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El poder vulvístico deconstructivo
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El poder vulvístico deconstructivo

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Opinión
24 03 18

Las estructuras que condicionan nuestra percepción de la realidad se definen por los mitos que el contexto cultural en el que habitamos ha consumado como legítimos.

En ese sentido, en este país el cristianismo se impuso con una enorme porción del discurso que valida determinadas narraciones y formas de ver el mundo en detrimento de otras. Así es como aprendemos desde pequeños que solo existe una deidad, por oposición al politeísmo. Ergo, Kukulkán se dibuja como un mito exótico, mientras que el Génesis de la Biblia se asume como una verdad absoluta. Aprendemos también que esa deidad es masculina porque sí, porque la visión androcéntrica del mundo no necesita ninguna explicación para legitimarse. Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. El falo siempre está allí, simbólicamente, pero no se enuncia.

Estos condicionantes simbólicos se trasfieren a la vida social en diversas formas. Este proceso significa los cuerpos sexuados de las mujeres como entes pasivos que deben renunciar a la vida pública y servir únicamente como entidades que legitimen la masculinidad. La virilidad, en su esencia etimológica, es la capacidad masculina de acumular honor a través de hazañas de dominación, de poder sexual y de fuerza física, en otras palabras, de tener los huevos, de tener los pantalones puestos. En esas condiciones simbólicas (es decir, de cómo percibimos el mundo), no resulta extraño que una piñata en forma de vulva incomode tanto. Porque, en una sociedad que ve completamente normal la objetivación del cuerpo femenino en la publicidad cervecera, que ve cómo arde medio centenar de niñas casi sin inmutarse, que acosa sexualmente, que viola, que mata mujeres, resulta duro ver a un grupo de mujeres asumir una deconstrucción simbólica de aquello que históricamente ha expropiado sus cuerpos y los ha representado únicamente como un medio pasivo para la reproducción.

Ahora, ¿por qué hoy este tipo de representación choca tanto con la sociedad mientras el Desfile Bufo lleva décadas sacando la procesión de la Santa Chavela sin que esto cause tanto revuelo? Asimismo, ¿por qué el año pasado, cuando salió la Poderosa Vulva el 8 de marzo, las autoridades religiosas no se pronunciaron somatándose el pecho? Para responder la primera pregunta, habría que explicar el concepto de male gaze, el acto de representar el mundo y particularmente a las mujeres desde la perspectiva masculina, únicamente como objetos para placer de los hombres. Por lo tanto, cobra sentido que la sociedad no se escandalice cuando los cuerpos femeninos se utilizan como un mecanismo para el consumo de cerveza, ya que es la perspectiva desde la cual está legitimada la representación de las mujeres. Por la misma razón es que históricamente se ha imaginado la vulva como un falo invertido. Es común que se use erróneamente el término vagina para referirse a la vulva. El Desfile Bufo deconstruye la figura de la Virgen en una calavera como un acto paródico, desde una narración legitimada por hombres. Pero un grupo de mujeres tomando discursivamente sus vulvas para exigir que la Iglesia no intervenga en las políticas públicas de salud reproductiva es un acto que rompe con la male gaze. Por lo tanto, es considerado deleznable y abyecto. Ahora, la segunda pregunta tiene respuesta en el escenario político actual y en los actores que lo integran. El procurador Jordán Rodas y Lenina García han sido dos actores políticos bastante incómodos para el pacto de corruptos que actualmente, desesperado por deslegitimar la voz popular que clama justicia, está buscando cualquier justificación para destruir los liderazgos que se le oponen.

Más allá de la histeria moralista que se ha utilizado para mover una agenda política nefasta, resulta saludable que como sociedad hablemos de la vulva. Que hablemos de formas sanas de representar la sexualidad. Mientras a los adolescentes se les permite hablar libremente de su sexualidad, incluso caer en actitudes predatorias contra sus compañeras porque boys will be boys, a las muchachas se les enseña que su cuerpo es sucio, que deben ocultarlo para no provocar, que deben tratar la menstruación como un suplicio, esconderla porque un texto lo dice, que han de sangrar porque poseen la mácula del pecado original ellas, las culpables. Y, contradictoriamente, sus cuerpos cobran legitimidad únicamente cuando sirven para complacer la mirada masculina. No podemos seguir inyectando estos imaginarios en los cuerpos de las mujeres porque justifican la violencia que se les ejerce a diario, el acoso, la objetivación, las violaciones, los matrimonios forzados. Tampoco podemos seguir construyendo identidades masculinas basadas en la capacidad de dominar porque es aquí donde se concibe la violencia de género. Mientras sigamos creyendo que es más indignante que una deidad se vista como una parte del cuerpo que los casi cien mil embarazos en adolescentes, la mayoría producto de violación; mientras nos enfurezcamos más porque un grupo de mujeres salga con una piñata en forma de vulva que por la muerte ardiente de medio centenar de niñas; mientras eso pase, la realidad de este país seguirá siendo una dura ficción en la cual la muerte pasará la Semana Santa en bikini, vendiendo cerveza y esperando.

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