La catástrofe del cambio climático está bajo las olas | Plaza Pública

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Simone Dalmasso
Osmar González, 42, vicepresidente del Comité de Pescadores Garífunas, mira el mar desde un cayuco, en una madrugada nublada de marzo. La brisa matutina impedirá la pesca tradicional para los siguientes días. Simone Dalmasso

La catástrofe del cambio climático está bajo las olas

«El coral es un simbionte. Es un organismo que depende de otro, las algas. Estas algas son las que tienen estos colores característicos que se ven en los arrecifes de coral. Cuando se incrementa la temperatura del mar, el alga muere o sale del coral, por eso el cuerpo óseo del coral queda blanco»
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La catástrofe del cambio climático está bajo las olas

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El arrecife transfronterizo más grande del mundo tiene una herida justo frente a las costas de Guatemala. El calentamiento global está matando a los corales, ahuyenta a los peces, y pone en riesgo a las familias de Livingston que subsisten de la pesca. Esta es la historia de cómo uno de los ecosistemas más importantes del planeta, que antes adornaba el mar y sostenía la vida marina, está quedando como una mancha blanca que alerta sobre el impacto de la emergencia climática.

«Hoy no habrá pesca».

Ya lo sabía. Desde las cuatro de la madrugada, cuando Teodoro Ramírez se levantó para iniciar su jornada y sintió el aire frío en su cara, supo que las condiciones no se iban a dar para que pudiera salir en su cayuco. 

Envuelto en un sudadero gris, con pantaloneta y chancletas en la arena blanca, el pescador garífuna de 49 años busca alguna señal de que la capa de nubes densas y grises vaya a ceder. Pero no. Tiene que confiar en su intuición, en la dirección del viento y el ritmo de las ondas del oleaje. Aunque son apenas las 5:30, presiente que el clima solo se pondrá peor y que en un par de horas el viento estará más intenso. 

Una pareja de pelícanos descansa sobre las olas, los picos reposando en su pecho. Despreocupados e indiferentes a la advertencia del pescador. 

«Hay mucho viento abajo y así no se pesca nada. Desde acá se ve tranquilo, normal, pero allá es peligroso», dice Eliza Veliz, de 26 años, descalza en el pórtico de la casa en la playa de la cabecera municipal de Livingston, departamento de Izabal, donde ella y Teodoro viven con su hijo de seis años. Son de las pocas familias garífunas que aún dependen de la pesca artesanal como sustento principal en la bahía de Amatique. 

Eliza recién despierta, pero habla con la misma seguridad sobre el pronóstico del clima, resultado del aprendizaje y respeto al mar transmitidos por generaciones en las familias pescadoras.

Teodoro guarda sus cordeles y la pequeña red que usa para pescar. Lo único que le queda es esperar a que el clima mejore pronto, pero también que la próxima vez que pueda salir, encuentre peces. 

Era todavía un niño de 12 años cuando su papá se enfermó y tuvo que dejar la escuela para apoyar económicamente a su familia. Así comenzó a pescar todos los días y durante los últimos 37 años la pesca ha sido su principal sustento de vida. Pero ya no es como antes.

«En aquellos tiempos íbamos a pescar con cayucos pequeños. No había motores todavía. Había bastante pescado y bastantes pescadores artesanales también. Éramos más de cien», recuerda.

Con los años ha visto desaparecer las familias pescadoras garífunas igual que las especies que antes abundaban en la costa, como el jurel, el róbalo, la sierra y la cubera.

Arrecifes bajo amenaza

A 6.6 kilómetros de la playa, las aguas convulsionan fuertemente alrededor del faro rojo y blanco. Son las 9:20. La predicción de Eliza y Teodoro no podía haber sido más precisa. El viento se intensificó y el oleaje agarró más fuerza. Su cayuco no se hubiera mantenido a flote. 

Nublado el cielo, opaca el agua. Una ilusión óptica que hace parecer que el mundo se encogió y ya no se extiende más allá del espacio entre las nubes y la superficie del mar. Es imposible percibir que allí abajo, en la base del faro, se esconde una comunidad coralina, hábitat para peces y otras especies marinas y uno de los puntos de pesca.

Simone Dalmasso

Es un pequeño parche del inmenso Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM) que abarca más de 1000 kilómetros de las costas de Guatemala, Honduras, Belice y México. Constituye el sistema arrecifal transfronterizo más grande del mundo y es un hábitat natural para la vida marina de la bahía de Amatique y de la costa Caribeña.

Pero está en condiciones críticas, porque una de las mayores amenazas a los arrecifes es el calentamiento global. Según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) el arrecife mesoamericano que se encuentra en el trópico está siendo especialmente afectado. 

El año pasado, el Grupo de Trabajo I del IPCC, publicó las bases físicas actualizadas sobre los cambios del clima observados hasta la fecha y las razones detrás. Los datos sobre el estado de los océanos son desalentadores. 

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El panel evalúa que entre 1850 y 2020 hubo un aumento promedio de 0.88 grados Celsius en la temperatura superficial promedio del océano. Un cambio especialmente notable en las últimas cinco décadas. El IPCC estima que desde 1971 hasta 2018, los océanos absorbieron 91% del calor excesivo, generado por gases de efecto invernadero emitidos por las actividades humanas. El mayor cambio se detectó en las aguas superficiales de 0 a 700 metros de profundidad.

El IPCC elaboró una herramienta interactiva que permite comparar los cálculos de cambios históricos y cuatro escenarios de proyecciones a futuro en ubicaciones específicas.

Al comparar el modelo base de 1850 a 1900 con el de 1995 a 2014 en el Golfo de Honduras –el área de la costa atlántica donde se ubica el arrecife mesomericano– se registra un aumento de 0.7 grados Celsius, de 26.9 a 27.6. 

En el caso de las proyecciones, la más optimista y pesimista se acompañan hasta el año 2040, en el que la herramienta calcula que la temperatura alcanzará 28.2 grados. Eso quiere decir que, aunque se implementaran acciones de mitigación ahora, este aumento es inevitable. Pero las acciones sí son necesarias para evitar los cambios que vendrán después.

A partir del año 2040, los escenarios se diferencian y ninguno es positivo. Si no se toman medidas para reducir las emisiones de GEI y otras conductas que inducen el calentamiento global, a fin del siglo, en el año 2100, las proyecciones señalan temperaturas promedio de hasta 30.5 grados para la región.

Las peces huyen, los corales mueren

Eliza busca y busca entre las fotos en su celular. Quiere encontrar las que sacó la última vez que el mar les regaló un día de abundancia en la pesca. Finalmente la encuentra. Es la imagen de un balde de plástico lleno de camarones. «Fueron nueve libras en total», dice con emoción, aunque asegura que hace años esa cantidad era común.

Fue en diciembre, tres meses antes de este viernes frío de marzo. La familia guardó dos libras para comer y Eliza se encargó de vender el resto a los restaurantes de Livingston.

Eliza y Teodoro viven a diario la escasez de peces. Nunca les ha faltado comida, pero sí han tenido que pedir fiado o prestar dinero para comprar alimentos y cubrir otras necesidades básicas. Y conforme se pone más difícil, más personas de la población garífuna abandonan la pesca, o el país. Como el hermano de Teodoro que optó por migrar a Estados Unidos.

No solamente las personas buscan mejores oportunidades de vida. Uno de los impactos en los sistemas marino-costeros relacionados al aumento de la temperatura de los océanos es la redistribución de especies, según el segundo informe del IPCC. Conforme sus hábitats, como los arrecifes, disminuyen o desaparecen, buscan condiciones y temperaturas más adecuadas para sobrevivir. 

Es un fenómeno relacionado al cambio climático que ha recibido menos atención, pero fue documentado en 2013 por tres científicos de la Universidad de British Columbia. Cheung, Watson y Pauly compararon datos de la pesca de diferentes especies de peces en varias partes del mundo entre 1970 y 2006. Verificaron que en la mayoría de ecosistemas alrededor del mundo, la mezcla de peces incluía cada vez menos especies de aguas frías y más especies que antes solo se encontraban en la zona del trópico. 

Señalaron que las consecuencias negativas serían más severas en el trópico donde el aumento de la temperatura del mar reduciría significativamente la pesca. 

Es importante resaltar que no se trata del proceso de migración que forma parte de los ciclos naturales de muchas especies. Es una respuesta directa a la alteración de los ecosistemas, dice Pilar Velásquez, bióloga especializada en ecología acuática tropical. 

Velásquez es una de las expertas que trabajó en el proyecto Costas Listas del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), cuyo objetivo es generar datos locales y proyecciones focalizados sobre el cambio climático en los cuatro países que forman parte del Arrecife Mesoamericano para establecer opciones de adaptación basadas en la preservación de ecosistemas que ayudan a reducir riesgos.

«Se oye mucho en los testimonios de los pescadores que los peces ahora se encuentran mucho más lejos de la costa, en aguas más profundas y mucho más frías. Y eso implica que el pescador tiene que utilizar más tiempo y más dinero, y con más riesgo para buscar a estos peces», dice Velásquez.

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El calentamiento global ahuyenta a los peces, pero también mata a las colonias de corales que forman parte de sus hábitats naturales. El aumento de la temperatura del mar causa el blanqueamiento de los corales, fenómeno potencialmente letal que ocurre cuando pierden las algas que proveen nutrientes a los corales.

«El coral es un simbionte. Es un organismo que depende de otro, las algas. Estas algas son las que tienen estos colores característicos que se ven en los arrecifes de coral. Cuando se incrementa la temperatura del mar, el alga muere o sale del coral, por eso el cuerpo óseo del coral queda blanco», explica la bióloga.

La muerte de los arrecifes de coral representa una verdadera catástrofe. A nivel global, más del 25 % de todas las especies marinas dependen de los arrecifes donde se alimentan y reproducen, pese a que cubren solamente 0,1 % del suelo oceánico. 

Desde 1995 se han registrado varios eventos de blanqueamiento en el SAM y según el IPCC, se han vuelto más frecuentes en los últimos años. Los corales se pueden recuperar después de eventos de blanqueamiento, pero depende de las condiciones locales. La recuperación es menos probable si además sufren contaminación y sobrepesca. Algunos nunca logran recuperarse.

Simone Dalmasso

El municipio de Livingston es un destino turístico por sus playas y manglares. Gran parte de la población vive del turismo que también puede verse afectado por los impactos del cambio climático. Es como un perro cazando su propia cola. La necesidad de atraer y complacer turistas termina afectando a los mismos ecosistemas que las y los turistas buscan.

«Existe una presión descontrolada sobre la población para que siga creciendo, que está poniendo una amenaza sobre los sistemas naturales que son los que el turistas quiere ver. No se van a encerrar en un hotel, quieren salir entre los manglares, a ver aves, salir a nadar, salir a las fosas. Las actividades turísticas tienen que ser controladas para resguardar los lugares», dice Velásquez. 

El proyecto Costas Listas hizo una evaluación de las consecuencias que tendrá el impacto del cambio climático en el sector del turismo. Sin el impacto, el número estimado anual de turistas en la región del Sistema Arrecifal Mesoamericano crecería 167 % para el año 2050. Pero con los impactos proyectados, el número estimado anual de turistas disminuiría un 45 % en el mejor escenario y un 81 % en el peor escenario.

Aclara que desde su punto de vista la presión no viene de las comunidades mismas, sino de desarrolladores turísticos de media y alta escala que buscan generar ingresos económicos. 

«No es gente local. Desafortunadamente las comunidades locales son la mano de obra de este tipo de desarrollo, no son los dueños de los hoteles u operadores. No es por la necesidad de la gente, sino por una avaricia de generar el mayor ingreso posible a costa de los ecosistemas. Entonces que invierta también en la conservación», según Velásquez.

El viejo sin el mar

«A nosotros los garífunas nos gusta la costa. Durante años hemos sobrevivido de este bendito mar y nuestra base alimenticia es el marisco y el coco. A nosotros los cambios nos han afectado bastante, porque la etnia prácticamente sobrevive del mar», dice Julián Arana.

Son casi las seis de una tarde calurosa en marzo. El día se despide con una sinfonía de colores para anunciar que se acerca la noche. Una cascada de tonos de rosa, morado, naranja, verde, azul juega entre el cielo y el mar en Livingston. Julián Arana va camino a su casa después de una jornada de trabajo. 

Pero el cayuco de este pescador de 59 años fue sustituido por una bicicleta vieja, su anzuelo y cordel por un martillo y hoy su pantalón y camiseta con una bandera estadounidense en blanco y negro está cubierta por un polvo blanco en vez de las gotas salpicadas por las olas. Después de una vida de dedicarse a la pesca, hace más de 15 años Julián abandonó el mar ante la escasez de peces y comenzó a trabajar como carpintero. 

Julián nunca se imaginó que dejaría de pescar. Durante dos décadas la pesca fue el sustento económico y alimentario de su familia.

«Era tan lindo. Uno sacaba hasta 60, 70, 80, a veces hasta 150 libras de pescado. Ahora nosotros tenemos que ir más mar adentro, casi al límite con Belice».

Con un cayuco a remo crio a sus seis hijos, les dio estudios y logró comprar una televisión para la casa. Pescaba desde que era un niño con su padre y dejar la pesca también fue por su padre, fue el último consejo que le dio a Julián antes de fallecer.

«Ya estaba casi para morirse cuando me dijo; “Mijo, te quiero dar un consejo. No te envejezcas pescando. Trata de aprender un trabajo en tierra para que no muy lejos te sirva”. Le hice caso», dice el hombre canoso.

Y con razón. Desde entonces la situación solo ha empeorado. Asegura que el calentamiento global y la sobrepesca combinados hacen que cada día sea más difícil sobrevivir de la pesca artesanal en la bahía de Amatique que ocupa y alimenta también a pescadores que utilizan otros métodos y a barcos pesqueros comerciales.

Todos compiten por los mismos recursos y la escasez de peces intensificó la competencia, incluso hasta el punto de generar conflictos entre los diferentes grupos de pescadores.

«Nuestros antepasados tenían una visión tan linda y ellos nos guían. Me enseñaron bastante para sobrevivir. Por eso sé bastante del mar. Nos enseñaron que hay puntos, arrecifes naturales, donde viven los peces. Cuando el mar es cristalino se miran, hasta las estrellas de mar. Es lindo. Por eso desilusiona, la sobrepesca destruye todo eso. No dejas descansar la ecología. Si tú matas los hijos de los grandes, va a llegar el momento que no haya ni pequeños ni grandes», dice. 

En 2020 la Iniciativa Arrecifes Saludables alertó en su Reporte de Salud del Sistema Arrecifal Mesoamericano que la cantidad de peces grandes o comerciales y de peces herbívoros en Guatemala era críticamente baja, con 204 gramos y 873 gramos por cada 100m2. 

El reporte concluyó que la parte del arrecife que pertenece a Guatemala estaba en condiciones críticas, las peores de toda la región. Además de la sobrepesca y el cambio climático, señaló que la contaminación está fomentando el aumento de algas carnosas que compiten por el espacio de corales y obstaculizan el reclutamiento de nuevos corales, que está disminuyendo.

Fue la primera vez en 12 años que el índice de salud del SAM en su totalidad disminuyó. De un ranking de 2.8 bajó a 2.5 (de 5). El 62 % de los corales estaban en estado malo o crítico, 8 % en «buen» estado, y solamente 1 % de los sitios se encontraban en muy buenas condiciones. 

Sin corales, no hay playas

En un parche de grama cerca de la playa pública un grupo de jóvenes retoman la chamusca de anoche. Todas y todos descalzos y en pantalonetas cortas. Desde la esquina, en un muro que nunca se terminó de construir, sus amigas y amigos echan porras. Eso es solo cuando recuerdan subir las miradas de las pantallas de sus celulares. 

De vez en cuando la pelota sale volando de la cancha y cruza el sendero angosto que va paralelo a la costa. Cae directo al mar que ahora está a poco de rozar los pies de la gente cuando usan el sendero para llegar a su casa. Uno de los adolescentes cruza las piedras y la basura que se acumuló, para recoger la pelota entre las olas. 

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La playa de arena blanca donde antes se veía gente caminando, niñas y niños jugando y turistas disfrutando el sol, desapareció. Pasó durante los últimos ocho a diez años, comenta una vecina que observa la noche caer sobre el mar caribe desde una silla plástica en su jardín, que ahora colinda con las olas. Asegura que son por lo menos tres metros de playa que el mar comió.

Dejó un escenario de abandono, de paredes y estructuras grises en fila que obstruyen las olas. Muchos son bares o restaurantes que cerraron durante la pandemia cuando el turismo se detuvo, mientras otros fueron abandonados después de las tormentas de Eta e Iota en 2020.

Velásquez señala que la erosión de las playas se debe a tres factores; el incremento del nivel del mar, la pérdida de corales cuyos cuerpos al momento de morir son los que forman la arena, y finalmente la construcción de paredes marinas que no permiten el flujo natural de arena y sedimentos que por ende se acumulan en otros puntos a lo largo de la costa. 

«Había playa pero ya no. Es sumamente complejo, pero prácticamente se van perdiendo las fuentes de alimentación para que la playa se mantenga», explica Velásquez. 

El incremento del nivel del mar se debe en parte a la pérdida de mantos de hielo y glaciares, pero también a la expansión termal de los océanos que ocurre cuando el agua se calienta.

Entre 1971 y 2006 el incremento promedio global del nivel del mar fue de 1,87 milímetros por año, estima el IPCC. La cifra se aceleró entre 2006 y 2018, a 3,69 milímetros por año.

Acercamiento del mar a las zonas pobladas por la pérdida de las playas y por el crecimiento del nivel del mar. Temperaturas más altas en el mar que acumula energía en los océanos y causa tormentas más frecuentes e intensas, igual que olas más potentes que pueden causar inundaciones. Todo esto combinado con la pérdida de barreras naturales que pueden reducir la fuerza de olas durante eventos climáticos extremos como las tormentas tropicales, es un cóctel catastrófico para un municipio como Livingston que se encuentra solamente dos metros sobre el nivel del mar.

«Ni recordarlo es bueno», dice Osmar González sobre los efectos de las tormentas Eta e Iota en 2020. 

«Fue una experiencia que nos hizo paniquear acá en nuestros pueblos por las inundaciones. Sentíamos como que nos íbamos a ahogar porque se llenaban las casas de los vecinos. Algunas casas se perdieron por el viento. Las personas que sí fueron afectadas son las que viven por la embocadura del Río Dulce, allá muchos perdieron todo», narra el pescador de 42 años.

Se viste de orgullo. Su gorra trae el nombre de su etnia y lleva puesta una camisola amarilla, blanca y negra, los colores de la bandera garífuna. La expresión del rostro de Osmar es seria y solo de vez en cuando se interrumpe por una sonrisa efímera.

La escasez de peces, la competencia y la sobrepesca afectan la seguridad alimentaria de las familias pescadoras, asegura. Por eso forma parte del nuevo Comité de Protección de Pescadores Ancestrales Garífunas que busca proteger a las aguas de la costa atlántica para asegurar la supervivencia de la pesca artesanal y crear proyectos sociales para apoyar a las familias más afectadas. Julián, quien fue parte de una asociación similar, les asesora.

«No podemos prohibir la pesca de nadie, todos tenemos la misma necesidad y de eso nos sostenemos, pero queremos ver cómo podemos darles protección a los arrecifes», dice.

Según las proyecciones del proyecto Costas Listas de WWF el nivel del mar continuará creciendo. En el mejor escenario, el nivel del mar Caribe de Guatemala aumentará 25 centímetros para el año 2050. En el peor escenario aumentaría hasta 42 centímetros. 

Por eso Velásquez enfatiza que el cambio climático ya es un hecho, no se habla de revertirlo, sino de procesos de adaptación y mitigación para disminuir impactos en el futuro. 

«Está completamente aprobado que una mayor cobertura de ecosistemas estratégicos, como arrecifes de coral, pastos marinos y manglares, baja significativamente las pérdidas humanas y los impactos en la infraestructura y demás cuando ocurren eventos naturales extremos», explica la bióloga.

El panorama de la vulnerabilidad que vive Guatemala ante el cambio climático sería totalmente diferente, dice, si existiesen esfuerzos para conservar y proteger estos ecosistemas que sirven como herramienta natural por excelencia para mitigar los impactos del cambio climático. 

«No estaríamos tan expuestos. Pero las actividades globales que llevan al cambio climático están afectando los patrones globales de temperatura y circulación oceánica, que tienen una influencia en el aumento de frecuencia en estos eventos climáticos extremos, y solitos estamos quitando nuestras barreras naturales, y eso influye directamente en que los impactos sean mucho más elevados. Guatemala tiene un montón de regulaciones súper bonitas, pero no pasan del papel», dice Velásquez, quien señala la falta de recursos en instituciones como la Dirección de Normatividad de la Pesca y Acuicultura para que puedan cumplir su función.

El mito del pez

Bajo la gorra de American Navy, Julián Arana abre los ojos de la emoción mientras cuenta sobre aquella vez que hizo la pesca de su vida. Anécdotas míticas de cualquier pescador que se respeta.

«Fue un mero como de tres quintales. No lo pude traer en mi cayuco. Menos mal que había otro barco pesquero cerca, esos hermanos me ayudaron a levantar el pez. Nunca se me va a olvidar», recuerda.

Al llegar a su casa compartió el pescado con sus vecinos. Fue hace dos décadas. Un recuerdo que parece más lejano ante la escasez de peces en la actualidad. El desorden y la explotación que caracteriza la pesca día y noche en el área es autodestructiva y Julián predice que terminará afectando a toda la población.

Todavía extraña la vida de pescador. De salir en su cayuco. Sentarse con su familia a comer el pescado que él mismo sacó del mar. La libertad de no tener jefe más que el mismo mar. La simbiosis. 

«Es bien rico vivir del mar. El tiempo que estuve faenando en el mar, nunca se me va a olvidar. Son momentos tan lindos. Me duele haber salido del mar».

 

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