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Jimmy ganó inmunidad, pero no impunidad
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Opinión

Jimmy ganó inmunidad, pero no impunidad

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Jimmy Morales cree que al mantener su inmunidad ha logrado impunidad. Una victoria pírrica que no tardará en volverse derrota: su inmunidad no es para siempre.

Elementos fundamentales de la gobernabilidad son niveles mínimos de credibilidad del Gobierno y de confianza de la ciudadanía en sus gobernantes. Aun con la presencia de fuerzas políticas de oposición, estos elementos permiten la cooperación entre el Gobierno y los actores no gubernamentales, lo que coadyuva al funcionamiento del Estado.

Desde esta perspectiva, el gobierno de Jimmy Morales es un fracaso estrepitoso, rotundo y descomunal. Esto, porque fue elegido gozando un nivel históricamente alto de confianza ciudadana y porque personificó la esperanza de derrotar la vieja política. Una expectativa ciudadana muy alta que desde el inicio se proyectó como una amenaza: ante expectativas e ilusiones tan altas, en caso de fracaso se anticipaban enojo y frustración ciudadanos también muy altos.

Por desgracia, lo único que Jimmy Morales ha sabido hacer es fracasar y demostrarse con mucha claridad como un denodado defensor de la corrupción, con lo cual ha logrado dilapidar su enorme capital político en tiempo récord. Sus torpezas y desatinos se han acumulado desde la victoria electoral, pero, sin duda, la cúspide de su incansable esfuerzo por fracasar como gobernante fue el intento de declarar no grato al comisionado Iván Velásquez y de expulsarlo. Otra intentona torpe y fracasada.

Para algunos, que no se hayan logrado los 105 votos para retirarle el antejuicio a Jimmy Morales es una victoria. Quizá, pero una de muy corto plazo y pírrica. ¿Quiénes se hicieron con esa victoria? Bueno, el presidente, su gavilla de corruptos y exmilitares rancios y un grupo de diputados que tampoco fueron 105 como para votar explícitamente en contra de retirarle la inmunidad al presidente.

Para los diputados que votaron en contra de retirar la inmunidad, pues solo confirmaron una percepción muy bien arraigada en la ciudadanía: que son lacra y lastre de la clase política al personificar lo más detestable de Guatemala. Son, sin duda, los rostros que se evocan cuando se plantea la depuración del Congreso. Con ello, esos diputados se confirmaron como los enemigos del esfuerzo anticorrupción, de la ciudadanía honesta y activa y de Guatemala en general.

Para Jimmy Morales, una vez que logre pasar la horrenda resaca de su embriaguez por esta victoria pírrica, será cuestión de muy poco tiempo que tome conciencia de que lo único que ha ganado es un gobierno zombi, atontado, que se ve obligado a funcionar como un autómata. Un gobierno carente de legitimidad y que, en vez de gozar confianza y crédito, de la ciudadanía recibe rechazo y enojo por la frustración de haber sido un candidato presidencial mentiroso, otro más que se suma a una lista ya demasiado larga.

Un gobierno cuyo rostro para la posteridad son las 41 niñas quemadas en marzo pasado, el intento de deshacerse del comisionado Velásquez, el embuste de «ni corrupto ni ladrón», privilegios fiscales injustificados, las estafas a los migrantes, las reuniones secretas y a puerta cerrada, una peligrosa —y estúpida— visión mesiánica a la que el presidente y sus allegados recurren cada vez más para justificarse, los casos de corrupción en contra del presidente y de sus allegados, la compra de diputados tránsfugas, dormirse durante la explicación del presupuesto, etc.

Si quiere, Jimmy Morales puede celebrar que conserva su inmunidad. Es una victoria de corto plazo y pírrica, pero de forma inevitable e inexorable perderá su tan preciada inmunidad. Su premio es un gobierno zombi y la desconfianza ciudadana. Puede celebrar hoy inmunidad, pero no siempre celebrará impunidad.

Así que, tarde o temprano, ¡Jimmy Morales, a los tribunales!

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