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Opinión

En la ruta hacia una Guatemala mejor

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«Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo» (Leo Tolstói, 1882-1945, poeta y dramaturgo ruso).

Desde abril de 2015, desde que empezó la batalla frontal contra las malas prácticas que se han arraigado en Guatemala por muchos años, la sociedad guatemalteca ha pasado por muchos procesos de reacomodo y cambio institucional. Y aunque todavía existen voces pesimistas que atribuyen el cambio a un simple reacomodo de la política internacional del poderoso vecino del norte —coloquialmente conocido como la Embajada—, en la realidad, el cambio más significativo se ubica en otra parte: en la renovada conciencia ciudadana que empieza a emerger con fuerza.

El primer signo de cambio lo percibo en el ámbito profesional: en mi carrera como docente y conferencista invitado de diversos espacios, la preocupación sobre qué podemos hacer para generar cambios ha sido una constante desde que empezaron los Jueves de Cicig. Me vienen a la mente los rostros de muchos interlocutores que con sincera preocupación andan buscando las maneras que permitan apoyar y consolidar los procesos de cambio. Quizá aún no hemos encontrado la fórmula para desterrar para siempre la indiferencia y el pesimismo, pero creo que vamos por el camino correcto.

El segundo signo de cambio son las plazas mismas: siempre que hay convocatoria a manifestar, uno encuentra numerosos ejemplos de esfuerzo, dedicación y compromiso de numerosos ciudadanos, que muchas veces acuden en familia para decir un decidido «presente». Y aunque esto muchas veces no llega a los titulares de los noticieros, confirma una energía ciudadana que hace unos años era impensable. Y en esos ejemplos cotidianos abundan los jóvenes y los niños como signo de que ya estamos formando una nueva generación de ciudadanos con valores y anhelos que pueden significar el cambio en los años venideros.

Un tercer signo de cambio lo percibo en mi lugar de formación y casa de estudios, empezando por la lucha estudiantil que consiguió recuperar el sentido de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), seguida por la fuerza de cambio que empieza a perfilarse en la misma Escuela de Ciencia Política, mi alma mater y comunidad académica de origen: hace pocas semanas hubo un intento poco transparente de adelantar las elecciones de director o directora de la unidad académica, pero la protesta y movilización de diversos actores impidió lo que se percibía como un intento de controlar la institucionalidad para fines político-personales.

Las amenazas y los procesos que debemos derrotar, sin embargo, siguen fuertes y estables y hacen que las reformas que necesitamos para avanzar estén prácticamente estancadas. Además, ante la imposibilidad de garantizar que exista una alternativa viable a las desgastadas autoridades políticas que nos gobiernan desde los más altos puestos de dirección en los tres poderes del Estado, se ha estabilizado una suerte de tregua prolongada que nos ha hecho convivir forzadamente: estamos condenados a ser espectadores de las mentiras y parodias que nos regala periódicamente el Ejecutivo, así como de las declaraciones cínicas de actores como el diputado Javier Hernández, quien tranquilamente anunció su deseo de dirigir el Congreso de la República. ¿Acaso creen estos políticos descarados que la sociedad olvida tan fácilmente?

El contexto político y social que prevalece en Guatemala, por lo tanto, tiene aparentemente más sombras que luces, magnificadas por algunos analistas que se han encargado de confundir, dividir y difundir visiones pesimistas que niegan cualquier posibilidad de cambio. A lo sumo, somos todos títeres pendejos de una mano siniestra que nos ha gobernado a su antojo desde que la contrarrevolución ingresó en nuestro país de la mano de una sonada intervención diplomática: visiones miopes que paradójicamente no logran ver ni oír pese a que tienen ojos y oídos.

El cambio simbólico y la conciencia ciudadana, sin embargo, están allí, a la vista de todos aquellos que realmente saben leer los signos de los tiempos. El que tenga oídos, que oiga.

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