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El sepelio

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Tipo de Nota: 
Opinión
1 09 15

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Es célebre la máxima de Carl von Clausewitz que dice que «la guerra es la continuación de la política por otros medios». Cuando en 1954 se cerraron los espacios a la democracia, bastaron pocos años para desatar la violencia. Entre resistencia guerrillera y represión militar lograron nuestros padres —despojados de su dignidad y del poder de su voto— hundirnos en un charco de sangre sin fondo.

Pensamos que la noche terminaba, cuando en 1986 regresamos a la institucionalidad democrática. Imaginamos que la luz se ampliaba con firmar la paz en 1996. ¡Cuán ingenuos fuimos! Siempre acertado, Foucault había puesto ya de cabeza a Von Clausewitz al afirmar que «la política no es sino la continuación de la guerra por otros medios». No queríamos sangre, de acuerdo. Pero de ahí a que los poderosos renunciaran a su poderío había una brecha insalvable. Nadie abandona la ventaja si no se le arranca a la fuerza.

Así hicieron de la política la continuación de su guerra sucia. Se resistieron a financiar el bien común (quitar el agua al pez, dijeron en otras guerras). Desmantelaron la poca protección de los débiles, que seguían siendo el enemigo (no en vano se combate la pobreza). Armaron baluartes en cortes de injusticia para que sus enemigos nunca devolvieran fuego con fuego, nunca los alcanzaran, ni siquiera con los tiros más certeros.

El problema fue que, para conducir esa guerra sin pólvora, igual tuvieron que contratar un ejército mercenario. Primero, con generales cleptocráticos que subían por depredar, no liderando. Luego, con comerciantes ilícitos y comerciantes de ilícitos, distintos pero iguales, dispuestos al gobierno y la política, esos espacios donde los poderosos (tanto como los buenos —¡cuán ingenuos fuimos!—) nos resistíamos a ensuciar nuestros irresponsables trajes blancos.

Pero un ejército mercenario solo da pelea si se le paga. Y cuando se le paga por mandar, tarde o temprano reconoce que para mandar no necesita al pagador, que basta con tener el dinero. Al rato ya nadie distinguía entre variedades de alimaña: ¿general, narco, estafador, candidato, diputado? ¡Qué importa! No hizo falta que cayera Roma. Bastó con que los bárbaros se sentaran en el trono de César y que les gustara. Tarde se percataron los señores del poder. En vano alegaron valores y religión, instituciones y república. Hicieron pacto con el diablo, y el diablo —que siempre cobra— los quemó.

Y así llegamos a abril, cuando la insolente confianza de una pandilla se tradujo en una larga cola de escuchas telefónicas. Y así llegaremos aún al domingo, escogiendo —adrede o sin querer— una nueva tanda de mercenarios. O más bien confirmaremos a la misma tanda.

Con lo que no contó ninguno, ni los poderosos que actúan como malos ni los malos que actúan como poderosos, es con que la gente se harta. ¿Por qué habrían de contar con ello tras seis décadas de silencio? Cada golpe del martillo confirmaba que esta bomba nunca reventaría. Hasta que le dieron un martillazo más y estalló en cien mil gentes en protesta. Y sin mecha del Cacif.

Y así llegamos al día de hoy, cuando 132 votos a regañadientes —pero votos al fin— quitaron la inmunidad al más jefe de los ruines, al más ruin de los jefes. Porfiados, con la carne en jirones y llena de esquirlas, los pícaros y sus patronos no se percataron de que ahora sí se cerró el ciclo. Nosotros, decepcionados desde 1986, tampoco terminábamos de creer que ese andrajo que se arrastra es, para fines prácticos, un cadáver. Peligroso, sí. Pero condenado.

Hoy que celebramos, reconozcamos que las elecciones no serán la inauguración de un nuevo gobierno. Son el sepelio de un régimen. Así que vaya si quiere al velorio y marque la papeleta el 6 de septiembre. O, como el que cuenta chistes mientras la viuda llora, asista para anular su voto. Si no le nace, quédese en casa, como la gente que, herida con la maldad del muerto, no se aviene a dar el pésame a los deudos.

Pero, eso sí, no ignoremos la tarea pendiente y preparemos nuestras palas. Porque pasadas las elecciones habrá que enterrar al régimen muerto. Más temprano será mejor, antes de que apeste. Así nos tome cuatro años, o aun si, como en la más cursi película de horror, el zombi quiere levantarse, a este cadáver mentiroso lo vamos a poner en su caja, bien clavada la tapa, firmemente apisonada la tierra, y lo vamos a mandar a descansar para siempre. Porque aquí solo hay espacio para una democracia viva.

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