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La maternidad sobre la cual preferimos callar
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Opinión

La maternidad sobre la cual preferimos callar

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Aprovechando el aluvión mediático y comercial que generó ayer la efeméride y considerando que las madres nos ponemos de moda una vez al año, propongo que hablemos de maternidad.

Transcurridos la algarabía, las compras en centros comerciales atiborrados y los almuerzos compartidos en algún restaurante que se decoró para tal efecto, me pregunto cómo habrán celebrado su día las 41 niñas que el año pasado fueron madres a los diez años. Y las 92 que tenían 11 años al momento del parto, ¿qué celebración habrán recibido? Según los registros del Observatorio de Salud Reproductiva (OSAR) también fueron madres 229 niñas de 12 años, 915 de 13 y 3 461 de 14.

¿Habrán ido a celebrar el evento con su familia? ¿Les habrán dicho «feliz día»? Incluso, quizá usted sea una de las personas que les dijo «feliz Día de la Madre» sin reparar en que hay experiencias maternas que no pueden celebrarse. Las estadísticas nacionales evidencian que la mayor cantidad de casos de embarazos en niñas y adolescentes se produce en quienes tienen escaso o nulo acceso a educación y en los estratos económicos más bajos (Encuesta Nacional de Salud Materno-Infantil —Ensmi— 2008-2009 y 2014-2015). Entonces, ellas seguramente no fueron a celebrar al centro comercial porque no contaban con los recursos para hacerlo.

Pero, hayan ido o no, ellas son parte de las 5 000 niñas y adolescentes que fueron violadas y resultaron embarazadas luego de un hecho violento. De acuerdo con el marco legal vigente en el país, cada embarazo en niñas menores de 14 años se considera fruto de una violación, lo cual nos lleva directamente a los agresores, que en la mayor parte de los casos siguen impunes y muchas veces compartiendo el mismo techo con las niñas y adolescentes madres.

Además, en 2016 hubo 9 220 adolescentes que tuvieron que reemplazar su fiesta de 15 años por el biberón y los pañales. Y otras 75 000 adolescentes de entre 16 y 19 años fueron madres. Sobre ellas y su maternidad también hemos preferido callar y hacer como que no vemos. Muchas de sus historias incluyen violencia sexual, un profundo desconocimiento de sus derechos, carencia de información sobre sus cuerpos, así como sobre sexualidad y anticonceptivos, y el ejercicio temprano de las relaciones sexuales. Solo para hacernos una idea, según datos de la Ensmi 2008-2009, entre las mujeres jóvenes de 15 a 24 años de edad, al menos una de cada diez dijo desconocer la respuesta y tres de cada diez consideraron que no era posible quedar embarazada en la primera relación sexual.

Respecto al uso de anticonceptivos, aun teniendo información sobre los distintos métodos, el acceso no resulta fácil. Generalmente no reciben información de los centros de salud o de los hospitales donde pueden solicitarlos. Y en caso de que acudan, difícilmente los solicitan por temor a que tome estado público que están sosteniendo relaciones sexuales. Otra de las limitantes en el acceso está vinculada a su disponibilidad de recursos económicos para hacerlo. Cuando dependen económicamente de los padres o de sus parejas, justificar ese gasto se convierte en un problema. Y no olvidemos la influencia de los discursos religiosos que prohíben el uso de estos métodos.

Un embarazo en edades tempranas implica, en primer lugar, asumir la violencia que precede, entender que quien dice amarlas en realidad las estuvo violentando. Luego, asumir una serie de cambios profundos y, en la mayoría de los casos, abandonar el proyecto de vida (si es que lo había). Se compromete el futuro inmediato y a largo plazo en la medida en que se interrumpe su educación o al menos se retarda. Y, para colmo, la mayoría debe enfrentar, sin redes de apoyo, sin políticas públicas que las amparen, la crianza de un hijo o una hija.

Por todo lo anterior es necesario hablar de esas maternidades que no queremos ver y asumir responsabilidades concretas al respecto. Al Estado le tocará invertir en las niñas, asumir con seriedad la creación de políticas públicas coherentes, con enfoque preventivo y con programas articulados entre los actores pertinentes, y cambiar los marcos legales para protegerlas de una maternidad forzada.

Pero a nosotros, a quienes no desarrollamos ningún cargo público, ¿qué responsabilidades nos toca asumir? ¿O seguiremos poniendo el dedo acusador sobre las niñas y las adolescentes sin hacer nada para cambiar esta situación? ¿Será que no podemos hacer algo para que las niñas y las adolescentes puedan recuperar sus proyectos de vida y sus sueños?

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