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Una paciente sale de la emergencia acompañada por un familiar, mientras Carlos Velásquez y Delfino Morales, indigentes de 54 y 56 años, conversan, en la noche del 16 de junio. Simone Dalmasso

La emergencia del Hospital General San Juan de Dios: estampas de una normalidad forzosa

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La emergencia del Hospital General San Juan de Dios: estampas de una normalidad forzosa

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A pesar de la excepcionalidad vivida durante los últimos cuatros meses por la pandemia del COVID19, la emergencia en uno de los hospitales más importantes de Centroamérica sigue fiel a su trayectoria histórica. La realidad que se reproduce a diario frente al portón que la custodia, y en el patio de entrada a las salas rojas, capta la emblemática precariedad, trágica y dramática a la vez, que vive la mayoría de la población desde siempre.

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Viernes 26 de junio, media mañana. Dos mujeres llevan horas frente al portón cerrado de la emergencia, miradas firmes, postura cansada. Una se llama Roxana Aguirre, tiene 27 años y vive en la zona 6 de Mixco; la otra es Gilda Huertas, tiene el doble de la edad de Roxana, madre de cuatro hijos, residente en la zona 3 capitalina.

Las dos mujeres no tienen nada en común a parte del hecho de compartir el mismo espacio, cada una con una bolsa negra en la mano. En la de Roxana luce un papel blanco con el nombre de la madre, Gladis Amparo Aguirre. El papel de la bolsa de Gilda, en cambio, es anaranjado y lleva el nombre de Pedro Felipe Solís, el esposo. Los nombres corresponden a pacientes internados en la emergencia de enfermedades respiratorias.

Gladis Aguirre lleva 12 días internada. En un principio, acudió al hospital por una neumonía severa, aunque la primera prueba de COVID19 resultó negativa. Ahora es una paciente más positiva, pero en condiciones graves. Pedro Solís, diabético de 61 años, en cambio, acaba de pasar diez días internado en el área roja. Ambos pacientes se comunicaron con sus familiares para pedir ayuda, en el hospital no estaban recibiendo suficiente comida. «¡¿Cómo pueden reponerse si no comen bien?!» reclama preocupada la esposa de Solís. Gilda Huertas y Roxana Aguirre, esposo y madre en peligro de vida, denunciaron esa mañana que, desde el lunes anterior, dejaron comida a sus familiares pero hasta ese día supieron que no la recibieron. Los dos dramas familiares se consumen casi desapercibidos entre la muchedumbre, una mañana en época de COVID19, en uno de los perímetros más emblemáticos de la ciudad.

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En efecto, el pedazo de la novena calle A, entre la avenida Elena y la primera avenida del centro histórico de la ciudad capital, ha sido desde siempre el teatro de una paradójica concentración de humanidad en medio de la emergencia: vendedores ambulantes, pacientes, personal de funerarias, indigentes y transeúntes comunes haciéndose a un lado cada vez que pasa una ambulancia, sirenas desplegadas, zigzagueando entre los puestos de venta que ocupan las vías preferenciales, la mayoría de las veces con la prisa de llevar alguna víctima de enfrentamiento armado o algún ebrio accidentado.

De hecho, la Emergencia de Adultos del Hospital General San Juan de Dios, conocida por ser el teatro de «bolos y balas», es desde el principio de la pandemia la Emergencia para pacientes con síntomas respiratorios. El acceso de emergencia para todas las demás patologías de adultos lo trasladaron a las puertas de Consulta Externa, temporalmente suspendida.

En resumidas cuentas, el letrero pegado al portón con la nueva indicación de atención sintomatológica es lo único que difiere de lo habitual. Por supuesto, ahora el personal médico y los bomberos que llevan los enfermos visten los trajes blancos que ya entraron en el imaginario colectivo.

La dinámica frente al portón de la emergencia sigue respetando la paradójica norma de siempre. A primera hora de la madrugada, ese viernes 26 de junio, antes de que Roxana Aguirre y Gilda Huertas llegaran con sus provisiones alimenticias, Isabel García ya tenía lilsto su puesto de ventas al lado de un indigente que todavía no resucitaba del sueño alcohólico de la noche; el vendedor de algodones ya había recorrido la calle unas tres veces; las cabras lecheras ya habían alimentado a varios transeúntes. A pesar del alto riesgo de contagio por el ir y venir de pacientes con síntomas respiratorios, frente a la emergencia del San Juan de Dios la pintoresca realidad sigue sin cambiar.

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Poco a poco, crece la fila de familiares que esperan frente a la ventanilla de atención, al lado del portón. La línea llega al otro lado de la calle, se cruza con la de pacientes que necesitan el análisis de muestras en la clínica privada. En el medio, hay una mezcla de humanidad que resume la cosmovisión chapina en época de COVID19: vendedores de refacciones y granizadas compiten con los comerciantes de mascarillas; pastores de iglesias apocalípticas reparten palabras de consuelo y terror a la vez, exhortando a la conversión a cualquiera que cruce la vista. Al lado los indigentes empiezan su rutina diaria pidiendo una ayuda económica.

Mientras, llega el camión a recoger los desechos infecciosos del hospital de la noche anterior, para frente al portón y los operadores empiezan a subir contenedores rojos con el símbolo de «Peligro» a la vista, nadie se altera mínimamente, algunos se apartan, aunque sólo para fingir un poco de sentido común. La inercia del lugar se altera sólo cuando llega una ambulancia de algún seguro privado o, mucho más a menudo, de los cuerpos de bomberos que llevan a un paciente.

A pesar de la actitud resiliente de las personas, el drama se consume por todas partes: bajo una lluvia torrencial, mientras unos empleados del hospital y familiares de pacientes empujan a una ambulancia del Ministerio de Salud que se quedó sin carga de batería, frente a la emergencia, del otro lado de la calle, un reducido grupo conformado por familiares y amigos íntimos del señor Marroquín se despiden del cuerpo del difunto, frente a la entrada de la funeraria Molina, el 02 de junio.

Lo egresaron como «supuesto caso de Covid» debido a que la muerte llegó antes del resultado de la prueba, el cuerpo del fallecido es velado por la esposa y los dos hijos en la entrada de la funeraria en el breve lapso de tiempo en que realizan los trámites funerarios. El primogénito de la víctima se pone el traje sanitario incluído en el precio del entierro exprés, y se prepara para acompañar el ataúd del padre al cementerio. La lluvia cesa justo cuando el carro fúnebre desaparece de la vista de los familiares del señor Marroquín.

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La densa normalidad frente al portón gris de la emergencia sigue sin alteraciones hasta el atardecer. Las imposiciones del toque de queda facilita un desalojo prematuro de los puestos de ventas y de buena parte del tráfico de personas que circuló todo el día.

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El reloj marca las 6 de la tarde, Glenda Flores lleva cuatro horas esperando en el patio de la emergencia para poderse realizar una prueba. Esperará otras cuatro para poderlo lograr, después de que el hospital volviera a abastecerse, y dos días más para que le confirmaran si es positiva. Flores es secretaria de un centro médico de la zona 10, lleva ya dos meses de haber aceptado «voluntariamente» la reducción de su salario, a 800 quetzales mensuales. Residente en la colonia San Pedrito de la zona 5 capitalina, logra pagar el alquiler de 1.500 quetzales y los 1,000 de las colegiaturas de los dos hijos gracias al sueldo de su esposo, carpintero. Con el dinero que gana logra comprar comida para todo el mes. Hasta el momento ha sobrevivido al COVID19, y sigue sobreviviendo a la precariedad de su vida.

Antes de que la oscuridad caiga por completo frente al letrero rojo de la emergencia, la novena calle A está completamente vacía, la atmósfera se vuelve más tétrica y desolada: desaparecidos los algodones multicolores de la extraña feria popular del día, el portón se vuelve más alto, menos accesible aún.

Afuera quedan las almas en pena de quienes viven en la calle; el patio de la emergencia, entre el portón y el ingreso a las salas de urgencias, es ahora un limbo oscuro, un interregno que separa la desolación de la calle y el sufrimiento de los pacientes que por ahí pasan, aquellos que todavía no saben cuál será su destino, si después del resultado de la prueba, serán condenados a pasar el umbral de la zona roja o no. Mientras tanto, esperan, aguantando el ansiedad, tan cerca de una estructura de atención médica y tan abandonados a sus destinos.

Frente a la imposibilidad de documentar lo que realmente sucede dentro de los salones rojos, donde el personal médico se entrega ejemplarmente más allá de su compromiso salarial a combatir el flagelo del siglo, el escenario de abandono tétrico que se respira alrededor de una de las estructuras púbicas más importantes de Centroamérica muestra una similitud notable con el Infierno dantesco, en el que la lejanía de Dios que tortura las almas condenadas al sufrimiento eterno descrito por el escritor, es parecida al sentimiento de abandono del Estado por parte de las personas condenadas, por el insistente perdurar de los síntomas de tos y fiebre, a acudir a la estructura ruinosa del hospital público, sin certeza ninguna de que sus vidas vean salvación terrenal.

Custodiando el portón de acceso al inframundo no está la infernal mirada de Caronte, sino los angélicos ojos negros y almendrados de Estéfany López, 28 años y dos hijos pequeños que la esperan en casa, cuidados por la abuela, cada dos días, ya que las restricciones para desplazarse entre departamentos ofrecen a la empleada del Ministerio de Salud la posibilidad de realizar turnos de 48 horas de trabajo seguido y elevar con 200 quetzales cada vez el sueldo de 2.700 que recibe por exponerse al contagio cuando atiende a pacientes y personal médico en entrada y salida. Al igual que Glenda Flores, los cientos de pacientes que van y vienen a diario de la estructura hospitalaria, y todo el personal médico y sanitario que lucha a diario en condiciones desesperadas, aguanta con mucho orgullo y dignidad, ofreciendo una sonrisa de consuelo a todos los que cruzan el umbral maldito.

El reloj marcaba las 8 de la noche del 11 de junio, José Víctor Tucubal, 80 años, se acerca a la emergencia a pie, casi cargado a espaldas por su hijo, José Antonio. Los dos se detienen frente al portón y el joven desaparece en la oscuridad para regresar una media hora después, ahora con una bolsa de ropa y un par de documentos del padre.

En la espera, el anciano se desploma al suelo, le cuesta respirar. Viéndolo así tirado, bocarriba, no sería difícil confundirlo con uno de los indigentes que pueblan las aceras. Un joven que espera a su abuela recién ingresada al patio de la emergencia se deja llevar por la compasión y, sin pensar en el peligro del contagio, socorre al anciano, llama la atención del guardián de turno que, a su vez, pide ayuda entre el personal médico, completamente protegidos por trajes, caretas y bolsas de plásticos a los zapatos, rompen con el protocolo del hospital y salen a atender al moribundo fuera del perímetro de la emergencia. Con una silla de ruedas ingresan a un paciente más, sin saber si logrará vencer a esta pandemia.

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