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El testigo que hubiera acusado a Estados Unidos y a Pérez Molina
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El testigo que hubiera acusado a Estados Unidos y a Pérez Molina

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El periodista estadounidense Allan Nairn sabe bien lo que significa “tierra arrasada”. No fue algo que leyó en un informe, ni le contaron, es algo que vio con sus propios ojos durante sus viajes al área ixil a inicios de los años 80. Entrevistó, entonces, al presidente de facto Efraín Ríos Montt y a su asesor Francisco Bianchi, quienes le hablaron sobre los operativos contra población civil. Nairn también habló con el entonces mayor Tito Arias y hoy presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, el día en el que el periodista cree que Arias torturó hasta la muerte a guerrilleros capturados. Nairn señala al mandatario, a la diplomacia estadounidense y a la CIA de ser cómplices del genocidio en Guatemala. Había sido citado por la acusación para testificar en el juicio por genocidio, pero a última hora ya no fue llamado. En esta entrevista explica lo que hubiera dicho a los jueces.

Como narra en su blog personal, Nairn iba a presentarse ante el tribunal el 15 de abril a solicitud del Ministerio Público (MP), pero once días antes de su declaración, las revelaciones de otro testigo, Hugo Ramiro Leonardo Reyes, parece haber determinado que el MP ya no lo llamara. Reyes fue el testigo que colocó en el campo de las masacres a tres personajes paradigmáticos, difíciles de encontrar en una misma baraja: el presidente Otto Pérez Molina; el general José Luis Quilo Ayuso, presidente de la Asociación de Veteranos Militares (Avemilgua); y a Juan Chiroy Sal, el acusado de dirigir la masacre de manifestantes de Totonicapán en 2012, quien en 1982 era menor de edad. Estas declaraciones, aparentemente fuera del guion de la acusación, pudieron haber desatado una crisis entre el Presidente y la Fiscal General, Claudia Paz y Paz; de hecho, Pérez Molina dijo a CNN el día de la sentencia que ella lo había llamado para explicarle que no sabía que el testigo Reyes afirmaría eso.  Es probable que con ese antecedente, la fiscalía haya decidido prescindir del testigo Nairn.

Los reportajes de Nairn, publicados en The New York Times, The Washington Post, The Nation y The New Republic, entre otros medios, presentan el rostro humano de los conflictos bélicos en Guatemala, El Salvador, y Timor Oriental, y exponen cómo Estados Unidos se ha hecho cómplice de las violaciones a los derechos humanos en estos países al proporcionar armas y entrenamiento a regímenes represivos. Los reconocimientos que ha recibido incluyen el Premio Robert F. Kennedy por su cobertura noticiosa en Timor Oriental (1993), el Premio George Polk (1994) y el Premio George Aronson para el Periodismo de Justicia Social (1994).

Nairn y la periodista gráfica Jean Marie Simon, figuran en el documental Titular de Hoy: Guatemala, del director finlandés Mikael Wahlforss (1983), una colección de brutales imágenes sobre la violencia en el altiplano y de reveladoras entrevistas con los actores del conflicto: la población civil que fue sistemáticamente atacada por el ejército, los integrantes de la guerrilla, los soldados y sus comandantes.  El periodista ya había viajado a Guatemala, cuando se le informó que su presencia en el Palacio de Justicia no sería requerida. Esta entrevista fue concedida el 10 de mayo, día en que el Tribunal de Mayor Riesgo dictó la condena por genocidio contra Ríos Montt, la cual acaba de ser anulada por la Corte de Constitucionalidad.

 

¿Cuál iba a ser el enfoque de su testimonio? ¿Iba a hablar de lo que presenció en Quiché durante el rodaje del documental de Mikael Wahlforss, Titular de Hoy?

Ese iba a ser el punto principal, lo que vi en el campo, lo que me dijeron los soldados y los sobrevivientes, y también las entrevistas que le hice a Ríos Montt.

El 18 de abril, el mismo día en que se detuvo el juicio, usted escribió en su blog que no le habían permitido declarar y que fiscales y jueces habían sido amenazados durante el juicio. ¿Tiene alguna evidencia de ello?

Sí, han habido otras amenazas aparte de las que mencioné en el artículo. En el artículo digo todo lo que puedo decir sobre este tema. No puedo decir más que lo que escribí, pero no hay lugar a dudas. De hecho las amenazas han sido mucho más serias de que lo di a entender en el artículo.

Cuando el MP le dijo que no declararía, ¿le dio alguna razón?

Sólo me dijeron que no testificaría, pero no quiero entrar en detalles.

¿Se sintió frustrado cuando le dijeron que no declararía?

Sí.

Cuando se suspendió el juicio, ¿pensó que ahí acabaría todo?

Al inicio sí se había acabado todo, el proceso estaba muerto, pero lograron resucitarlo y eso sucedió en gran parte debido a la reacción de Pérez Molina luego de que lo criticaran por haber detenido el juicio. Al parecer eso verdaderamente lo sacudió. Primero, permitió que se abriera el juicio bajo la condición de que a él no lo tocarían; él estaba dispuesto a sacrificar a Ríos Montt, igual que todo el establishment, luego cuando se dieron cuenta del daño político que les estaba causando el juicio, cambiaron de opinión y dijeron: “¿Por qué tenemos que sacrificar a Ríos Montt? ¿Por qué tenemos que sacrificar nada?”. Pero cuando llegaron las reacciones y a él lo responsabilizaron personalmente, de repente siguieron las negociaciones y regresó a su postura de sacrificar a Ríos Montt y los elementos que lo habían ayudado a detener el juicio en primer lugar, los militares retirados y la gente del CACIF, se vieron obligados a retroceder.

Cuando entrevistó a Ríos Montt, ¿él admitió que sabía que estaban ocurriendo las masacres en el altiplano?

En mis dos entrevistas con Ríos Montt, él fue muy firme al hablar sobre su mando. Durante la primera entrevista, en mayo de 1982, una de las primeras cosas que le pregunté fue el hecho de que lo conocían como “El Verdugo de Sansiquisay”. Le pregunté: “¿Qué pasó en Sansiquisay?” y esperaba que evitara el tema pero no lo hizo. De hecho, se puso de rodillas sobre la alfombra en el Palacio Nacional y me dijo: “Déjeme que le cuente lo que pasó en Sansiquisay”. Señalando con el dedo comenzó a representar la escena y dijo: “Bueno, los subversivos estaban aquí y los rodeé y ordené que abrieran fuego”. Estaba describiendo en gran detalle lo que hasta ese momento había sido el único caso en el cual lo habían acusado de cometer violaciones de derechos humanos y en vez de negarlo, él se ufanaba de estar al mando y lo utilizaba como un ejemplo que ilustraba la agresividad de ese mando. En ese tiempo, cuando comenzamos a hablar de las masacres en el campo, en vez de negar que estuvieran ocurriendo, dijo: “Mire, por cada guerrillero que dispara hay diez personas detrás”, refiriéndose a diez civiles desarmados. Y luego su secretario, Francisco Bianchi, quien tenía mucho poder, dijo: “Lo que sucede es que los guerrilleros reclutaron a muchos indígenas”, se refirió a ellos como indios, “¿Y cómo se combate la subversión? Hay que matar a los indios porque están del lado de la subversión” y Ríos Montt nunca lo contradijo, nunca objetó a lo que estaba diciendo. Mucho tiempo después, cuando ya había sido depuesto, le pregunté si, dado que él estaba fervientemente a favor de la pena de muerte, creía que merecía ser enjuiciado y ejecutado por el papel que había jugado en las masacres. Y saltó de la silla y gritó: “¡Sí! Llévenme a juicio! ¡Pónganme contra el paredón! Pero si me van a enjuiciar también deben enjuiciar a varios americanos, incluyendo a Ronald Reagan!”. Él siempre ha sido así.

Cuando lo entrevistó en esa época, ¿le sorprendió que hablara tan abiertamente sobre sus acciones?

Me sorprendió un poco. Él era así. Y esa fue una de las cosas que lo metió en problemas en términos políticos; algunos en el ejército y mucha gente de la oligarquía sentía que les estaba dando una mala imagen porque salía en la televisión y daba sermones locos en medio de los cuales comenzaba a hablar de sexo y de moralidad personal y la gente pensaba: “Eso no es lo apropiado para un jefe de Estado”. Pero hoy en día, él sigue siendo así. Tiene 86 años y ahí estaba vociferando en ciertos momentos (durante su declaración el 9 de mayo). También solía contradecirse; por una parte decía que por cada guerrillero que disparaba había diez personas detrás, pero luego si uno le preguntaba sobre las masacres decía cosas como “es usted quien está afirmando que hubo masacres”. Se contradecía, saltaba de un tema a otro.

¿Cree que Ríos Montt tenía razón cuando dijo que había que enjuiciar a un buen número de norteamericanos por el papel que jugaron en Guatemala? ¿Cree que eso sería posible?

Creo que en este momento no es posible. Si uno se avocara a un fiscal estadounidense y le preguntara acerca de la posibilidad de enjuiciar a George W. Bush por el crimen de agresión en Irak – ese fue el cargo que le imputó a muchos de los Nazis en Nuremberg – o si uno le preguntara sobre la posibilidad de investigar a Obama por el asesinato de civiles mediante el uso de drones, lo mirarían a uno como un loco a pesar de que las leyes internacionales y estadounidenses les confieren la potestad de iniciar una investigación de ese tipo.

¿Existe ahí una doble moral?

Claro que sí, porque Estados Unidos apoyó el juicio de Ríos Montt. Primero apoyaron a Ríos Montt cuando estaba cometiendo las matanzas y ahora apoyan que sea enjuiciado por esos delitos y eso es típico de los Estados Unidos. Estados Unidos está apoyando este proceso porque así pueden decir que están a favor de los derechos humanos y pueden utilizar esto como un ejemplo de cómo apoyan a la justicia, y no les cuesta nada porque piensan que es algo que no acabará incriminándolos a ellos también.

Cuando la jueza Barrios dijo que el MP debía investigar a todos aquellos que estuvieron involucrados en los crímenes por los cuales Ríos Montt fue condenado, ¿cree que eso también debería incluir a funcionarios estadounidenses? ¿Cree que podrían ser enjuiciados en Guatemala?

Sí, creo que el Ministerio Público también tiene el deber de investigar a los americanos que estuvieron involucrados en estos hechos: los funcionarios de la embajada estadounidense, los militares estadounidenses que estaban entrenando a las tropas guatemaltecas, y también bastante personal encubierto. La mayor parte del trabajo que hacían era con la G2. También sugeriría que trataran de obtener un mandato judicial para acceder a los informes de la CIA y de otras unidades estadounidenses de inteligencia, y sobre todo, acceder a las miles de escuchas telefónicas que realizó la Agencia Nacional de Seguridad. Estados Unidos tiene la costumbre de espiar a los ejércitos que apoya. Lo hacen de manera rutinaria y sistemática y por supuesto, siempre cuentan con la tecnología de espionaje más avanzada. Eso quiere decir que Estados Unidos siempre estuvo monitoreando las comunicaciones en el Palacio Nacional y en esa época se hacían llamadas entre Ríos Montt y altos funcionarios estadounidenses. Sin embargo, este es el material más difícil de obtener del gobierno estadounidense.

Ya existe un buen número de cables de la CIA que han sido desclasificados que fueron puestos a disposición del público mediante el National Security Archive. Algunos de esos documentos se utilizaron como evidencia durante el juicio de Ríos Montt. ¿Cree que hay muchos otros documentos que aún no han sido desclasificados?

Esos documentos, desclasificados mediante La Ley de Acceso a la Información Pública (Freedom of Information Act), tenían un nivel bajo de confidencialidad, no eran considerados como los más confidenciales. En el caso de los documentos más confidenciales no permiten que se vea ni un solo párrafo.  Por ese motivo pienso que la mayoría de la información que tiene Estados Unidos sobre estos crímenes aún no ha sido desclasificada. Como un país que participó directamente en estos hechos, Estados Unidos sabe mucho. Por ejemplo, el agregado militar George Maines dijo que él y Benedicto Lucas García desarrollaron la estrategia de enviar a las tropas a las aldeas, la cual resultó en las masacres que se cometieron bajo el régimen de Ríos Montt. Él (Maines) dijo que Benedicto (Lucas García) comenzó con esa estrategia y que Ríos Montt la expandió y la convirtió en una política generalizada. Otro estadounidense que también se encontraba aquí en esa época, un boina verde, el Capitán Jesse García, describió cómo estaba entrenando a las tropas guatemaltecas en tácticas de asalto, lo cual incluía la destrucción de las aldeas.

¿En alguna ocasión entrevistó a José Mauricio Rodríguez Sánchez?

No que yo sepa. En ese entonces utilizaban seudónimos.

¿Le sorprendió el hecho de que lo declararan inocente?

Sí. El G2 no era solamente un cuerpo de inteligencia, era una fuerza armada y fue una responsable por una buena parte de los asesinatos. La G2 se enfocaba casi exclusivamente en la persecución de personas que no eran combatientes. De hecho, hubo un caso en que la G2 secuestró a la persona equivocada, un pastor americano y la embajada estadounidense se lo dijo a Ríos Montt, y él llamó al centro de tortura y dijo: “Agarraron a uno que no era; tienen que soltarlo”. Eso lo mencioné en el artículo “La Burocracia de la Muerte” que firmé con Jean Marie Simon.  La G2 le proporcionaba objetivos al ejército. Por ejemplo, cuando se cometía una típica masacre, aunque no participara directamente nadie de la G2, le proporcionaban a las patrullas una lista de objetivos y entonces las patrullas iban a las aldeas, miraban la lista, agarraban a esas personas y así comenzaban los interrogatorios y la tortura. La G2 se hacía cómplice de los asesinatos y en muchas ocasiones participaron de manera directa, sobre todo en los asesinatos políticos directos, para los cuales empleaban a su propio personal, especialmente cuando se trataba de desapariciones forzadas. Agarraban a la gente, la llevaban a los centros de detención y la torturaban hasta que ya no le servía y entonces la descuartizaban y se deshacían de los cuerpos.

De todas las cosas que presenció en Guatemala durante los años 80, ¿qué lo impactó más?

Enterarme de que una amiga que había desaparecido había sido hallada muerta y que le habían cercenado las manos. También el ambiente de terror: las balaceras, los cuerpos decapitados en la calle. Era muy probable escuchar una ametralladora al andar en la calle durante el día. Nunca he visto algo así. Desde entonces, he trabajado en contextos similares de represión en muchos países pero sólo hay una situación en la cual los niveles de terror se comparaban con los que se vivieron en Guatemala: Timor Oriental cuando fue ocupada por el ejército indonesio. Mataron a una tercera parte de la población, el mismo porcentaje de judíos que mataron los Nazis. En 1991, me encontraba en medio de una masacre y logré sobrevivir. Más de 180 personas fueron asesinadas por el ejército indonesio. Sucedió en un lapso de veinte minutos y mientras los soldados le disparaban a la gente con sus fusiles M16 americanos, me acordé de Guatemala y pensé: “Dios mío, así es una masacre”. Había escuchado los testimonios de los sobrevivientes y de los soldados, pero en ese momento estaba sucediendo frente a mí.

Dentro de esas instrucciones recibidas por el Ministerio Público, para que continúe con las pesquisas, ¿cree que hay suficiente evidencia para investigar y enjuiciar a Pérez Molina?

Creo que la orden que ella le dio al Ministerio Público de continuar la investigación de todos aquellos que participaron en esos crímenes es tan importante como el fallo contra Ríos Montt. Eso fue algo que me sorprendió, no me lo esperaba. Tras la condena de Ríos Montt resulta inevitable investigar la culpabilidad de Pérez Molina. ¿Cómo podría el sistema de justicia condenar a un jefe de Estado que estaba a cargo de un programa de genocidio y asesinato a gran escala, pero no investigar y enjuiciar a la figura que estaba implementando ese programa? Pérez Molina estaba más cerca de la sangre que Ríos Montt. Ríos Montt estaba en el Palacio Nacional. Aunque él estaba dando órdenes y recibía informes frecuentes y ordenaba las masacres desde arriba con mano dura, fue Pérez Molina quien estaba en contacto con las víctimas cara a cara y quien a veces realizaba personalmente los interrogatorios, como estaba haciendo cuando lo encontramos en Nebaj.

¿Sabía el MP que usted iba a mencionar a Otto Pérez Molina en su declaración?

No lo sé, creo que siempre existió esa posibilidad. Las cosas cambiaron luego de que un testigo, un ex soldado, mencionó a (Otto) Pérez Molina. Al parecer eso lo alarmó y lo sacudió. Creo que nadie esperaba que el testigo mencionara a Pérez Molina y después de eso él tomó medidas para asegurar que eso no volviera a suceder. Parece ser que es algo que le preocupa mucho.

¿Fue prudente arriesgar la continuidad del juicio al mencionar a Pérez Molina?

Bueno, no fue una decisión política; fue la declaración espontánea de un testigo, el cual, por voluntad propia, decidió mencionar el nombre de Pérez Molina. Eso sacudió todo.

¿Cuál considera que iba a ser la parte más sensible de su declaración?

Cualquier mención de Pérez Molina. Hay varios aspectos; el más importante es el hecho de que él era un comandante en el campo de operaciones en el área ixil cuando se produjeron las masacres por las cuales Ríos Montt fue condenado. En segundo lugar, cuando estuve allí, hablé con muchos oficiales y soldados que estaban bajo su mando. Dijeron que estaban actuando bajo órdenes y que frecuentemente capturaban y torturaban civiles, algo que describieron en detalle.   

¿Podría hablar sobre la escena en Titular de Hoy en la cual aparece Otto Pérez Molina junto a los cadáveres de cuatro guerrilleros?

La parte en el documental donde aparece junto a los cuerpos de cuatro guerrilleros que habían sido capturados la noche anterior ha recibido mucha atención en Guatemala. Me parecía evidente que Pérez Molina había estado involucrado en su muerte porque un soldado dijo que le habían entregado a esos hombres para que los interrogara y otro soldado cuyo rostro no aparece en el documental, me dijo: “Sí, los rematamos, los matamos”, y allí estaban, muertos. La explicación oficial del ejército es que murieron a consecuencia de la explosión de una granada, pero eso no era plausible. Yo escuché la explosión. No nos encontrábamos muy lejos de allí; de hecho estábamos caminando en la dirección opuesta al cuartel con Pérez Molina cuando ocurrió. Todos lo escuchamos; regresamos corriendo, el entró pero a nosotros no nos dejó entrar. Lo siguiente que vimos, varias horas después, fue que los hombres estaban muertos, como puede ver en el documental. Algunos de ellos habían sido heridos por la explosión pero los soldados dijeron que estaban vivos y que Tito los había interrogado y de hecho vi a Tito entrar corriendo al lugar donde se había producido la explosión, lo cual significa que un minuto después de haberse producido esa explosión, él tendría que haber estado cara a cara con esos hombres y es imposible que hayan muerto a consecuencia de la explosión. Lo que es mucho más probable es haya ocurrido lo que narraron los soldados: los  hombres estaban vivos y Tito los comenzó a interrogar con mucha fuerza y al final estaban muertos, el ejército los había matado pero no sé exactamente a manos de quién murieron.

¿En aquél momento esta escena le llamó la atención?

En ese momento, después de haber sido partícipe de esa escena y de haberme formado de inmediato una idea de lo que había sucedido, no me pareció gran cosa en comparación con todas las otras cosas que estaban sucediendo. Este era un caso en que guerrilleros armados habían sido capturados y habían muerto después de ser interrogados mientras que miles y miles de civiles en las aldeas estaban siendo masacrados por esas tropas, por esos hombres. Eso era algo real, las masacres que sucedían bajo el mando de Ríos Montt. Entonces eso fue lo que me pareció importante en ese momento y Tito no me llamó mucho la atención.

¿Qué impresión le causó Pérez Molina cuando lo entrevistó?

No me impresionó mucho. El artículo que publiqué en New Republic en esos días apenas contenía algunas frases sobre él. Parecía ser otro burócrata. Hablaba de forma muy diferente a la de sus subordinados porque obviamente era un hombre político, había sido entrenado para hablar con extranjeros y se limitaba a repetir la línea oficial, mientras que todos sus subordinados, los tenientes, los sargentos, los cabos, las tropas, hablaban con mucha franqueza. El hecho de que  la muerte de esos cuatro hombres haya aparecido en el documental fue pura coincidencia y es algo que ahora ha regresado para perseguirlo y es algo que ha dado mucho de qué hablar.

¿Fue esa la única ocasión en que usted lo vio?

Lo vimos en varias ocasiones durante varios días y grabamos varias entrevistas con él cuando íbamos y veníamos de Nebaj, pero no era alguien que llamara mucho la atención. El único aspecto relevante era el hecho de que era un comandante que se encontraba en el campo de operaciones y las tropas bajo su mando afirmaban que estaban cometiendo masacres y que estaban actuando bajo órdenes.

¿Qué tan importante cree que ha sido Titular de Hoy en términos de evidenciar el papel que jugó Pérez Molina durante el conflicto armado?

He conocido a mucha gente que ha visto el documental. De hecho, el otro día ocurrió algo que me sorprendió mucho. Comencé a platicar con un soldado y le pregunté: “¿Qué opina sobre el juicio de Ríos Montt?” Comenzó a darme su opinión sobre el tema y me dijo: “¿Sabe usted que hay un video en internet? Tiene que verlo”. Comenzó a describir el video y dijo: “¿Sabe quién sale en ese video?” Y señaló en dirección del Palacio Nacional y dijo: “Él. Otto Pérez Molina”. Y fue algo que me llamó bastante la atención.

¿Se dejaron fuera tomas que ahora pudieran servir como evidencia para la persecución penal de otros militares involucrados en violaciones de derechos humanos?

Hay muchas horas más de grabaciones. Mikael Wahlforss tiene las copias de las cintas. Valdría la pena revisar eso.

¿Estaría usted dispuesto a declarar en contra de Pérez Molina ante un tribunal?

Sí, estaría dispuesto a declarar en cualquier caso en el cual pudiera saber algo que fuera relevante.

Durante su declaración al final del juicio, Ríos Montt dijo: “cada comandante de zona fue responsable de lo que pasó en su territorio”. ¿Cree que estaba culpando a comandantes como Pérez Molina?

Bueno, no sé cuáles sean sus intenciones en términos políticos. Obviamente Pérez Molina y Ríos Montt han sido adversarios en el pasado pero más que nada lo que Ríos Montt estaba haciendo era eludir su responsabilidad. De hecho, dijo que las únicas tres responsabilidades que tenía era conferir pensiones, reclutar al personal militar y entregar medallas, lo cual es un acto de cobardía por su parte. Aquí tenemos a un hombre que era un general, un dictador militar que estuvo a cargo de lo que quizás haya sido una de las mayores matanzas en la historia de Guatemala y una de las más grandes matanzas en la historia mundial reciente. Y él estaba orgulloso de ello, era muy franco al hablar sobre su mando, su fuerza, y ahora se está escabullendo, se está escondiendo y está diciendo que no tenía ninguna responsabilidad. Es una respuesta patética por su parte y los hechos la contradicen totalmente. 

Pérez Molina estaba más cerca de la sangre que Ríos Montt. Ríos Montt estaba en el Palacio Nacional. Aunque él estaba dando órdenes y recibía informes frecuentes y ordenaba las masacres desde arriba con mano dura, fue Pérez Molina quien estaba en contacto con las víctimas cara a cara.
La mayoría de la información que tiene Estados Unidos sobre estos crímenes aún no ha sido desclasificada. Como un país que participó directamente en estos hechos, Estados Unidos sabe mucho.
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