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La era de los ciudadanos desechables
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La era de los ciudadanos desechables

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Tipo de Nota: 
Opinión
26 06 18

Read time: 3 mins

«Hombres y mujeres son sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo: es la cultura del descarte» (papa Francisco, catequesis del 5 de junio de 2013).

El panorama del mundo actual no es para nada halagador: la creciente brecha entre ricos y pobres ha crecido a tal punto que el 1 % de los más ricos del planeta poseen más recursos económicos —y, por lo tanto, mayor capacidad de influencia política sobre las decisiones de los Estados— que el 89 % de la población mundial, según un informe de Oxfam Internacional. Y aunque el informe de la ONG inglesa ha sido criticado por las fuentes y la metodología en las que se basan sus análisis, lo cierto es que ponen sobre el tapete de la discusión la crisis del modelo global de desarrollo vigente.

La esencia de la crisis viene de la mano con la manera como los seres humanos acceden a las oportunidades de empleo y de conseguir una vida digna: mientras una selecta minoría obtiene cuantiosos recursos por su labor cotidiana, hay miles de personas que sobreviven con menos de un dólar al día, condenados irremediablemente a la miseria, a la desolación y a la muerte lenta, condiciones que están en el origen de por qué muchas personas deciden emigrar a otros países en busca del desarrollo que sus propias sociedades les han negado. Lamentablemente, la evidencia es que el fenómeno de la migración forzada, lejos de ser un problema pasajero, es una creciente realidad que está lejos de ser resuelta.

La crisis global de los migrantes en el mundo, brillantemente puesta en evidencia por el documental La marea humana, es un doloroso reconocimiento de que en el mundo millones de personas luchan diariamente por acceder a un mínimo de oportunidades que les garanticen acceso al trabajo, a la vivienda, a la salud y a la satisfacción de todas las demás necesidades humanas básicas, como ocurrió, por ejemplo, con la joven migrante Claudia Gómez, una joven guatemalteca que decidió buscar un futuro mejor en Estados Unidos. Lamentablemente, lejos de encontrar oportunidades, Claudia encontró la muerte en manos de un agente fronterizo del país del norte.

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Mientras en Guatemala la sociedad le sigue dando la espalda a su propia población, en los Estados Unidos, la tierra a la que muchos migrantes guatemaltecos quisieran llegar, endurece su política de inmigración: la política de tolerancia cero de Donald Trump ha llevado a una nueva crisis de niños migrantes, ya que las detenciones en la frontera han separado a miles de niños de sus padres. El futuro para muchas familias guatemaltecas, por lo tanto, no es nada halagador. De hecho, diariamente miles de guatemaltecos son deportados a Guatemala y lo que encuentran aquí es un muro de indiferencia: no existe una política pública que les permita a quienes retornan de manera forzada encontrar el soporte institucional necesario para reintegrarse a la sociedad guatemalteca. Son recibidos como extraños en su propia tierra.

Desechados por su propia sociedad, criminalizados y perseguidos por el país al que aspiran a acceder, los migrantes guatemaltecos enfrentan la vida con prácticamente nulas opciones. Son humanos desechables, parte de la cultura del descarte de la que habla el papa Francisco.

Al final del día, el poema del gran poeta guatemalteco Otto René Castillo retrata la aspiración de muchas familias guatemaltecas: «Aquí solo queremos ser humanos». ¿Sabremos escuchar el clamor de nuestro pueblo?

Desechados por su propia sociedad, criminalizados y perseguidos por el país al que aspiran a acceder, los migrantes guatemaltecos enfrentan la vida con prácticamente nulas opciones.
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