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José Miguel Cruz: Las pandillas, “una mafia de pobres que van en contra de otros pobres”
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José Miguel Cruz: Las pandillas, “una mafia de pobres que van en contra de otros pobres”

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El politólogo salvadoreño José Miguel Cruz lideró en 2016 un estudio que implicó entrevistas con 1,200 pandilleros en El Salvador. Durante el estudio, un dato sorprendió a Cruz: muchos pandilleros dijeron que querían dejar la mara. Aunque el experto no es optimista acerca de cómo los gobiernos de la región contrarrestan a estos grupos, cree que ese detalle es una luz al final del túnel.

Por iniciativa del Buró de Asuntos Internacionales y de Justicia (INL, por sus siglas en inglés), que lo financió, y del Departamento de Estado de los Estados Unidos, en el último año de la administración del presidente Barack Obama, el politólogo salvadoreño José Miguel Cruz, lideró un estudio sobre las maras. Para la realización de “La nueva cara de las pandillas callejeras: El fenómeno de las pandillas en El Salvador”, este experto de 51 años, entrevistó a 1,200 pandilleros y 30 expandilleros, así como a funcionarios públicos y analistas.

El estudió fue publicado en julio pasado por la Universidad Internacional de la Florida, en donde Cruz es catedrático y director de investigaciones del Centro Latinoamericano y del Caribe.

El estudio culminó dos años después de lo que EE.UU. llamó “la crisis de los menores no acompañados”, refiriéndose a los miles de migrantes indocumentados y menores de edad que llegaron a la frontera sur de ese país entre mayo y septiembre de 2014. Algunos estudios y denuncias revelaban que muchos menores migraban para huir de la violencia de las pandillas en el Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras), porque extorsionaban, amenazaban y asesinaban a residentes de barrios marginales, pero había otras causas. Hubo niños migrantes, y sus padres, que admitieron que el éxodo hacia EE.UU. también obedecía a reunificación familiar y a la búsqueda de empleo, pero que el detonante era la violencia pandillera.

Si la violencia pandillera podía provocar un éxodo de esa magnitud, Cruz descubrió que la migración y la deportación no tienen relación con la proliferación de las pandillas, salvo con sus orígenes, cuando los pandilleros centroamericanos comenzaron a ser deportados en los años 90. Para este politólogo, la semilla de la proliferación de las pandillas está en las condicionales locales de cada país, que las convierten en “una mafia de pobres que van en contra de otros pobres”, y cuya pertenencia es impuesta por el espacio geográfico y social de la pandilla.

¿Qué es lo que más les sorprendió de las entrevistas con los pandilleros?

Una de las conclusiones del estudio es que la mayoría de ellos quisieran salirse si se les da la oportunidad. Esto es algo que uno se imagina, pero que no es tan claro hasta que habla con ellos. Cuando se meten a la pandilla, la mayoría no son forzados. Entran por voluntad propia, buscando respuestas, identidad, ser parte de algo, pero eso dura muy poco, (y) tiene que ver con el efecto de maduración de la persona. La mayoría comienza a decir: “yo cometí un error y me quiero salir porque la vida en la pandilla es dura”. (Lo es) aun para aquellos que se benefician de la pandilla, porque tienen que vivir mirando hacia atrás, sobre el hombro, que nadie los vaya a matar, y no estamos hablando de la pandilla rival sino de sus propios compañeros en la pandilla, de la policía y de cualquier otra persona que los ve como amenaza. Me sorprendió muchísimo estas intenciones de salirse y, hasta cierto punto, de arrepentimiento.

¿En qué etapa define su futuro un pandillero?

Usualmente comienza cuando cumplen 18 y 19 años, y se refuerza en la medida que pasa el tiempo, pero es muy claro el cambio entre los 16, 17, y los 18 años. Tiene que ver con que antes de los 20, nosotros mismos no teníamos claridad acerca de lo que implica hacer muchas cosas. Eso tiene un sustrato biológico claro. Detrás hay un proceso de maduración biológico, neurológico. Sin haber sido pandilleros, muchos de nosotros tuvimos algunas épocas un poco rebeldes. Unos más que otros tuvimos historia de estar así, en el límite de conflicto con la ley. La diferencia es que muchas veces tuvimos a un adulto, a alguien, un recurso de la comunidad, familia, escuela, que nos jalaba de regreso, que nos decía “por acá es el rumbo; hay otras oportunidades”. Esto no existe para muchos de ellos. Los pasos que dan en la adolescencia, en la pubertad, (los) dan sin nadie que los jale de regreso. En un entorno tan violento, con tantas oportunidades para cometer actos criminales, eso determina mucho de la vida de estos jóvenes.

Los hogares rotos, la violencia intrafamiliar y las adicciones, son el común denominador en El Salvador, Honduras y Guatemala…

Exactamente. Cosas que salen en el estudio, y en otros previos, es que la violencia intrafamiliar, doméstica, dentro del hogar, afecta a todos estos jóvenes. Ellos van a la calle, hacen cosas terribles, son violentos, son asesinos, pero antes de eso fueron víctimas. Y no los estoy justificando de ninguna manera, pero la violencia para ellos es algo normal porque crecieron en hogares tan violentos que, cuando se integran a la pandilla, eso es parte de la normalidad.

La víctima que se vuelve victimario para procesar el impacto de la violencia.

Exacto, porque es la única manera en que ha aprendido a relacionarse con los demás. Ese es el lenguaje fundamental que existía en la familia: la violencia, y es el lenguaje que va a usar afuera del hogar.

El estudio indica que las relaciones espaciales de la pandilla, en un contexto geográfico particular, facilitan o dificultan que sus miembros puedan abandonarla. En EE.UU. el pandillero puede irse a otro lado y desligarse sin el peligro de ser encontrado, pero en El Salvador, Honduras o Guatemala, eso no es posible.

Si, porque los espacios donde los jóvenes pueden transitar y convivir son limitados.

La limitación espacial no sólo es geográfica, también es social.

En El Salvador lo define muy bien y está construido por un espacio geográfico y físico, y hasta cierto punto en Guatemala y Honduras también. Pero en Guatemala y Honduras el espacio social se vuelve importante. ¿Qué significa? Por ejemplo, (si) yo quiero huir de la pandilla, me voy a otra ciudad, pero en esa ciudad me voy a ir a sectores, a barrios que también son pobres, desiguales, marginados, tienen carencias, y que muy probablemente también son ocupados por pandillas. Esos son los lugares a donde un pandillero puede ir. No puede ir a un barrio o una colonia cerrada, de clase media, con guardias privados de seguridad, donde estaría protegido y seguro. Va a lugares donde la pandilla lo puede identificar. En los países desarrollados, la complejidad social permite que, si alguien se mueve, se pueda mover a espacios que, aunque sean pobres y marginados, no son violentos ni controlados por las pandillas.

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¿Es un mito que en México no hay pandillas? Si no las hay, ¿qué explica que el fenómeno salta sobre México y se observe en EE.UU. y Centroamérica?

Tiene que ver con un argumento que yo tengo: la proliferación de las pandillas tiene (poco) que ver con la migración y la deportación. La migración (influyó) al principio, en la transmisión cultural, pero más deportaciones no implican mayor crecimiento de las pandillas. Lo que juega un papel importante a lo largo de la historia de las pandillas en Centroamérica son las condiciones locales, (y cómo) responden las sociedades al problema de las pandillas. Eso hace la diferencia y explica por qué México —que tiene otros problemas de violencia, sin duda— supo lidiar mejor con la influencia cultural que traían los migrantes y los deportados. Había una fortaleza comunitaria más grande que impedía que estas pandillas se desarrollaran como lo hicieron en el resto de Centroamérica.

¿El Triángulo Norte falló en ese sentido?

Lo que define al norte de Centroamérica son sociedades y Estados que ponen todas las condiciones para que las pandillas se desarrollen: la mano dura; la poca organización comunitaria, o mejor dicho la desorganización comunitaria. Si no hay un Estado que provee oportunidades en algunos lugares como México, la comunidad los provee. En Centroamérica no (sucede); la comunidad tampoco puede ser un espacio protector, y por eso las pandillas siguen desarrollándose.

¿Parte de la explicación puede estar también en la monopolización de la violencia por parte del narcotráfico, que impide la existencia de otros tipos de violencia como la de los pandilleros?

Un poco, pero no tanto. No todo México está controlado por el narcotráfico, y en esas zonas, el sur de México, donde las pandillas se podrían haber establecido—como lo hicieron en Centroamérica—no lo han hecho. En el caso de Guatemala, y algunas zonas de Honduras, donde el control del narcotráfico evita otras expresiones criminales, no es eso tampoco. Tiene que ver con toda una combinación de factores que pasan por cómo responden el Estado, las sociedades y la fortaleza comunitaria.

¿Cómo contrastaría el perfil de las pandillas en el Triángulo Norte de Centroamérica con grupos similares en Colombia o Brasil?

En Colombia y Brasil, los grupos están más definidos por el tráfico de drogas. En el norte de Centroamérica, aunque juegan un papel importante el narcotráfico y narcomenudeo, la mayor fuente de recursos son las extorsiones (para las pandillas), y eso define mucho a las pandillas, que se lucran de los pobres de sus propios barrios, en una especie de (dinámica) en la que sustituyen al Estado. Es una mafia de pobres que va en contra de otros pobres. En Brasil y Colombia, hay pandillas que se alimentan mucho de su relación con grupos de crimen organizado, que les ofrecen trabajo en la economía criminal.

¿Qué factor juegan las cárceles en la relación espacial de las pandillas, considerando las condiciones de las cárceles en el norte de Centroamérica?

No se puede explicar a las pandillas en el Triángulo Norte sin las cárceles. Son el nodo que permite a las pandillas esa transición a los grupos que vemos hoy, por el encarcelamiento masivo sin ningún régimen de control sobre los reos, y ningún programa de rehabilitación. Por lo tanto, ¿qué hacen los pandilleros? Se organizan, crean redes nacionales, y eligen líderes. Lo decía el jefe de la Policía de Guatemala (Nery Ramos), en el Triángulo Norte, ir a la cárcel para un joven de 14, 15 años es un premio, (se convierte en) un reconocimiento que la sociedad le da al pandillero (y hace) que los otros pandilleros lo reconozcan como un miembro importante.

¿Hacinar a los pandilleros en la cárcel los habilita para escalar en capacidad criminal, por estar en un espacio donde podían asociarse con otros grupos criminales más complejos?

Tienen acceso a otros pandilleros, y a otros grupos de crimen organizado que les proporcionan los contactos, armas, y el conocimiento de cómo llevar a cabo ciertas cosas.

¿Cómo ocurre el salto del narcomenudeo, como ingreso principal, a las extorsiones?

Fue por casualidad. Alguien lo empezó a hacer, el crimen organizado ya lo hacía, y sucede cuando estaban necesitados de recursos por la ofensiva del Estado, de los gobiernos. Si están organizándose, necesitan recursos. ¿Cuál es la mejor manera? La extorsión.

Hay un punto comparativo para considerar. En países como Colombia, Brasil u otros, la fuente del dinero son las drogas, la minería, este tipo de cosas. Los grupos criminales en África, por ejemplo, se desarrollan en torno a las economías criminales de los diamantes, explotación del oro, petróleo. Centroamérica no tiene nada de eso. Su fuente de riqueza es la gente que recibe remesas de sus familiares en los EE.UU. Ellos tienen los dólares que son accesibles. Los otros que tienen dólares, el gran capital, están muy protegidos. La extorsión explota eso, y a cualquiera que participe en la economía, los transportistas, los comerciantes.

¿Es comparable la extorsión de la antigua mafia italiana a los comercios en los EE.UU., en los años 30, a la extorsión actual de las pandillas, que implica cobrar por no hacer daño?

Es similar. El crimen organizado genera beneficios al “taxar” la seguridad, entre comillas, que es como decir: “me pagas algo para que no te pase nada”. Pero el “que no te pase nada” significa “que yo no te haga nada”. Eso lo entendieron las pandillas.

Si esta es una dinámica que EE.UU. ya conoce, ¿qué recepción tuvo el estudio de las pandillas en El Salvador en ese país?

Lo presentamos a todos los funcionarios estadounidenses que trabajan el tema en El Salvador, y a otras agencias estadounidenses. Hubo una discusión muy honesta y abierta respecto a lo que significan los resultados. Se cayó en la cuenta de apostar por la prevención y en la importancia de generar mecanismos y oportunidades para aquellos (pandilleros) que quieren salir. Los funcionarios estadounidenses que trabajan en el tema en la región han tomado muy en serio el estudio.

¿Tenían ideas preconcebidas de las pandillas?

No, pero sí las escuchamos del gobierno salvadoreño. Cuando le presentamos el estudio, su actitud fue, “ah, esto ya lo sabemos”, punto. Y ahí se terminó la discusión. Yo, siendo salvadoreño, pensaba “qué vergüenza”. O sea, estos los estadounidenses, que no es su problema directamente, estaban más interesados en entender y discutir; la misma embajadora (de EE.UU. en El Salvador, Jean Manes) estaba allí con todos sus asesores, haciendo preguntas, y de parte del gobierno salvadoreño sólo estaba el Ministro de Seguridad (Mauricio Ramírez Landaverde); nadie más. No hubo diálogo, lamentablemente.

¿Cuánto pesa la corrupción en la represión contra las pandillas?

Muchísimo. No siempre, pero usualmente cuando hay corrupción policial hay una preferencia del uso de la fuerza como una ruta fácil, porque eso ayuda a ocultar los problemas de corrupción policial. En El Salvador lo teníamos muy claro. Los funcionarios que más invirtieron en la “mano dura” son los que resultaron más involucrados en actos de corrupción y con el crimen organizado. Muchas veces se usa la mano dura por su atractivo político, para desviar la atención de las complejidades del problema.

¿Qué impresión le queda de cuánto hace Guatemala en el tema antipandillas en contraste con El Salvador y Honduras?

Hay muchas cosas en común, como la evolución de las pandillas. El pecado original sucedió a principios de los (años) 2000 con las políticas de mano dura. Los tres países comparten los pecados fundacionales, que permitieron a las pandillas empezar este proceso de evolución. De manera inconsistente nuestros gobiernos han pasado de periodos de hablar de represión, a períodos de hablar de prevención, para luego volver a la represión. Es común entre los tres países seguir con un vacío de estrategias integrales para enfrentar el problema. No me refiero solo a la prevención y a la intervención económica en los sectores más vulnerables de la población, sino a la corrupción. No podemos resolver el problema de la seguridad si seguimos teniendo —y Guatemala ha dado pasos importantes en ese sentido— corrupción en el aparato público, porque los recursos que se pueden dedicar al combate del crimen, y a respuestas integrales, usualmente se orientan a fortalecer los vínculos entre funcionarios públicos y el crimen organizado.

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¿Qué papel juega la impunidad ante las pandillas en el Triángulo Norte?

Uno muy importante. No se puede esperar combatir el crimen y la delincuencia cuando hay grupos, sectores, o clases que están por encima de la ley. Para poder aplicar el Estado de Derecho debemos tener a todos bajo el imperio de la ley. La impunidad garantiza la reproducción de los mecanismos del crimen y la violencia.

El estudio menciona a los pandilleros que no quieren dejar la pandilla porque no les conviene. ¿Cómo se compagina esto con los que sí quieren salir?

Aún entre los líderes que reciben los beneficios de la actividad criminal de la pandilla, hay muchos que se quisieran salir, pero su involucramiento es tan grande que es imposible; tienen demasiado invertido.

¿Cómo argumentar en favor de la integración de los pandilleros a la sociedad, de cara a hechos mediáticos como el rescate de un pandillero que desencadenó una balacera y varias muertes en un hospital público en Guatemala, o los asesinatos de varios policías?

Sinceramente no tengo una respuesta para eso. No es fácil. No le podés pedir a las personas que acepten con brazos abiertos a personas que han hecho cosas terribles, a las que han sido víctimas. Para resolver este problema es importante entender que no se puede resolver sin un proceso de diálogo y procesos de integración a la sociedad para estos jóvenes. Esto se logra con un liderazgo político fuerte, que reúna a las fuerzas políticas y sociales. Se logra con una visión de lo que se quiere lograr como sociedades: vivir en paz. 

Yo fui un fuerte crítico de la tregua salvadoreña y todavía lo soy. Siempre pensé que era un gran error por cómo se consiguió y se implementó. Pero reconozco que cualquier paso para resolver un problema de la seguridad ahora en Centroamérica, especialmente con los jóvenes —aparte es el crimen organizado transnacional—, no puede ocurrir sin un diálogo, ni sin desmovilización y reintegración a la sociedad. Sin eso, seguiremos en este círculo vicioso porque no estamos resolviendo los problemas fundamentales que alimentan a las maras y pandillas. Los jóvenes, los niños, se siguen metiendo porque no hay otra opción. Las únicas oportunidades y los únicos modelos son los pandilleros.

La tregua tampoco funcionó en Belice (2011-2012). El gobierno les daba trabajo a los pandilleros, y les pagaba, pero la gente lo veía como si les pagaban por no delinquir. Al final, la tregua se acabó por falta de fondos.

Mucha gente protestó también en El Salvador. ¿Pero, cómo lo resolvés? Necesitás el compromiso de la sociedad, de los empresarios, de los políticos. Los empresarios en nuestros países siguen tan sordos e inmunes a lo que sucede en la sociedad que no es posible. Muchos no tienen ningún sentido de solidaridad social.

Quizá el único programa que me parece excelente es League Central America, una maquila (que fabrica prendas de vestir para unas tres mil universidades en EE.UU. y Canadá). El gerente de la maquila emplea a los expandilleros y los educa. Los hace aprender inglés. Si llegaron y solo habían cursado hasta octavo grado (primero básico), los hace que completen el bachillerato, que sigan en la universidad; hizo convenios con universidades. Simplemente se dio cuenta de que había que hacer algo. El gerente vivió mucho tiempo en EE.UU., y es salvadoreño. Se llama Rodrigo Bolaños. Él les dice a los pandilleros: “quiero que trabajen aquí pero transitoriamente, porque si ustedes quieren vivir decentemente, no lo va a hacer con un sueldo de maquila, y no van a poder salir de la maquila hasta que no se eduquen. Así que aprovechen y edúquense”.

Trabaja con las iglesias, no acepta a cualquiera; tienen que haber pasado por un proceso de evaluación, aunque muchos tuvieron problemas con la ley. Si la policía los encuentra, los lleva presos, y él les paga los abogados para sacarlos. ¿En qué empresa te van a pagar el abogado? Lo que muestra es que está comprometido. Yo le preguntaba: “¿cómo haces, si el principio de la maquila es pagar lo mínimo y tener mayor rendimiento?”, y me dice: “es que por todas estas cosas que hago, los puedo mantener por mucho tiempo, entonces me ahorro estar entrenando gente constantemente, no tengo rotación; los traigo y se quedan hasta que se educan, y así bajan los costos”. Como está en una zona franca donde hay otras maquilas, le pregunté: “¿cuántos empresarios han hablado con vos y están interesados (en hacer lo mismo)?”. Me respondió que ninguno. Un empresario como él es la anomalía; no es el denominador común.

¿Qué ocurre con los expandilleros reincidentes?

He estudiado el tema durante muchos años en El Salvador, Guatemala y Honduras, y no es raro que encontrés un pandillero que diga: “si me dan una oportunidad, yo cambio”. Muchos son honestos; otros, no lo son. Hay otros factores que intervienen, familia, su pasado, o el consumo de drogas. Había unos que estaban en el camino correcto, pero volvían al crack, y eso les arruinaba todo, y volvían a la vida criminal. Al final, nos toca crear las condiciones para que la mayor parte de aquellos que honestamente se quieren salir, lo puedan hacer, tomando en cuenta que también deben pasar por un proceso de justicia. Además, hay que cumplir procesos de justicia restaurativa para la víctima, y buscar mecanismos para resarcir en lo posible lo que hicieron. Esto es complejo, y para eso necesitas liderazgo político, el compromiso de la mayor parte de la sociedad. Es una tarea titánica. Por eso el estudio subraya el cultivo de los liderazgos empresariales para crear oportunidades. No sirve de nada entrenar a los pandilleros, los convencés de tener una vida legal, los sacas, y no hay nada para ellos. No sirve de nada. Entonces, también hay que educar a los que van a ofrecer trabajo. El problema es que todavía no veo eso en nuestras sociedades. Después de 20 años, no lo veo todavía.

Un sistema de justicia que funcione también es fundamental en la rehabilitación de los pandilleros.

Necesitamos un sistema por medio del cual los jóvenes puedan pagar por sus delitos, pero además recibir oportunidades y considerar todas las circunstancias por las cuales ellos cometieron los delitos.

La violencia para ellos es algo normal porque crecieron en hogares tan violentos.
Muchas veces se usa la mano dura por su atractivo político, para desviar la atención de las complejidades del problema.
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