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El fracaso de las élites
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Opinión

El fracaso de las élites

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La reciente visita del señor John Kelly a Guatemala cumplió con todo lo programado: dijo al oído lo que a gritos se le ha estado diciendo a México.

Vino como ministro del Interior estadounidense. Quiere decir que vino a hablar a Guatemala considerándola otro estado de la Unión Americana, menos libre que Puerto Rico, aunque tal vez más asociado que este.

El señor Trump, que de manejo de los gestos y de los dobles mensajes sabe tanto como de demagogia, decidió dejar claro que el papel que a Guatemala se le ha asignado es el de una provincia molesta a la que hay que tener bajo control. Su canciller viajó a México, donde junto con el señor Kelly presentó al Gobierno mexicano lo que su presidente quiere que se haga con los centroamericanos.

Kelly dejó claro que los migrantes, que tanta plata les traen a las élites económicas chapinas y tan pocos beneficios reciben, ya no podrán entrar a trabajar duro para enviar remesas. Allá ya están llenos. Y como el modelo económico estadounidense está haciendo aguas por todos lados, hay que hacer como que se hace algo para que los más sacrificados con las políticas neoliberales crean que ahora sí les puede tocar algo. El enemigo, les han dicho, no son los ejecutivos que se han quintuplicado los ingresos en empresas que solo reparten dividendos en la cúpula. Los enemigos son los hambrientos que, sin qué comer en su país, huyen a rifarse la vida porque al menos así tienen un hálito de esperanza, esa que en su país, Guatemala, está perdida.

Lo repitió en todos los encuentros con palabras dulces y melosas. Y si bien su presidente decía allá a la misma hora que la operación de perseguir migrantes era ya una tarea militar, acá su emisario doró la píldora, pues, al final de cuentas, los trabajadores estadounidenses lo que leen son los periódicos en inglés, y en esos la cuestión de lo militar fue resaltada.

Para rematar, el visitante hizo hincapié en el apoyo a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) y al Ministerio Público (MP) en la persecución no solo de los corruptos, sino de todos los que en épocas pasadas victimizaron a la población civil indefensa.

Las élites económicas guatemaltecas y todos los que, como ellas, piensan que los gobernantes conservadores estadounidenses los aman, no tanto por su tez blanca, sino porque han sido y seguirán siendo sus aliados naturales, no saben ya para dónde mirar. Ellos, que lo apostaron todo a míster Trump y le hicieron novenas, rogativas y hasta cooperachas para su campaña, no entienden cómo no les retiran de inmediato al molesto embajador y cierran de una vez por todas la Cicig. Ellos, que en sus comunicados hacen profesión de fe fascista y afirman que «combatieron junto con ellos la amenaza soviética», se miran en silencio y no saben ya qué decir.

De estas y otras extravagantes afirmaciones los estadounidenses se ríen a carcajadas, pues, si les retiraron el apoyo económico y político a los militares y a las élites desde el gobierno de Carter (1979), los ocho años de Reagan no fueron de amores y besos, como se puede confirmar con las quejas que Benedicto Lucas y Ríos Montt les hicieron en sus respectivos momentos. Los estadounidenses supieron desde antes que, más que combatir la guerrilla, el Ejército, con el beneplácito de las élites económicas, masacraba y torturaba a civiles y opositores desarmados y conformaba desde entonces una red de estructuras corruptas que apenas ahora comienzan a desmantelarse.

Estados Unidos fue de los primeros en presionar a Guatemala en la cuestión de los derechos humanos y el combate de la corrupción, cuestión que, en su analfabetismo histórico, los liderazgos empresariales y sus asesores no logran entender porque, luego de proclamarse aliados, han creído que tienen mano libre para hacer con los ciudadanos de a pie todo lo que les plazca.

Pero resulta que Estados Unidos ha vivido una evolución política y económica desde que en 1954 se lanzó a defender su empresa frutera, que era, además, de electricidad y de ferrocarril. Si en esa época se fueron con la finta de que acá imperaba el comunismo, pasados los años descubrieron que con esa cantaleta las élites económicas vivían sin trabajar ni invertir y los altos mandos militares no solo robaban al erario, sino que masacraban y torturaban. Lo que aquí se repite como denodados combates contra comunistas allá se conoce como masacres contra civiles desarmados. Y hay harta información para ratificarlo.

En la actualidad no hay en Guatemala empresas o industrias estadounidenses de envergadura. Donde el movimiento social y popular tiene mayores críticas (los casos de la minería, las hidroeléctricas o los monocultivos agroindustriales), el capital extranjero es de otras nacionalidades, aunque opere con bancos situados en Estados Unidos. Esto ha permitido que los estadounidenses vean los problemas del país desde otra perspectiva, lo cual los ha hecho mucho menos conservadores y reaccionarios que lo que sus aliados locales esperarían.

Si sostuvieron a Pérez Molina hasta el final fue porque temían una ruptura institucional que les produjera incertezas. Y si lo apoyaron con todo para llegar al poder era porque se habían tragado la píldora de que era el general de la paz y de la honestidad.

Es por ello que continúan apostando y apoyando a la Cicig y al MP y hacen oídos sordos al bullicio histérico de quienes quieren poner a Iván Velázquez de patitas en la calle. Guatemala no es Siria, Israel o Afganistán, donde deben tragarse a los corruptos y apoyar sus ejércitos sanguinarios porque allí tienen intereses económicos y geoestratégicos.

Y eso lo tienen cien por ciento claro los actuales gobernantes estadounidenses. A ellos lo único que les importa es que a su frontera no lleguen trabajadores que les compliquen su discurso interno de la estabilidad y el trabajo para los blancos. Ellos quieren dosificar el volumen de inmigrantes y de drogas, en números manejables y redituables, por lo que todo exceso o liberalismo será duramente castigado.

Paradójicamente, Guatemala, la de los pobres, la de los defensores de los derechos humanos y la de la lucha contra la corrupción, tiene en Estados Unidos un aliado. Aun ahora, cuando lo gobierna un megalómano populista. Y tal parece que eso no lo han entendido la élite económica ultraconservadora y perezosa, los militares corruptos y perpetradores de crímenes contra la humanidad y todos los que aún creen que el mundo entero se detuvo en 1954.

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