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La vieja derecha agoniza, las nuevas se multiplican
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La vieja derecha agoniza, las nuevas se multiplican

Mientras al sector industrial le interesaba un mercado de consumo interno cada vez mayor, el sector agrícola lo rechazaba porque implicaba trabajadores más costosos para el cultivo de productos intensivos en mano de obra, como el café.
Han surgido, sin duda, posiciones extremistas que habrían sido consideradas pocos serias por gente como el Muso Ayau, el adalid de los libertarios guatemaltecos y fundador de la Universidad Francisco Marroquín.
Ilustración por Dénnys Mejía
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Tiempo aproximado de lectura: 22 mins

La división entre izquierda y derecha dice mucho y muy poco al mismo tiempo. Si la derecha representa a los conservadores, a la población que busca mantener el statu quo, y la izquierda a quienes quieren que el sistema cambie, debemos reconocer que en los últimos meses Guatemala ha experimentado “un giro a la izquierda”.

Entre los manifestantes, grupos de la clase media y de las clases acomodadas, que usualmente se considerarían de derecha, han salido a manifestar contra los indicios de corrupción de las autoridades actuales.

Claro, esta idea de que ha habido un giro a la izquierda en los últimos meses entra en conflicto con la forma usual de comprender las divisiones políticas en el país. Al fin y al cabo, cuando se piensa en la “vieja derecha” guatemalteca, el elemento que la hacía ver como un ente monolítico era su anti-comunismo. Y en ese sentido en los últimos meses no habido tal cambio.

Esta ambigüedad sobre qué es la derecha en Guatemala lleva a problemas prácticos para definir de qué estamos hablando. Por suerte, definiendo un objetivo se puede solventar este problema. Aquí, propongo que el objetivo sea comprender las distintas expresiones políticas de lo que podemos definir como derecha para comprender potenciales alianzas y conflictos que pueden generarse entre distintos grupos poblacionales y el próximo gobierno. Por ello, aquí lo importante no es describir a la derecha respecto a su origen ideológico, ya sea si deriva sus principios de la Doctrina Social de la Iglesia (democristianos) o de la Escuela Austriaca de Economía (libertarios). Aquí, lo importante es comprender cómo distintos criterios aglutinan de distinta maneras a la derecha del país.

La “vieja derecha”

La “vieja derecha” puede verse como un fenómeno monolítico unido por un celo anti-comunista, la alianza con el bloque Estados Unidos y Europa Occidental (Occidente) y la paranoia generada por la violencia de ambos bandos del conflicto armado interno. Es más dudoso que a lo largo de esta “vieja derecha” haya existido acuerdo sobre otros elementos. Ya varios han señalado que existía desconfianza entre el sector privado y el ejército, en la medida que el último, con el dinero y el armamento del gobierno, tenía una autonomía creciente que le permitía tomar decisiones con cada vez menos contrapesos. Además, hacia adentro del sector privado, existían conflictos entre los distintos grupos, pues tenían con intereses económicos opuestos. Con el desarrollo del Mercado Común Centroamericano, nuevos empresarios empezaron a surgir al amparo de políticas desfavorables al sector agropecuario tradicional. La oposición comenzó a aparecer no sólo por el encarecimiento de la mano de obra o de adquirir productos industriales, sino también porque surgió un nuevo actor autónomo que incrementó la competencia por el control político del país.

Por ejemplo, mientras al sector industrial le interesaba un mercado de consumo interno cada vez mayor, el sector agrícola lo rechazaba porque implicaba trabajadores más costosos para el cultivo de productos intensivos en mano de obra, como el café. En ese sentido, que los industriales no hayan logrado ganar la batalla frente a la posición del resto de la derecha, me parece una de las principales causas de que Guatemala siga sin desarrollarse.

Claro, existían otras diferencias dentro de la “vieja derecha”, más allá de la lucha por el control político o los intereses económicos. Por ejemplo, tanto la formación religiosa como la formación académica de muchos miembros de la creciente clase media urbana los llevaban a estar en desacuerdo con el grado de violencia aplicado contra poblaciones indígenas rurales y contra jóvenes universitarios urbanos. Desafortunadamente, estas eran clases medias sin adecuada capacidad de organizar una posición intermedia, donde se permitiera el avance de la agenda de desarrollo generada alrededor del Mercado Común Centroamericano, mientras se disminuía la conflictividad minimizando el uso de la violencia.

Otra diferencia que empezaría a surgir es sobre el tipo de rol del gobierno en la economía, más allá de la visión comunista y socialista. Tras la Revolución de 1944, el discurso de un gobierno desarrollista cobró creciente relevancia, lo cual continuaría y se consolidaría con el proyecto del Mercado Común Centroamericano, en donde el gobierno proveía una serie de insumos que se consideraban necesarios para el desarrollo de un mercado capitalista. Eventualmente, alrededor de lo que sería la Universidad Francisco Marroquín, surgiría un discurso libertario que miraba como negativo el rol del gobierno en la economía. Con la crisis macroeconómica de la década de 1980, generada para financiar la lucha contra la guerrilla y la corrupción de los gobiernos militares, fue fácil que la visión libertaria de la economía ganase la batalla y se convirtiese en parte del discurso de lo que hoy vemos como integrante de la “vieja derecha”.

Todo esto eventualmente cambió.

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Así como la izquierda ha experimentado cambios tras la caída del Muro de Berlín y los Acuerdos de Paz, la derecha guatemalteca también se ha transformado. Algunas veces de forma estratégica, otras veces los cambios han sido generados por las circunstancias y de manera inesperada. Por ello, hoy en día sería un error hablar de derecha en Guatemala como un fenómeno unitario y granítico, pensando que sólo se hace referencia a la “vieja derecha”, anti-comunista, libertaria, militarista y pro-Occidente. Ahora, la derecha es múltiple y se encuentra en un constante proceso de definición.

Las condiciones para el surgimiento de “nuevas derechas”

La derecha guatemalteca está en proceso de cambio. Es un evento generacional; es un evento de las circunstancias. La “vieja derecha” no está muerta, pero no tiene el mismo poder que antes. No sólo sus interlocutores han ido perdiendo influencia, sino que también su capacidad de mantener su discurso relevante se ha deteriorado. Ante esta situación, la derecha se ha fragmentado en distintas manifestaciones.

¿Por qué está perdiendo su poder la “vieja derecha”? Como se menciona arriba, tanto las circunstancias internacionales y nacionales como el relevo generacional llevan a que dicho discurso esté siendo relegado por nuevas derechas. Hoy, ni China ni Rusia están promulgando una ideología alternativa en materia económica. El Socialismo del Siglo XXI es simplemente un mecanismo para que Venezuela lograse expandir su círculo de influencia compartiendo parte de las ganancias de los altos precios del petróleo. Frente a la irrelevancia del comunismo, el anti-comunismo también se vuelve irrelevante. Un último fenómeno, importante, es la Gran Recesión y la situación económica mundial que emergió después y evidenció la vulnerabilidad de los mercados financieros y cómo la apertura internacional de este mercado facilitó la transmisión de la crisis alrededor del mundo.

A nivel local, la desaparición de la amenaza comunista y de la lucha armada lleva a que las prioridades de los políticos y la población se hayan desplazado hacia otro lugar. Educación, salud e infraestructura, por mencionar algunas de estas prioridades, requieren la búsqueda de alternativas concretas para resolver dichas necesidades, lo cual requiere un nuevo reto. Frente a la posición libertaria de estado mínimo, empiezan a surgir, dentro de la derecha, distintas visiones de un gobierno, si bien, no desarrollista, sí subsidiario.

Es decir, en lugar de ser el Estado el principal motor del desarrollo, se vuelve un complemento en temas en los que, con el tiempo, se haga evidente que los ingredientes necesarios para el desarrollo no se están generando. No es que dichas posiciones no existiesen desde antes, pero con el tiempo logran el espacio para entrar en la discusión nacional.

Hay otro cambio en el ambiente nacional que ha promovido la fragmentación de la derecha y es de índole religiosa. Hay distintos discursos de derecha favorables a la generación de riqueza tanto en la Iglesia Católica como en el protestantismo. Es el caso, por ejemplo, de las iglesias neo-pentecostales. Estas variadas manifestaciones religiosas generan derechas que, si bien pueden coincidir en ciertos puntos de política económica, pueden llegar a diferir profundamente en otros en materia social o de relaciones internacionales. En términos prácticos, se puede ver en el financiamiento que hay a la Universidad del Istmo, la cual también es una universidad con una visión de derecha, pero donde el componente religioso es importante y que, por lo mismo, se distancia de la Universidad Francisco Marroquín. El énfasis en el empresario con vocación de servir al prójimo, más allá de lo que ello implique en el estado de resultados, es una de dichas diferencias.

La tercera razón del cambio es la brecha generacional. Y aquí demasiadas cosas están pasando a la vez. Los hijos de muchas familias acomodadas y de clase media que han pertenecido a la “vieja derecha” no han adoptado dicha posición política ni pueden darle continuidad. Es nutrido el grupo de los que estudian carreras en las cuales su éxito profesional no puede desarrollarse en el país. Así, deciden practicar sus carreras como ingenieros en Taiwán, como economistas o relacionistas internacionales en Washington, D.C., etc. Otros sí regresan al país pero, tras haber estudiado filosofía o cocina, están incapacitados para estar al frente de las empresas familiares o de proyectos políticos. También están aquellos que regresan al país con una visión de izquierda, más rabiosa cuanto mayor sea la culpa que sienten por la falta de compromiso de sus antepasados de cambiar el país. Y los hay que tienen recuerdos cada vez más pálidos de la guerra interna, si es que algún experiencia vivieron. También están quienes aprenderán de forma superficial sobre la guerra interna y la Guerra Fría o distintas perspectivas ideológicas.

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Sobre la permanencia de la “vieja derecha”

Los cambios descritos anteriormente no significan que las visiones de la “vieja derecha”, así como de la “vieja izquierda”, vayan a desaparecer. Pueden sobrevivir gracias a que es posible mantener las redes activas con financiamiento proveniente del presupuesto del gobierno (clases pasivas a los militares, contratos para infraestructura y otros bienes y servicios); o de la falta de acción del gobierno (contrabando y narcotráfico).

También es posible que sobrevivan gracias a la transmisión, dentro del seno familiar y de instituciones educativas, del celo anti-comunista, libertario y militar. Es más, a veces, es posible identificar que se está facilitando el surgimiento de radicales dentro de esta vieja derecha. Han surgido, sin duda, posiciones extremistas que habrían sido consideradas pocos serias por gente como el Muso Ayau, el adalid de los libertarios guatemaltecos y fundador de la Universidad Francisco Marroquín. Digo esto, tomando en cuenta que estuvo dispuesto a ser ministro y fue candidato presidencial, cosas que hoy, serían vistas casi como inmorales por algunos de estos radicales. Lo noto, por ejemplo, en el fortalecimiento de ciertas visiones libertarias, como la de los “randianos”, seguidores de la novelista Ayn Rand.

Sobre las “nuevas derechas”

Podemos hacer distintos esfuerzos por identificar distintas expresiones de la derecha guatemalteca. Vale decir que, en general, son de derecha expresiones políticas que reconocen un rol importante (no necesariamente supremo) a las decisiones voluntarias sobre la inversión, la producción, la distribución y el consumo. Más allá de esta descripción económica de la derecha es difícil generalizar. No está tan claro el territorio en materia política, social o cultural.

Para dejar clara esta diversidad vale la pena empezar por el tema económico. La versión más extendida es que el gobierno debe intervenir poco y que no hay razón que justifique los “privilegios”. Una visión que se extendió tras los problemas macroeconómicos de la década de 1980, impulsada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Se argumenta que si es necesario, el mercado puede proveerlo sin necesidad de apoyo gubernamental. Se argumenta que, por eso mismo, cualquier apoyo es simplemente una forma de corrupción velada.

Sin embargo, esta visión no es compartida por todos.

Un ejemplo de ello es ASIES, que lleva años promoviendo que se implementen políticas para favorecer el desarrollo del sector turístico en el país. Otro ejemplo sería las propuestas de AGEXPORT y de la Cámara de Industria, que pretenden promover la competitividad y desarrollar el sector exportador e industrial del país. Aun cuando muchos de los miembros de estas cámaras ven con resquemor el involucramiento del gobierno, reconocen que es necesario para lograr resolver problemas concretos que obstaculizan crear empleo y desarrollar sus sectores. No es un tema de privilegios. Es un reconocimiento velado de la necesidad de contar con un gobierno desarrollista.

En mi caso, yo me consideraría de una derecha que aún no termina de surgir, que sí tiene claro el rol desarrollista del gobierno y debe aprender de los errores de América Latina y de los aciertos de Asia del Este.

En dicha visión del rol económico no influye necesariamente el ser miembro de la clase media o de la clase acomodada del país. No todo empresario es de derecha. Ni todo aquel que se beneficia del sistema de derechos de propiedad (física o intelectual) es de derecha. De lo contrario, debiéramos incluir como derecha a los contratistas del Estado de la Bolsa Solidaria o los Comedores Solidarios, a todos los comerciantes informales, e incluso a Álvaro Velásquez, candidato a diputado de clara inclinación de izquierda, que se dedica a vender sus libros.

En cuanto a lo político, las derechas pueden contar con distintas visiones de cómo debiese funcionar el sistema. Desde aquellos que quisieran volver a los tiempos de Ubico o a los tiempos en que CACIF podía lograr mucho con una llamada al Presidente, a aquellos que piensan en una república con un servicio civil profesional y autónomo, pasando por los que, en su afán de poner límites al poder gubernamental, prefieren la primacía de las ciudades como principal entidad política. Probablemente lo que no exista sea gente de derecha que favorezca el establecimiento de sistemas democráticos carentes de contrapesos. Asimismo, cuanto más alejadas de la vieja derecha, las nuevas generaciones tienden a ser mucho más desconfiadas de gobiernos militares y otras formas de autoritarismo.

Por otro lado, la fragmentación de la derecha también implica que, si bien favorecen las transacciones voluntarias para definir el giro de la economía, existen asimismo distintas visiones sobre temas como los programas sociales.

Algunos los ven como legítimos siempre que permitan generar la capacidad a los ciudadanos de ser autónomos en un futuro. Por ejemplo, el apoyo de FUNDESA a programas de desnutrición va en esa línea; o también el de la Asociación de la Industria de Vestuario y Textiles (VESTEX) al programa Mi Primer Empleo, para facilitar la entrada de jóvenes a un trabajo formal.

Otros los interpretan como un simple mecanismo de obtención de votos que permite la generación de gobiernos autocráticos, o como un mecanismo para organizar la corrupción a través de los contratos con los proveedores. Tal vez lo que no haya en la derecha es gente que entienda estos programas sociales como derechos. Este es un punto importante y nos puede ayudar a distinguir entre izquierdas y derechas en Guatemala. Por ejemplo, podríamos considerar al Instituto Centroamericano de Ciencias Fiscales (ICEFI) como de derecha libertaria cuando afirma que el gobierno no debe impulsar sectores económicos particulares. Sin embargo, su énfasis en considerar los programas sociales como derechos lo distancia de lo que denomino aquí “derecha”.

Culturalmente, como ya mencioné arriba, así como hay variedades de libertarianismo ateo, también existen derechas religiosas, ya sea cercanas al Opus Dei o a iglesias neo-pentecostales. Ser de derechas tampoco implica una visión particular sobre el estado-nación. Así como los hay que tienen la idea de que el gobierno guatemalteco debiese presionar por impulsar una cultura homogénea a lo largo del país, los hay que ven poco valor en esta idea y que, con tal de disminuir el poder estatal, favorecerían la fragmentación del poder gubernamental al nivel de ciudades que podrían funcionar con culturas e idiomas distintos.

¿Y entonces?

Ante un mundo y una sociedad guatemalteca con realidades y prioridades distintas, la vieja derecha se ha quedado con menos apoyo, menos poder, con menos capacidad para negociar; paulatinamente ha ido perdido relevancia. A ello se suma la incapacidad del sector privado de articular una propuesta política exitosa. Las llamadas al Presidente ya no son efectivas. Y lograr estructurar un partido político de derecha no resulta tan fácil. El mejor ejemplo es la poca intención de voto que hoy tienen candidatos como Roberto González Díaz-Durán y Zury Ríos, y lo que en el pasado tuvieron Eduardo Suger y Harold Caballeros, entre otros.

El cambio en las condiciones, tanto externas como internas, así como el simple paso del tiempo, ha llevado a que la derecha guatemalteca se fragmente y multiplique sus características. Dicha fragmentación conlleva una mayor capacidad para poder atraer a diferentes guatemaltecos, pues hay más cosas para todos.

Pero hay dos obstáculos al crecimiento de la derecha, a pesar de que ha incrementado su espectro para atraer a más personas. Por un lado, dicha fragmentación genera un problema de “acción colectiva”, es decir, resulta cada vez más difícil lograr acuerdos entre tantos grupos distintos. Por otro, muchos nuevos grupos de derecha no cuentan con la adecuada organización para hacer oír su voz de forma permanente.

¿Qué implica esto para la vida política del país? Pues que, aun cuando hay derechas potencialmente atractivas para generar alianzas para gobernar, puede que haya problemas para generar acuerdos con estas nuevas derechas.

Aquí hay dos variables que afectan la posibilidad de acuerdo. Por un lado, hay un reto generacional. Mientras más “viejos” haya dentro de dichas organizaciones, pesará mucho más la desconfianza contra la izquierda. Hay dinosaurios retrógrados en ambos lados del pasillo. Y eso puede limitar la generación de puentes.

Por otro lado, está el reto del grado de organización. No toda la clase media urbana favorable a la derecha se encuentra agrupada, ni siquiera una minoría relevante. Tampoco la clase alta favorable a la derecha. Si hay organización, muchas veces es gremial, pero ello difícilmente se traslada al ámbito político (de lo contrario Jorge Briz habría logrado un mayor peso político). Nuevas organizaciones han surgido, pero no han tenido la capacidad de agrupar decenas de miles de guatemaltecos; ni siquiera cientos. Lo que sí es cierto, es que al menos han tenido la capacidad de sobrevivir ya varios años.

Los eventos políticos han favorecido dicha capacidad para sobrevivir, gracias al enojo y frustración tras el asesinato de Rosenberg y a las manifestaciones tras los hallazgos de la CICIG. Muchas de estas organizaciones, de naturaleza capitalina, como Jóvenes por Guatemala, Movimiento Cívico Nacional, Yo Asumo, Prolíderes, por mencionar algunas, han empezado a experimentar los retos del financiamiento, de mantener el compromiso de sus integrantes conforme se casan y tienen hijos, de lidiar con personalidades y ambiciones fuertes. Todo esto mientras trabajan tiempo completo. ¿A qué tipo de derecha responden estas organizaciones? Es difícil amontonarlas. Algunas surgen de una derecha moderada, dado que cuentan con una membresía compuesta por muchos universitarios de la Universidad Rafael Landívar y la Universidad del Valle de Guatemala, o vienen de otras universidades, pero su experiencia laboral y ascenso como clase media los hace tener una visión moderada respecto al rol del Gobierno y el Mercado. Otras, con participantes de la Universidad Francisco Marroquín, cuentan con miembros que responden más a la vieja derecha. Sin embargo, dichas organizaciones parecen volubles. Hay poco compromiso real del sector privado por hacer crecer nuevas organizaciones de la vieja derecha. Así que las que realmente logran crecer y mantenerse tienden a ser aquellas que han internalizado una visión más moderada.

¿Serán estas organizaciones capaces de dar el brinco a organizaciones nacionales? Tal vez no.

Echando a perder se aprende. Lo que sí es probable es que las experiencias de los miembros en estas organizaciones le permitirán, en el futuro, aplicar sus habilidades para consolidar nuevas propuestas políticas de derecha.

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