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La fiesta de los balseros
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La fiesta de los balseros

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Historia completa Temas clave

Cientos de migrantes esquivan en balsas la barrera policial del puente hacia Ciudad Hidalgo. La plaza del municipio mexicano es una fiesta en la que se preparan para el próximo destino: Tapachula. En el puente, donde todavía permanecen decenas de personas, hay incertidumbre. La caravana se divide en dos estrategias: aceptar la vía propuesta por el Gobierno o desobedecer y ver hasta dónde se puede llegar.

“Se suponía que nos iban a dar el paso. Pero ahora resulta que están diciendo que tenemos que montarnos en un bus en el que nos van a dar un pase para solicitar un permiso. Los requisitos son llevar cédula y pasaporte. A mí me asaltaron dos semanas antes de venirme. No ando más que una partida de nacimiento, ni cédula ni pasaporte”. Josef Martínez tiene 23 años. Procede de la colonia La Primavera, de San Pedro Sula, esa ciudad hondureña que durante años tuvo el triste récord de ser la que concentraba el mayor número de asesinatos del mundo. Está aquí harto de que su trabajo como mecánico automotriz no le alcance, viene solo, en casa de su madre quedaron su esposa y su hijo, de tres años. A ella le dijo que salía a Tegucigalpa mientras que estaba enfilando el camino hacia Estados Unidos. Dice que, si llega a confesar, hoy no estaría aquí.

¿Cuántas de estas personas se han puesto en marcha sin decir de verdad a sus seres queridos hacia dónde se dirigen exactamente?

Son las 12 del mediodía y el joven camina entre los matorrales que conducen a la orilla del río Suchiate. No es el único. Una pequeña riada intermitente llega desde el casco urbano de Tecún Umán. Pequeños grupos con la mochila al hombro caminan como dejándose llevar, desgastados, sin el entusiasmo de jornadas previas. Frente a ellos, México sin policía, que es mucho más de lo que ofrece el puente. A su izquierda, a lo lejos, esa infraestructura de menos de un kilómetro convertida en campo de refugiados. Desde aquí todavía se distingue ese microcosmos de chumpas, gente deambulando y ropa colgada en las verjas.

Simone Dalmasso

Los migrantes llegan al río porque es la única alternativa y las incertidumbres de este viaje suelen disiparse con una reflexión y una pregunta: “ya que he llegado hasta aquí, ¿qué puedo hacer para avanzar?”

La frontera está cerrada. La pequeña puerta lateral solo se abre a cuentagotas. En un día, 300 personas, que cumplen con los requisitos planteados por el Instituto Nacional de Migración (INAM) mexicano. Registrarse y subir a un autobús de destino incierto. El mismo autobús que Martínez quiere evitar, consciente de que no reúne las condiciones para que le permitan, siquiera, permanecer los 45 días mínimos que la ley prevé para los solicitantes de asilo o visa humanitaria.

¿Cuántas personas viajan indocumentadas?

Entre los pobres más pobres hasta condiciones que podrían parecer básicas se convierten en muros infranqueables.

“Están diciendo que las personas que no cuenten con eso (pasaporte o cédula) van de regreso. Me sacrifiqué desde allá hasta aquí y no me quiero montar en un autobús que me lleve a Honduras”, dice, mientras avanza hacia las balsas. La orilla es una extensión del campo de refugiados. Varias mujeres se bañan mientras algunas familias esperan a estas barquitas precarias, construidas con neumáticos y madera, que pasan de una vereda a otra de forma incansable. Son Q10 o 25 pesos. Precio exiguo por mantener la esperanza. El martes, parece que haya pasado un siglo, cientos de personas colapsaban la orilla. En realidad, este es un trayecto que decenas de miles de migrantes ya realizaron antes que la caravana. El primer día en Tecún Umán, la mayoría aguardó la llegada del resto, convencidos de que el grupo les amparaba, de que no había barrera que no pudiese sortearse, que caminar en bloque marcaba la diferencia. Tardaron 24 horas en desengañarse. Así que el río volvió a convertirse en la opción principal de un buen número de caminantes.

Simone Dalmasso

“Tengo dos días de estar aquí por pura mentira. Siempre dicen que van a abrir y luego no ocurre”, dice Byron Antonio Bueso, de 19 años, originario de Santa Bárbara. Él también espera la balsa. Junto a Martínez y otros tipos a los que no conoce de nada, sube a la embarcación. Un minuto antes no las tenía todas consigo. El éxodo es lugar para la rumorología y, antes de lanzarse al agua, un hombre entrado en años aseguraba que la policía migratoria se encontraba en la otra orilla, dispuesta a arrestar a quien pusiese un pie en México. “Mirá, ahí se les ve”, señala. Todos asienten, convencidos. Las balsas van y vienen. Y no se ve gente corriendo. Pero el hombre señala temeroso y seguro de lo que dice, así que todos afirman creerle mientras buscan con la mirada quién será su patrón para este trayecto de tres minutos.

El desembarco de los pobres

Desde México, la llegada de los balseros parece el desembarco de la Normandía de los pobres. Llegan familias enteras, bolsas de plástico cubriendo sus pertenencias. Llegan grupos de jóvenes en barcas (mucho decir para este particular medio de transporte) hacinadas. Parece que en cualquier momento alguien dará un mal paso y enfrentaremos un naufragio. Terrible perspectiva, porque muchos no saben nadar. Entre los que sí, algunos deciden ahorrarse el trayecto y se lanzan al Suchiate a pulmón, enfrentándose a brazadas a la corriente. Ahí está Darwin José Juárez Calles, de 19 años, de Santa Bárbara, agricultor que toca tierra junto a otros tres amigos. “No está muy hondo. Está pochito”, dice. La razón de no pagar los Q10 es obvia. “No hay feria, todos andamos sin varas y mejor nos ajusta para comprar comida”, dice.

Las balsas llegan por oleadas.

Desde las seis de la mañana hay desembarco constante.

La otra orilla es el lugar de la catarsis, aunque el trayecto también tiene momentos trágicos.

Simone Dalmasso

Una joven se queda varada en mitad del río. No sabe nadar y ha logrado llegar hasta ahí caminando por el terreno que no cubre, con el agua hasta las axilas. La corriente llega fuerte en este río marrón convertido en frontera. Por eso, desde lo lejos, se ve que suficiente tiene la mujer con mantenerse en pie. No sabe por dónde avanzar y se ha quedado paralizada. Otro hombre llega hasta ella, para ayudarle. En la orilla, a gritos, varias personas le advierten: “¡No te tires derecho que ahí cubre!”. Llegará, sana y salva. El río aprieta, pero, al menos en este caso, no ahoga.

Pasado el mediodía cada vez son más los migrantes que llegan a México utilizando las balsas. Se corrió la voz y, si la víspera eran algunos aventurados, hartos de la estancia en el puente, ahora son decenas, centenares, los que recurren al agua del Suchiate para saltarse las leyes migratorias.

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Aquí se establece una distinción que marcará el futuro de la caravana. Los que optan por la vía legal y quienes fían su suerte a una acción de desobediencia civil.

Los primeros siguen en el puente, cumpliendo la exigencia del Gobierno mexicano. Por delante, saben lo que les toca: autobús, registro oficial, internamiento en la estación migratoria Siglo XXI, en Tapachula, y un proceso de 45 días ampliables a otros 45 a la espera del asilo político, que implica quedarse en México pero desistir de llegar a Estados Unidos, porque seguir hacia el norte les convertiría también en proscritos, ya que las leyes no permiten abandonar el estado en el que has pedido ser refugiado. 

En 2017, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) recibió 14,596 solicitudes de asilo. Solo respondió favorablemente a 1,097, aunque la mitad están todavía por tramitar.

Simone Dalmasso

Los segundos se lanzan al agua, entrando ya en el terreno de la ilegalidad. A partir de ahora son considerados fuera de la ley. El Gobierno de Enrique Peña Nieto ha sido tajante: todo aquel que entre de forma irregular en México será detenido y expulsado.

En los últimos años, México ha deportado a más centroamericanos que Estados Unidos.

Una marcha que recupera el orgullo

Hasta el momento, frente a la verja cerrada y el cartel de “Bienvenidos a México”, se consideraba que quien se lanzaba al agua, de pura desesperación, estaba abandonando los principios de la caravana, que prometía cruzar la frontera caminando, aún sin tener un plan para hacerlo. Olvidábamos que el miércoles, pasadas las 11 de la mañana, antes de que el empuje de 5,000 personas abriese la barrera policial en Tecún Umán, uno de los tipos con megáfono, a quienes se les presupone liderazgo, había advertido frente a los agentes: “O nos permiten pasar o en media hora cruzaremos por el río”.

Aunque con un día de diferencia, están cumpliendo lo que anunciaron que harían.

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Todo cobra más sentido pocos minutos después del mediodía. Estamos en la orilla mexicana. Llegan algunas balsas y, desde Ciudad Hidalgo, aparecen varias personas con petos verdes. Entre ellos se encuentra David López, activista de Pueblos Sin Fronteras y uno de los coordinadores de la marcha. Carga en su mano un megáfono. Reúne a los recién llegados en la primera cuadra asfaltada. Les dice que en el parque hay gente esperándoles y comienza una marcha hacia el primer municipio mexicano que pisan los migrantes. No llegamos a la tierra prometida, pero se ha superado el peor obstáculo encontrado hasta el momento.

“Los migrantes no somos criminales, somos trabajadores internacionales”, gritan.“¿Por qué nos matan, por qué nos asesinan, si somos la esperanza de América Latina?”

Durante algunos minutos desaparece el cansancio y la frustración. Estamos ante una caminata de seres humanos orgullosos, que acaban de superar una nueva dificultad. Toman la calle con paso firme, con gritos de “sí se puede”. Les pusieron una barrera, han logrado sortearla y ahora van a reencontrarse con quienes les antecedieron en el mismo camino.

Simone Dalmasso

La plaza de Ciudad Hidalgo es una fiesta. El suelo está sembrado de colchonetas, mantas y cartones, pero el ambiente es completamente distinto a la incertidumbre del puente. Aquí vuelve a haber esperanza. Se recupera ese espíritu de que, si continúan juntos, todo es posible. Algunos se instalan en los albergues. Otros, preparados para dormir al raso. Suena la música, se reparte comida, un grupo juega al fútbol. Vuelve a escucharse, a pleno pulmón, el himno de Honduras, ese país que expulsa a cientos de sus conciudadanos. Gracias Guatemala. Bienvenidos a México. Regresan las oraciones épicas, la narrativa que dice que esta es una caminata bendecida por Dios y que, como hizo con Moisés en Egipto según la Biblia, abrirá las fronteras a su paso. Tras una jornada funesta, todos necesitaban esta pequeña victoria, aunque ignoren cuáles son sus perspectivas para las próximas 24 horas.

“Nos tiramos al rio porque había mucha gente y no nos dejaban pasar. Donde nosotros vivimos no hay trabajo, hay muchas necesidades, buscamos una vida mejor”, dice Reina Lizet Fuentes Cruz, de 20 años, que viene con sus dos niñas, pequeñísimas. No le cabe la sonrisa en la cara. Se ha instalado en medio de la plaza y tiene a una de sus hijas en brazos. Lo que ayer era un deseo, cruzar a México, ahora es una realidad. Y esa es la única reflexión que fluye en estos momentos en la plaza de Ciudad Hidalgo.

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Último aviso antes de partir hacia Tapachula

En medio de la euforia colectiva también toca reflexionar. De la nada han aparecido decenas de chalecos verdes que se encargan de organizar la logística, acompañar a los migrantes en el desembarco, ayudarles en el acomodo y, en ocasiones, vigilar las buenas costumbres. Como una mujer de mediana edad que se acerca a un grupo de jóvenes advirtiéndoles, con sonrisa pero firmeza, que les apoyarán pero que “no fumen cosas raras”. “¿Ustedes me entienden, verdad ?”

Rodrigo Abeja, otro de los coordinadores de la marcha, con el tobillo herido tras los golpes de la policía, dice que hay un plan. Los migrantes se han organizado, han nombrado a diez responsables (cinco hombres y cinco mujeres) y Tapachula es el próximo destino. Se trata del mismo municipio al que son trasladados aquellos que transigen con las exigencias migratorias. Unos y otros llegarán en condiciones bien diferentes. “Estamos esperando a que se anime a salir la última persona para iniciar a subir hacia Tapachula para ver qué sigue, si nos van a ofrecer una mesa de diálogo con el secretario de Gobernación o Migración”, dice Abeja.

Simone Dalmasso

Minutos después lo encontraremos subido a una especie de escenario, con el indispensable megáfono, en medio de una asamblea. No es tan multitudinaria como la que abrió la marcha hacia la frontera de Tecún Umán, pero todavía es numerosa. Abeja propone dar una última oportunidad a quienes no se han sumado a la marcha desobediente. Si no llegan, ellos continuarán con el camino a las 7 de la mañana. “¡Vámonos, vámonos!”, grita la audiencia, envalentonada.

Esa última llamada se convierte en una marcha hacia el puente, donde cientos de personas, aunque muchísimas menos que las que había 24 horas después, se mantienen esperando a cruzar la frontera. Desde la orilla, solo iluminada por la pantalla de algunos celulares, se gritan invitaciones, se lanzan consignas, se transmite entusiasmo. Esto provoca una pequeña conmoción entre quienes aguardan. Algunos caen en una especie de epifanía y salen corriendo hacia la salida, convencidos de que, hasta el momento, estaban equivocados, y la única opción es sumarse a las barcas. Otros miran escépticos. Se forman debates en corro. En uno, un tipo fuerte, de barba y camiseta roja, alecciona a sus oyentes: “Están locos. No se dan cuenta de que eso es México. Ahí se secuestra. Están los narcos. Lo mejor es que nos quedemos aquí”.  

Personas asustadas que huyen de una violencia brutal en sus países temerosas de cruzar por otro país cuya violencia aún les aterroriza más.

Llegados a este punto, no se puede hablar de una caravana. Al menos, existen dos estrategias, y muchísimo desconocimiento. En medio, mucha gente que no sabe a qué atenerse. Al cansancio acumulado, el hambre y la decepción se le suma ahora la incertidumbre. “¿Estaré haciendo bien?” es la gran interrogante que muchos se formulan. Los periodistas somos blanco perfecto para descargar todas las preguntas que les afligen. “¿Qué nos recomienda?” es un dardo terriblemente recurrente.

La fiesta de los balseros dio un respiro. Las puertas de México estaban cerradas, pero un grupo ha decidido cruzar por la ventana. Nadie podrá acusarles de no haber avisado.

Simone Dalmasso

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