Los bajos precios del café no son una emergencia, sino una enfermedad crónica. Es ridículo llamarle emergencia a algo que llevamos sufriendo 121 años. Sí, ya desde 1897 Guatemala viene sufriendo las consecuencias de los bajos precios del café. Y desde entonces la política económica y los esfuerzos empresariales se enfocan en atender el problema de corto plazo. Y nunca en resolver el problema. Hoy sucede lo mismo. Espero que esta vez seamos más inteligentes.
El problema es que es difícil convencer de esta enfermedad crónica a los dos actores más importantes.
Para los políticos, la enfermedad crónica del café es útil. Quieren adquirir deuda con tal de quedar bien con el sector cafetalero, lo cual les puede ayudar con la campaña electoral. Y, como es deuda, el problema de quién paga el impuesto no lo tienen que discutir antes de las próximas elecciones. Por eso es que resulta irónico ver cómo hasta el diputado anti sector empresarial Carlos Barreda sale a defender el tema. Claro, él defenderá su posición diciendo que les pedirá apoyo a la SAT y al Ministerio de Trabajo. Lo que no dice es lo importante: que el problema seguirá sin resolverse. Y él seguramente sabe que eso es bueno porque, cuando vuelvan a caer los precios del café en el futuro, logrará apoyo para su campaña electoral.
El sector cafetalero y los políticos se están poniendo de acuerdo para reactivar un fideicomiso que no funcionó antes para hacer más de lo mismo.
Para el sector cafetalero, el problema es que existe desconfianza en la acción del Gobierno. Por esa misma desconfianza es que no se han creado las instancias de gobierno con la capacidad adecuada para la diversificación y productividad productiva del agro. Tampoco se han creado las instancias de gobierno con la capacidad adecuada para promover la investigación y el desarrollo (I+D) para subproductos del café y también con la capacidad para incentivar su uso. Claro, la Anacafé impulsó la producción de hongos con pulpa de café, algo que ya se había estudiado en 1986. El problema es que el impulso no es suficiente. ¿Por qué nunca se generaron contratos de mediano plazo para que los hospitales nacionales y el IGSS usaran dichos hongos como parte de la alimentación de sus pacientes? ¿Por qué no se impulsó una campaña nacional para impulsar el consumo de hongos como una alternativa, incluyendo la difusión de recetas? Seamos más agresivos. ¿Por qué no hemos aprendido de Costa Rica, que ha usado su laboratorio de nanotecnología para estudiar cómo controlar la roya y que también estudia qué subproductos extraer de la piña?
Mientras tanto, el sector cafetalero y los políticos se están poniendo de acuerdo para reactivar un fideicomiso que no funcionó antes para hacer más de lo mismo. Si hubiera funcionado, ya habríamos logrado curarnos de esta enfermedad crónica, que proviene de tener tantos trabajadores involucrados en exportar un producto agrícola. Así que la pregunta es: ¿queremos que se usen así nuestros impuestos?









