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¿Es posible la “nueva izquierda” guatemalteca?
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¿Es posible la “nueva izquierda” guatemalteca?

La nueva izquierda, en mi opinión, no puede pretender basar el cambio social emancipador que se propone apelando simplemente a las mismas tradiciones intelectuales, métodos de análisis e instrumentos políticos y tácticos que utilizó durante un siglo que ya quedó irremediablemente atrás.
¿Significa esto que la nueva izquierda guatemalteca sólo es posible si se deja a un lado a la autodenominada “izquierda revolucionaria”?
Ilustración Walter Wirtz
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Tipo de Nota: 
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Tiempo aproximado de lectura : 46 mins

En este ensayo, Christian Espinoza trata de explicar que el futuro de la "nueva izquierda" guatemalteca pasa por abandonar las prácticas antidemocráticas, dogmáticas y verticalistas que han caracterizado a la histórica y por construir una teoría de la organización y la revolución muy distinta de la jacobino-leninista. Pero antes de llegar ahí, hay que dar otro paso.

La izquierda está aún sumida en una profunda crisis, y lo único que nos puede salvar es una nueva izquierda… Estoy harto de esa izquierda marginal que no solo sabe que nunca llegará al poder, sino que secretamente ni siquiera lo desea”. Slavoj Zizek

 

La crisis de la izquierda

La anterior cita de Zizek habla por sí sola, sin ser solamente provocadora. La izquierda mundial aún se encuentra sumida en una situación de crisis y confusión —algunos dirían que también de bancarrota— tras el hundimiento histórico del “socialismo realmente existente” en la Unión Soviética y Europa del Este, así como por el amplio descrédito que ya antes sufrían el pensamiento marxiano y los distintos marxismos como herramienta privilegiada para la interpretación de la realidad social.

De hecho, aunque el capitalismo neoliberal se encuentra en una nueva crisis desde hace siete años, tanto las concesiones aceptadas finalmente por Tsipras para acordar con la cuadriga un tercer rescate de la economía griega, como el restablecimiento de relaciones diplomáticas del régimen castrista con su otrora archirrival —los Estados Unidos—, dan una idea clara del escenario actual, complejo e intrincado. Un escenario que lleva eventualmente a gobiernos de izquierda a ceder soberanía, a actuar pragmáticamente y a limitar o flexibilizar sus programas políticos y sus posiciones ideológicas dentro de un sistema capitalista global interdependiente. Al menos de manera provisional, mientras las condiciones varían y puedan quizá llegar a soplar vientos más favorables a sus intereses.

Así, en general, la izquierda en el poder no está hoy en las mejores condiciones para impulsar una política emancipatoria y parece moverse más dentro de los márgenes de la política tradicional (hay quienes creen que la izquierda sudamericana es una excepción pero no voy a detenerme en esta discusión). O, como de manera realista lo ha dicho hace poco el español Pablo Iglesias, figura política de actualidad, la izquierda apenas puede hoy propugnar lo mismo que defendían los partidos demócrata-cristianos hace treinta años. Y para la izquierda política que está fuera del poder —esa “izquierda marginal” a la que se refiere en general Zizek— las cosas son aún peores, pues ha sido evidente en general su incapacidad de unir a sus diferentes y variadas expresiones bajo un mismo estandarte, de aprovechar el reflujo del neoliberalismo para romper su hegemonía y ganar más influencia en sectores más amplios de la sociedad, y de organizar a los desposeídos y descontentos para la movilización contra el poder del capital.

Con todo, ha pasado ya un cuarto de siglo tras la caída del Muro de Berlín y, como era de esperarse, en reacción a la contraofensiva del capitalismo neoliberal y al supuesto fin de la historia y de las ideologías, pero también con la mira puesta en la búsqueda y aprovechamiento de nuevas oportunidades que pueden abrirse ante la crisis en curso de éste, muchos pensadores de todos los continentes han dedicado esfuerzos a abordar y satisfacer la necesidad de revisión de la izquierda, esto es, se han empeñado en la tarea de contribuir a analizar y esclarecer críticamente los fundamentos teóricos, el horizonte político y el rumbo estratégico de la “nueva izquierda” y su política emancipatoria. De la izquierda que, haciéndose cargo o apropiándose de la derrota que supuso el derrumbe catastrófico del socialismo realmente existente, no puede ser más —como si toda la crisis fuese sólo un mal sueño— la izquierda que fue en el siglo XX; de la izquierda que, ya en la segunda década del nuevo siglo, aún no acaba por nacer.

En efecto, a pesar de todos esos esfuerzos desplegados, como ha remarcado Zizek hace apenas unos meses, no hay ahora fórmulas ni respuestas concretas acerca de la ruta y el norte al que han de apuntar la izquierda y su política emancipatoria en el siglo XXI. Existen diagnósticos profundos, ideas interesantes, perfiles de propuestas, etc., pero no hay —y quizá no habrá, como corresponde a la época de “pensamiento postmetafísico” en que vivimos— grandes respuestas, “grandes relatos” (Lyotard), como los que en su momento representaron Marx y ciertos marxismos para la izquierda de los siglos XIX y XX. De modo que, eso creo, aún está por verse claramente lo que esa “nueva izquierda” será en el plano global y, si acaso, también en nuestro país. Esa es la pregunta que me interesa comenzar a abordar aquí, porque no se trata solamente de hacer una declaración festiva y buscar acuerdos sobre las mismas bases teóricas y programáticas de siempre, ni mucho menos de gestar solamente nuevos pactos electorales entre camarillas y corrientes de izquierda con el afán de ocupar espacios de poder para solamente jugar a la política tradicional. ¿Es posible y cómo una “nueva izquierda” en Guatemala?

Sin debate crítico no habrá nueva izquierda: más allá de la autodenominada “izquierda revolucionaria”

Considero de manera general que la “nueva izquierda” en nuestro país sólo tendrá sentido y viabilidad si forja una nueva identidad que sustituya su pasado verticalista, antidemocrático, sectario y dogmático, con una praxis política horizontal, democrática, plural y autocrítica en la que todas las expresiones de izquierda puedan definir y perseguir en conjunto un programa político amplio y de largo plazo orientado a lograr una sociedad más justa, igualitaria y solidaria. O dicho como Arditi, para definir y echar a andar una política emancipatoria, entendiendo por ésta “la práctica que busca interrumpir el orden establecido y, por lo tanto, que apunta a redefinir lo posible, con el objetivo de instaurar un orden menos desigual y opresivo, ya sea a nivel macro o en las regiones locales de una microfísica del poder”. Nótese que he evitado deliberadamente el concepto de “revolución” y he optado mejor por el de “política emancipatoria”. No se trata sólo de un cambio simple de lenguaje o terminología. La nueva izquierda debe ir más allá de la concepción heredada de la revolución, enriqueciendo el significado de ésta con otras vías y posibilidades de praxis política en el marco general de la emancipación.

Este planteamiento es ambicioso por la idea de reunir bajo un mismo marco a todas las expresiones de izquierda. Puede parecer ingenuo o idealista prima facie, pero intento hablar aquí desde un punto de vista político realista. La nueva izquierda debe, en principio, estar abierta a todas sus corrientes (aunque luego, en su proceso de constitución, algunas de estas expresiones no quieran o no puedan formar parte de ella). Simplemente creo que este método no debe ser descartado a priori y, más bien, debe ser concebido como una meta o ideal a examinar de manera crítica y exhaustiva para saber si es viable políticamente y bajo qué circunstancias.

Dejo anotado también que hago este planteamiento aquí expresamente en el marco de una “izquierda estadocéntrica”, de una izquierda que se propone la toma del poder—aunque no se limite a este objetivo— para los fines de una política emancipatoria. Simpatizo y comparto ciertamente algunos elementos de crítica que problematizan agudamente a la izquierda estadocéntrica —como los señalados por Alejandro Flores—, los cuales requieren ser atendidos de manera seria y detenida, no sólo ser rechazados sin más.

Sin embargo, quiero detenerme ahora en la enorme importancia tiene el debate crítico sobre cuáles han de ser el horizonte político y el rumbo estratégico como primer paso en la constitución de la nueva izquierda en nuestro país.

A mi juicio, se requiere de un debate crítico porque la crisis de la izquierda ha revelado en principio que ésta no cuenta más con las grandes respuestas de que dispuso en los siglos XIX y XX para definir su identidad y orientar su acción en pos de una política emancipatoria. Esas grandes y viejas respuestas de la izquierda —en su gran mayoría de origen marxiano o marxista, pensadas para la sociedad del siglo XX, es decir, para una sociedad que irremisiblemente quedó atrás— han sido puestas en entredicho o, en el mejor de los casos, siguen resultando insuficientes en relación al bloque de preguntas relativas a cómo alcanzar una sociedad más justa, igualitaria y solidaria en el contexto contemporáneo. Para forjar y alcanzar nuevas respuestas, se necesita ahora, en general, una “nueva cultura política emancipatoria”, como dice de Sousa Santos, que vaya más allá de las tradiciones intelectuales en que se ha fundado comúnmente la acción de la izquierda.

Así, por ejemplo (para señalar dos casos concretos que deberían debatirse en la autodenominada “izquierda revolucionaria”) planteamientos como el de la “dictadura del proletariado” para la transición de la sociedad de clases a la sociedad comunista, o el del “leninismo” como modelo organizativo de la revolución socialista, no pueden seguir siendo aceptados dogmáticamente en el seno de la izquierda del siglo XXI sin haber pasado antes por el tamiz riguroso del pensamiento crítico y la praxis histórica. La nueva izquierda no puede darse el lujo de seguir fundamentando sus propuestas y estrategias en dogmatismos y purismos de ningún tipo, ni permanecer prisionera de nostalgias o melancolías inútiles. La presunta verdad y validez de la matriz teórica, conceptual y argumentativa que se heredó de la izquierda del siglo XX necesita ser abordada críticamente y establecida con rigor y seriedad, si es que la nueva izquierda aspira realmente a tomar y ejercer el poder para los fines de una política emancipatoria y no sólo para limitarse a jugar a la política tradicional, tal como lo pretende siempre —y suele lograrlo— la derecha.

Además de lo anterior, con las enormes transformaciones que ha experimentado la sociedad contemporánea en el último medio siglo, también ha cambiado notablemente el sentido de las viejas preguntas para la definición de una política emancipatoria de izquierda. Y han aparecido entretanto otras nuevas cuestiones de gran complejidad dadas las reivindicaciones de los nuevos movimientos sociales, de la caída del socialismo realmente existente, de los desarrollos del capitalismo tardío, etc.

La nueva izquierda, en mi opinión, no puede pretender basar el cambio social emancipador que se propone apelando simplemente a las mismas tradiciones intelectuales, métodos de análisis e instrumentos políticos y tácticos que utilizó durante un siglo que ya quedó irremediablemente atrás. Lejos de nostalgias y melancolías, en lugar de sublimar o seguir en duelo por la derrota histórica sufrida, la nueva izquierda debe ser capaz de ver a la cara a los adversarios “sin indulgencia ni autoengaño”, como exhorta Perry Anderson, debe salir del “autoensimismamiento” al que se sometió por propia voluntad; debe, subrayo por mi cuenta, redefinir su identidad, su horizonte político y su rumbo estratégico. En suma, debe reflexionar a fondo y decidir racionalmente en torno al carácter, contenido, ritmo y alcance de su política emancipatoria. Todo lo cual es improbable de lograr, desde mi punto de vista, si no es justamente a través de un debate crítico entre sus diferentes expresiones.

Pero en realidad, creo, aquí podría encontrarse el primer escollo para la formación de la nueva izquierda guatemalteca. A pesar de sus vínculos históricos con cierto pensamiento crítico por vía de la corriente comunista, no ha sido nunca una virtud de nuestra izquierda histórica —a la que en adelante denominaré también como “izquierda realmente existente”— el conceder gran valor e importancia a las discusiones teóricas y a las disputas argumentadas sobre los objetivos prioritarios, el programa, la estrategia y la táctica a seguir. Y ello no sólo a lo interno de sus diferentes organizaciones políticas y político-militares luego del derrocamiento de Arbenz en 1954 sino lo que es más grave, tras los Acuerdos de Paz, de cara a un público más amplio que interroga legítimamente acerca de los verdaderos fines y la viabilidad política de la izquierda en una sociedad que, además de históricamente excluyente, desigual e injusta para la gran mayoría de ciudadanos, expresa también cada vez más claramente -como es visible para todos nosotros desde abril de este año- su hartazgo y descontento con el régimen democrático, las instituciones públicas, los funcionarios y los políticos. Esto incluye, naturalmente, a los que se autodenominan de “izquierda revolucionaria”, pues tras los Acuerdos no lograron en verdad marcar ninguna diferencia sustantiva perceptible con la derecha.

A pesar de los claros fracasos militares y político-electorales sufridos durante más de medio siglo, ni la crítica ni la autocrítica argumentada han sido ejercicios usuales en la izquierda realmente existente para establecer sobre la marcha las razones de las derrotas y abrir así nuevos horizontes de visión y praxis política. Decía Simón Bolivar que “el arte de vencer se aprende en las derrotas”. Pero, a la vista de los resultados alcanzados, hay que admitir que nuestra izquierda realmente existente tampoco ha sido bolivariana en este sentido; sencillamente, hasta hoy sus máximos dirigentes parecen no haber aprendido nada o apenas poco de los fracasos. Las reflexiones autocríticas de ex-comandantes guerrilleros como Mario Payeras sobre los crasos fallos estratégicos y tácticos de la lucha político-militar del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y de la izquierda revolucionaria en general, formuladas y publicadas mientras el conflicto armado interno estaba vigente, fueron solamente un caso excepcional que, por cierto, terminaría llevando en aquel momento a una nueva escisión dentro del EGP.

Ciertamente, la actitud soberbia y despectiva de la izquierda realmente existente hacia el debate crítico no ha sido casual ni efímera. Está enraizada en una subcultura narcisista y sectaria de la que, según nos ha contado Gustavo Porras,  se quejaba ya el propio ex-Presidente Arévalo Bermejo durante su mandato y que se acentuaría aún más con los rasgos antidemocráticos, verticalistas y dogmáticos que imperarían en el movimiento revolucionario tras la caída del régimen arbencista.

Como nos ha recordado muy bien Edelberto Torres-Rivas, de las dos corrientes predominantes durante el conflicto armado interno, una de ellas —el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), comunista— basaría su trabajo político en el marxismo-leninismo y en la estrategia de masas, mientras que la otra -representada en general por las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), el EGP y la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA)- “sin necesitar nada de marxismo”, se enfocaría en la lucha armada como vía para tomar el poder del Estado y llevar a cabo un programa revolucionario de carácter socialista. Tal fue, en esencia, la forma y contenido de la política emancipatoria de la izquierda revolucionaria guatemalteca en el siglo XX.

Como lo han hecho ver varios ex-guerrilleros como Payeras y Gustavo Porras, en ninguna de estas corrientes sería la democracia interna —que presupone diálogo y debate plural— una base para la acción revolucionaria. Respecto a la experiencia particular del EGP, Porras detalla incluso que “en esa estructura vertical, las ideas de los militantes no jugaban ningún papel político. Uno podía pensar lo que quisiera siempre que se acataran las instrucciones y se llevaran a la práctica correctamente; además, que se cumpliera con los rituales de la organización y la ideología militante que ésta generó. Lejos de estimularse el estudio del marxismo, por ejemplo, se veía con recelo”.

Así, so pretexto de la clandestinidad, de la compartimentación y de otras circunstancias propias de librar una lucha armada, la comandancia guerrillera desplazó permanentemente el debate crítico en el seno de la izquierda, pero ya no sólo durante la época del conflicto sino, lo que es más grave, incluso después de que éste finalizó. Como un caso ilustrativo, Rolando Morán —máximo líder del EGP— le dijo alguna vez a Porras que las ideas de democracia que éste promovía dentro del EGP podían quizá ser correctas, pero que lo mejor era entonces que construyese su propia organización. Esto da una clara idea de que los comandantes guerrilleros tendían a preferir -incluso tras los Acuerdos de Paz- la división a la unidad, mantener su cuota de poder y el control de sus propias facciones u organizaciones para persistir en su propia estrategia cuestionada o cuestionable, a tener que debatir ampliamente y compartir democráticamente la toma de decisiones con otros actores o corrientes internas.

En su reflexión sobre el comentario de Morán, Porras llega incluso a justificar de algún modo el verticalismo que se vivía entonces dentro del EGP al señalar que “el tipo de organización no es independiente de la forma de lucha”. Pero si esto podía incluso ser válido durante la época del conflicto, creo que no existía ninguna razón para que el verticalismo prosiguiera en los años siguientes, tal como ha ocurrido.

En realidad, esta es mi convicción, la izquierda realmente existente y, particularmente, la autodenominada “izquierda revolucionaria” en nuestro país, en la práctica nunca ha tenido salvo algunos casos individuales una cultura democrática ni pluralista, abierta a la crítica y la autocrítica, y a ello se debe tanto el alejamiento evidente que han tenido de ella una gran parte de las izquierdas sociales e intelectuales en los últimos lustros, como la clara atomización y dispersión que ha tenido desde inicios de siglo en débiles partidos y movimientos políticos de izquierda que  han marchado sin inmutarse a la derrota en cada una de las coyunturas electorales de este siglo .

Pienso también que esa autodenominada “izquierda revolucionaria” corresponde en realidad a una “vieja izquierda” o “izquierda tradicional”, o ahora también “izquierda marginal”, que encaja perfectamente en la descripción zizekiana de que “no solo sabe que nunca llegará al poder, sino que secretamente ni siquiera lo desea” y que, por tanto, debe dejar de ser el referente principal para la izquierda nacional, si es que ésta aspira verdaderamente a un mejor rol o posición que el de simple comparsa en la escena política guatemalteca. Para una muestra de ello, véase la interesante crónica de Oswaldo Hernández sobre los resultados obtenidos por algunos partidos de izquierda en las recientes elecciones del 6 de septiembre.

¿Significa esto que la nueva izquierda guatemalteca sólo es posible si se deja a un lado a la autodenominada “izquierda revolucionaria”? No, en absoluto. Pero sí quiero enfatizar que me parece un primer paso decisivo crear espacios para el debate crítico entre todas las diferentes expresiones de la izquierda respecto a lo que la nueva izquierda ha de ser, su horizonte político y su rumbo estratégico; respecto a las formas y contenidos del cambio social emancipador que ha de buscar y priorizar, aun y cuando la autodenominada “izquierda revolucionaria” —dados sus antecedentes narcisistas, verticalistas y dogmáticos— se rehúse a participar o incluso, sin más, rechace la misma apertura del debate. La clave es comprender que, si no hay debate crítico, las cosas en la izquierda nacional seguirán siendo simplemente las mismas que han sido y son desde hace décadas. Sin debate crítico, no habrá nueva izquierda ni política emancipatoria; sólo más izquierda realmente existente, marginal, de comparsa; sólo más izquierda de política tradicional, sólo más izquierda que mueve piezas y es puesta en jaque en el tablero que define la derecha.

Nueva izquierda y revolución: más allá de la concepción jacobino-leninista

En esta sección quiero hacer algunos comentarios y críticas sobre los aportes efectuados con anterioridad por Álvaro Velásquez y Virgilio Álvarez en esta serie de Plaza Pública. Al igual que la de Alejandro Flores, cuyos agudos planteamientos críticos sobre la izquierda estadocéntrica abordaré en otra oportunidad, estas intervenciones resultan valiosas para intentar poner en práctica lo que podría ser un diálogo plural y un debate crítico entre diversas expresiones de la izquierda guatemalteca. Curiosamente, los planteamientos y argumentos expuestos por cada uno de ellos canalizan diferentes perspectivas de la izquierda, sin agotarlas.

En el caso de Velásquez, la izquierda revolucionaria. En el caso de Álvarez, la izquierda democrática; y en el caso de Flores, desde lo que él mismo denomina “anarquismo estratégico”. Por mi parte, he decidido pronunciarme aquí deliberadamente desde una perspectiva de izquierda democrática.

En cuanto a la intervención de Álvarez, queda clara nuestra coincidencia de opinión: en el marco de una izquierda estadocéntrica, la nueva izquierda guatemalteca habrá de ser democrática y plural o no será. Estamos de acuerdo también con respecto a la crítica de la izquierda revolucionaria (especialmente de su concepción instrumentalista de la democracia) y a la convicción de que se han agotado los “métodos, dirigencias y organizaciones que se alzaron en armas”. Y coincidimos en que la constitución de esa nueva izquierda —que Álvarez denomina por su parte como “opciones de la izquierda en la Guatemala de la post guerra”— es una tarea pendiente, que requiere de la participación amplia de todas las expresiones de izquierda y en la que, por tanto, la izquierda revolucionaria ha de ser vista solamente como una expresión más, no necesariamente hegemónica.

En lo que sí creo disentir con Álvarez, es en que él se pronuncia sobre la urgencia de una “izquierda ideológicamente sólida y anclada en el futuro”, lo cual se lograría a través de un “amplio diálogo”, mientras que yo considero que el debate crítico sobre el que abundé en la sección anterior —especialmente en función del estado de crisis y confusión en el que se encuentra la izquierda— es imprescindible y hasta prioritario para tal fin. En realidad Álvarez no aclara lo que entiende por “amplio diálogo”, pero tampoco refiere en su intervención a la necesidad de que las diversas corrientes de izquierda debatan críticamente entre sí. Más bien, interesado primordialmente en la “unidad de acción” de las izquierdas, pone énfasis en el “trabajo cooperativo” y exhorta a “poner acento en semejanzas, no en diferencias”.

A la luz de los antecedentes de la izquierda realmente existente en nuestro país, pienso que para lograr solidez ideológica y visión de futuro, para redefinir el carácter, contenido, ritmo y alcance de una política emancipatoria en nuestro país, no será suficiente una conciliación efímera de posturas ni un nuevo apretón provisional de manos entre actores o corrientes distintas y hasta opuestas (como ya ha ocurrido en el marco de algunas coyunturas electorales). Eso se logrará más bien a partir del debate crítico sobre lo que la nueva izquierda es ideológicamente y sobre lo que debe hacer estratégicamente de cara al logro de sus objetivos en el mediano y largo plazo.

Por citar un ejemplo para el debate: ¿le aportarían solidez ideológica y visión de futuro a la izquierda nacional el uso de categorías como “dictadura del proletariado” en su discurso y propuesta política? ¿Podría competir electoralmente y ser una opción real de poder en Guatemala alguna organización o proyecto político de izquierda que haya definido su política emancipatoria con base en los postulados leninistas de organización, toma y ejercicio del poder? Creo que desde una perspectiva de izquierda democrática la respuesta a estas cuestiones sería negativa y, por ello, el debate crítico con quienes opinen lo contrario es inevitable para la constitución y definición ideológica y programática de la nueva izquierda guatemalteca. En realidad, será sólo tras esa etapa cuando quede claro si es posible, y en qué medida, un proyecto político amplio de izquierdas en nuestro país.

Esto me lleva ahora a señalar una crítica al planteamiento de Velásquez a favor de la teoría leninista de la organización. Afirmaba Velásquez que “Lenin escribió, por ejemplo, que para lograr la revolución se necesita de revolucionarios, de cuadros que desde la minoría alcanzarán la mayoría, con disciplina, combatividad, solidaridad de clase; organización y argumentos. Eso sigue vigente”. Pero como bien señaló en su momento el célebre trotskista Ernest Mandel, la teoría leninista de la organización “es, sobre todo, en efecto, una teoría de la revolución”.

De modo que la crítica que formularé ahora está dirigida tanto a la idea de “revolución” que anida en la intervención de Velásquez como al “leninismo” que éste prescribe a la izquierda revolucionaria guatemalteca, aunque sin argumentar al respecto, sino simplemente declarándolo “vigente”. ¿Qué significa “revolución” para una izquierda del siglo XXI y cómo comprender ahora sus vías, especialmente tras el hundimiento del socialismo realmente existente? ¿Si la nueva izquierda guatemalteca quiere hacer de la “revolución” un elemento o contenido de su política emancipatoria, cuál sería su lugar e importancia específica y qué podría significar eso a nivel de programa político y de estrategia/táctica?

No pretendo responder aquí a estas interrogantes, pero sí al menos, basándome en Arditi, apuntar algunos elementos que me parecen fructíferos para comenzar a abordarlas y, a la vez, formular los argumentos críticos al planteamiento de Velásquez. A saber:

1) Que el concepto de revolución, tal como ha llegado hasta nosotros, tiene un carácter histórico y contingente cuyo significado no puede ser restringido o interpretado canónicamente bajo una concepción jacobino-leninista asociada a una lógica de insurrección.

2) Que es necesario alejar ese concepto de un sentido fuerte —con ribetes escatológicos y mesiánicos— y colocarlo “bajo la rúbrica general de la emancipación”, complementando aquel significado “con otras posibilidades que pueden ser generadas por el propio concepto”, como  argumenta Arditi.

Y 3) Que la teoría leninista de la organización y de la revolución debe ser abandonada o puesta al margen porque descarta la posibilidad democrática y subsume, bajo la emancipación de clase, las reivindicaciones específicas de los nuevos movimientos sociales. Es decir, vuelve prescindibles elementos ya enraizados en la izquierda del siglo XXI, como el pluralismo, el deseo y la diferencia.

Para comprender mejor estos argumentos me remitiré aquí también a los aportes del historiador alemán Reinhart Koselleck, quien en su magistral estudio sobre la historia conceptual de la revolución, nos ha recordado que este concepto no es unívoco. Es, más bien, un concepto “universal elástico” y, al mismo tiempo, un producto lingüístico de la Modernidad que es necesario clarificar y poner en perspectiva histórica para poder orientar eficazmente nuestra acción en el presente. Koselleck nos recuerda que, en estrecha y perdurable asociación con la astronomía y los movimientos circulares de los cuerpos celestes, la revolución fue en sus orígenes y durante muchos siglos un concepto “político-físico”. Una revolución significaba originalmente, y de acuerdo con su sentido literal, un movimiento circular. Aplicado al mundo político griego, esto significaba la sustitución y alternación cíclica de diferentes formas constitucionales: monarquía-aristocracia-democracia y así sucesivamente.

Según esta concepción, “cada cambio conducía a uno de los modos de gobierno ya conocidos, dentro del cual los hombres viven cautivos y era imposible romper este movimiento circular natural”. La revolución, pues, siempre conducía al punto de partida; no era posible introducir por la vía del cambio algo esencialmente distinto en el mundo político. Esta concepción transhistórica natural de la revolución comenzaría a transformarse, sin embargo, en los siglos XVI y XVII de nuestra era. En el marco de las luchas o guerras de religión en Europa, nos dice Koselleck, el concepto se usaba ahora para designar una multitud de eventos como motines, sublevaciones, levantamientos, revueltas, rebeliones y guerras civiles, las cuales podían cambiar de inmediato una forma de gobierno pero no, o sólo por sus consecuencias en el largo plazo, la estructura social. Así, la revolución se aplicaba ahora “como una metáfora consciente a acontecimientos a largo plazo o a sucesos políticos especialmente repentinos, a 'movimientos subversivos'”, pues había ya entonces una organización de la sociedad ordenada en Estados, en Estados que reclamaban con exclusividad el monopolio de la fuerza y buscaban impedir las guerras civiles. Pero no sería hasta la Ilustración que el concepto de revolución se aplicaría ya no sólo a lo político sino también a todo lo que pudiese concebirse “bajo el punto de vista del cambio y de la subversión”: derecho, economía, sociedad, arte, países, etc. Con la Ilustración, puntualiza Koselleck, “el concepto originario, natural y, como tal, transhistórico, amplió su significado parcialmente metafórico: incluía todas y cada una de las cosas”. Así, a partir de entonces, la revolución abandonaría su primitivo y parcial trasfondo natural y, siendo ahora un concepto universal, comenzaría a penetrar en el presente, en la cotidianidad de lo humano.

De acuerdo a Koselleck, fue la Ilustración la que descubrió la fuerza política del concepto de revolución, posibilitando que en éste confluyeran las esperanzas utópicas que nutrirían a la Revolución Francesa de 1789 y a los distintos movimientos de izquierda que de allí emergieron. La revolución dejó de ser transhistórica y pasó a ser concebida ahora en términos metahistóricos; desprendida por completo de su origen natural, inmersa por completo dentro de la historia humana, se volvió ahora “principio regulador tanto para el conocimiento como para la acción de todos los hombres incluidos por ella”. Desde la Revolución Francesa, nos precisa Koselleck, “el proceso revolucionario y la conciencia de la revolución, afectada por aquél y que vuelve a actuar sobre él, se corresponden desde entonces de forma inseparable. Todos los demás signos distintivos del concepto moderno de revolución se nutren de este significado de trasfondo metahistórico”. Por último, Koselleck exploró e identificó varios rasgos de esa concepción metahistórica de la revolución que ha llegado hasta nosotros, pero aquí me interesa destacar sólo uno de ellos, a saber: “el paso de la revolución política a la revolución social que distingue al concepto moderno de revolución”. A partir de la Revolución Francesa, en efecto, bajo el concepto de revolución ya no se tratará solamente de revoluciones políticas que sustituyen a unas formas de gobierno por otras; más bien, “la novedad es que la meta de una revolución política sea la emancipación social de todas las personas, la transformación de la propia estructura social”.

O dicho de otra manera, lo novedoso es que desde entonces el concepto de revolución se usará en adelante, como acertadamente dilucida Arditi, “para designar momentos de cambio radical o proyectos que buscan desarreglar y reconfigurar el orden de las cosas de una manera fundamental”. Desde la Revolución de 1789 primará la concepción jacobino-leninista que interpreta esencialmente la revolución como “la trinidad de la insurrección, el derrocamiento y la reinstitución” de la sociedad; la concepción que une “la idea de revolución con la toma del poder del Estado y con un proyecto que pretende, o que cree, que es posible modificar la sociedad a través de una ruptura decisiva”. Justamente los jacobinos serían, en el marco de esa Revolución, los primeros en concebir el cambio radical que plantea la revolución como “hacer tabla rasa del pasado para luego reconstruir la sociedad desde cero”. Y en ellos se inspirarían Lenin y sus epígonos para organizar y lograr la Revolución Bolchevique en 1917. Baste aquí recordar aquellas palabras de Lenin formuladas tajantemente en 1903 para diferenciar al bolchevismo del menchevismo en el marco de las disputas internas del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia: “el jacobino, indisolublemente ligado a la organización del proletariado consciente de sus intereses de clase, es precisamente el socialdemócrata revolucionario”.

Hasta aquí la exposición acerca de la naturaleza histórica y contingente del concepto de revolución desde los griegos hasta la Ilustración, así como sobre la concepción jacobino-leninista que la izquierda del siglo XXI ha heredado de la izquierda de los siglos XIX y XX. Esto permite ahora, de nuevo con Arditi, subrayar críticamente tres puntos relevantes que la nueva izquierda ha de tener en consideración al momento de debatir acerca de hacer o no de la revolución un elemento o contenido de su política emancipatoria (o lo que es lo mismo, permite volver sobre los tres argumentos críticos formulados sobre el planteamiento de Velásquez):

1) Que, dado su carácter histórico y contingente, la revolución no puede ser restringida en su significado o interpretada canónicamente bajo la concepción jacobino-leninista basada en las experiencias de la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique, pues esta concepción es, en realidad, sólo una interpretación más entre otras posibles y no necesariamente la última que habrá en la historia.

2) Que esa idea jacobino-leninista de la revolución conlleva un sentido fuerte de ésta al reducirla únicamente a “momentos fundacionales” o de “refundación del todo social”, a una especie de “big bang” según la lógica insurrección-derrocamiento-reinstitución (y tanta fuerza ha llegado a tener esta concepción en nuestro presente, que define incluso el uso habitual del término “revolución”), sin permitir así que puedan considerarse otro tipo de cambios —por ejemplo, la revolución democrática y la revolución sexual— así como la actividad cotidiana del revolucionar “como parte del campo de posibilidades de la idea de revolución”. Por esta razón, es necesario alejar el concepto de revolución de un sentido fuerte (tal como lo hizo, por ejemplo, Gramsci al pensar la hegemonía como el devenir Estado de un grupo, clase o fuerza política) y colocar éste “bajo la rúbrica general de la emancipación”, como dice Arditi, enriqueciéndolo “con otras posibilidades que pueden ser generadas por el propio concepto”, ya que para que haya una política emancipatoria “uno no necesita estar inmerso en el torbellino de los momentos excepcionales que nos instan a convertirnos en un Mesías colectivo y secular”; y

3) Que ese sentido fuerte de revolución, contenido en la concepción jacobino-leninista y asociado a una lógica de insurrección, que incluye elementos escatológicos y mesiánicos, conduce de modo natural a considerar como válidas o adecuadas las ideas leninistas de una vanguardia esclarecida que, dotada de la ciencia marxista de la revolución, constituida bajo el centralismo democrático y armada de cuadros disciplinados y con consciencia de clase, organizan y guían a las masas obreras en pos de la revolución y el establecimiento de la dictadura del proletariado hacia la sociedad sin clases. Sin embargo, esta teoría leninista de la organización y de la revolución, que ciertamente triunfó en la Revolución de 1917 y que ya en el ejercicio del poder por los bolcheviques dio lugar a la creación y mando bajo Stalin de un aparato de Estado autoritario, burocrático y sanguinario volcado sobre el pueblo soviético, debe ser puesta al margen o abandonada porque “descarta la posibilidad democrática” y no hace sino subsumir “bajo el manto homogeneizador de la emancipación de clase” las reivindicaciones propias de los nuevos movimientos sociales como las sexuales, de género, étnicas, etc. De no ser así, esto sería inconsistente con la puesta en marcha de una política emancipatoria que no reduce la revolución a una concepción jacobino-leninista y que toma muy en serio, como señala Arditi, que “el pluralismo, el deseo y la diferencia se han afincado ya en el imaginario socialista y ninguna iteración de la revolución puede prescindir de ellos”.

A la luz de los argumentos expuestos, considero que los acontecimientos políticos sucedidos desde abril pueden interpretarse justificadamente en su conjunto como una revolución, sea que se le llame una revolución “democrática”, una revolución “ciudadana” o incluso una revolución “de colores”, como han sugerido distintos analistas políticos en los últimos días. Esto requiere, por supuesto, mayor elaboración y detalles que no pueden presentarse aquí.

Sin profundizar en ello, pienso también que, desde la perspectiva de una política emancipatoria para la nueva izquierda, es equivocado afirmar que Guatemala “ya cambió”, tal como lo planteaban algunos candidatos presidenciales de derecha. Más bien, leve y gradualmente, ciertas variables clave del país están cambiando y ello seguirá así hasta que una nueva ola de indiferencia ciudadana y estabilidad política pueda asomar y sostenerse. Así, las cuestiones centrales que emergen de estos últimos seis meses son hacia dónde marcha esta revolución y, si va o ha de ir más allá del mero cambio de autoridades políticas, quiénes y cómo han de seguir impulsándola conjuntamente. ¿Habrá aquí algún lugar para la “nueva izquierda” guatemalteca?

Responder a estas preguntas amerita ciertamente un análisis exhaustivo cuyos variados elementos están siendo avanzados ya desde diferentes lugares y perspectivas de la izquierda guatemalteca: algunos de tales análisis son optimistas y tienen la vista puesta no sólo en la imprescindible reforma política sino incluso en una agenda más amplia, mientras que otros son pesimistas y, desilusionados con los resultados de las elecciones generales del 6 de septiembre, piensan que la revolución ya se frustró o, lo que es más, que en realidad –asumiendo una concepción jacobino-leninista- no ha habido hasta ahora en absoluto ninguna revolución sino simplemente “protestas” y “cacerolazos”. Creo por mi parte que, en realidad, tratándose de una revolución en marcha que está sujeta a múltiples variables en un escenario político altamente complejo, es difícil establecer en este momento hasta dónde llegará y cómo seguirá, si acaso, avanzando.

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