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Felipe quería estudiar, quería una bicicleta
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Catarina Alonzo, 31, madre de Felipe, en un momento de oración, frente al ataúd de su hijo

Felipe quería estudiar, quería una bicicleta

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Simone Dalmasso
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Tiempo aproximado de lectura: 10 mins
Historia completa Temas clave

El 18 de diciembre Felipe Gómez y su padre Agustín llamaron a su madre para avisarle que habían llegado a Estados Unidos y estaban bajo custodia de la Patrulla Fronteriza. Seis días después, en noche buena, Felipe murió. Fue hasta el pasado sábado 26 de enero que su cuerpo volvió a Yalambojoch, en Nentón, Huehuetenango, su tierra natal. Felipe es el segundo niño guatemalteco que muere bajo el cuidado de autoridades estadounidenses.

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A las cuatro de la mañana del sábado 26 de enero, sonó en Yalambojoch, Huehuetenango, una sirena. Terminada la sirena, en Chuj, el representante anunció a la aldea que Felipe Gómez Pérez, “el niño que murió en Estados Unidos”, estaba pronto a regresar a casa, que ya iba de camino. Tres horas después, en un ataúd blanco, el cuerpo de Felipe ingresó a la iglesia, cuando todo era silencio. Cuando el frío era tenaz.  

La madre de Felipe, Catarina Alonzo de 31 años, siguió la caja, con el pequeño Oliver, su hijo más pequeño, en la espalda. Catarina Gómez, se ocupó en grabar, con su teléfono móvil, el ingreso de su medio hermano. Cata, como le dicen de cariño, es hija del primer matrimonio de Agustín. Tiene 22 años, es solo nueve años mayor que su madrastra, con quien además comparte el nombre.

Silencio.

Adentro de la iglesia, Pedro Domingo, un trabajador de la parroquia, agradeció a quienes llegaron, al tiempo que las mujeres empezaron a repartir velitas. Nadie lloró. Afuera los gallos seguían anunciando el amanecer. Cata, a un lado, tenía la vista ausente y las manos dentro de los bolsillos de su sudadero negro. Pronto la gente empezó a rezar. Un padre nuestro. Un ave maría. En español. Luego otra oración en Chuj, el idioma dominante de la aldea, ubicada a 75 kilómetros y casi cuatro horas en carro del centro de Huehuetenango.

Pedro usó un ramo para regar agua bendita al ataúd y a las personas antes de salir.

—Bienvenidos los hermanos, unidos en el nombre de Cristo, Jesús—, cantó un grupo de mujeres, detrás de la combi blanca que llevó el cuerpo de Felipe de vuelta a casa, la casa que dejó junto a su padre en diciembre.

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Las calles de la aldea son de tierra y lodo, con profundos charcos de agua marrón. Las casas, en Yalambojoch, son chozas de madera, pero también hay modernos hogares de dos o hasta tres pisos que son el resultado, confirman los vecinos, de las remesas.

Cuatro hombres ubicaron el cajón dentro de la sala de la casa. Una sala hecha de block y piso de cemento. Adentro habían un par de focos opacos, alambres que colgaban de las paredes y un poster viejo de Pepsi, donde posa el goleador marfileño Didier Drogba. Quizás era el héroe de Felipe. A un lado, un pequeño altar con tres fotos de Felipe y sus botas de hule. Todos los niños en la aldea tienen un par, para sortear el lodo.

Rápido la gente llenó la habitación. Niños y niñas empujan las piernas y caderas de los adultos para entrar a ver. Una vecina y amiga de la familia, Patrona Domingo de 56 años, llamó por teléfono a su hijo, Mateo García, que está en Carolina del Sur trabajando. Doña Patrona le muestra, por video-llamada, el ataúd a su hijo. Otros más tomaron fotos. Sin embargo, a pesar del ruido y el lento sollozo de algunos, Doña Catarina y su hijastra Cata, no demostraron dolor. Permanecieron, más bien, en silencio.

“Este es el resultado de nuestra pobreza; ustedes pueden ver la pobreza”, dijo Pedro Domingo, tocando el cajón. “Por la pobreza, y por la guerra, nosotros acá nos vemos obligados a buscar otros lugares”.

Luego, Alejandra Herrera, la delegada del Ministerio de Relaciones Exteriores en Huehuetenango, y quien acompañó el traslado de Felipe desde que llegó al Aeropuerto La Aurora el viernes por la noche, preguntó si la familia iba a reconocer al cuerpo.

A las 7:45 Doña Catarina, abrió la tapa del ataúd.

“Ay, Dios, ahí está”, dijo alguien, a tiempo que Cata suspiró, viendo a Felipe por primera vez en casi dos meses.  

Tras rezos y cánticos en Chuj, la familia pidió privacidad. Le iban a quitar los zapatos a Felipe, dijeron, a dejarlo descalzo, pues es la tradición de la aldea. Cerraron la puerta. Y desde afuera, mientras los gallos cantaban y el fuego hacía tronar la leña, se escuchó el llanto agudo y desconsolado de la familia de Felipe. Así transcurrió la tarde. A puerta abierta la devoción era silenciosa, era de miradas caídas. A puerta cerrada, los llantos eran desgarradores.

Felipe tenía apenas ocho años. En Estados Unidos quería estudiar, quería una bicicleta.  

Una migración particular

En 1982, durante el conflicto armado, el ejército de Guatemala masacró a más de tres mil personas en Nentón. Los sobrevivientes encontraron refugio en México—que está a menos de nueve kilómetros de distancia— esto le permitió a varias personas obtener doble ciudadanía. Este desplazamiento dejó, también, vacías a varias comunidades durante los años ochentas. Como fue el caso de Yalambojoch. Luego, en los noventas, cuando el conflicto llegó a su fin, varios regresaron. Les tocó reconstruir la aldea desde cero, sin una fuente de ingreso fija o acompañamiento gubernamental.

En pleno 2019, veintitrés años después la firma de los acuerdos de paz, las personas de Yalambojoch no tienen acceso a agua potable. Confían, más bien, en el río. Tienen luz eléctrica, mas no alumbrado público. Y la carretera termina 6.5 kilómetros antes de la entrada de la aldea.

El exalcalde comunitario Lucas Pérez y Per Andersen, el fundador del Centro Educativo Niwan Nha (Casa Grande en Chuj), coinciden que el actual flujo migratorio inició hace casi veinte años, en el 2,000.

“Y encontraron trabajo en limpieza, en construcción”, afirma Pérez.

Según Lucas, la gente de Yalambojoch sale de dos maneras, siempre pagando, pero unos pagan poco. Otros, mucho. Quienes tienen la doble nacionalidad, pueden atravesar tranquilamente la frontera de Gracias a Dios-Carmen Xhán—algunos han aprovechado esto para inscribir a su hijo o hija en México—y una vez dentro de Chiapas, compran boletos de bus para llegar a alguna de las fronteras con Estados Unidos. “No necesitan coyotes”, señala Andersen. “Quizás solo para dar el último brinco”. Estos gastan aproximadamente 2,000 quetzales. Luego, quienes sí necesitan de coyotes desde el principio, pues no pueden entrar con tanta facilidad a México, pagan hasta 10,000 quetzales por persona.

Y el coyotaje es cosa de todos los días en Nentón.

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Lucas cuenta que varios coyotes anuncian sus servicios en las radios comunitarias. “Y seguido encuentro varios acá, hablando con la gente”, dice.  Y así la prosperidad llegó a Yalambojoch. Lucas Pérez estima que hasta 200 personas de la aldea están en Estados Unidos. En su mayoría hombres. Ubicados en Nueva York, California y las Carolinas, llevan dos décadas enviando dinero a sus familias, para comprar ropa nueva, carros, terrenos, etc. Algunos para pagar los servicios de otro guía. El sueño es, pues, la reunificación.

Las casas son más recientes, argumenta el exalcalde, empezaron a aparecer hace unos tres o cuatro años. Pero el avance es notorio. Si bien en la aldea prevalecen las chozas precarias, las paredes de madera y techos de lámina, no es difícil ver casas modernas de tres o cuatro pisos, con refrigeradoras nuevas y televisores LED.

“Uno también tiene esas ilusiones”, dice Doña Catarina, la noche del viernes, horas antes de recibir a su hijo en el cruce de Finca la Trinidad, a 15 kilómetros de la aldea.

Doña Catarina también tiene un hermano en los Estados.

—¿Dónde está él?

Pero Catarina no recuerda. Casi no habla con él.

“Pero voy a ver a su familia”, dice, sonriendo. “Ahí uno se da cuenta de cómo prospera él, del bienestar de sus hijos y, pues, uno también tiene sueños”. Doña Catarina y su hermano son de una aldea aledaña a Yalambojoch. Ella habla Chuj, es Lucas Pérez, el exalcalde, quien traduce sus respuestas. Además, Doña Catarina señala que tres hermanos de su esposo están también trabajando allá. Por eso salió Agustín. Eso y para pagar una deuda sofocante.  

Cata cuenta que su padre trabajaba cortando milpa, pero lo que ganaba no era suficiente para que la familia subsistiera. Ganaba un aproximado de 40 quetzales al día. Adicional, prestaba tierra a familiares y vendía maíz, frijol y azúcar. Pero ni así. Cuando Catarina terminó los básicos ella también empezó a trabajar. Primero de niñera, luego en una tienda de la aldea. Pero ni siquiera así les alcanzaba. Agustín, entonces, decidió sacar pequeños préstamos para cubrir las necesidades básicas de su familia. Préstamos con 3% de intereses. Pequeños prestamos que, rápidamente subieron a más de 10,000 quetzales. 

“Él era un buen padre”, dice su hija, apenada, arqueando las cejas, “él siempre hacía todo lo posible para que todos nosotros estuviéramos bien. Pero era muy difícil.”

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En la casa de dos cuartos vivían Agustín, su esposa, su hija Cata de 22 años, dos niñas de 16 y 10, y dos niños más, Felipe de 8 y su hermano Oliver de 2; y también los padres de Doña Catarina.

En noviembre del año pasado Agustín sacó un préstamo más. El último, pensó. Para pagarle al coyote y cubrir los gastos del viaje a Estados Unidos. Cata no sabe cuánto prestó su padre esa vez. Lucas Pérez y Per Andersen estiman que fueron unos 13,000 quetzales más. 10,000 quetzales por él y 2,500 quetzales por Felipe; más algo adicional”, dice Per, “como mínimo.”

Felipe, el goleador

Felipe, cuenta su madre y hermana, era responsable. Le gustaba ir a la escuela. Le gustaba saber cosas nuevas. Leer. Escribir. Aprender el español. “Cuando no sabía algo, alguna palabra, me preguntaba cómo se decía”, cuenta Cata, la que domina mejor el idioma en la familia. “Con muchas ganas de vivir”, agrega. Era sonriente. Feliz. Jugaba fútbol. Le gustaba jugar de delantero. Meter los goles. Como Drogba. Cuenta Cata que Felipe, con ocho años, se atrevía a jugar con los mayores, con sus primos de 15 y 20 años. Les hacía frente. Los driblaba. “A veces llegaba a la casa y nos decía que en física había metido gol”, dice Cata y sonríe. Sonríe con calidez y con una pizca de nostalgia.

Pero Felipe, el goleador, también se quería ir a los Estados Unidos.

Esto, asegura Lucas Pérez, es algo común en Yalambojoch, que desde pequeños tengan la idea de salir, que piensen que salir es una necesidad, que no hay oportunidades acá.

“Los jóvenes cumplen cierta edad y se van”, añade Andersen y asegura que esta fue una de las razones por las que la secundaria, en Niwan Nha, tuvo que cerrar. “Ya no teníamos estudiantes. Cada año eran menos”.

—Cuando sea grande, quiero irme allá—, decía Felipe.

Lamentablemente, cuenta Lucas, los coyotes locales se han empeñando en esparcir la idea errónea de que los adultos que lleguen con menores podrán entrar a Estados Unidos con facilidad. O ser liberados con facilidad. Doña Catarina dice que esta no fue la razón por la su esposo se llevó a Felipe. Asegura que fue para que él estudiara. Pero Lucas insiste en que muchas familias si creen lo que les dicen los coyotes.

A mediados de noviembre Agustín Gómez anunció a su familia que se iba. Lo había decidido. Y llevaría a Felipe, pues era el varón y quería estudiar. Ambos padres estaban de acuerdo. Luego Agustín se arrepintió y Felipe se puso muy triste. Agustín recapacitó y le compró a Felipe un nuevo par de zapatos, para el viaje. Salieron de Yalambojoch a principios de diciembre. “Llegando a México ella habló con el niño y dijo que estaba bien y contento”, traduce Lucas Pérez a Doña Catarina. Y así, llamadas cada ciertos días. Y una última antes de intentar cruzar a Estados Unidos.

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—Felipe está tranquilo y todo juguetón acá—, le dijo Agustín a su esposa. —Todo está bien, no hay problemas.

El día siguiente, el 18 de diciembre fueron detenidos en El Paso, Texas y llevados a un centro de detención. Dos días después fueron trasladados a El Paso Border Patrol Station. Dos días más tarde los movieron al Alamogordo Border Patrol Stations en Nuevo México por “los niveles de capacidad de estación en El Paso”, según el comunicado publicado por el Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, el 25 de diciembre. Llegaron a la estación de Alamogordo a la 1 de la mañana del viernes 23. Al día siguiente, el 24, un agente notó que Felipe tosía mucho y tenía “ojos brillantes”. Media hora después, Felipe y su padre fueron llevados a un hospital local. Le diagnosticaron a Felipe un resfriado. Pero tenía una fiebre de 39.4 y lo mantuvieron en observación. Le prescribieron Ibuprofeno y Amoxicilina.

Durante el día Agustín llamó a casa. “Dijo que el niño ya estaba enfermo”, comentó Doña Catarina, “todos rezamos por él, para que no le pasara mayor cosa”.

En la tarde, ahora dentro de una celda temporal, agentes le aplicaron a Felipe una dosis de las medicinas. A las siete de la noche Felipe vomitó, pero dijo que se sentía mejor. A las 10 dijo que tenía nausea otra vez. De camino al hospital volvió a vomitar y, según el comunicado, perdió el conocimiento. Felipe y su padre llegaron al hospital a las 11:07. El equipo médico no pudo reanimarlo. Diez minutos antes de la medianoche del 25, diez minutos antes de navidad, Felipe fue pronunciado muerto, convirtiéndose así en el segundo niño, después de Jakelin Caal, en morir bajo el cuidado de autoridades estadounidenses.

La autopsia dijo simplemente que la causa de muerte fue "influenza tipo B". Border Patrol aseguró que durante la custodia se le hicieron más de 30 chequeos al niño para asegurar su bienestar. 

Los restos de Felipe regresaron a Yalambojoch el pasado sábado 26 de enero.

“En Nuevo México USA”

El domingo 27 de enero Yalambojoch amaneció con unos vientos feroces que botaron sin esfuerzo las frutas de los aguacatales. Y a pesar de no haber una sola nube en el cielo, el frío en la aldea era el de siempre: apenas soportable con dos suéteres y visible en el aliento de quienes hablan.

A las 10 de la mañana cuatro hombres sacaron el ataúd de la casa e iniciaron el camino hacia el cementerio, ubicado en la entrada de la aldea. Una lenta caravana de nueve picops siguieron al que llevaba a Felipe. Algunos vecinos salieron a saludar mientras los niños y las niñas se entretenían viendo el vuelo irregular de un dron, de un helicóptero, como le llamaban. La familia de Felipe, Doña Catarina, Cata y demás, permanecían en silencio. Eso sí, grabaron. Tomaron fotos. Se salían por la ventana para ver dónde iba Felipe.

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Veinticinco minutos después los vehículos llegaron al cementerio.

Pronto, el caminar de la gente levantó un potente olor a grama. Todo era silencio. No había lágrimas. El llanto de los Gómez Pérez parece solo existir tras puertas cerradas. El féretro blanco fue ubicado dentro de un nicho hecho de bloc. Pero antes de la caja, Cata empujó una gran bolsa naranja, adentro iban todas las pertenencias de su hermano: ropa, juguetes, hasta sus botas de hule que lo esperaron por un mes, en el altar que su madre puso en la sala. Esto, cuenta un vecino, es también tradición de la aldea. “La familia no se puede quedar con algo del difunto”, dice, “solamente retratos”.

Las tumbas en el cementerio de Yalambojoch no tienen lápidas. Son reconocibles por los nombres escritos en una fina capa de cemento, a la hora del entierro.

A las 10:45 un hombre empezó a sellar la tumba. No había ni una nube en el cielo. Cata, usando una ramita seca, talló Felipe Gómez A, abajo falleció el 24 de diciembre en Nuevo México USA el 2018.

Doña Catarina resalta que, desde que murió Felipe, ha hablado varias veces con su esposo. Ella habla de perdón, de superar esta prueba juntos, a pesar de la distancia; de no permanecer peleados, de evitar discutir. “Es nuestro destino y debemos ayudarnos”, contesta. Así mismo, como mencionó en diciembre a varios medios, espera que su esposo se pueda quedar en Estados Unidos, trabajando, para saldar las deudas. Agustín ya fue liberado, pero la familia no tiene más información. Aún no reciben ningún dinero de él. El consúl en Phoeniex, Arizona, Oscar Padilla, dijo que se le condeció una "lincencia humanitaria" que le permite quedarse legalmente en el país. 

—¿En qué ciudad está su esposo?

Pero tampoco sabe. Él es quien las llama, cuando puede, con un teléfono prestado.

—Tal vez cuando le paguen compra uno suyo—, dice Cata, exhausta y sonríe.

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