura rosada, llena de mensajes que demandaban el derecho al aborto legal en Guatemala. El debate generado hace un par de semanas por la prohibición a la organización Women on waves de atracar en Guatemala para proporcionar abortos seguros, se notaba todavía latente. 

“¡Santa vulva, líbranos del mal, de este Estado genocida y patriarcal!”, rugía el grito de las mujeres a su paso por el paseo de la Sexta Avenida.

Durante el recorrido hacia la Plaza de la Constitución, el tiempo pareció detenerse para las personas que caminaban apuradas, ajenas al paro. La procesión y las voces los sacaron de su rutina durante unos segundos. Un grupo de mujeres y hombres que tomaban cerveza despreocupados en unas bancas de la calle, se levantaron curiosos. Mientras miraban al grupo pasar, movían los labios al ritmo de los lemas que se coreaban. “Ni una menos, vivas nos queremos”, querían susurrar. Un par de cuadras más adelante, una mujer, que regresaba de buscar a su hija en el colegio, paseaba lenta, observando la escena, escuchando las consignas. “Vamos, mamá”, le apuraba la niña. “Estoy viendo, hija”, le contestaba ella, cuidándose de no tropezar mientras avanzaba y tomaba algunas fotos con el celular.

Las participantes —estudiantes, profesionales, activistas, amas de casas— hicieron tres paradas. En el Tribunal Supremo Electoral, frente a la iglesia de San  Sebastián, y delante de la verja de Casa Presidencial. Con cada una, los mensajes de desesperación e impotencia impregnaban más y más el ambiente.

“Este es un Estado asesino y misógino. Denunciamos al Presidente de la República y lo responsabilizamos de las muertes de hoy. Fue el Estado el que mató a las niñas de la Asunción”. Carmen Reina, integrante de la Colectiva de Mujeres Feministas de Izquierda, se dejó la voz frente al megáfono para protestar por el fallecimiento de 21 menores residentes en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción. Las niñas y adolescentes murieron en un incendio aún no esclarecido, después de haber denunciado abusos sexuales dentro del centro y de intentar huir de ese lugar. 

Cuando se retomó la marcha, Reina explicaba las similitudes entre lo ocurrido en el hogar de protección del Estado y los orígenes de la conmemoración del Día de la Mujer, el 8 de marzo de 1911, cuando 123 trabajadoras de una fábrica textil que habían cuestionado sus precarias condiciones de trabajo murieron calcinadas.

En la mañana, las calles del Centro Histórico de la capital también estuvieron inundadas de mujeres que se unieron a la marcha para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, en la que también reclamaron el respeto a sus derechos, igualdad de oportunidades, alto a la violencia de género y políticas públicas desde el Estado para transformar la sociedad machista en una más humana e igualitaria e incluyente.

La procesión llegó a la Plaza después de las seis de la tarde. Antes de plantarse frente al Palacio Nacional, las mujeres que lideraban el paso, y los hombres que las acompañaban, hicieron una última parada. Frente a la Catedral Metropolitana, las casi 200 personas que aproximadamente se encontraban en el lugar gritaron al unísono. “¡Saquen sus rosarios de nuestros ovarios!”, se escuchó durante varios minutos frente a la verja de la iglesia, cerrada con llave. 

Con la noche, 770 velas encendidas al lado de una bandera a media asta pusieron una luz parpadeante sobre las víctimas de feminicidios que se contabilizaron el año pasado en Guatemala, además de las 54 mil denuncias que sobre hechos de violencia en contra de las mujeres conoció el Ministerio Público. Mientras varias oradoras exponían su malestar a través de un micrófono, fuera del círculo formado por las asistentes, otras mujeres daban sus motivos para estar presentes en el Paro.

Irma Sipac, una mujer maya kaqchiquel, contaba con timidez cómo había viajado desde Chimaltenango para reclamar el respeto de sus derechos. “El derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, el primero”, recalcaba. Una pequeña bandera morada con el rostro de la ecologista hondureña Berta Cáceres, asesinada hace un año, asomaba desde su bolso. “Es momento de no quedarnos calladas, porque llevamos demasiado tiempo sin hablar. En sororidad, todas juntas, seamos indígenas, mestizas o ladinas”.

Al otro lado del círculo, Sofía Mazariegos, de 31 años, levantaba la voz sobre el sonido de los altavoces: “No es posible que en 2017 sigamos con esto. Que todos los días haya mujeres muertas. Se oprime a las mujeres, y eso no tiene lógica”. La joven, con un tono de frustración, veía el Paro como “una lucecita” dentro de una sociedad con mentalidad conservadora. “Es difícil, y yo me canso cuando trato de convencer a otras personas de cómo deberían ser las cosas”.

Catalina Martínez, una mujer de 38 años, exponía su punto a pocos metros, tratando de sujetar a su hija Isabela, de tres años, que inquieta correteaba de un lado a otro con un gorro con orejas de gato. “Estoy aquí porque nada cambia, porque una no es libre. Está sujeta a lo que quieran los demás. Vengo con mi niña para que aprenda. Que aprenda que tiene derechos y que debe reclamarlos”.

“Todo esto que estamos haciendo, el hacer una procesión con una vulva, por ejemplo, son cosas que hace unos años no se podrían haber hecho”, contaba Elisa Rosa, de 23 años. “Yo por esto estoy aquí. Para aprender a luchar por cambiar el sistema, para reivindicarnos como mujeres”.

En otro pequeño grupo de personas, Stacy Velásquez, una mujer trans, avivaba una conversación sobre la necesidad de aprobar una Ley de Identidad de Género. “Como feminista tengo la responsabilidad de visibilizar este tema. Nuestra población termina sus últimos días muy joven, en hospitales y con el estigma encima. El 90% de nosotras se dedica a ser trabajadora sexual. Y este es un trabajo impuesto por la sociedad”.

Las mujeres que el 8 de marzo se unieron, se apoyaron y caminaron juntas, asumieron palabras que Simone de Beauvoir escribió hace 70 años: “Para la mujer no hay otra salida que luchar por su liberación y esta solo puede ser colectiva”. Entre una multitud enojada e indignada, la existencialista parecía estar presente, detrás de un pañuelo morado, de un puño levantado con rabia, de una niña que corría a encender una vela que se había apagado.

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