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El niño de los caramelos Colombina
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El niño de los caramelos Colombina

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Estaba solo, parado entre los caminantes, en una de las capitales más violentas del mundo y una de las zonas más peligrosas de esta malograda ciudad. Tenía una mirada inocente, aunque seguro menos inocente que la de otros chicos de su edad.
“Mire, he ampliado mi negocio”, me dijo con aire triunfante. Tendría ya 14 años. Le pregunté por sus estudios y mencionó que ya llevaba dos años sin estudiar, pero me prometió animado que iba a retomarlos.
Ilustración de Nora Pérez
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Tiempo aproximado de lectura: 6 mins

Marvin arrastró su infancia por las calle de la zona 1 de Ciudad de Guatemala. Solo, con una bolsa de caramelos de menta en la mano, casi invisible para los transeúntes, se fajó por años para ayudar a la sobrevivencia de su madre y hermanos. Hasta que un día se convirtió en un adolescente y su vida cambió, inevitablemente.

Lo conocí hace cuatro años. Estaba parado en una de las aceras de la Séptima Avenida, a unos metros de la catedral, con una gran bolsa de caramelos de menta Colombina en la mano, esos dulces ovalados de color azul turquesa, envueltos en un plástico transparente, en los que pone menta en letras grandes y el logotipo azul oscuro y rojo de Colombina en letras pequeñas.

“Cuatro por un quetzal, seño. ¿No me compra uno? Llévese cuatro. Cuatro por un quetzal”.

Tendría unos 13 años. Los...

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