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Garabatos en un pedazo de papel.

Una relectura del Elogio de la sombra me enfrenta a unos viejos apuntes, seguramente realizados en algún momento de 1993, que llaman a la vida a viejos fantasmas que amenazan con recordarte lo que alguna vez fuiste.

«Snajperska Aleja», escribí en la esquina de un papel hace 24 años, impresionado por las imágenes de un noticiero sobre los francotiradores que cobraban sus víctimas durante el sitio de Sarajevo desde los edificios de la avenida Zmaja od Bosne, conocida por entonces por los medios en inglés como el «Sniper’s Alley». «Estaba en llamas cuando me acosté», está garabateado un poco más abajo, buscando una relación entre Rezo por vos, de Charly García, y algún chico solitario y obsesivo que había leído demasiado a Sabato y esperaba que una Alejandra envuelta en fuego lo comprendiera. Y más abajo, casi cayendo del papel, Borges remataba:

Nos buscamos los dos.
Ojalá fuera este el último día de la espera.

Habría sido más provechoso poner atención a las clases de derecho administrativo.

Tiempo, kilómetros, crisis políticas, hambre, alegrías y aeropuertos han pasado desde entonces, igual que otras guerras absurdas y francotiradores que el fuego no ha alcanzado a exorcizar. El chico que leía demasiado a Sabato se convirtió en un hombre al quedar huérfano de madre, pero nunca se olvidó de Sobre héroes y tumbas porque «Dios a veces duerme y sus pesadillas son nuestra existencia». Charly sigue allí y a veces aparece en sitios insospechados.

Enciendo la computadora para darle forma a esta maquila. LA Bastard me recibe con Call of the Wild, y a continuación, en virtud de algoritmo de las casualidades, un siempre magistral Joe Bonamassa canta Stop, la canción de Sam Brown, ese talento nunca bien apreciado que con su voz de soprano y con desdicha recita:

Time after time I’ve tried to walk away,
but it’s not that easy when your soul is torn in two.
So I just resign myself to it every day.
Now all I can do is to leave it up to you.

Stop me lleva a un diciembre frío en Los Ángeles, donde mato un día gris y ventoso en el muelle de Manhattan Beach y espero para tomar un vuelo a la medianoche, un suceso con poca historia que contar, a excepción de un grupo de ciegos paseando con sus bastones y una modelo y un fotógrafo haciendo fotos para un catalogo en la playa.

Y mientras Alison Mosshart canta The Passenger, de Iggy Pop, considero que alguna vez debería darle una oportunidad a El poder de las tinieblas, la película realizada por el hijo de Sabato en 1979, con la cual intentó adaptar el Informe sobre ciegos con muy poca fortuna.

Mis divagaciones chocan con la dosis de realidad que me viene con la primera imagen en la calle al empezar el camino de vuelta a casa: una mujer canche, elegantemente vestida, espera que su guardaespaldas en traje azul le abra la puerta de la camioneta blindada justo enfrente de la mujer indígena que vende lotería con un niño a tuto. Un recordatorio de que nuestros laberintos cotidianos son más profundos y crueles que las galerías fantásticas que recorren los minotauros.

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