Finca Oná, El Quetzal

Panorámica de la Finca Oná

-I-

La Finca Oná era jardín enorme que olía a rositas blancas. Era un río pequeño adonde íbamos a nadar en nuestra poza. Era una plaza con su iglesia a un lado y las ventas de los comerciantes por los alrededores. Era una botica a donde llegábamos para que nos curaran el mal de ojo o para que el enfermero nos inyectara Serafón. Era un campanario de campana grande que sonaba a las seis y a las once de la mañana. Era un juzgado arriba del calabozo a donde solo llegaban las mujeres a arreglar sus chismes. Era la tiendona de doña Trinis y las tienditas de la ranchería. Era una caballeriza y un establo en donde había caballos y vacas. Era una carpintería que siempre olía a aserrín y una sastrería con plancha de carbones. Era una ceibona centenaria que observaba todos los horizontes. Era una escuela de madera blanqueada a fuerza de cal todos los años. Era un salón en donde los sábados había función de cine, pero para las actividades de la escuela se convertía en salón de actos y también era el salón de baile para la fiesta del Patrón Santiago. Era un beneficio en donde el café entraba en cereza y salía transformado en oro. Era un campo de futbol para que jugara todo el mundo. Era el mirador perfecto en donde cada tarde medio cielo se incendiaba y solo lo apagaba la noche.

 

-II-

Mi nombre es Víctor Manuel Muñoz Cruz. Casi nunca uso mi nombre completo porque no me gusta el nombre “Manuel”. Creo que esto se debe a que cuando era niño me disgustaba que me dijeran: Meme, Memito, Manuelito, Manolo, Manolete, Manolín, Memín, Manuelín, Memeluco, Etc. En todo caso he llegado a descubrir que casi todos tenemos dos nombres, pero tratamos de esconder uno de ellos. Y claro, cada quien tiene sus razones para hacerlo. Pero hablemos de la Finca Oná.

Don Santiago Muñoz, con quien teníamos común apellido pero ningún parentesco, y que era el habitante más antiguo de la Finca, nos contaba historias. De Juan No. De la caída de las arenas. Del temporal que se llevó los puentes, los ranchos, las vacas y hasta los perros.

Vieran visto para el temporal. El río Las Rosas, ahí lo ven ustedes, mansito, pero creció hasta la piedrona de la última vuelta. Vieran visto, tronazón la que traiba de tanta piedra que se dejó venir desde allá arriba. Se llevó arbolones que nunca nadie hubiera podido quitar. ¿Cuándo vino usted a la finca, don Santiago? Vine un año antes de que cayeran las arenas. ¿Cuándo construyeron la casa grande, don Santiago? Despuesito de que cayeron las arenas. ¿Y el puente colgante que estaba sobre el río Naranjo? Uhh, mucho después de que cayeron las arenas. ¿Cómo fue eso de la caída de las arenas? Pues que un día comenzó a lloviznar arena y no paró. Cuatro días seguidos duró la cosa. Don Jorge, el administrador de ese tiempo nos dio posada en aquellos almacenes, mire. Ahí nos estuvimos todos esos días, turnándonos para barrer el techo porque hasta tronaba de que ya se quería caer por el peso de la arena. Yo y algotros nos enfermamos porque con las arenas venía un polvito con olor a azufre que se le metía a uno hasta en las orejas. Una tos que nos agarró, viera. Menos mal que la pila de la ranchería de allá arriba estaba techada y no le llegó la arena. Era la única agua que podíamos tomar. Toda la ranchería quedó desaparecida. En las partes más bajas la arena llegó a hasta acá mire, no le miento, como tres metros de alto. Yo nunca había visto llorar a don Jorge, hombrón él, grandote, colorado. Era un poco amargo de su trato, pero esa vez lo vimos bien sometido, viera. Para qué le cuento, todo se acabó. A mí me entraban las ganas de llorar pero me aguanté. Por algo uno es hombrecito, ¿verdá? Lo bueno fue que ya estaba entrando el invierno y el agua poco a poco se fue llevando las arenas. Después hasta de bendición resultó porque viera visto, los cafetales se dejaron venir con ganas, y también los naranjales y los limonares y todo, hasta las flores. Como que abono les hubiera caído.

-III-

El departamento de San Marcos cuenta con características únicas y extrañas. Posee el volcán más alto de meso américa, pero también posee acceso directo al mar. Esto quiere decir que si a usted le gusta el frío puede ir allá, pero si a usted le gusta el clima templado de la boca costa, también puede ir allá. Y si le parece mejor el clima caliente, o darse un baño de mar, puede ir al puerto de Ocós.

Sus tierras son amablemente fértiles y la gente es un reflejo de todo esto. El color verde, en todas sus tonalidades está ahí, a donde usted dirija la vista.

La Finca Oná pertenece a El Quetzal, uno de los municipios de San Marcos. Está situada precisamente sobre la boca costa. El clima es sumamente agradable; sin embargo, la época de calor se siente fuerte, pero nunca a los extremos de los lugares más bajos. El invierno también es muy intenso, con su correspondiente temporal que dura una semana, pero también en su momento aparece radiante la canícula.

Yo llegué a la Finca Oná cuando tenía tres años y medio. A mi papá lo contrataron para el puesto de contador. Vivimos ahí diez años; es decir, toda mi niñez.

 ¿En dónde queda esta finca? Mire, usted se va de aquí a Escuintla, pasa de largo por Mazatenango y por Retalhuleu hasta que llega a Coatepeque, de ahí toma camino como quien va para el cementerio, pasa el basurero, pasa el puente que antes era colgante y ahora es de cemento y que está sobre el Río Naranjo, pasa por varias aldeas y fincas hasta que llega. El camino siempre es para arriba porque tal como arriba quedó consignado, la finca está situada en la boca costa. Como está un poquito en alto, si usted mira para abajo verá toda la costa. A medio día el calor hará que todo lo mire como si fuera a través de agua que está hirviendo. Son las reverberaciones del clima caliente. Cerca de la escuela, en donde hay un cerrito, por las noches podrá ver el faro del Puerto Madero, en México, que a cada minuto anuncia su presencia. También podrá ver las luces de Coatepeque, del puerto de Champerico y de las otras fincas. Si mira para arriba, para el Norte, pues, verá el penacho de la sierra madre.

Al llegar a la Finca le darán la bienvenida filas bien ordenadas de palmeras. Como alamedas elegantes cuidando a los viandantes y a los vehículos que van llegando.

Ya en el centro, digamos la plaza, estaba la iglesia de madera con el Patrón Santiago montado sobre su caballo. También había una imagen de la Virgen, un Crucificado y los cuadros del Viacrucis. La iglesia tenía su campanario pequeño, de repique, que avisaba la hora de los rezados y las misas cuando llegaba el padre, si es que llegaba porque en ese tiempo por ahí no había muchos padres, y si los había, en invierno el camino era imposible de transitar. Y también avisaba cuando llegaba el doctor para que acudieran los que estaban enfermos.

La botica era un lugar que olía a farmacia. La atendía el enfermero. Don Joel se llamaba. Era un tipo flaco y de nariz caballuna. A la gente le daba tos o diarreas o se lastimaban. Era lo normal y para eso estaba el enfermero. El doctor llegaba una vez por semana desde Coatepeque para atender casos más serios. Se llamaba doctor López. Era moreno y grandote. Vamos a ver qué tiene este cristiano, decía, y comenzaba con las preguntas. Estoy mala de mi mala parte, le dijo una vez la Carlota. No jodás, que esa es la buena parte, le respondió él, luego soltó la carcajada.

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Un domingo llegó uno de los mozos con su muchachito a tuto. Lo había mordido una serpiente en el pie y el mozo, luego de machetear a la serpiente cargó a su hijo, se lo llevó a su rancho y le dio a beber un octavo de licor, después se lo llevó hasta la enfermería, pero el enfermero no estaba. Mi papá lo atendió. Casi a gritos le reclamó que le hubiera dado licor al niño. ¡Con eso le aceleraste el pulso y se va a morir más rápido!, le dijo, luego tomó una hoja nueva de afeitar e hizo un corte recto en el pie del muchachito, entre los dos puntitos donde había sido la mordedura, después le hizo un torniquete abajo de la rodilla y lo inyectó con suero antiofídico.

El calabozo quedaba abajito de la pilona a donde iban las mujeres a lavar ropa. Era una casona de dos niveles. Arriba quedaba el juzgado a donde Nicolás Pérez llegaba todas las noches a impartir justicia que nadie solicitaba nunca, pero él era la autoridad. En la calle era sencillamente Nicolás, pero en el juzgado era El Señor Alcalde. Tenía su vara con todo y su borla azul. Sus mayores también tenían sus varas con sus borlas, pero de otro color. Solamente dos veces fue ocupado el calabozo. La primera, cuando a Grabiel se le desmayó el camión justo antes de la ceibona y se le fue para atrás. Mató a dos niños y se fue preso a San Marcos. La segunda, cuando don Jorge Chaparrito se emborrachó y se puso a gritar improperios. Fue para el baile social de la feria del Patrón Santiago. Como no se callaba, entre el alcalde y los mayores lo maniataron y lo fueron a encerrar. Ahí se pasó gritando toda la noche hasta que lo venció el sueño.

Hace una década, Muñoz volvió con su familia de visita a la finca. Esta es una fotografía del viejo calabozo.

En la finca había una tiendona. Era de doña Trinis. Quedaba al final de la calle empedrada que partía desde la iglesia. La atendía ella y don Felipe. Vendían lápices, cuadernos, frasquitos de tinta azul, canuteros, plumillas, cervezas y aguas gaseosas frías, kerosina, fósforos, agujas, hilos, bolas de lana, agujas capoteras, frasquitos de agua maravillosa, mentol davis, pilas para linternas, metafen, cigarros, puros hechos en el país y mil cosas más que mi memoria, al ponerme en este momento a mirar hacia las estanterías ya no puede recordar. Mientras mi papá se tomaba una cerveza adentrito, tal vez para que no lo viera la gente, nosotros jugábamos con la Enmita y con Luis Felipe. No había mayor emoción que atender a alguna compradora, entregar el producto, recibir el dinero y dar los vueltos. Con un centavo se podía comprar dos dulces o dos chicles y masticarlos a escondidas de papá. Había cosas más caras que podían llegar a costar hasta cinco centavos. Por ejemplo una botella de kerosina, un cuaderno de veinte hojas, un lápiz Mongol o una hojita de afeitar. Ah, doña Trinis también vendía helados que ella misma hacía. Eran cuadraditos y de colores. Costaban un centavo.

Además de la tiendona de doña Trinis estaban la tiendecita de la Engracia y las tiendecitas de las rancherías en donde se podía encontrar cosas más modestas. Por ejemplo los lápices chinos que costaban tres centavos cuya madera parecía piedra y la mina, también. Al meterlos al sacapuntas se quebraba la mina y al sacarles punta con una hoja de afeitar, también. Al querer escribir con ellos quedaba rasgado el papel. El borrador era aguado y en vez de borrar dejaba una mancha negruzca. En las tiendecitas uno también podía comprar aguas gaseosas, pero al tiempo, y dulces de a cuatro por un centavo; esos que ahora cuestan veinticinco centavos y alguna fruta que alguien iba a traer de alguno de los árboles que abundaban por ahí.

Pero además de la tiendona de doña Trinis y de las tiendecitas, a cada quincena se aparecían los comerciantes. Don Flavio con su hijo Marciano, que siempre llevaban novedades tales como linternas; metros metálicos y para carpinteros; bolígrafos; cremitas cuatro rosas; brillantinas sólidas y líquidas para el pelo, también cuatro rosas; pañales, playeritas; calzones de algodón que a escondidas compraban las señoras; calcetines chinos que solo duraban una puesta y hasta sobrecitos de alka seltzer que eran un lujo porque costaban cinco centavos. Aparte de don Flavio estaban Santos y Lolo, que ponían su venta un poco más abajo, siempre en la plaza. Eran socios en el negocio y hasta la fecha no termino de explicarme cómo le hacían para que su sociedad no se rompiera. Ellos también vendían agujas, pero más baratas que en la tiendona. También vendían veladoras, candelas, fósforos, locioncitas Sierra, trompos de madera, pita para jugar chajalele, cigarros payasos, atados de ocote, puros del país, y cuando era su tiempo, se aparecían con manzanas, duraznos, ciruelas rojas y amarillas y hasta tenían un mueblecito forrado de cedazo en donde llevaban pasteles que costaban cinco centavos. Y eran ricos los pasteles, principalmente los cartuchos de milhoja rellenos de turrón. Cuando aparecieron los refrescos en bolsa plástica, que se llamaban cuquitos, ellos los llevaron también. De inmediato papá nos prohibió tomar tales refrescos, pero nosotros nos los tomábamos a escondidas.

Pero además de la tiendona, de las tiendecitas y de las ventas de don Flavio y de Santos y Lolo, llegaban, sin que nadie supiera por dónde, los contrabandistas. Uno parecía pirata porque tenía parchado un ojo. El otro era un moreno nervioso. Instalaban su negocio, siempre en lugares distintos, hacían correr la voz y comenzaban con su venta. Llevaban cosas mexicanas. Latas de chile jalapeño, botellas de tequila, pañuelos y listones de seda y muchas cosas más. A papá no le gustaba que nos acercáramos a sus ventas, pero nosotros nos acercábamos porque mamá nos mandaba a que les compráramos jabones Camay. Los contrabandistas ponían su manta en el suelo, y casi sin decir nada comenzaban a despachar lo que la gente les compraba. En menos de una hora lo recogían todo y desaparecían por donde habían llegado.

La caballeriza quedaba un poco más acá de la plaza. No eran muchos los caballos. Apenas ocho o nueve. Los usaban los mayordomos, don Mariano Molina y don Goyito López. Eran los encargados de revisar que todo estuviera en orden en los cafetales. Ellos tenían reloj de leontina. Cuando escuchaban el campanario de la campana grande les ordenaban a los caporales que sonaran sus cornetas para que las escucharan más allá. Más allá la escuchaba otro caporal y sonaba la suya para que la escucharan más allá. Y más allá la escuchaba otro y también sonaba la suya hasta que todo el mundo sabía que eran las once de la mañana. ¿Por qué las once de la mañana? No lo sé. A eso de las cinco o seis de la tarde iban regresando don Mariano y don Goyito. Dejaban sus caballos en la caballeriza y se iban para sus casas. Cuando era invierno llevaban forrado el sombrero con una manta untada de hule mientras una capa del mismo material les caía como campana desde el cuello hasta los flancos del caballo. Las capas las mandaban a traer a Escuintla. De todos los caballos recuerdo con mucho cariño al Happy Boy. Era un caballón grandote y viejo que ya nadie montaba y que nunca salía de la caballeriza. Que había sido un buen caballo, decía don Isaías, el encargado de la caballeriza. Era manso el Happy Boy. Yo lo llegaba a ver todos los días, lo acariciaba y él bajaba la cabeza. A veces me lo quedaba mirando y me preguntaba, ¿en qué pensará todo el día el Happy Boy? Un día amaneció muerto. Don Chico Bámaca, el bueyero, lo amarró de las patas y con los bueyes se lo llevó arrastrado desde la caballeriza hasta los planes que estaban antes de llegar a Belén. Atrás íbamos todos los mirones, niños en su mayoría. Todos iban como si se tratara de una fiesta. Yo iba triste. A medio camino como que se le rompió algo al Happy Boy, porque comenzó a dejar una huella húmeda. A lo mejor iba llorando con un ojo. Ya tenían preparado el agujero en el que lo enterraron. Pasé triste varios días, dando suspiros bien largos. Pensándolo bien, fue el primer amigo que perdí en la vida.

Me gustaba ver cómo le hacía don Isaías para herrar a los caballos. Me daba no sé qué ver cómo los clavos iban entrando en el casco; después salían por un lado. Don Isaías cortaba con una tenaza la punta y después limaba todo con un limatón. A lo mejor los caballos se ponían contentos porque ya tenían zapatos nuevos.

El establo era el lugar en donde dormían las vacas. Las ordeñaban a las cinco de la mañana, luego se las llevaban a pastar a unos pastizales que quedaban por el camino a La Fraternidad. Regresaban un poquito más tarde del medio día. Eran como cuarenta. Nunca dejó de sorprenderme que todas regresaran a su mismo lugar en el establo, sin equivocarse. Al nada más llegar, entre don Félix y Sebastián les iban pasando una batea con afrecho y sal. Me imagino que les gustaba mucho porque apenas les ponían la batea y ellas comenzaban a comer. O tal vez porque llegaban con hambre. Eran vacas color café que no tenían cuernos. Aun comiendo las comenzaban a ordeñar. Don Félix nos dejaba que probáramos ordeñar. La veinte era mansita, pero sólo le funcionaban dos tetas; en cambio la once era brava, pero daba mucha leche. En cuanto uno se acercaba, ella se ponía a mirar para atrás, como con desconfianza. A esa no, niño, decía don Félix. Váyase a ordeñar a la veinte o a la veintitrés. ¿Por qué no da leche en las cuatro tetas la veinte? A saber, niño, así nació.

Un día la veinte se enfermó. Le dio mastitis. La aislaron porque nos explicaron que la mastitis era muy contagiosa. Nosotros íbamos a visitarla. Se fue poniendo flaca y triste. Se le miraban las costillas. Llegó un veterinario desde Coatepeque, la examinó y le dejó medicinas que no le hicieron provecho. A los pocos días volvió a llegar y le dejó otras medicinas y esas sí le hicieron bien. Poco a poco le fue regresando la vida, pero todavía pasó dos o tres meses aislada. Su lugar se mantuvo vacío hasta que el veterinario, luego de hacerle varios exámenes dijo que ya estaba sanada. Don Félix la llevó de nuevo a su lugar y volvimos a ordeñarle sus dos tetas.

La carpintería quedaba arriba de la caballeriza, pero del otro lado de la calle real. Era un lugar fresco en donde siempre había un polvillo finito que se pegaba tercamente a la ropa. Nicanor Maldonado era el jefe de los carpinteros. Nicanor era chaparrito y moreno prieto. Daba gusto verlo usar sus serruchos, garlopas, garlopines, martillos, clavos, tornillos, lijas y colas. Era el encargado de hacer o reparar las puertas y las ventanas de las casas de la finca. A veces usaba un afilador para afilar los formones, las cuchillas de las garlopas o las gubias. El afilador era una piedra redonda y grandota que estaba metida dentro de un recipiente lleno de agua. La piedra estaba medio sumergida en el agua. Con un manubrio se le daba vueltas, entonces se mojaba toda. Este Nicanor, además de ser el carpintero jefe, era también el marimbero jefe. Tocaba el pícolo. Era el marido de Alicia Pérez, hija de alguno de los alemanes que habían sido administradores. Alicia era grandota y blanca. Sus hijos, Fausto, la Marina, Moisés y Pilo eran mitad morenos y mitad canches. La última vez que fui a Coatepeque busqué a la Marina. No me reconoció, pero yo sí a ella. Cuando le dije quién era yo como que le entraron los nervios y se echó a reír. Después de los saludos le pregunté por la familia. Nicanor murió a causa de un ataque de hipo; Alicia, a causa de trastornos por la muerte de Moisés en un accidente. Pilo se quedó en la finca. Trabaja en la oficina y ya tiene hijos. Ella también se casó y ya tiene hijos y nietos.

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El sastre se llamaba Luis Carredano. Estaba unido con la Jovita, hija de don Miguel Angel Mazariegos. Mi papá nos mandaba a su sastrería para que nos hiciera los pantalones que teníamos que usar para el desfile del 15 de septiembre. Daba gusto verlo tomar las medidas. Daba gusto verlo cortar la tela con unas tijeronas negras. Por alguna causa siempre mantenía muy crecida la uña del dedo gordo de la mano derecha. Tal vez le servía para agarrar bien la tela. Además de sastre, era el árbitro oficial de los partidos de fútbol que se llevaban a cabo casi todos los domingos en el campo. Pitaba un poco a control remoto porque no tenía auxiliares. A veces le gritaban cosas y la gente se reía. Para los días se Semana Santa este Luis, junto con don Mariano Escobar Sánchez y otros, se ponían a jugar taba. A mi papá no le gustaba que viéramos el juego de la taba. De todos modos nunca lo entendí, pero parece que era muy emocionante porque mucha gente se congregaba a verlo. Cuando la taba caía de tal o cual lado, se escuchaba una gran exclamación colectiva. Como cuando Mario Gato fallaba un gol.

Doña Laurita era la encargada de las cosas de la iglesia. De los rezados de mayo, de julio y de diciembre. Y también la encargada de preparar a la niñez para la primera comunión. Con ella aprendimos las salves, el Credo, Reina y Madre y todas las oraciones indispensables para llegar bien preparados para nuestro encuentro con Jesús, según decía ella. La noche antes de la Primera Comunión no cenamos. Al día siguiente tampoco nos dieron desayuno. Mis abuelitos nos enviaron desde Guatemala, a mi hermano y a mí, un misal que nunca leí, una moña de seda blanca que mamá nos pegó en la manga de la camisa, una candela grande y muy blanca que también tenía una moña blanca amarrada a la mitad y un rosario que nadie usó nunca. El padre Juanito nos confesó. Le leímos nuestros pecados, que llevábamos anotados en una hojita de papel. A la Olguita Arreaga le dio vahído, tal vez porque no había comido nada o por el calor. Hace poco encontré mi misal. Es de pastas como de porcelanita, solo que de plástico, tiene una trabita y un cordelito para señalar por dónde anda la lectura. Está igual, como si los años no hubieran pasado por él.

El equipo de fútbol de la finca se llamaba Fénix. Don Manlio Escobar era el dueño, el representante y el entrenador. No había equipo en toda la región que pudiera ganarle al Fénix. Chabelo Castillo y Mario Gato eran los goleadores. Según decían los que sabían, Chabelo era fino y Mario Gato era oportunista.

Siempre metían goles. Una vez llegó una invitación desde Limones para ir a jugar un partido. En uno de los camiones nos fuimos, pero muchos de los jugadores estaban más emocionados por ver el mar, porque no lo conocían. Es que Limones queda en el camino que va para el puerto de Ocós. Es un lugar caliente. El campo de fútbol no tenía grama porque ahí no crecía la grama. Solo tenía arena. Cuando terminó el primer tiempo ya íbamos perdiendo dos a cero. A los veinte minutos del segundo tiempo ya nos llevaban cuatro a cero. Lico Monzón se tropezó con uno de los jugadores anfitriones y se cayó. Y se quedó sentado. Y ya no se levantó. Cuando fueron a ver qué tenía solo dijo que en ese infierno no se podía jugar. Este Lico era blanco, pero se puso colorado. El sudor le corría desde la cabeza hasta la espalda. Se levantó, y como si estuviera borracho se fue caminando hasta salir del campo. Se terminó el partido. A don Meme de León le dieron calambres y entre Arnulfo y Froilán le estiraron las piernas mientras él se masajeaba haciendo muecas de dolor. Los anfitriones habían preparado almuerzo. Don Manlio les agradeció, pero les explicó que los muchachos querían ir al mar. Nos dijeron que estaba bien, y que cuando regresáramos tendrían todo preparado. Y nos fuimos para Ocós. Arnulfo no conocía el mar. Ni Mario Rabanales ni Ovidio Mazariegos. Ni Mario Vásquez ni Manuel orejón. Cuando por fin llegamos caminamos hacia la playa. Arnulfo se quedó como de piedra. ¿Y eso en dónde se termina? Hasta el otro lado del mundo. ¿Y se puede ver desde aquí el otro lado del mundo? Ni desde aquí ni desde muchos kilómetros más allá. ¿Y entonces? El mar es inmenso. ¿Y ese movimiento? Son las olas. ¿Y cuándo se va a terminar? Nunca, es el movimiento perpetuo del mar. Arnulfo preguntaba y escuchaba las respuestas, pero tenía los ojos como de asustado, bien abiertos, como si de tal forma pudiera abarcar semejante inmensidad. En tales admiraciones estábamos cuando se apareció una tortuga enorme. Sí, salió del mar y se vino caminando despacio. Cuando vio a tanta gente y escuchó los gritos y sintió los pasos decidió regresar, pero los muchachos la alcanzaron. Entre cuatro la cargaron y se la trajeron para la playa. Yo jamás había visto, y estoy seguro de que jamás volveré a ver, una tortuga marina en tales circunstancias. Tenía la concha negruzca, las aletas tirando a verde y la barriga blanca. Los muchachos la pusieron boca arriba, entonces ella, con sus manos y sus patas comenzó a aventar arena para arriba. Don Meme de León quiso averiguar si parándose encima de ella lo podía aguantar y de nuevo la pusieron boca abajo. Don Meme se paró encima pero la tortuga no pudo caminar. Luego de observarla un rato, don Manlio dijo que había que dejarla en paz. Se fue de regreso hacia el mar y desapareció inmediatamente. Después de los comentarios y la algarabía casi todos nos quitamos la camisa y el pantalón y nos metimos al mar. Tengan mucho cuidado porque el mar es peligroso, dijo mi papá. Hasta nosotros con mi hermano terminamos metidos en el oleaje. Al cabo de un rato alguien decidió que era hora de regresar porque ya nos estarían esperando con el almuerzo.

Nuestra escuela se llamaba: “Escuela Rural Mixta 15 de septiembre de 1821”. Quedaba a la orilla de la calle real. Un poco más adelantito de la casa de don Chemita Arreaga y casi enfrente de la casa de don Ovidio Laparra. El profesor Mario daba clases de primero, de segundo y de cuarto. La escuela era un salón enorme en donde estaban todos los grados. Mientras los de primero estábamos haciendo sumas y restas, el profesor Mario les daba dictado a los de segundo; y cuando nos dejaba a todos haciendo sumas y restas, les daba clases a Homero Laparra y a Ovidio Mazariegos, los dos únicos alumnos que estaban en cuarto. Mi compañera de banco era la Josefina Momotique. Cuando no llegaba a clases me sentía triste. Al día siguiente le daba copia de lo que nos había dictado el profesor. Por ahí tengo mi certificado de primer grado en donde consta que salí aprobado. Está en una hoja de papel sellado de a diez centavos. El profesor Mario estuvo dos años dándonos clases; luego llegó la seño Meches, después la seño Berta y por último la seño Ana María.

Hacíamos actos para el día de la madre, para el 15 de septiembre y para la clausura del año escolar. A mí siempre me ponían a declamar. Tal vez porque en ese tiempo tenía buena memoria, no como ahora, que todo se me olvida rápido. Hubo un año, para el día de la madre, que a la seño Meches se le ocurrió que tendríamos que representar: “El brindis del bohemio”. Me tocó el papel de Arturo. En dos noches me aprendí el poema. El día antes de los actos mi mamá me mandó a donde don Julio Rodas, que era caporal, pero también era el barbero oficial de la Finca. Cobraba cinco centavos por cortarle el pelo a la gente. Mi mamá había dispuesto que la forma correcta en que debíamos llevar el pelo era casi rapados, sólo con un mochito en la frente, como soldados. Y así me presenté a declamar. La Bertita Douma fue la encargada de ir llevando la obra. Dijéramos, la moderadora. Cuando dijo: “solo faltaba el brindis de Arturo, el bohemio puro…, sacudió su melena alborotada y dijo así con inspirado acento”. Entonces yo sacudí la cabeza, en la que, por lo que anotado arriba ya quedó, para nada tenía una melena, pero no hubo ningún problema porque nadie sabía qué cosa era una melena. Y comencé con lo de: “Brindo por la mujer, más no por esa…”.

Todo era carreras cuando se trataba de preparar los actos, pero nada como los preparativos para la marcha del 15 de septiembre. Comenzábamos desde mayo. Fausto Pérez era el encargado de tocar el redoblante. Y ahí íbamos todos, un dos, un dos, un dos. A mi papá le molestaba tanto ensayo. Que era una lamentable pérdida de tiempo, decía. Con el tiempo me vine a dar cuenta de que los ensayos para las marchas del 15 de septiembre son cosa verdaderamente seria. Como de vida o muerte. Aquí y en cualquier parte de la república. Como que tal cosa fuera algo indispensable para todo establecimiento que se precie de tener prestigio estudiantil.

Ahí estudié toda la primaria. Luego mi papá nos mandó, a mi hermano y a mí, a Quetzaltenango, para comenzar con la secundaria. Nuestra partida fue algo así como un ensayo de despedida porque al año siguiente a mi papá le quitaron su trabajo y nos regresamos a vivir a la capital.

En época de vacaciones escolares nos organizábamos con los Escobar, con Güicho González, con Javier García y con todos los de la clase para ir al barranco grande, al río Las Rosas o al campo a jugar fútbol. Lo más emocionante era ir al río Las Rosas. Era muy quebrado y pequeño, pero el agua bajaba fría. En un recodo le construíamos un embalse, de modo que se formara una poza. Dejábamos nuestra ropa en la orilla y nos metíamos al agua. Ninguno tenía calzoneta o cosa parecida, pero ese no era ningún problema. Ahí nos manteníamos metidos todo el día, jugueteando con el agua y supuestamente aprendiendo a nadar. En una ocasión, y por las prisas, dejé mi ropa encima de un hormiguero de hormigas arrieras. Son bravas las hormigas arrieras. Cuando pican dejan una ronchita que duele mucho. Luego de estar ahí, metidos en el agua todo el día, y cuando decidimos que era hora de regresar, fui a buscar mi ropa pero estaba imposible. Enrique Baltazar agarró mi camisa y se puso a sacudirla contra el tronco de un árbol. Poco a poco le fue quitando las hormigas. Después hizo lo mismo con mi pantalón y con mis zapatos. Terminó con las manos ampolladas. Todavía con desconfianza me fui poniendo mi ropa, pero aun con el trabajo y el sufrimiento de Enrique, me picaron dos hormigas, una en el cuello y otra en el hombro.

Los señores de la oficina, que era en donde trabajaba mi papá, luego de algunas gestiones ante el administrador lograron que semanalmente hubiera funciones de cine. Eran en el salón de actos que a la vez servía de bodega para los fertilizantes, para guardar las herramientas de trabajo de la gente y para guardar la marimba. Las películas llegaban dentro de unos recipientes circulares de lata. Andrés Muñoz era el encargado de operar el proyector de cine marca Bell and Howell, o algo así. Las funciones, que eran los días sábado por la noche, costaban cinco centavos. A veces llegaba mucha gente, a veces poca, pero cuando llegaba alguna película de Pedro Infante eso se llenaba. Llegaba gente desde otras fincas. Las canciones de Pedro Infante estaban de moda. Luego de la película, y durante toda la semana, la gente pasaba cantando o silbando las canciones que cantaba Pedro Infante. Bien recuerdo el día que llegó la noticia de su muerte. Como la Finca Oná queda cerca de la frontera con México, los que tenían radio escuchaban emisoras mexicanas. Las de Guatemala no llegaban, solo la Nuevo Mundo y no recuerdo que otra. A mi papá no le gustaba la Nuevo Mundo porque a él no le gustaba el fútbol. La noticia de la muerte de Pedro Infante corrió como un verdadero río. La gente se puso triste. Doña Martita, la esposa de don Goyito López no lo podía creer. Se echó a llorar. Y estoy seguro de que mucha más gente también lloró y seguramente más de alguien todavía lo habrá de llorar.

-IV-

La Finca Oná, ya lo dije, pertenece al departamento de San Marcos. Conocí la ciudad de San Marcos para una feria de marzo en que mi papá nos llevó para que viéramos de cerca una feria con todas las de ley. Fuimos a ver a la niña que se convirtió en araña por haber desobedecido a sus padres, nos subimos a la rueda de Chicago, comimos churros y plataninas y anduvimos dando vueltas por ahí.

Pasados los años tuve que regresar a San Marcos debido a que mi papá murió, y por eso de los trámites legales, el abogado nos pidió su Certificado de Nacimiento. Mi papá nació en Nuevo Progreso, también municipio de San Marcos, pero por alguna causa uno de sus tíos asentó su nacimiento en la cabecera departamental. Salí de Guatemala un domingo, a las cinco de la tarde, me hospedé en la pensión Pérez y al día siguiente, bien temprano, me fui al Palacio Maya. El encargado de la oficina, un señor extraordinariamente amable me lo entregó en apenas cinco minutos. Eran las 8 de la mañana y el bus pasaba hasta las 10. Usé mis dos horas disponibles para visitar a don Chemita Arrreaga, quien me llevó a conocer el kiosco del parque central. Es el kiosco más bonito de todos los que existen en cualquier parte del mundo. Lamentablemente, como muchas de las cosas de mi país, nadie conoce su historia. Aparte del Palacio Maya y del kiosco, San Marcos posee edificios muy bonitos, pero lo que más me llamó la atención fue la paz y tranquilidad que había por todas partes. Tal vez por la hora, pero me pareció que era una ciudad desierta. Si no hubiera sido porque de pronto se dejaban sentir algunas ráfagas de viento verdaderamente fuertes, tal vez habría concluido con que ahí el tiempo se había detenido a descansar.

Hará cosa de tres o cuatro años se me ocurrió que tenía que llevar una corona a la tumba de mi abuela, doña Ana Refugio Samayoa Laparra de Muñoz. Es que mi papá le daba encargo a don Chemita para que lo hiciera todos los años, ya que para él resultaba imposible hacerlo personalmente. Compré la corona y llegué hasta el cementerio. Con los datos que llevaba le expliqué al encargado sobre mi propósito. ¿En qué año murió ella?, me preguntó. 1922. Disculpe, me dijo, pero aquí tenemos registro desde 1970 para adelante. Atrás de esa fecha solo que busque desde aquí para allá, mire.

Y me fui a buscar, pero luego de dar vueltas por todas partes no encontré el panteón. El sol de tierra fría quema, por lo que dejé la corona en la tumba que me pareció la más triste, por lo abandonada que estaba.

No conseguí mi propósito, pero me sorprendió el San Marcos que encontré. Para nada el pueblo desierto que yo había conocido. La pujanza se ve por muchas partes y los cafés elegantes ya están ahí, como desafiando el clima y mi opinión.

-V-


La Finca Oná era el lugar más lindo del mundo. Y seguramente lo sigue siendo para Enrique Baltazar, Güicho González, la Blanquita Barrios, la mesha Arreaga, la Judith Laparra, la Bertita Douma, Renán, Kiko y Moncho Escobar, Javier García, la Chabelita Molina, la Marina Maldonado y tantísima gente que tal vez ya no está en ninguna parte; tal como yo, que a lo mejor me quedé perdido en el lugar equivocado.

¿Qué fue de mis compañeros de escuela, de mis amigos de la niñez? Vamos por partes. Enrique Baltazar se quedó allá en la Finca. Era un artista. Hacía unos dibujos preciosos. Lástima, no hubo una oportunidad para él. Güicho González se fue para los Estados Unidos, al igual que mi hermano. La Blanquita Barrios se vino para la capital, pero jamás la volví a ver, tal como me ocurrió con la Judith Laparra. La mesha Arreaga vive en Colomba, está casada con un doctor de apellido Mazariegos. La Bertita Douma vive en Costa Rica. Desde aquellos tiempos felices la he visto nada más tres veces, y solo en velorios. Renán y Moncho Escobar también viven aquí, dedicados a los negocios. Kiko también se dedicó a los negocios, pero murió hará cosa de cinco o seis años. De todos ellos, Javier García es con quien mantengo relación frecuente; se hizo abogado y es catedrático universitario. La Chabelita Molina, que tenía unos ojos muy lindos, como para fotografía de almanaque, se hizo maestra. Ya se jubiló y vive con su familia por el Parque Morazán. La Marina Maldonado ya lo dije, vive en Coatepeque.

Me niego regresar alguna vez a la Finca Oná. Me cuentan que ya todo está cambiado. Que la iglesia ya no existe porque construyeron otra en otro lugar, y de cemento. Que las rancherías tampoco existen porque el actual dueño hizo una colonia muy grande y muy cómoda. Que el campanario lo cambiaron de lugar y que ya no suenan la campana. Ya no hace falta porque ahora usan radios. Además, si vuelvo a lo mejor lo único que encuentre será las tumbas de quienes fueron mis queridos. 

Muñoz, segundo por la izquierda, abrazando a una niña, en las rancherías.

Muñoz, años después, segundo por la izquierda, en las rancherías. 

Finca Oná, El Quetzal

En ZOOM, los autores tienen una vinculación afectiva con el lugar del que hablan (o al menos eso intentaremos), y toman como punto de partida e hilo conductor un lugar concreto, un microcosmos, para hablar más ampliamente de esa región.

Yo llegué a la Finca Oná cuando tenía tres años y medio. A mi papá lo contrataron para el puesto de contador. Vivimos ahí diez años; es decir, toda mi niñez.
La Finca Oná era el lugar más lindo del mundo. Y seguramente lo sigue siendo para Enrique Baltazar, Güicho González, la Blanquita Barrios, la mesha Arreaga, la Judith Laparra, la Bertita Douma, Renán, Kiko y Moncho Escobar, Javier García, la Chabelita Molina, la Marina Maldonado y tantísima gente que tal vez ya no está en ninguna parte; tal como yo, que a lo mejor me quedé perdido en el lugar equivocado.
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