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La vida de aquellos que murieron: a diez años de la Masacre de Alaska, Totonicapán

Parece absurdo que el costo de la energía eléctrica se quintuplicara entre 2003 y 2012 para cientos de familias quichés.
El soldado fue quien quitó mis pies y mis manos. Yo lo vi’, dice mi esposo
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La vida de aquellos que murieron: a diez años de la Masacre de Alaska, Totonicapán

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A diez años del 4 de octubre de 2012, vuelven a nosotros las interrogantes: ¿quiénes eran los hombres, jóvenes y ancianos, que murieron por los balazos del Ejército de Guatemala en la Cumbre de Alaska,  Totonicapán? ¿Quiénes eran ellos para sus esposas, hijos e hijas, padres y madres, vecinos de las aldeas? Temprano ese día, los vecinos y vecinas quichés tomaron buses rumbo a la Cumbre de Alaska, en el kilómetro 169 de la Carretera Panamericana. Otros, ubicados en las cercanías, caminaron acompañados de sus hijos o hijas mayores. Alaska es el nombre con el que los ingenieros bautizaron la cima ubicada a 3,015 metros de altura.  Localmente conocida como Chuipatán, el lugar forma una pequeña explanada rodeada de colinas hacia el norte y los barrancos de Ixtahuacán al sur.

Aquel jueves, desde las cuatro y media de la mañana, las mujeres de las aldeas prendieron la leña, calentaron café, prepararon tortas de huevo y tortillas para sus familiares. En recipientes plásticos colocaron sus almuerzos, la jornada sería larga. La manifestación en Cuatro Caminos, Chuipatán o Xecanchavox llegaría a ser una de las más grandes de inicios de la década en Guatemala. La decisión de manifestar fue tomada en asamblea en cada aldea y cantón después de más de diez años de intentar disminuir el alto costo de la energía eléctrica. Además, el gobierno del General Pérez Molina acababa de eliminar la carrera de magisterio, opción que permitía a miles de jóvenes quichés conseguir trabajo y, así, evitar la migración  a Estados Unidos.

Esta es parte de la historia de quienes fueron en vida Rafael Batz, Eligio y Jesús Caxaj, Arturo Sapón, Eusebio Puac, Santos Hernández, Francisco Puac y Lorenzo Vásquez.

Rafael Batz, las flores blancas y su bicicleta

Pasajoc es una aldea pequeña en las afueras del pueblo de San Miguel Totonicapán. Antes de la manifestación, Rafael Batz vivía ahí junto a su esposa y tres hijas. El sendero de su casa está rodeado de altos maizales. Cuando alguien se acerca, tres perros salen a ladrar al encuentro del visitante. La casa es de adobe, con marco de madera y techo de teja. Por su trabajo en albañilería, Rafael sabía de construcción. Uno de los últimos regalos a sus hijas fue edificarles habitaciones para que no pagaran alquiler. En la entrada principal colgó una enredadera de flores blancas, rodeando el marco de la puerta. Rafael le dijo a una de ellas : «Te voy a sembrar tus flores ahí porque a mí me gustan las flores». Lo llamó «el jardín del edén».

Cuando había trabajo de albañilería, lo cual no era frecuente, Rafael iba en bicicleta  al centro del pueblo. Siempre estaba al tanto de que las llantas no se desgastaran y de tenerla  limpia. «Era como su esposa», recuerda sonriendo su hija mayor. Como la mayoría de los hombres y mujeres de ‘Chuimekena’, Rafael Batz sabía amarrar y tejer el hilo. Con el dinero ganado compraba leña, el maíz faltante y pagaba la luz. Pero como tantos se dedican al tejido, piensa su esposa, «hay veces que tiene trabajo, hay veces que no hay trabajo». En 1982, Rafael se casó con Francisca, quien fue su esposa desde entonces. Se conocieron en Pasajoc y ahí mismo construyeron su casa: «es su herencia la que le dio su papá», recuerda Francisca, «los treinta años vivimos aquí con mi esposo [llora]».

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Ambos poseían dos cuerdas de terreno, ahí sembraban maíz. Para que no dependieran de los hombres, Rafael enseñó a sus hijas a sembrar, picar y calzar la tierra: «Así van a hacer, ve, así para las calles de las milpas, así van a hacer ve, así se hace», solía mostrarles. En su aldea ocupó distintos cargos de autoridad comunal durante su vida: encargado de baños, escolar, miembro de la asociación de padres de familia, responsable de caminos vecinales. Ese era su k’axk’ol, palabra quiché que podría traducirse a grandes rasgos como fuerza de servicio para la comunidad. El día de su entierro, los vecinos imprimieron una foto de Rafael sosteniendo la vara de autoridad. Atrás, escribieron: «murió a las 9:15 de la noche por manifestar los derechos del pueblo».

Eligio Caxaj y su hijo, Jesús Baltazar Caxaj

El crucero hacia la aldea Chipuac se localiza dos kilómetros delante de Pasajoc. La mitad de quienes murieron el 4 de octubre provenían de esta comunidad. Eligio Caxaj era un anciano de 80 años, su casa tiene techo de dos aguas con horcones de madera horizontales sosteniendo la lámina. Don Eligio vivía con su hijo Jesús Baltazar Caxaj, su nuera, sus dos nietos adolescentes y su nieta pequeña que tenía nueve años entonces. En un día normal, Jesús y su esposa se levantaban a las seis de la mañana para tejer, le llevaban su desayuno a don Eligio. El hijo de Jesús estudiaba magisterio en la Escuela Normal Rural de Occidente. Después del desayuno, comenzaba para Jesús Caxaj una larga e intensa jornada en el telar de madera. Al mediodía almorzaba con la familia  y, al final de la tarde, «calentábamos café y tomamos un pan», agrega su esposa.

Josefa, procedente de Quiaquix, conoció a Jesús Baltazar en una capilla cercana. Se casaron el 5 de febrero de 1995, tenían diecisiete años de vivir juntos. Se propusieron darle educación a sus dos hijos e hija pequeña. Tejer no es fácil, como lo explica Josefa: «Para amarrar ese corte nuestro dedo ¡cómo sale sangre! cuesta de hacer, pero, como yo le dije a mi esposo: ‘te voy a ayudar y tratemos la manera, tengo que dar el estudio a nuestros hijos, la alimentación, no hay nada de dinero, vamos a ahorrar porque están nuestros hijos’». La pareja había comenzado como moza, es decir, recibiendo el material de un patrón para trabajarlo sin ser dueños del telar o de los hilos. Para el año 2012 ya habían adquirido un telar y su hijo mayor estaba aprendiendo los diseños de los cortes.

Jesús sembraba milpa y jugaba fútbol los domingos. Su uniforme era pantaloneta azul con camisola de franjas celestes y blancas. En una fotografía, Jesús Baltazar muestra su diploma por haber cumplido su k’axk’ol de fontanero, es decir, encargado del agua y de limpiar los depósitos comunales. La tarde de la manifestación, Jesús recibió un disparo de Galil en la parte inferior del vientre, provocando una laceración en la arteria iliaca. Tenía 40 años. Don Eligio no soportó la muerte de su hijo, él era quien lo cuidaba en su vejez. «Cuando escuchó: falleció su hijo, de plano ya no aguantó la tristeza. El jueves falleció [mi esposo], viernes lo enterramos mi marido, sábado, el domingo en la mañana falleció mi suegro». Nadie afuera de Chipuac habló de la muerte de don Eligio en relación con la masacre en Chuipatán, tampoco fue incluido en las listas de víctimas.

Arturo Sapón y el alumbrado de Panquix

En varias  aldeas de Totonicapán es común observar postes de alumbrado inservibles y sin mantenimiento. Parece absurdo que el costo de la energía eléctrica se quintuplicara entre 2003 y 2012 para cientos de familias quichés. Tuve la oportunidad de contrastar nueve facturas de abril a junio de 2012 de la aldea Paquí, los datos son sorprendentes. El gasto promedio de varias familias era en 2012 de Q61 al mes. De ese total, la tarifa obligatoria por alumbrado público ascendía en promedio a Q34. Es decir, el gasto familiar se duplicaba bajo el tipo de contrato acordado entre la empresa de distribución eléctrica y la municipalidad. Arturo Sapón pagaba entre Q50-75 al mes. Vivía con su familia en Panquix, una aldea  ubicada  en las  alturas, donde las mujeres con látigo en mano pastorean ovejas de color negro y cultivan hortalizas.

La manifestación de 48 Cantones se originó, en gran parte, por  la manera en que la  privatización de la distribución eléctrica ha afectado a miles de pobladores del altiplano maya, así como  a  otras regiones del país. Por eso, en la madrugada del 4 de octubre, Arturo Sapón abordó un bus en Panquix para protestar por el costo de la electricidad. Arturo trabajaba de albañil y, después de las cinco, jugaba fútbol con sus hermanos. Como es común en Totonicapán, cultivaba maíz para el consumo de su familia y se agenciaba de dinero para gastos como la luz o la leña. Trinidad, su esposa, recuerda haber conocido a Arturo en uno de los caminos del paraje Chuipek. Llevaban 20 años de casados. En varias ocasiones entre 2013 y 2016 las viudas, sus hijas y yo visitamos a Trinidad. Ella recordaba la última vez que habló por teléfono con su esposo:

«Ya xb’ix chike ri ya xpe ri soldados, entonces chat waoq, kayata pena chuwe. In utz». [«Ya nos dijeron que vienen los soldados, entonces come, no tengas pena por mí. Estoy bien».]


Eso habrá sido antes de las 2:30 de la tarde, el 4 de octubre del 2012. No se imaginaba Trinidad que tan sólo dos horas después los vecinos regresarían con el cuerpo sin vida de su esposo en la palangana de un pick-up. Las viudas, sus hijas y quien esto escribe, permanecimos helados y en silencio solemne cuando nos contó lo siguiente:

Ay Dios, qas ya no. Xinsetatik xinokloq. «Ay le wachajil», xinche. Xinxukulej ri kik’ e ¡Jesús, ri kik’! Qas chila xinxib’ij wib’ e chila xinreq nuyab’. [¡Ay Dios! Ya no. Corriendo fui. «Ay mi esposo», dije. Me hinqué sobre su sangre y ¡Jesús, la sangre! Eso me asustó y empecé a enfermarme.]

Cuatro años después, Trinidad todavía sufría de fuertes dolores de cabeza asociados a la enfermedad denominada susto. Sufría de insomnio recurrente. Su hijo pequeño también se enfermó por varios años: «Xaq iwab’, man k’ota utzil ruk’ e xaq koq’ik [Sólo enfermo se mantiene, no anda bien, se la pasa llorando]». Tres meses después de la muerte de Arturo, su familia recibió un diploma en agradecimiento por la construcción de la casa de formación católica de Panquix. También le hicieron una composición fotográfica: Arturo está de pie en el cielo, entre nubes, y es recibido con los brazos abiertos por Jesús y María de Nazaret. En la esquina izquierda, escribieron: «Arturo Félix Sapón Yax, mártir de Totonicapán». Dentro del cuadro de vidrio del diploma, Trinidad colocó una foto de la primera comunión de su hija mayor, además de dos pequeñas fotos, blanco y negro, de ella y de su esposo. Afuera, en el patio, la familia secaba las mazorcas blancas, amarillas, negras y combinadas de la cosecha de ese año. 

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Eusebio Puac y los himnos evangélicos

Todos los manifestantes solían practicar diversas religiones en sus aldeas. Algunos, como Rafael Batz y Arturo Sapón, asistían al rezo de rosarios, otros a iglesias evangélicas. La casa de Eusebio Puac tiene una vista hermosa hacia K’uxlikel, una antigua formación volcánica sobre la cual crece bosque y donde los aldeanos siembran maíz y trigo. Eusebio sembraba su maíz en Xepatán. Entre semana, practicaba asiduamente la trompeta ya que pertenecía a la banda musical de su iglesia Columna de la verdad, fuente de vida. Se esmeraba en aprender himnos evangélicos como «Yo te seguiré» pues los , lunes, jueves  y domingos   iba al culto con su familia. Añade su esposa, Joaquina:

E are’ keltib’iltab’ik, katotaj che uchak are’ kub’an estudiar ri trompeta. [Él no sale, termina de trabajar y después estudia su trompeta.]


Eusebio nació en 1979, al momento de morir tenía 33 años. Nació en un caserío de Chipuac construido sobre una ladera empinada. Con su esposa tenían cinco hijos de 17, 13, 10 y 7 años, respectivamente. También era padre de una bebé de diez meses al momento de su muerte. Eusebio se dedicaba al tejido de cortes, su padre cuenta un poco su historia: «Cuando empezó a tejer, tenía doce años, así como ese patojo. Empezó temprano, sí, como la necesidad nos obliga, por eso empezó a trabajar. O sea, hace un corte diario». Pero últimamente los precios de los materiales eran cada vez más prohibitivos, lo cual impedía ganarse enteramente la vida con el trabajo de tejeduría.

Su padre comenta: «Ya no hay tanto trabajo en el telar, ya no trabajo en telar, ya no hay. Se escaseó porque todo el material se subió, ya no podemos». Un aumento en los costos del tejido de los cortes va acompañado del incremento,   de la energía eléctrica en el altiplano y la costa del Pacífico, como ya se ha mencionado. También Chipuac sufría este fenómeno en 2012. «Hace como ocho  ó doce años pagábamos a Q15, a Q18 a Q20, ahora llega a Q120 al mes», afirma el padre de Eusebio. El señor Tax me había llevado en moto al caserío, allí nos compartieron su historia. Él, habitante del centro de Totonicapán, escuchaba atentamente y, en algún momento, preguntaba también algo. Los padres de Eusebio Puac guardaban el último corte que había hecho su hijo, también su trompeta y el disco de himnos cristianos con los que aprendía la melodía. En la fotografía, tomada un mes después de su muerte, muestra la profunda tristeza y luto por el que pasaban sus hijos, esposa, padre y madre.

Santos Hernández Menchú, joven albañil que deseaba ir al norte

Santos era el más joven de todos los manifestantes que murieron el 4 de octubre. Tenía 33 años. Su esposa nos contaba que tan sólo seis días después de la manifestación iba a cumplir dos años de matrimonio. Santos recibió dos disparos de Galil: uno entró por el glúteo izquierdo y el otro perforó su espalda, destruyéndole el corazón. Las balas le entraron por la espalda. Santos tenía una bebé de 10 meses con la que, según cuenta su esposa, solía bailar: «Cuando él escucha música o canto, lo que sea pues, siempre baila. Es que como la nena ya lo conoce, ya lo sabe, entonces va a quedar mirando a su papá y él empieza a bailar».

Santos y su esposa solían vivir en Pasajoc. Como es común en varios pueblos mayas, la joven mujer llega a vivir a la casa del padre del prometido o marido, ahí la pareja aprende no solamente oficios sino la convivencia entre ellos. Un amigo de Quiché me decía: «así es como nuestros padres nos enseñan a vivir en pareja, para que no haya tantas peleas». Santos trabajaba de albañil en aldeas como Quiaquix, Xesacmalja’ o Pasajoc en proyectos de construcción financiados por los migrantes quichés en Estados Unidos. Uno de ellos era su propio cuñado, un joven que había regresado del norte con dotes de liderazgo para invertir en un aserradero y practicar la carpintería. «Él quería aprender conmigo», recuerda, «estábamos en eso, pero también no se le hizo».

Santos tenía en común con Arturo Sapón y Jesús Caxaj el gusto por el fútbol. Según la joven viuda, su esposo jugaba en Pasajoc y en las canchas del centro de Totonicapán. Casi de la misma edad, su cuñado lo retaba: «Le gustaba meter goles. Era bueno. Yo como soy bueno en la defensa por eso nos chocamos con él, porque él llevaba sus equipos de allá. Entonces se apuestan pues: ‘mira pues, yo voy a meter más goles’ [dice Santos], ‘no yo voy a meter’ [responde, el sobrino]». Durante los descansos imaginaban el viaje al norte con su cuñado: «Cuando yo me fui no tenía casa y esto es lo que fui a traer, mi terrenito que usted mira de aquí hasta por el río. Él me dice: ‘pues sí, fuiste a hacer algo.  Yo también voy, quiero mi casa, quiero mi terreno. Igual yo quiero salir adelante’».

Francisco Puac, conocedor de la rosita y el tulipán

«Mirá cómo hace el carnero», me mostraron sonrientes dos hijos de Jesús Francisco. El pequeño establo de madera se encuentra a un lado de una casa de paredes altas de adobe. Uno de los cuartos, alargado, tiene un pequeño altar con algunas imágenes religiosas y una fotografía de Francisco. Allí suelen amarrar el hilo en grupos de cuatro a seis familiares. Participan madre, hijo, abuelo, cuñada. Atravesando el patio, justo del otro lado, Francisco había construido una habitación más pequeña donde guardaba su telar para confeccionar cortes «mercerizados», es decir, con mayor duración según me explicaban. Francisco tenía 42 años y al menos treinta los había trabajado en ese telar. Sabía muchos diseños de animales, flores y objetos que adornan los cortes. Su hija enumera algunos:

«Él sabía hacer diseños de rosita, muñeca, venado, pinitos, corazón, flor pensamiento, quetzal, canasta, tulipán, pez, quetzal».

Francisco y su familia laboraban como mozos de un patrón, comerciante, en Totonicapán. Su esposa, Celestina, habla de la intensidad de la jornada en la casa: «¡Trabajaba mucho! Desde las siete hasta las diez u once de la noche. A veces, los viernes llegaba hasta medianoche». En el desayuno, ella le preparaba frijol, arroz, carne de chivo, huevos y una taza de café. En ocasiones especiales, «le gustaba el recadito de conejo y caldo de chivo con hierba». Como es costumbre en la tierra de las aguas calientes, Francisco solía ir con su esposa a La Guaca, famosos baños termales en la salida del pueblo hacia Pasajoc y Nimasac. Celestina lo conoció cuando ella  tenía quince y él dieciséis. Tenían 25 años de matrimonio.

Algunos sábados salían al pueblo para hacer las compras semanales. Ese día se juntaba toda la familia para tomar caldo de res. Francisco y Celestina tuvieron dos hijas y tres hijos. El pequeño recordaba a su papá: «es muy amable, no regaña». Francisco ocupó posiciones de autoridad comunal en su natal Chipuac. De hecho, en 2007, sus vecinos le otorgaron un platillo en reconocimiento por su labor durante los trámites para que Chipuac subiera a la categoría de aldea. Especial gusto sentía Francisco por la marimba Explosión musical y repetía canciones como «Una carta y una flor» o «Flores pa’ mamá». Los domingos, como es costumbre entre los tejedores quichés de Chuimekena’, Francisco salía a jugar fútbol con sus amigos en el campo de Xepatán.

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Lorenzo Vásquez, el exsoldado que baleó el Ejército

De adolescente, Lorenzo formaba parte de un grupo musical con un vecino de la aldea Vásquez. Interpretaba la concertina con un compañero que luego se fue para Estados Unidos. En esta fotografía, con aproximadamente quince años, Lorenzo posa a la derecha con un sombrero alto y su concertina, en medio de milpa recién cosechada. Lorenzo Vásquez Barreno nació en 1971. Durante su vida fue agricultor, tejedor, soldado, picador de piedra. También participó en la organización comunal de 48 Cantones, específicamente en el Comité de Agua del paraje Chirijuyub’.

Estuvo casado con una joven de la aldea Vásquez. Se habían conocido cuando ella llegaba a dejar el almuerzo. De este primer matrimonio tuvieron una hija y un hijo. Años después, su esposa falleció. Lorenzo y el hermano de la muchacha solían ser soldados del Ejército de Guatemala. Tiempo después, intentó dos veces llegar a Houston, Texas. Su hija trae a la memoria algunas historias que le compartió su papá sobre el viaje al norte: «Vendió su terreno que le dio mi abuelita. Caminaba en el agua [del río fronterizo], dice. Sólo así. A veces nos da risa también cuando nos cuenta: ‘hay tortuga en el agua, me fui en la lancha. Y me agarraron, me vine para acá’». La policía fronteriza lo interceptó en el intento.

Lorenzo trabajó como ayudante de las camionetas Salquil, cubriendo la ruta entre Mazatenango y Panajachel. Una vez, sorprendió a su familia al invitarlos a Panajachel. Su hija mayor recuerda:

«Estábamos nosotros aquí cuando nos llamó: ‘una tarde paso por ustedes en la carretera a las nueve de la mañana’. ¡Y nos fuimos con él!»

Con estos trabajos, Lorenzo pagaba los gastos de alimentación, educación, electricidad en una familia compuesta por los hijos de una relación previa y la actual. Lorenzo se había casado nuevamente. En el 2015, cuando los conocí, su hija cursaba el primero básico y su otro hijo, de 10 años, cuarto grado de primaria. La colegiatura de la hija ascendía a Q40, más los gastos en computación. Mensualmente pagaba de Q45 a Q55 de electricidad.

Durante la manifestación del 4 de octubre de 2012, Lorenzo logró sobrevivir los disparos que recibió del Ejército. Fue herido de bala en el brazo derecho e izquierdo, como también en la pierna. Maura, su esposa, tiene en la mente los recuerdos de su esposo al ser baleado:

«‘No tengo ánimo, no tengo nada. El soldado fue quien quitó mis pies y mis manos. Yo lo vi’, dice mi esposo. ‘Yo lo vi cuando viene el bala’, hace así con brazos y entró en mi mano’, dice. Él no siente, pues, cuando entró el otro [balazo] en su pierna. No siente».

Su esposa tiene presentes sus lamentos al salir del hospital: «Dice mi esposo: ‘lástima el gobierno lo mandó el soldado para matar las personas’». Una de las perforaciones reventó una vena en su brazo derecho, complicando la circulación durante los siguientes tres años. Contrario a Rafael, Jesús, Arturo, Eusebio, Santos y Francisco, quienes murieron el mismo día de la manifestación, Lorenzo sobrevivió tres años más. Inicialmente estuvo  inmovilizado en una silla de ruedas y luego padeció constantes dolores y sangramientos que le impidieron trabajar durante el resto de su vida. Desde marzo de 2015, sus dolores se complicaron con  síntomas de lo que  parecía  una creciente depresión. Durante los últimos años, Lorenzo asistía a la iglesia evangélica Vida Nueva para entonar himnos. Murió el 7 de septiembre del año 2015.

Recapitulación: el monumento destruido en Chuipatán

Meses después de la masacre en Chuipatán, o Alaska, los 48 Cantones construyeron un monumento a un costado del kilómetro 169 de la carretera Interamericana. Por varios años asistí a la conmemoración y observé cómo se había convertido en un espacio para congregar a las viudas, los huérfanos y las autoridades comunales. Varios aj q’ijab encendían el fuego en ceremonias mayas, las viudas tomaban el micrófono y jóvenes realizaban representaciones de teatro sobre lo acontecido el 4 de octubre de 2012. El monumento, con los nombres de algunos de quienes murieron, fue destruido por desconocidos en el año 2020. Un amigo detuvo su carro y me envió una fotografía de un resto de la piedra verde con letras doradas. Era imposible leer los nombres.

Me pregunto si, de aquí a unos años, pervivirá en la memoria de las comunidades quichés quién era Rafael Batz o Arturo Sapón. ¿Será similar a las historias que escuché de los vecinos de Nimasac o Vásquez quienes, durante la guerra, vieron cómo llegaban desconocidos a tirar cuerpos desnudos alrededor de Chuipatán? Por ahora el monumento está destruido. Por otro lado, la magnitud de la violencia contra los pueblos indígenas en este país ha creado la idea de que basta con hacer listados de muertos y muertas y dejarlos inscritos en un lugar que, muchas veces, poco representa para quienes caminan  por allí,  todos los días. Sin embargo, cada nombre esconde una riqueza de vivencias, de relaciones, de emociones asociadas a una vida con significado comunal en la historia de un pueblo.

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La memoria se constituye en vida social recuperada cuando encontramos que su vida cotidiana es tan similar a la nuestra. ¿Acaso, después de una semana de trabajo, no buscamos a nuestros amigos para un partido de fútbol? ¿No son los diseños de los cortes de Francisco o de Eusebio Puac similares a los que llevan las mujeres en otros pueblos mayas de Guatemala? La gran fuerza de transformación en este territorio es tan íntima  y tan evidente a la vez: la democracia asamblearia de las comunidades indígenas de Guatemala es muestra de ello. Rafael era escolar; Jesús Baltazar, fontanero; Eusebio y Arturo colaboraban en sus iglesias; Santos era un joven constructor; Jesús Francisco tramitó nuevas oportunidades para Chipuac; Lorenzo formó  parte del Comité de Agua de Chirijuyub’.

Recuperar las memorias de quienes murieron en la Cumbre de Chuipatán es, pues, una manera de reescribir la historia, unir los pedazos rotos del monumento, congregar el fuego y la palabra, algo así como lo hicieron hace quinientos años los antepasados de Chuimekena’ en los bosques que rodean el cerro K’uxlikel.

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