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El asalto de los outsiders
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El asalto de los outsiders

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Paranoia. Miedo. Liberales equivocados. Enojos supremos. Campo vs ciudad. Rojos vs azules. Blancos vs todos. Nazis. Polarización sin diálogo: no conozco a mi adversario. El problema de la promesa demócrata del cambio a largo plazo y la tentación republicana del cheque a fin de mes. El error de proyectar nuestro deseo. El realismo sucio. Pueblos chicos, infiernos grandes. El verdadero americano y el americano idealizado. Bukowski y la real realidad. Amy Poehler se aburre con los hechos. Hillary nos ilustra —pero aburre con los hechos. El Amado Líder y su magia realista. Mito de Casandra, efecto túnel. Hitler en el siglo XXI. Houellebecq, Churchill, Eichmann, Leonard Cohen. Una sociedad de mierda. Twitter, el partido global. Fuerzas de choque. El enemigo interior.
(Este es el cuarto capítulo del ensayo Los Estados Unidos de Vladimir Trump. Puede encontrar los otros 14 en el índice que aparece en el margen de la página, o en este enlace.)

Bien mirado, hay un comportamiento sistemático en el electorado de Estados Unidos, al menos desde 2008. Obama fue también un outsider; nadie se lo esperaba en el Partido Demócrata, adonde fue el primero en arruinar la fiesta de consagración de Hillary como heredera del patriciado moderado del partido. Ciertamente, tampoco los republicanos supieron cómo domarlo: nadie tenía mucha idea de a qué era vulnerable, tal era el desconocimiento sobre él. Sucede ahora que, tras ocho años en el gobierno, Obama se ve como parte del sistema y parece haber estado allí bastante tiempo, pero su origen reconoce una forma migratoria similar a la del Tea Party, a Sanders y a Trump: todos vienen por fuera de las orgánicas partidarias y todos ganaron algo a su modo.

Desde hace ocho años, el establishment del sistema político de Estados Unidos ha estado sometido a la presión de los candidatos alternativos, una panda de más o menos desconocidos que irrumpen en la fiesta de un club selecto, tan cómodo consigo mismo que no ha puesto vigilantes a sus puertas. En 2008, Obama era un novato sin alcurnia partidaria, un don nadie de Chicago con apenas dos años como senador y unos pocos más en una posición menor como organizador comunitario. Sin embargo, se metió como cuña donde no estaba planeado que entrase con un discurso que mezclaba emotividad y racionalidad. Lo mismo hizo el Tea Party —aunque sin la parte de la racionalidad racional, digamos— en el Partido Republicano, donde asomó como banda de asalto y acabó convertida en su vanguardia esotérica después de minar como guerrilla la arquitectura de la organización. Y ahí está Sanders, único senador independiente y socialista del país que, una vez que decidió incorporarse al Partido Demócrata, disputó hasta el final la primaria y, de ese modo, consiguió llevar sus genes discursivos hasta moldear la plataforma de Hillary. Y luego, por supuesto, Trump. (Y quizás debiera incluir también a Occupy Wall Street, cuyo entusiasmo acabó diluido pronto muy probablemente porque, por su propia decisión, jamás quiso mudarse al interior de una fuerza política, hasta ahora una aparente precondición para discutir poder real en Estados Unidos.)

Las personas están cansadas desde hace tiempo de la distancia de los políticos profesionales. Harta del uso y la poca atención. Y no parecen estar demasiado preocupados por meterle cargas de profundidad a cada partido si con eso consiguen hacer saber su descontento. ¿Que esas decisiones ponen en riesgo el futuro del sistema democrático, de la economía y la nación? Es un modo de verlo; el otro es que, si esto pasa, si están estallando los enojos, es porque la clase política produjo sus condiciones. Los ciudadanos han venido y seguirán explotando opciones políticas con tanta naturalidad y despreocupación que más que elegir candidatos a la primera magistratura parecieran estar testeando marcas de mermeladas en el supermercado. Esa es la calidad democrática construida.

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