Cerrar

x
Menú
Facebook Facebook
Buscar
Ayuda
La batalla de los parqueos
Ir

La batalla de los parqueos

Recibe nuestro resumen semanal en tu correo
Ellos, 10 años en el mismo lugar. Los otros, los recién llegados, una amenaza a ese espacio en el que, ellos, los primeros, han creado una forma de subsistir cuidando carros en un pedazo de la capital.
Trapo en mano y bote para apartar parqueo en una de las calles del Centro Histórico.
Los botes, una de las herramientas de trabajo de quienes cuidan carros.
redes sidebar
Tipo de Nota: 
Información

Tiempo aproximado de lectura: 9 mins

Durante tres días, la batalla. Un lugar que defender. Primero con insultos, con amenazas, con gritos, con golpes. Luego, un segundo día, de tomar las herramientas de trabajo y readecuarlas como armas en el campo de conflicto (los trapos que vuelan, los botes que son estridentes, el agua…). Todo lo que pudiera aportar una mínima posibilidad de ahuyentar, de mantener a raya al enemigo, de ¿amedrentar?, ha parecido útil, en esta afrenta entre dos bandos de cuidadores de carros separados por largas filas de autos/clientes aparcados, inertes y asoleados. Es la lucha que se da por un nimio territorio dentro de la ciudad. Un espacio, sin embargo, en el que ellos, los cuidadores, se ganan la vida, casi como un empleo. Llegar así hasta la intención de lapidarse unos a otros. Las piedras desde un bando hacía el otro bando, viajando, lastimando, defendiendo (un poco de sangre –nada grave–). Una batalla así cada día, durante tres días, dos grupos de cuidadores de carros enfrentados en un callejón del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

1.

Al principio –si el principio puede ubicarse a las 5:00 de la mañana– los cuidadores de carros no pasan de ser más que algo comparable a una sombra. Bruma. Siluetas apenas que exhalan frío, aliento y somnolencia. Están allí afuera, errantes, desde muy temprano. Saben que la ciudad antes de que amanezca debe pertenecerle a ellos y a nadie más. Es la consigna: estar allí antes de que la ciudad suceda, despierte, se vuelva loca y se llene de autos. Su deber, por decirl...

Autor
Autor
a
a