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El honor como sistema de dominación y contestación
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El honor como sistema de dominación y contestación

Lara Putnam
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Tiempo aproximado de lectura: 23 mins

La historiadora Lara Putnam afirma que el honor define las estructuras jerárquicas del poder pero también ofrece el lenguaje para revocarlas. De esto, de cómo el honor ayudó a construir los Estados centroamericanos, y de cómo se nos inculca como si fuera un sentimiento natural que nos hace vulnerables y nos puede violentar, habla en esta entrevista.

Mientras el colombiano José de la Cruz acuchillaba a Jacinta Anguillén en el patio de la casa que alguna vez habían compartido, no le quedaba duda alguna de que hacía lo que cualquier hombre en su situación debía hacer. Había pasado ya algún tiempo desde que Jacinta, su antigua pareja, lo había dejado de amar y había comenzado a verse con otro hombre, un tal Antonio Zamorano. Esta vez José estaba desesperado porque parecía que Jacinta no recapacitaba, ni siquiera frente a sus amenazas de muerte. En su defensa, el abogado de José argumentó que su cliente había encontrado a Jacinta con Antonio en pleno amorío, y que los celos lo habían hecho salirse de sí mismo. Frente al cadáver y en presencia de un juez, José dijo que efectivamente había matado a Jacinta, pero indignado agregó que la responsable de su muerte había sido ella misma.

La historia de Jacinta y José forma parte del libro Género, poder y migración en el Caribe costarricense 1870-1960,[1] escrito por Lara Putnam, una historiadora que se ha especializado en el estudio del poder y la desigualdad en Latinoamérica. El libro trata sobre la migración y las dinámicas de género en Puerto Limón, Costa Rica, durante el asentamiento y la expansión de la United Fruit Company, aquella infame corporación que el escritor costarricense Carlos Luis Fallas llamó Mamita Yunai y a la que Pablo Neruda acusó de apropiarse de la “dulce cintura de América”.

Con una mezcla de erudición, manejo impecable de fuentes y solidez teórica, Putnam reconstruye de nuevo la historia de ese importante pueblo, pero le presta especial atención a las relaciones de poder cotidianas entre hombres y mujeres y a sus justificaciones ideológicas. Su libro está lleno de historias trágicas como la de Jacinta y José, pero también de historias más complejas protagonizadas por personajes dolorosamente humanos tomando decisiones difíciles en medio de una maraña de relaciones y situaciones familiares, amorosas y laborales. Al final, la obra es un tratado vivo sobre la dignidad, la humillación, la violencia y la vulnerabilidad humana.

Desde la publicación de su primer libro, Putnam ha acumulado docenas de escritos sobre un sinfín de temas. Ha escrito sobre cuestiones tan variadas como la ideología racial en el Caribe, el género y el trabajo en América Latina, el análisis micro histórico del mundo Atlántico, la noción de frontera con relación a la migración, y los efectos del mundo digital en el trabajo de los historiadores hoy en día. Su libro más reciente trata sobre la migración y las dinámicas raciales en el Caribe durante la llamada “Era del Jazz”.

En esta entrevista  hablamos con Putnam sobre el honor, un tema que atraviesa muchas de sus investigaciones y que nos puede ayudar a comprender mejor las relaciones de poder y la violencia en Centroamérica.

Fuente: http://crtrenes.blogspot.com

¿Cómo surgió su interés por el honor?

Fue un tema al que llegué por medio de las fuentes que utilicé para escribir mi primer libro. Desde un inicio, yo quería encontrar fuentes que me permitieran analizar no solo la versión oficial de la política de las compañías y del imperialismo estadounidense en Costa Rica, sino la experiencia cotidiana de los trabajadores, de las mujeres y de otros en la migración y en la economía exportadora de las zonas bananeras de ese país. Al final terminé utilizando expedientes jurídicos y una serie de testimonios personales. En todas estas fuentes, la cuestión del honor era evidentemente fundamental para la gente. Uno podía encontrar, por ejemplo, una descripción de una pelea entre dos peones bananeros medio borrachos que habían terminado peleando porque uno de ellos había insultado al otro: “Me metió la madre y tuve que salir a defender mi honor como debía ser”. La gente siempre justificaba sus acciones haciendo referencia al honor. Y esto no era una cuestión solamente relacionada a los hombres de clase trabajadora. Había casos en los que un empleador había sido insultado por un empleado, por ejemplo: “Lo tuve que abofetear y por eso terminamos peleándonos con los puños”. Además, algo realmente sorprendente de estas fuentes fue que encontré descripciones de peleas entre mujeres –a veces peleas físicas entre mujeres– que mostraban el mismo lenguaje: “Ella insultó mi honor”. Esto discrepaba bastante de lo que yo esperaba encontrar.

¿Qué esperaba usted encontrar?

Yo esperaba encontrar una versión mucho más simple del honor; una versión en la que los hombres defienden activamente su honor, posiblemente con los puños, mientras que las mujeres no tanto. Además, en mucha de la literatura sobre el honor y la vergüenza en América Latina se presume que estas son más importantes para las clases altas, que desde la colonia han utilizado constructos elitistas para mantener una imagen de prestigio y una supuesta autoridad moral sobre los demás. Así que yo esperaba encontrar que el lenguaje del honor iba a ser particularmente relevante para las élites y utilizado para defender las acciones de los hombres, pero no para describir las acciones de las mujeres en la esfera pública.

 Lo sorprendente para mí fue que muchas mujeres de clase trabajadora estaban presentes en fuentes de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en algunos casos peleando o lidiando con parejas o esposos que se referían a su propio honor. Por otro lado, y de manera más habitual, estos hombres insistían que su honor había sido insultado y que por eso habían tenido que pegarles a sus mujeres. La violencia doméstica se había normalizado por completo a través del lenguaje del honor.

Además descubrí que mujeres que trabajaban como prostitutas en las plantaciones de banano a veces se agarraban a trompadas, pero también  se demandaban mutuamente en las cortes. Iban con el alcalde y decían: “Ella insultó mi honor al llamarme puta”. Lo curioso es que yo sabía de otras fuentes que esta persona era realmente una trabajadora de sexo comercial, la cual era una de las pocas cosas relativamente bien pagadas que una mujer podía hacer en una plantación de banano. Claramente estas mujeres tenían su propia noción del honor. A veces encontraba que algunas de estas mujeres decían: “Puede que yo sea mala, pero puta nunca he sido”. Es decir, estas mujeres tenían la idea de que eran malas en algún sentido, pero mantenían su sentido de dignidad intacto. Creían firmemente que merecían respeto.

Esa fue una de las cosas que hallé interesantes: la manera en que las vidas de las mujeres de clase trabajadora en la región caribeña de Costa Rica estaban inmersas en un lenguaje del honor. Lo más sorprendente era que se trataba de un lugar en el que vivían personas de todas partes  que ni siquiera hablaban el mismo idioma, pero todas comprendían los gestos que se utilizaban para insultar o para deshonrar a alguien. Para mí eso fue fascinante: ver ese lenguaje del honor que trascendía a las Antillas británicas y a las culturas latinoamericanas.

Fuente: Archivo Nacional de Costa Rica, San José, Costa Rica.

Lo otro que me pareció llamativo fue lo que encontré en las autobiografías campesinas, una serie de testimonios personales escritos a finales de los años setenta por personas que para ese entonces tenían entre cincuenta y setenta años de edad y hablaban de las primeras dos generaciones del siglo XX. En ellas de nuevo estaba el lenguaje del honor y la fragilidad masculina.

Los testimonios de los hombres mostraban que se sentían constantemente expuestos; sentían que su honor era tan precario que debían tomar represalias masivas en contra de cualquiera que los insultara. Estos eran hombres de clase trabajadora, y las personas que más vulneraban su sentido del honor eran las mujeres en sus vidas. Ellos constantemente hablaban de la infidelidad de sus parejas, y de la necesidad de utilizar la violencia para mantener su honor. Eran muy abiertos al hablar de esto.

En sus autobiografías, las mujeres decían una y otra vez cosas como: “Me celaba mucho”, “No me dejaba salir de la casa” o “Me pegaba porque creía que yo tenía otro pero yo jamás he tenido otro”. Estas eran memorias privadas, así que no hay razón para creer que estas mujeres habían distorsionado sus historias. Lo que vemos es una hipervigilancia masculina de la sexualidad femenina; una situación en la que los hombres vigilaban constantemente a las mujeres y transformaban cualquier indicio, por muy pequeño que fuera, en una especie de fantasía paranoica de infidelidad sexual, y luego las golpeaban. Este patrón lo vi caso tras caso tras caso, lo cual fue realmente deprimente.

Así que por un lado había mujeres que iban a las cortes a defender su honor; esa era una especie de desfile del honor, algo que yo admiraba mucho por la simple valentía del hecho: mujeres que vivían en la pobreza, que eran analfabetas, que vivían en lugares difíciles y que tenían una vida difícil se apropiaban del lenguaje del honor para describir su valor propio. Pero por el otro lado también tuve que lidiar con todo ese otro aspecto del honor: la idea de que la reputación pública de un hombre depende de qué tanto puede controlar la sexualidad de la mujer. Yo no podía contar una historia simple de una cultura popular inocente, porque tenía frente a mí los testimonios de incontables mujeres que cada fin de semana terminaban con el rostro lleno de moretones.

Usted define el honor como un sistema.

El honor es un sistema en el que el estatus, la autoridad y el prestigio se defienden y se afirman en términos relacionales. El sistema tiene diferentes componentes y la gente está posicionada de diferentes maneras en él, lo cual hace que tengan diferentes requerimientos para poder afirmar su honor. Pero no es algo tan mecánico como suena.

Por ejemplo, en la Costa Rica de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, el honor de los hombres dependía de que no fueran tratados como mujeres, de que no mostraran dolor o emoción, y de su habilidad para vigilar la sexualidad de la mujer. En cuanto a las mujeres, estaba el papel que se les adjudicaba nominalmente en el guión cultural: el de vivir apartadas de la esfera pública para que no las acusaran de tener, o  no tuvieran, encuentros sexuales con otros hombres; para que ni siquiera tuvieran contacto con otros hombres.

Todo eso entraba en conflicto con la realidad social en la que la gente vivía. La clase trabajadora insistía en que también tenía derecho al honor; el honor no era algo solamente relacionado a los ricos y poderosos. Sin embargo, debido a sus condiciones de vida, esta gente no tenía la posibilidad de conducir su vida cotidiana de acuerdo con los estrechos ideales del “hombre apropiado” o de la “mujer apropiada”.

Además, había también una especie de contradicción estructural entre el tipo de comportamiento que los hombres esperaban de sus mujeres y las posibilidades reales en las vidas de esas mujeres, quienes por sobrevivir a menudo hacían cosas que podían ser consideradas deshonrosas por algunas personas.

¿Qué importancia tiene el honor para entender la historia de la formación del Estado en América Latina?

Una de las características del honor es que ayuda a definir, justificar y a veces a sobrepasar las jerarquías de poder. El honor dicta quién tiene prestigio y también ofrece un lenguaje para disputar ese prestigio. Si vemos la formación del Estado a principios del siglo XX, ciertamente en Costa Rica pero también en otros lugares, encontramos que en la práctica el mismo lenguaje, los mismos rituales y las mismas suposiciones del honor masculino están siendo utilizados por el gobierno, por la policía y por los múltiples actores que conforman el Estado. No es que hubiera un Estado burocrático por un lado y un mundo separado de creencias populares por el otro. En los casos de insultos que analicé había oficiales de gobierno que demandaban a otros oficiales por “injuria” porque estos los habían acusado de ser corruptos, o contratistas locales que demandaban a otros contratistas porque sentían que su honor había sido ultrajado cuando los habían acusado de estafar a la municipalidad. La conclusión a la que llegué fue que en ese momento, un momento en el que el poder institucional del Estado aún no estaba completamente desarrollado, el lenguaje del honor masculino era central para afirmar el poder del Estado y para que las personas a nivel local –los hombres en particular– afirmaran su autoridad frente a los demás.

¿Sigue siendo el honor tan importante para entender las dinámicas políticas y sociales de América Latina hoy en día?

Hay cosas que han cambiado pero el honor todavía es importante. No quisiera ser tan reduccionista y decir que es igual de importante en todos lados para todos. Eso no era cierto hace cien años ni lo es ahora. Yo diría que probablemente por nuestra inmersión en la sociedad del consumo hoy en día existen muchos marcadores de honor que no existían antes: comer en el centro comercial de moda, los tipos de jeans que utilizas, de qué universidad te graduaste, a qué colegio van tus hijos, en qué barrio vives, todo eso. Hay muchos marcadores de estatus nuevos, y también muchos marcadores nuevos de degradación y marginalización.

Un punto importante es que los términos con los que el honor se disputaba a principios del siglo XX eran muy corporales; no dependían de muchas cosas adicionales. Todo era acerca de quién le podía pegar a quién, quién se sospechaba que había sido tocado por quién.

Hoy tenemos muchos otros marcadores en el sistema que provienen de la sociedad moderna de consumo, pero hay algunas cuestiones que continúan siendo importantes, como la forma en que criamos a nuestros hijos, por ejemplo. Hoy en día continuamos inculcando la fragilidad masculina, y aquí voy a ser súper reduccionista, pero si piensas en cómo se crían los varoncitos en América Latina –seguro existen diferentes patrones, no quiero esencializar, pero es muy común ver esto–, notarás que hay padres que le dicen a sus hijos que no sean “maricas” o “maricones” cuando lloran. Es decir, en la actualidad seguimos equiparando la debilidad con la emoción, con la femineidad, con la homosexualidad y con el deshonor. Es muy común ver esta equiparación en la vida cotidiana y en la forma en que criamos a nuestros hijos.

***

La literatura académica sobre el honor ha mostrado que su contraparte, la humillación, puede generar una reacción violenta en los humanos, especialmente en los hombres. Esto es evidente, por ejemplo, en el concepto de “crimen de honor”, el cual generalmente se utiliza para referirse al asesinato de una mujer perpetrado por un familiar hombre que en algún momento percibió cierto acto de la víctima como una humillación personal o de su familia. Esto también es evidente en el trabajo de investigadores sociales como Anton Blok o Elijah Anderson, por ejemplo, quienes han mostrado que el honor y la humillación forman la base de la violencia de grupos como la mafia siciliana o algunos de los jóvenes que viven en las áreas urbanas empobrecidas de las grandes ciudades estadounidenses.

Aunque la relación entre la humillación y la violencia está bien establecida, también existe evidencia que sugiere que la respuesta a la humillación es moldeada por procesos de socialización y contextos culturales. En su estudio sobre los patrones de violencia y la “cultura del honor” en Estados Unidos, por ejemplo, los psicólogos Richard E. Nisbett y Dov Cohen muestran que las reacciones a la humillación, desde el nivel físico al nivel fisiológico, varían regionalmente y tienden a estar más relacionadas con la violencia en el sur que en el norte. De hecho, existe toda una corriente de pensamiento más amplia denominada “teoría afectiva” que se enfoca en la relación entre el mundo afectivo, el lenguaje y el poder. Putnam se apega más a esta forma de ver las emociones:

“Hay muchísimas maneras en que las madres y los padres enseñan a sus hijos hombres a experimentar emociones como la tristeza o el miedo en términos de debilidad, y a experimentar la debilidad como vergüenza. No existe ningún indicio de que esa sea una asociación natural; la idea de que si me siento de alguna manera menos que alguien, experimento esa sensación como una amenaza existencial de tal grado que necesito utilizar la violencia. No hay razón alguna para enseñarles eso a nuestros hijos. Esto sin duda también ocurre en Estados Unidos, pero creo que la división de género es más marcada en América Latina. Si les enseñamos a nuestros hijos a que sientan humillación y desesperación, a que sientan pánico y reaccionen exageradamente, entonces van a sentir y hacer eso. No lo van a sentir como un constructo cultural, al igual que ninguno de nosotros siente las emociones como constructos culturales, sino como reacciones naturales y necesarias. Pero si nos alejamos un poco del momento y observamos lo que hacemos, podemos ver que nosotros mismos inculcamos esto, y luego vemos las consecuencias para nuestras sociedades en los patrones continuos de violencia en contra de las mujeres.

Lo difícil aquí es que la reacción no se siente como algo aprendido; se siente como algo visceral, porque así le enseñan a uno a experimentar su cuerpo. Si a uno le enseñan que una experiencia debe ser humillante y terriblemente estresante, y si uno está rodeado de gente que reacciona de la misma manera, entonces, cuando algo pase, esa reacción emocional se disparará automáticamente, pero solo porque nos han enseñado a que se dispare de esa manera”.

Mucho de lo que se ha investigado sobre el honor se enfoca en el Mediterráneo, América Latina o el sur de Estados Unidos. ¿Cree que esto refleja la importancia del honor en esas regiones, o cree que esas regiones han sido retratadas injustamente en contraposición al resto del mundo?

Hay algo de ambas cosas. Sin duda el honor se ha utilizado para caracterizar a las sociedades mediterráneas, a las sociedades latinoamericanas y a las sociedades del Medio Oriente. El honor se ha transformado en una especie de concepto guardián que cumple la función de separar sociedades o regiones en distintas categorías y mostrar que de alguna manera esencial son diferentes. Eso es problemático. Hay algunas cosas en común en todas las sociedades; todas nos enseñan de niños a sentir algunas cosas y a no sentir otras, por ejemplo. Eso no es característica única de ninguna sociedad. Yo no quisiera ponerme en la posición de decir que una parte de la sociedad mediterránea está enferma. Pero sí sostengo que hay cosas como la crianza de los hijos, las relaciones que los niños ven cuando crecen –la relación de su padre con su madre, de su padre con otras mujeres, de los hombres en general con las mujeres de su entorno– que moldean su percepción de lo que es “natural” y de las emociones y la forma en que experimentan esas emociones. Sería ilusorio pensar que no existe variación alguna en las sociedades en términos de lo que codifican como humillante y no humillante, o en términos de lo que socializan como una respuesta apropiada y natural y lo que no. Estos patrones no necesariamente varían a nivel nacional: no es que uno vaya de Guatemala a Honduras o de Guatemala a México y las cosas sean completamente diferentes; sería tonto pensar en esos términos. Pero sí tiene sentido pensar que existen patrones y variaciones dentro de las sociedades y dentro de las comunidades, patrones que algunos adoptan y otros no, variaciones que son complicadas y no esenciales, y que sin embargo se pueden observar, investigar y analizar críticamente para aprender de ellos.

 

[1] Este libro fue originalmente publicado en inglés como The Company They Kept: Migrants and the Politics of Gender in Caribbean Costa Rica, 1870-1960.

 

 

Una versión de esta entrevista, modificada y alterada sin el consentimiento final de Daniel Núñez, fue publicada bajo su nombre por la revista El Malpensante (en su versión digital y en su versión impresa) en junio de 2017. Al ser contactados por Daniel, los editores de la revista eliminaron el texto inmediatamente y su fundador, Andrés Hoyos (quien no estaba al tanto de la publicación), ofreció una disculpa, la cual se puede encontrar en el siguiente enlace: http://www.elmalpensante.com/articulo/3840/deshonra_malpensante

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