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La guerra en los libros

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La guerra en los libros

Tiempo aproximado de lectura: 14 mins
Créditos: 
/ Infografía: Dénnys Mejía
Historia completa Temas clave

Las armas y el escenario han cambiado. No son los fusiles, sino las letras; no es la montaña, sino las estanterías de las librerías. Excombatientes, tanto de la guerrilla como del Ejército, periodistas y académicos hablan del conflicto. En este campo de batalla, la exposición de argumentos no mata. Plaza Pública recopiló los títulos que se han escrito sobre la guerra en Guatemala, encontramos 200. Algunos escritos por exguerrilleros, otros por militares y otros, la mayoría, abordados desde el punto de vista académico.

¿Quiénes nos cuentan la historia?

Plaza Pública elaboró una lista con los libros que se han escrito sobre la guerra. Encontramos 200 títulos, sin embargo, no se trata de una lista definitiva, si usted conoce alguno que no esté incluido agradeceremos la referencia. El análisis de estos textos nos llevan a varias conclusiones: esta historia la cuentan, en su mayoría, hombres, solo un 15% de los títulos fueron escritos por mujeres. Más de la mitad, un 58% fueron escritos por académicos, un 13% por militares y un 11% por exguerrilleros, los demás fueron títulos literarios o periodísticos. La mayoría se enfoca en hablar de las negociaciones de paz y la posguerra, medio centenar habla sobre los años ochenta, los más duros del conflicto y solo 24 estudian los inicios de la guerra. 

En la siguiente aplicación encontrará la lista completa, puede filtrarla por nombre de autor, título o por visión, en esta última categoría encontrará los libros que han escrito militares, revolucionarios o académicos. En esta primera entrega le ofrecemos además, un anális de los textos que hablan sobre los inicios del conflicto y los años 80. En la próxima, hablaremos de las negociaciones de paz y la posguerra.

 

El cese al fuego y la firma de los Acuerdos de Paz entre el gobierno y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) en 1996, sirvieron de impulso para incrementar la producción literaria sobre la guerra interna en el país.

Al inicio, fue un despertar tímido. Jesús Chico, director de la librería Artemis Edinter, reconoce que el despegue de las publicaciones ocurrió tres o cuatro años después de la firma de los Acuerdos de Paz. “En ese momento empieza la confianza de los escritores, bien por un lado y entrecomillas guerrilleros o los del otro bando militares”, recuerda.

En esos albores, tres editoriales recibieron los manuscritos de cuatro excombatientes de la guerrilla. La Editorial Piedra Santa publicó a Marco Antonio Flores en 1996 con su libro Los muchachos de antes, y en 1997 La guerrilla fue mi camino, de Julio César Macías (alias César Montes).

La editorial Óscar De León Palacios imprimió en 1998 Los años de la resistencia de Miguel Ángel Sandoval, y en ese mismo año Artemis Edinter lanzó Mujeres en la alborada de Yolanda Colom. Eran todos estos, documentos testimoniales, una especie de confesión redentora en la que los autores exponían sus vivencias y cuáles habían sido sus motivaciones para integrarse al movimiento revolucionario y, en varios casos, alzar las armas.

Antes de la paz, varios protagonistas de la historia estaban exiliados y publicaban con editoriales extranjeras. Marco Antonio Flores lanzó Los compañeros en 1976 con el sello editorial de Joaquín Mortíz de México, y Mario Payeras presentó Los días de la Selva, un relato crítico del movimiento guerrillero con Talasa Ediciones, que tenía sede en Madrid, España. El primero exponía el alzamiento armado de 1960, y el segundo hacía un repaso por la década de los 70 especialmente. Los dos habían salido del país para resguardar sus vidas.

Los otros protagonistas de la izquierda revolucionaria, que habían decidido quedarse, no se atrevían a publicar. El solo hecho de exponer sus puntos de vista, los colocaba en la mirilla del régimen de turno. Por ejemplo, Santiago López Aguilar, un profesor de la Universidad de San Carlos (Usac) que apoyó la organización sindical, escribía textos académicos de derecho. Sin embargo, en su último libro, titulado Las clases sociales en Guatemala, exponía la problemática de la tierra en el país y las desigualdades económicas de sus pobladores.

“De conformidad con el censo agropecuario de 1979, en Guatemala existían 13,635 latifundios, equivalentes al 2.23 % del total de fincas censadas las que ocupaban 3.933,533 manzanas, es decir el 65 % del total de la tierra cultivable de Guatemala”, se lee en uno de los párrafos.

El libro se publicó postmortem, en 1984. A López Aguilar lo secuestraron y torturaron. Su cuerpo, encontrado en la Plaza Berlín, zona 13 capitalina, tenía golpes y el cuello estaba atado con alambre espigado.

De los libros que se publicaron durante el conflicto armado, el que más revuelo causó fue Me llamo Rigoberta Menchú, y así me nació la conciencia. Escrito por la venezolana Elizabeth Burgos, a partir de la historia narrada por Menchú. La editorial cubana Casa de las Américas lo imprimió en 1983. El texto fue un éxito controvertido, porque contribuyó para que el mundo conociera un testimonio de los abusos del poder estatal en contra de población civil indígena. A través del libro, Menchú se posicionó a nivel mundial, y fue determinante para que la nominaran al Nobel de la Paz, el cual obtuvo en 1992. Siete años después de obtener el premio, el sociólogo estadounidense David Stoll generó otra controversia al publicar el libro Rigoberta Menchú y la historia de todos los pobres guatemaltecos, que desmentía varios episodios de violencia hacia su familia que ella había narrado.

Elizabeth Burgos le dijo al periódico El País de España, que después de la publicación del libro se dio cuenta de la “estrategia de la guerrilla” que la hizo partícipe de una empresa de mistificación con Menchú como ícono de los abusos a los pueblos indígenas de Guatemala. Sin embargo, ni Stoll ni Burgos negaron que los hechos que la premio Nobel narró fuera verídicos, solo que no le sucedieron a ella.

En el mismo año en que salió el libro de Stoll, tres años después de la firma de la Paz en Guatemala, la producción literaria se incrementó, especialmente de autores extranjeros. En 1999 la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) reprodujo el trabajo de la antropóloga Jennifer Schirmer, Las intimidades del Proyecto Político de los Militares en Guatemala. Ella logró lo que otros estudiosos nacionales no podían hacer: entrevistar a los altos dirigentes de las fuerzas armadas guatemaltecas.

Antes de ella, Ricardo Falla, antropólogo y sacerdote jesuita, que había convivido con las poblaciones en Quiché, ya se había atrevido a imprimir sus estudios. En su caso, la puerta se abrió en la Editorial de la Universidad de San Carlos de Guatemala, en donde ha difundido muchos de  sus textos.

A partir de 2000 el número de libros sobre la guerra se incrementa, las editoriales atienden a las dos partes del conflicto para difundir sus historias y se presenta cada vez más el análisis social hecho por guatemaltecos.

El bastión militar, que apenas había tenido unas intervenciones, tuvo más presencia a partir de 2010. El fallecido Héctor Alejandro Gramajo, general y exministro de la Defensa del presidente Vinicio Cerezo, fue el primer militar que publicó un libro, bajo el título De la guerra…a la guerra, con la editorial Fondo de Cultura Editorial en 1995.

Aunque las impresiones de los libros eran —y siguen siendo— minúsculas, con menos de mil ejemplares por edición, este despliegue de nuevos escritores ha sido una señal de que “todo lo que tiene que ver con el conflicto armado suscita interés”, como remarca Philippe Hunzinker, director de la librería Sophos. De hecho, el postconflicto y la Revolución de 1944, son los asuntos de los que más se escribe en Guatemala, señala. Aunque estos temas solo tienen cabida en un público contenido por adultos jóvenes y mayores.

Los libreros y los escritores coinciden en algo: a los adolescentes no les interesa lo que pasó en la guerra. Lo dicen los libreros, pero también lo reconocen los escritores. Carlos Sabino, argentino, sociólogo, director de la maestría y doctorado en Historia de la Universidad Francisco Marroquín, quien publicó los libros Guatemala la historia silenciada y La historia que vivimos, asegura que “la gente está harta de la guerra. A los menores de 30 años les importa poco la historia y por eso los libros no venden”.

Un catálogo de lecturas

La lista que Plaza Pública elaboró abarca desde 1970 hasta la actualidad. El archivo se creó con información proporcionada por las editoriales, las librerías, la Gremial de Editores, con referencias bibliográficas que aparecieron en textos consultados, así como sugerencias recibidas por los entrevistados.

Esta lista se presenta con una clasificación sencilla: nombre del libro, el nombre del autor, su nacionalidad, el postulado o la versión que relata, así como el dato de la editorial y la fecha en que se publicó.

Los títulos identificados reflejan que lo que vivió el país no se puede encontrar en un solo texto, y que más bien hay varios recursos para contrastar las diferentes posturas. En el listado hay varios libros que han logrado reimprimirse en dos y hasta cinco ocasiones. Aparecen ensayos, pero principalmente testimonios y estudios antropológicos y sociológicos. Algunos testimonios se mezclan con la ficción.

Rodrigo Fernández Ordoñez, profesor de Historia de Guatemala en el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco Marroquín, considera que en este listado hay un vacío porque no se abordan las raíces del conflicto. “La mayoría se conforma con la explicación más común de la nostalgia por Jacobo Árbenz y la década revolucionaria. Creo que este análisis es muy estrecho. La situación económica imperante en Guatemala de principios de los 60, el fracaso del modelo de sustitución de importaciones, el abandono del indígena y el campesino, una industrialización incipiente y el radicalizado escenario internacional de la Guerra Fría, son elementos que no siempre se toman en cuenta de forma integral y por lo tanto la mayoría ofrece una base de análisis insuficiente”.

Por otro lado, reconoce que la historia de Guatemala atrae a académicos de todo el mundo que se interesan por una época de mucha violencia, “que los fascina y repele a la vez, como le sucede a los guatemaltecos que hayan realizado investigaciones históricas en el país”.

Del listado de libros que se presenta, es posible identificar la guerra interna en cuatro capítulos: los inicios, en 1960; el terror de los 80, las negociaciones de paz y la postguerra. 

  1. El inicio

El Movimiento Revolucionario 13 de noviembre, que surgió en esa fecha de 1960, cuando un grupo de oficiales del Ejército se alzó en contra del régimen de Miguel Ydígoras Fuentes, marca el inicio de la lucha armada. Aunque este evento resulta frustrado, porque los rebeldes son obligados a entregarse, queda vivo el sentimiento de oposición hacia el gobierno de turno. De aquellos años surgieron relatos testimoniales convertidos en libros, como el de Carlos Paz Tejada, escrito por Rodolfo Figueroa Ibarra, sobre uno de los líderes de ese movimiento. O el de Marco Antonio Flores, en Los compañeros, y el Sobrevivir, de Aura Marina Arriola. Dos personajes que, desde el espacio intelectual, fueron parte de un movimiento revolucionario que también se frustró.

De hecho, a Marco Antonio Flores se le consideró traidor por denunciar en su libro los favoritismos, incoherencias y las rupturas de ese naciente movimiento revolucionario. Arriola, por ejemplo, también señala que en el exilio en el que vivió quedó abandonada, sin ayuda económica y que cuando obtenía algún empleo, estaba obligada a rendir cuentas a la dirigencia del salario que ganaba.

De esa misma década resaltan los testimonios de Miguel Ángel Sandoval, uno de los fundadores del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), quien relata en Los años de resistencia la historia de los comandos guerrilleros urbanos en ciudad de Guatemala en los 60.

En La Habana era una fiesta, Sandoval cuenta el periodo en el que Cuba era el punto de reunión para los “jóvenes revolucionarios” que en esa década planteaban cambios sociales en sus países. “Este libro es el que más quiero, porque forma parte de un periodo en el cual me encontraba en La Habana (1967 a 1970) con un grupo de colegas, con la idea de regresar juntos al país. Es un relato “ficcionado” sobre una época crucial para el continente latinoamericano, que se conoce muy poco en la actualidad (se refiere a la cúspide de la revolución cubana, que atraía a muchos seguidores a ese territorio)”, recuerda Sandoval. El libro ha tenido dos impresiones, una a cargo de Serviprensa y otra de Editorial Cultura, la editorial estatal.

De ese mismo periodo surge la historia que narra Yolanda Colom en Mujeres en la alborada. Un testimonio de sus vivencias en las montañas de 1973 a 1978.

“Lo que expongo en el libro responde a mi experiencia laboral y militante. Lo que presencié, lo que viví, lo que reflexioné y lo que aprendí en el seno de una colectividad guerrillera dominante masculina y de comunidades rurales paupérrimas que solo conocen del Estado y los sectores poderosos opresión, explotación y represión”, señala la autora. Este mismo discurso es parte de una ponencia que preparó en 1993 y que repite cada vez que presenta su libro. Porque, aunque han pasado 40 años desde que lo vivió, 26 años desde que lo escribió, y dos décadas desde que lo publicó por primera vez, el libro todavía se reimprime. Se han hecho dos reimpresiones en Guatemala, una en Puerto Rico, otra en inglés y una más en francés. En mayo de 2018, Colom pasó cinco semanas en gira por España, donde una editorial independiente lo publicó.

“No soy escritora, no lo hice por vocación literaria, sino como militante”, explica la autora. “Era una necesidad contar lo que había vivido”. En el libro incluye el episodio en el que decide convertirse en madre, lo que la lleva a experimentar lo mismo que las demás mujeres del movimiento revolucionario cuando tenían a sus hijos y debían abandonarlos para volver a la clandestinidad de la montaña.

El texto fue editado por su compañero sentimental, Mario Payeras. Al principio, él criticaba su trabajo, y le remarcaba “vos no sos escritora”. Pero ella se aferró a la idea de contar su historia, elaboró varios manuscritos a mano, algunos los tiró a la basura cuando eran severamente criticados por Payeras, hasta que “aprendió” cómo debía narrarlo. Colom cuenta que se sorprendió cuando le ofrecieron publicar su obra. Es la única que ha escrito y no pretende hacer más.

A la muerte de Payeras, en 1995, Colom se dedicó a publicar los libros que él escribió mientras vivían en la clandestinidad en México. “Yo viví la pobreza”, asegura, y todavía ahora se sustenta con lo mínimo, sin electrodomésticos, sin acceso a medios de comunicación, para mantener, en lo posible, la rutina que tuvo durante su militancia (que terminó en 1992 con el grupo Octubre Revolucionario, disidente del EGP).  

2. El terror de los 80

De los años más cruentos de la guerra queda la inevitable referencia a los 80. El final del gobierno de Romeo Lucas García, en donde ocurrieron masacres terribles en comunidades indígenas, así como la política contrainsurgente que comandó de 1982 a 1983, Efraín Ríos Montt.

De los muchos libros que se han escrito sobre esa década, destaca el relato de testimonios de víctimas que elaboró Victoria Sanford, antropóloga de la Universidad de Standford. Ella visitó Guatemala en los 90, pero su primer acercamiento con el país ocurrió en 1985, cuando apoyó la fundación de un proyecto para refugiados centroamericanos en Estados Unidos. Sanford asegura que en esa época casi ningún guatemalteco recibía asilo, y de entrada eso la intrigaba. “Un día tuvimos tres personas q´anjobales que no hablaban español. Tuve que encontrar un antropólogo que hablaba su idioma para comunicarnos con ellos, y esa fue la chispa para escribir de Guatemala”.

Sanford dice que la historia de Guatemala estaba “doblemente escondida”, porque durante el gobierno de Lucas la ayuda armamentista de Estados Unidos estaba vetada, al menos en teoría, porque el armamento pasaba de Estados Unidos hacia Guatemala a través de Israel, Taiwán y Sudáfrica. Por esa razón no se discutía públicamente lo que ocurría en Guatemala. Sanford acordó visitar a los familiares de sus nuevos amigos guatemaltecos, y fue así como se encontró con una realidad oculta.

Se integró al equipo de antropólogos y forenses que iniciaron con las exhumaciones de víctimas de la violencia del Ejército, y de ahí han nacido varios de sus libros: Violencia y Genocidio en Guatemala, publicado en 2003 por F&G Editores; Guatemala: del genocidio al feminicidio, por la misma editorial en 2008 y, entre otros, La masacre de Panzós, ocurrida en este municipio de Alta Verapaz en 1978.

De aquellos años en los que recorrió las montañas y habló con las víctimas, hay un recuerdo que la estremece. “Cuando iba subiendo para llegar a las fosas, me decía no vomitas no desmayas (sic), porque tenía miedo que sería como le pasa a los estudiantes de medicina cuando van a la morgue. Porque yo nunca había hecho este trabajo. Era antropóloga cultural, que llegó a hacer un trabajo forense. Pensaban que como yo venía de Standford sabía cómo hacer el trabajo, pero yo aprendí en el campo. Sé los nombres de los huesos en español pero no en inglés”.

Además de trabajar en las fosas, apoyó en la recopilación de testimonios que luego fueron entregados a la Comisión de la Verdad. Sanford asegura que tiene 500 testimonios grabados en casetes y su nuevo proyecto es digitalizarlos, para que esas voces no queden en el olvido.

“Me siento honrada de haber podido acompañar a gente que solo vi una vez, pero que compartían conmigo los momentos más duros en su vida, cosas que no habían hablado antes, eso es algo que conmueve”. Cuenta que la recopilación de esos testimonios era agobiante. Las personas querían contar lo que habían vivido, y la buscaban incluso en el hotel mientras ella trataba de descansar. Las filas de personas eran interminables, recuerda.

Al igual que Sanford, hubo otros académicos y periodistas que visitaron el país para conocer lo que aquí ocurría. Jean Marie Simons es una de ellas. Sus fotos resultaron en un compendio que retrata los 80 de Ríos Montt en el libro Guatemala: eterna primavera, eterna tiranía.

Lo publicó inicialmente en inglés, con fotos suyas y textos descriptivos de los acontecimientos que observó. Sus fotos le han dado la vuelta al mundo e incluso fueron utilizadas en el último juicio por genocidio que se realizó en Guatemala, en el que se juzgaba al exjefe de inteligencia militar José Mauricio Rodríguez Sánchez.

Simons fue una mesera con inquietudes por la fotografía. Mientras aprendía las técnicas, se ofreció como voluntaria para Amnistía Internacional. A partir de esa colaboración viajó a El Salvador, y luego a Guatemala en diciembre de 1980. Su primera estadía fue de tres meses.

Consiguió trabajo con Human Rigth Watch, para quienes escribió los informes de país de 1982 a 1989. Simons estuvo con el expresidente Otto Pérez Molina, mientras comandaba una zona en Nebaj, Quiché. Aunque lograba acceso a los campamentos militares, la veían con desconfianza, lo mismo que la guerrilla, que la consideraba agente de la Central de Inteligencia (CIA).

Pero hay algo que Simons tiene claro: “si hubiera sido guatemalteca, no hubiera podido hacer lo que hice. Porque el Ejército, al ser asesino, entendía el precio que pagarían con matar a un periodista extranjero. Y eso ya lo habían experimentado con los asesinatos de un camarógrafo en Nicaragua y con el asesinato de las cuatro monjas en El Salvador”.

Así que “para quitar un poco el romanticismo, no era como en El Salvador que tenía guerra civil. En Guatemala era una cosa más sutil y eso facilitó un poco mi trabajo, porque no tenía que arriesgarme en ciertas cosas. Como todo en Guatemala era más escondido, solapado, tenías que trabajar muy duro para sacar una foto”, asegura. En 2008 se dio cuenta que sus fotos tenían más valor que en los 80, porque eran imágenes que sorprendían porque eran situaciones que los espectadores no habían vivido. Con apoyo de la Fundación Soros sacó su primera publicación en 2010 a un precio de 50 dólares, “un precio poco accesible”, pero que le permitió financiar una edición más económica y portátil.

En 2012 se publicó en español otra versión del libro, con más fotografías. Por ahora, Simons prepara una edición en PDF que se venderá en Amazon. Además da los toques finales a un libro sobre la historia de la desaparición de Lucrecia Orellana Stormont, de quien fue amiga.

La joven pertenecía a la clase media alta y se incorporó a las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR). Fue desaparecida y asesinada. El libro tendrá como subtítulo Asesinatos políticos y búsqueda de la verdad. Simons considera este documento, que tendrá 500 páginas, el epílogo de la década de los 80. “Es un cuento personal, pero es no ficción, hay 250 entrevistas con nombres y fechas, personas militantes de las FAR y la Organización del Pueblo en Armas, campesinos, G2 (oficiales de inteligencia) hasta judiciales que torturaban a la gente y me hablaban y me dejaban entrevistarlos”. Un trabajo que busca revelar la verdad y no solo la memoria histórica. Y, en esa verdad, agrega Simons, se debe tomar en cuenta que la guerrilla también cometió masacres.

“Es cierto que hay un desequilibrio en el número de muertes producidas por el Ejército, los judiciales y los Patrulleros, comparadas con la violencia de la izquierda, pero eso no quiere decir que hay que borrarlos del mapa”, concluye.

En la próxima entrega se aborda la posguerra y cómo es que esa época avivó el interés de los militares por escribir su versión de los hechos.

 

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