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El problema no es un colombiano, sino los guatemaltecos
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Opinión

El problema no es un colombiano, sino los guatemaltecos

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La existencia de la Cicig, así como la acción y reacción que provoca y, sobre todo, la figura de Iván Velásquez, han develado los grandes intereses políticos y económicos que están en juego.

Algunos de esos intereses son la corrupción histórica como factor de poder, lo conservadora que es la actitud de la mayoría y la manipulación mediática de los carteles de la información hablada, escrita, televisiva y digital, además de la polarización ideológica alrededor de posiciones superadas por el tiempo y la historia; la falta de acción de actores, sectores e instituciones que deberían jugar un papel protagónico en el desarrollo del país, y las fracturas sociales convertidas en desigualdades, todo ello abonando la idea de que el problema somos nosotros.

El factor desencadenante de la crisis actual fue provocado por el presidente de la república, quien, actuando al son de los intereses corporativos dominantes de carteles económicos, políticos y militares involucrados en acciones ilícitas, abruptamente declaró persona non grata a Iván Velásquez. Sin claridad de la dimensión de su accionar, sin claridad de nada, ha emergido como un tonto útil («inútil», diría Pérez Attias) convertido por ciertos sectores violentos y corruptos en un antihéroe al mejor estilo de los cómics, surgido del mundo bizarro de Superman.

Con justa razón, cuando fue la celebración de los 500 años de la invasión europea, los pueblos decían algo así: «Nos cortaron las flores y las ramas, pero no nuestras raíces». Con esto querían expresar la fortaleza civilizatoria de los pueblos indígenas. Lamentablemente, algo similar en Guatemala es el mensaje del poder corrupto acerca de la lucha de los héroes Cicig-MP contra la impunidad: «Han cortado las ramas, lo visible de la corrupción, pero no dejemos que lleguen a las raíces». La corrupción, por ser la razón y el fundamento del Estado colonial, es fuerte. Y sus raíces, profundas y amplias, se han instilado en todos los espacios sociales, institucionales y mentales.

¿Qué tanto, como sociedad, estamos tocados por la corrupción? Bastante, diría yo.

Hay que leer en las redes sociales los comentarios razonables mezclados con los insultos y los argumentos subjetivos que delatan la falta de convicción acerca de la lucha contra la corrupción porque de repente ¡nos toca! En los foros públicos y en los medios de comunicación abundan los análisis de connotados profesionales que reflejan más superficialidad que argumentos válidos, conducidos por locutores con ínfulas de académicos. Son tanques de pensamiento cuyos miembros juegan muchas veces un doble papel: asesorando gobiernos, controlando los cambios y, por otro lado, pidiendo cambios políticos desde sus instituciones.

En las calles y en las plazas abunda el antagonismo por la situación. Por un lado, gente de clase media abarrotando la plaza. Por otro, grupos de gente venida de colonias de abolengo, protegidas del clima con vestuarios propios de eventos en hoteles de cinco estrellas. De repente llegan autobuses con acarreados que por un salario o un regalo asisten a manifestar su apoyo a saber por quién. Todos, enfrentados por un problema generado por los que tienen el poder político y económico, el real y el formal.

O darnos cuenta de la creciente corrupción en el sector público y en todos los niveles de la administración pública a pesar de la caída de altos funcionarios. Desde la mordida con que se evade la cola de usuarios para agilizar un trámite o lograr una resolución favorable, pasando por el uso de los recursos públicos en los fideicomisos por parte de asesores y empleados cercanos a los círculos de poder, hasta la repartición del presupuesto público de manera legal, como las alianzas público- privadas que favorecen a los mismos que hoy están siendo perseguidos.

Lo otro es nuestro fanatismo religioso mezclado con política. Leer que a Jimmy Morales le dijo un pastor evangélico que era el elegido de Dios para gobernar, las revelaciones del presidente de la ANAM y lo dicho por el secretario de los criticados 48 cantones de Totonicapán (que a Jimmy Morales «Dios lo ha puesto y [que] él mismo lo va a sacar») demuestra que preferimos descansar en el mundo imaginario, que preferimos abarrotar iglesias de cualquier denominación, cultos, procesiones, cruzadas, etcétera, y enriquecer a los mercaderes de la religión, y no enfrentar el mundo concreto, ya que eso implica responsabilidad, honestidad y compromiso con los que sufren y padecen las tradicionales exclusiones del sistema colonial, hoy en crisis por la lucha de los poderes reales. Dogma y realidad no combinan.

El problema somos nosotros, no Iván ni la Cicig.

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