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Ernesto Cardenal: Entre lo humano y lo divino

A su despacho, un cubículo blanco, Cardenal llega con su característica boina negra, el cabello blanco en ondas, y anteojos, menudo, con una camisa blanca que recuerda a una casulla.
A sus 91 años Cardenal reconoce como la más importante de sus renuncias, la renuncia al amor humano y el matrimonio.
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Ernesto Cardenal: Entre lo humano y lo divino

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Un acercamiento con Ernesto Cardenal, el poeta/sacerdote nicaragüense, ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012. Una de las figuras referentes de la poesía latinoamericana de los últimos 50 años. Revolucionario, Ministro de Estado del sandinismo, y luego disidente. Su obra ha sido modelo de la poesía comprometida, ha celebrado la cotidianidad, revelado lo permanente en la fugacidad pop (Marilyn Monroe, puede dar fe), y explorado el misticismo (la búsqueda de lo divino) como el científico que divide el átomo.

Redes-lateral

Siendo aún seminarista, Ernesto Cardenal enfrentaba un dilema: “Escoger entre Dios y el matrimonio. Veía a Dios reflejado en la belleza de las muchachas”, recuerda, ahora a sus 91 años. Han caído gobiernos y pasado revoluciones, pero esa inquietud no ha dejado de habitar al poeta. Esta angustia lo persiguió hasta el monasterio de Cuernavaca, en México, a finales de la década de los 50, cuando empezaba su noviciado, y luego a Colombia, donde  concluyó  el sacerdocio. El mundo y lo divino, el compromiso social y la búsqueda de lo eterno, latía en Cardenal. Y esa ansiedad, ese mundo, lo acompañó de regreso a Nicaragua dónde se ordenó en 1965. Escribir, otra forma de orar, al mundo, a Dios, a la belleza, ha sido para él inevitable.

“Cuando entré (al noviciado) me ordenaron dejar de escribir poesía. Recordé cómo me había costado siempre escribir. Era mi vocación pero nunca me fue fácil”, dice uno de poetas vivos más celebrados de la lengua española, un poeta que ahora admite leer más sobre ciencia que sobre poesía. Una práctica en la que se siente sólo, dice, frente a otros autores. Cardenal, último de los místicos, está ahora interesado en el átomo, en los genes, en la extinción de la especie, pero también en el amor, en la vida.

Para él,

La muerte biológica no es de todo el ser,

es otro modo de ser.

A Cardenal se le puede ubicar casi todas las mañanas, llegando entre las nueve y las nueve y media, en su pequeña oficina del Centro Nicaragüense de Escritores en Managua. Un local de dos ambientes en donde se exponen sus esculturas y se venden sus libros, y donde asiste para leer publicaciones y revistas de ciencia que lleva en una maleta negra. Pasará allí la mañana para regresar a su casa en la tarde a escribir cuando el calor amaine.  Han pasado 55 años desde que  publicara su colección de Epigramas. Desde que el poeta/sacerdote, más tarde poeta/funcionario, poeta/disidente, escribiera:

Muchachas que algún día

Leáis emocionadas estos versos

Y soñéis con un poeta

Sabed que yo los hice

Para una como vosotras

Y que fue en vano.

Cardenal, ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012, es una de las figuras referentes de la poesía latinoamericana de los últimos 50 años. Revolucionario, Ministro de Estado del sandinismo, y luego disidente, su obra ha sido modelo de la poesía comprometida, ha celebrado la cotidianidad, revelado lo permanente en la fugacidad pop (Marilyn Monroe, puede dar fe), y  explorado el misticismo (la búsqueda de lo divino) como el científico que divide el átomo. 

A su despacho, un cubículo blanco, Cardenal llega con su característica boina negra, el cabello blanco en ondas, y anteojos, menudo, con una camisa blanca que recuerda a una casulla. El poeta de los epigramas, el cantor del despecho de Claudia, señala su última obra sobre la mesa: una figura azul, un pez de tonos metálicos junto a una garza blanca. Al abordarlo, Cardenal, el “padre Cardenal”, como le dicen todos en el Centro aunque no haya regresado oficialmente a la Iglesia Católica desde su ruptura en los 80, sostiene un libro grueso entre sus manos The Next Species: The Future of Evolution in the Aftermath of Man  (Las siguientes especies: El futuro de la evolución después del Hombre).

—Mire  —dice— este es el último libro que estoy leyendo. Toda la vida en el planeta viene de una sola célula, he escrito poemas basados en ese hecho.

Buscando a Cardenal

La obra de Cardenal preside Managua. Entre el sopor del mediodía  una sombra corona la loma que se alza en la parte norte de la ciudad. Una silueta negra con el sombrero encascado se encuentra en lo más alto de Tiscapa, parque y mirador de la ciudad. Es la silueta del general Augusto Sandino, una escultura de Cardenal sobre la figura tutelar de la revolución nicaragüense, capturado a traición en ese mismo sitio en 1934, después de la firma de unos acuerdos de paz.

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La silueta de Sandino, ahora reproducida en llaveros, en imanes para el refrigerador, en fotos de perfil de redes sociales, es un diseño de Cardenal. El poeta, quien presidió el Ministerio de Cultura desde el triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, hasta 1988, rompió con las autoridades sandinistas desde mediados de los 90, pero no reniega de sus convicciones socialistas, “de la redención del hombre por el hombre”, como dice. Rechaza, eso sí, el último símbolo del sandinismo, el árbol  metálico con luces a la par de su monumento a Sandino, uno de los “árboles de la vida” repartidos por toda Managua.

 —Eso lo mandó a hacer Murillo, la esposa de (Daniel) Ortega, y lo mando a hacer más grande que mi monumento, ella es mi enemiga, —dice.

Sobre la loma, poco después del mediodía, un turista costarricense toma una fotografía de un bloque de hormigón con un texto de Cardenal. Otto Madriz, 35 años, profesor universitario de ingeniería, en bermudas y cámara en mano, captura un fragmento del poema llamado Epitafio:

Creyeron que te

mataban con una

orden de ¡FUEGO!

creyeron que te

enterraban y lo que

hacían era enterrar

una semilla.  

—¿Conoce la obra de Cardenal? —le pregunto.

—Sí, claro, fue un poeta de la revolución, escribió poesía amorosa, de temas sociales y el Papa Juan Pablo II lo regañó al visitar Nicaragua. Es la respuesta.

Como en instantáneas, la vida de un hombre, de 91 años, reducida en dos líneas.

Le pido a Otto que hojee una edición del poema Oración por Marilyn Monroe, la famosa elegía de Cardenal en una edición con Marilyn en la portada. Norma Jean Baker en blanco y negro, a colores, en fotografías que se intercalan con el texto. Dentro de la introducción al poema, el turista, se detiene en una frase del prólogo y la repite: “Orar es desear, pero con más pasión”.

Y es lo que ha hecho Cardenal todos estos años, orar, desear, escribir.

Me pregunto qué queda de Cardenal más allá de los congresos de literatura y de las ediciones críticas de sus libros. Recuerdo sus poemas en una clase de poesía latinoamericana del siglo XX, lo recuerdo en forma de ediciones viejas en las ferias de libros usados en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Pero ¿qué queda de Cardenal más allá de los reconocimientos oficiales, de las celebraciones pasadas, del orgullo nacional de ocupar las notas de cultura de los periódicos al recibir una distinción u homenaje?

Bajando la loma de Tiscapa me detengo en una gasolinera. Sigo hojeando el libro con Marilyn en la portada. En la fila de la caja un joven se queda viendo la imagen con el nombre del autor en letras blancas. Aprovecho para preguntarle si conoce al poeta, a Cardenal. Gerson Ruiz es un moreno de barba de candado y espigado como velocista. Tiene 23 años, es contador en una almacenadora y usa por seudónimo Lord Gerson, es un hiphopero amateur y, sí, lee al poeta.

Me dice que empezó a leerlo para enamorar a una chica que tenía su libro Epigramas. La chica lo dejó al poco tiempo, pero él se quedó con el poeta.  Es más, ahora compone algunas letras de sus canciones tomando versos de un poemario de Cardenal llamado Cántico cósmico. Distancias estelares y la expansión del universo, pero también callejones de la memoria del poeta, avenidas que se han hecho polvo décadas antes de que Lord Gerson naciera.

Me invita a escucharlo al día siguiente. Quedamos para la próxima noche, una cerveza y su historia.

Retrato de un pájaro

Pájaros y peces, una ballena como una gota café alargada. En la pequeña galería de no más de cinco por cinco metros, del Centro Nicaragüense de Escritores se exponen las últimas esculturas de Cardenal. Junto a la naturaleza, la figura humana, formas blancas con sotana sobre pedestales negros, formas negras sobre bases blancas. Efigies que se proyectan como los contornos que podríamos percibir al entrecerrar los ojos. 

Es de mañana y el poeta está  de buenas. Con los años ha acumulado la fama de irascible, de esquivo luego de decenas de entrevistas sobre la revolución y su rompimiento con el sandinismo, sobre Daniel Ortega, el presidente de Nicaragua; y el regaño del papa Juan Pablo II por su defensa de la revolución en su paso por Nicaragua en 1983. Ahora, afirma, dedica su tiempo a la oración, a la lectura de ciencia y, desde luego, a la escritura.

El último libro que lee  trata de la evolución y la extinción. “Estamos en medio de la quinta extinción masiva”, dice extendiendo las manos sobre la mesa del despacho.

—Ya en la tierra los únicos seres vivos que se cazan en enormes cantidades son  los peces. ¿Qué especies vendrán después?, ¿qué habrá después del hombre?

Los átomos tienden a unirse en dirección a la vida

según parece.

Repito uno de sus versos de su poemario Cántico Cósmico. Eso lo frena de su enumeración de extinciones masivas, de combinaciones de cromosomas.

Le llevó 30 años recopilar los textos que componen ese poemario. Leía libros de divulgación científica y acumulaba notas de datos que le parecían poéticos: las distancias estelares, la evolución de las estrellas. Pero también la vida diaria y sus pasiones.

—Después empecé a armarlo encontrando los huecos para ir introduciendo los elementos, como la lucha de Nicaragua de la revolución, la cotidianidad, las anécdotas personales, las experiencias, todo, todo —dice Cardenal recostándose contra el respaldo de la butaca marrón y hundiéndose un tanto en la memoria.

Mientras sus versos tratan de prometer eternidad:

¿Y mi recuerdo de hoy de México hace tiempo?

Por poner un ejemplo, ella, y su casa frente al Parque España.

La bajada del bus, charcos, y besos con lluvia

—como estaciones y trenes

Todo espacio con un tiempo y el tiempo en un espacio—,

Y saltábamos esos charcos alegres, y nos pringábamos,

De vuelta de la Universidad.

Canto Cósmico, Canción del espacio-tiempo.

El escritor guatemalteco Augusto  Monterroso lo retrataba así en su semblanza Recuerdo de un pájaro, sobre su paso por México a finales de los 40. “Me concretaré ahora a recordar a un hombre delgado, con cara y ademanes y movimientos de pájaro, de esos pájaros que como autorretratos suyos están siempre presentes en cuanto escribe  y con los cuales hay que identificarlo… —y añade—  En aquel tiempo Cardenal tenía 20 años y escribía poemas de amor a muchachas muy bellas tan espirituadas como él y de nombres luminosos, pero a las que él además idealizaba tanto que las muchachas probablemente terminaban por sentirse puros espíritus…” .

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A sus 91 años Cardenal reconoce como la más importante de sus renuncias, la renuncia al amor  humano y el matrimonio. “Aunque he tenido un matrimonio con Dios, que como decía un filósofo y místico colombiano, es muchacha de las muchachas, la belleza que no envejece”. Lo dice como una frase acuñada y que se repite a sí mismo, retraído e interrumpido de pronto por una llamada de teléfono a su despacho.

Evolución/creación

¿El orden de este poema?, No tiene orden

Ni desorden.

Igual que el Universo.

* * *

Esta mi épica astrofísica sólo tiene un sentido:

Proclamar que el Universo tiene sentido.

* * *

Y la vida es un fenómeno inevitable.

Esa voz secreta que te dice

Que sos irremplazable en el universo

Y debés vivir para siempre.

Canto Cósmico, Canción del espacio-tiempo.

Canta Lord Gerson, hiphopero nicaragüense en un bar de Managua llamado La Bodeguita, al ritmo del hip hop que acompaña con golpes en la mesa. Son versos sueltos de Cardenal de Canto Cósmico, a los que pone ritmo y combina.

Repetirá volviendo, cada tanto, a los versos de  ¿El orden de este poema?...

—Ese man es un loco, lo mismo con poemas de amor que con el espacio, las estrellas, el bing bang, un documental de Discovery Channel directo a la cabeza, a la fibra más sensible. —Dice Lord Gerson, mientras repasamos otros de los versos ajenos que componen el collage de letras que siente como propias.

Horas más tarde vuelvo a ver a Cardenal, esta vez en una recepción oficial, una cena, un acto protocolario. Lo saludan, le piden autógrafos, se toman fotos con él. Yo también lo hago. Es menudo, viste la invariable camisa blanca, ha dejado la boina negra sobre la mesa. Unas horas antes lo escuché refunfuñar por teléfono con la escritora salvadoreña Claribel Alegría. “¿La cena de Sergio (Ramírez) es hoy?, bueno iré por los amigos. Pensé que era una de esas cosas diplomáticas tan aburridas. Entonces sí voy”. Al colgar le pregunto del silencio, de cuándo dejar de escribir, un eufemismo para no preguntarle de la muerte a un hombre de 91 años.

Me queda una última frase suya: “¿Por qué dejar de escribir? En la poesía cabe todo como en la prosa, decía Ezra Pound, todo lo que se puede decir en prosa se puede decir en poesía, aún las cifras, las anécdotas, los chistes, las oraciones, lo divino, el amor, lo humano”.

Y una imagen: a la recepción le llevo dos libros para su autógrafo, Oración por Marilyn Monroe, la elegía por la estrella pop, la estrella de quien Cardenal dijo “tenía hambre de amor / y le ofrecimos tranquilizantes”, ella era el mundo, el deseo. Y Cántico cósmico, su gran compendio de cosmogonías, donde recuerda que “La Creación es poema” y que San Pablo llamaba en griego a la creación de Dios, POIEMA. Sobre ambos traza su firma, ambos son su voz.

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