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La ciudad de la esperanza
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Opinión

La ciudad de la esperanza

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Pareciera imposible, pero, en el vertedero de basura de la ciudad de Cobán, en un territorio donde la insalubridad compite con la miseria y la violencia, la esperanza nació como una impronta de lo posible.

Todo comenzó en el año 2003, cuando, en torno a una olla de atol y teniendo como único haber una pelota de balompié (para que los niños del basurero comieran y jugaran), el presbítero Sergio Godoy Peláez (un joven que pudo haber tenido todo todo todo) decidió optar por la proclamación del Evangelio a los pobres de Jesucristo y dejar de lado una vida material promisoria.

Para mejor entender el contexto, el basurero de Cobán —como se conoce al principal vertedero de cuanta impureza citadina pueda imaginarse en la cabecera departamental de Alta Verapaz— se encuentra localizado en un área de la zona 12 de la ciudad, irónicamente rodeado de colonias residenciales y de cierta manera serpenteado por la carretera CA1, que de Cobán conduce a la ciudad capital de Guatemala. Y es, como dice el padre Sergio, citando la carta pastoral Construir en justicia, inspirados por Dios [1], «un territorio de frontera social, lugar en donde la vida juega fácilmente con la desesperanza, pero que desafía a quien se deja interpelar para hacerse compañero, hermano y servidor de aquellos cuyas condiciones —producto de carencias y profundas desigualdades seculares— se ven progresivamente agravadas por la incompetencia de un Estado cada vez más débil y corrupto, tal y como lo señalaran hace algunos años los obispos guatemaltecos» [2].

Y «lo que dio inicio con una olla para las meriendas de las tardes y una pelota de futbol» en aquel momento y lugar se convirtió en el proyecto Comunidad Esperanza, entre cuyos objetivos destaca «dignificar la vida de la gente más pobre e invisibilizada por el sistema económico, político, y también por la indiferencia».

Sí, argumento yo: indiferencia en una población mayoritariamente cristiana.

En Comunidad Esperanza hay acompañamiento y formación integral de niñas, niños y jóvenes en condiciones de vulnerabilidad social, incluidos quienes en algún aciago período de su vida han sido abusados. También se provee soporte y seguimiento a mujeres víctimas de trata. Todo el proyecto pivota alrededor de la educación. De tal manera, en orden a la educación formal, hay desde una guardería infantil hasta bachillerato en educación. Es decir, un infante puede ingresar a la guardería, comenzar su tutelaje y graduarse años después como bachiller en Educación.

Seguro estoy de que el teólogo Gustavo Gutiérrez reseñaría el proyecto como una forma de «la exigencia de comprender sobre distintas bases la tarea evangelizadora de la Iglesia».

El recién pasado 5 de febrero, la magíster Thelma Aldana, fiscal del Ministerio Público, y el presbítero Sergio Godoy firmaron en Ciudad Esperanza una carta de entendimiento que tiene como objeto «facilitar, promover y establecer mecanismos de coordinación y trabajo conjunto de ambas partes para el fortalecimiento de la participación ciudadana, la cultura de la denuncia, el acompañamiento a víctimas de todo tipo de violencia y la reparación digna de las mismas, haciendo de ellas personas resilientes, específicamente en el departamento de Alta Verapaz».

¿Quién habría creído en el éxito de semejante propósito 15 años atrás? Quizá —como diría Sergio Godoy— solo aquellos que tienen la capacidad de prestar su corazón a quien lo tiene quebrantado.

En esta época de tantos agoreros de calamidades, de tanta protesta sin propuesta, de tanto decir sin hacer, la Asociación Comunidad Esperanza es un ejemplo de la proclamación evangélica que, sin dejar de lado la denuncia, anuncia que hay esperanza desde un testimonio incuestionable.

¿No será acaso el momento de intentar una acometida similar desde el metro cuadrado que hay alrededor nuestro? Sergio empezó con una olla de atol y una pelota de futbol. Hay quienes tenemos mucho más.

 

[1]  Conferencia Episcopal de Guatemala (2011). Construir en Justicia, inspirados por Dios. Guatemala.

[2]  Discurso del padre Sergio Godoy pronunciado el 5 de febrero de 2018.

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