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La carne sin la sangre
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La carne sin la sangre

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Opinión
17 06 18

Read time: 3 mins

De pequeña (bueno, de adolescente también), yo era rechas.

Por una serie de eventos desafortunados combinados con ser hija única pasaba mis horas de ocio leyendo todo lo que me caía en las manos. Muchas de esas lecturas tal vez no las entendía del todo, pero me marcaron por lo intensas. Entre la nunca suficientemente grande biblioteca de mis papás estaban las obras completas de Shakespeare. Aunque Macbeth es favorito, El mercader de Venecia tiene una de las escenas de consecuencias y de lógica jurídica más perfectas en el arte: cuando el juez le dice al demandante que no puede cobrarse su libra de carne porque no incluyó la sangre en el trato y una cosa va irremediablemente con la otra.

Aprender así de temprano en la vida acerca de las cosas que tienen una causalidad que no se puede ignorar me deformó la mente para no hacerme la loca ante las consecuencias de mis acciones. Pero es difícil. Porque preferimos utilizar el cerebro para justificar todas esas incongruencias con las que vivimos inevitablemente, pero ignorándolas, como los niños que se tapan la cara para esconderse.

En nuestras latitudes tenemos una mañita muy perniciosa de exaltar la maternidad, pero censurando el placer sexual de la mujer. Para muestra, el despliegue gigantesco de publicidad para todos los Días de las Madres, los mensajes declarando a las madres casi santas. Pero, por si no nos queda claro todavía, los humanos no nacemos por ósmosis. Tal vez yo sí, porque no vi a mis papás besarse ni una sola vez, pero estoy dispuesta a creer en la biología. Es absurdo negarle a la mitad de la humanidad una de las condiciones básicas de nuestra especie: tenemos sexo por placer, no solo con fines reproductivos. El resultado evidente de ese vacío es una presión monumental sobre las mujeres para ser perfectas e inmaculadas. Yo soy mamá de dos niños. Ni perfecta. Mucho menos inmaculada. La otra mitad de humanos tiene que hacer paces con la idea de que hasta sus madres tuvieron orgasmos. Y es bonito y está bien.

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También nadamos en corrupción y nos sentimos indignados por los desmanes de nuestros gobernantes. Nos duelen las muertes de tantas personas, víctimas no solo de un desastre natural como el que ocurrió recientemente, sino de un sistema que flota a la deriva porque no hay una sola persona que sepa qué hacer allí adentro. Pero nuestras cosas las queremos arreglar de cualquier manera menos siguiendo los procedimientos. Porque ¿qué tiene de malo pagar un poco de mordida al policía que me para borracho? Es igual que sembrar tomates y esperar uvas. O, peor aún, cortar el árbol y pedirle frutos.

Para ser personas adultas relativamente sanas hay que iluminar todos los rincones oscuros en donde uno guarda sus contradicciones con cariño. Es mejor conocerlas para saber qué se nos puede venir encima. Como sociedad, los cambios cuestan más, pues hay que poner de acuerdo a más personas. Pero el enfermo se nos está muriendo delante de nosotros, envenenado muchas veces por lo que le hemos dado de comer.

Las cosas no vienen solas, en un vacío, y es mejor no ignorar la realidad. Por mucho que solo queramos quedarnos con una parte del cuadro, el resto igual lo colgamos en la pared. Preferible ser conscientes de la imagen completa.

Ya siendo abogada, puedo entender la frustración del demandante reclamando lo acordado porque verdaderamente el contrato fue elaborado en plena conciencia y ambas partes lo firmaron sin violencia de por medio. Probablemente yo habría sugerido que se drenara la sangre y que se la tomara al que le debían extirpar la carne para devolvérsela. Pero esa soy yo de abogada, con tendencias a ser literal, y no un genio literario como Shakespeare, que estaba haciendo un punto magistral.

El enfermo se nos está muriendo delante de nosotros, envenenado muchas veces por lo que le hemos dado de comer.
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